Dos debates y una entrevista
27.02.08 @ 10:33:12. Archivado en Elecciones 2008
José Luis Rodríguez Zapatero aprovechó anoche la ocasión que le sirvió en bandeja La Sexta para precisar y apuntalar algunas de las posiciones que, por nervios, falta de reflejos o inferioridad dialéctica, no había sabido defender de las diatribas de Mariano Rajoy en el debate del lunes. Si, técnicamente y contra lo que dicen las encuestas, a mí en éste me pareció tan clara la victoria del líder de la oposición como la de Pedro Solbes sobre Manuel Pizarro el miércoles anterior, la segunda oportunidad que le brindó La Sexta pudo blindar los flancos que Zapatero se dejó descubiertos ante Rajoy. Claro está, ante aquellos televidentes que quisieran verle otra vez.
Supongo que en parte es justo, siempre que Rajoy también disponga (como de hecho dispuso en Antena 3) de nuevas oportunidades para recalcar o matizar sus mensajes sin la presión de un oponente. Los debates electorales en TV (al menos, éste) son lo que son: una brevísima disertación en directo y un intercambio igual de efímero en los que el candidato debe exhibir unas cualidades comunicativas, telegénicas e improvisatorias que son irrelevantes de cara a su capacidad de gobierno. Cualquier otra exposición argumental es más representativa de las ideas o la valía de un político.
No comparto en absoluto el cacareado estribillo de que los debates representan un triunfo de la democracia o una gran oportunidad para los ciudadanos. A los adictos a la política pueden resultarnos entretenidos o morbosos, pero a los ciudadanos que hayan seguido con atención la evolución de los acontecimientos en esta legislatura, el del lunes no les pudo aportar nada nuevo, sino una simplificación extrema de lo ya oído y leído. Y, a los que no hayan atendido a la actualidad, el propio formato del programa les habrá dejado tan sólo una ristra de datos descontextualizados y frases simplistas, que son precisamente el cáncer del sistema. De modo que, para unos u otros, sería una irresponsabilidad orientar un voto por el resultado de un debate.
Todo el mundo coincide en que el del lunes apenas habrá modificado las opiniones establecidas, aunque sí podría influir en la decisión final de los indecisos. En realidad, después de cuatro años de debates parlamentarios, declaraciones cruzadas y toda suerte de noticias y reportajes en los medios de comunicación, sospecho que la cita televisiva sólo pudo ejercer algún tipo de influencia sobre un subconjunto concreto de los indecisos: los indecisos que lo están porque pasan olímpicamente de la política. A lo mejor ese grupo de la población es el que termina decidiendo unas elecciones reñidas, pero dudo mucho de que dejar la decisión en manos de quienes menos atención prestan al tema sea precisamente un triunfo de la democracia.
Lo específico del cara a cara en TV respecto a las innumerables fuentes de información de que han dispuesto los españoles para formarse un criterio en estos años debería haber sido el careo directo (de relativa importancia, en todo caso, para conocer el ideario o el programa de un líder político) entre los dos candidatos. Pero los contendientes no fueron capaces de improvisar réplicas puntuales a las críticas concretas del otro, sino que tendieron a enrocarse en la reiteración de su propio discurso aprendido o en comparaciones extemporáneas con las legislaturas de González y Aznar. Especialmente, el presidente del Gobierno, que ya ha demostrado en muchos debates en el Congreso que sus discursos bajan notablemente de nivel cuando llega el turno de réplicas y contrarréplicas. Por eso le ha venido de perlas la entrevista en La Sexta.
Si Zapatero gozara una capacidad discursiva ágil, habría contestado inmediatamente a la acusación de Rajoy de que el Gobierno no ha tomado ninguna medida para combatir la subida de los precios. Le habría dicho: ¿es que un partido liberal como el suyo me va a proponer ahora que intervenga en los mercados? Ante Mamen Mendizábal, en cambio, pudo acudir con la aclaración preparada de que el Gobierno no puede controlar los precios, sino a lo sumo conceder ayudas y exenciones fiscales para que la gente los pague, y otro tanto sucede con el aumento de las hipotecas, que depende de un tipo que fija el Banco Central Europeo. Si en España el incremento ha sido monstruoso, es porque fracasó la idea del PP (coherente como presupuesto teórico, por otra parte), de que una mayor liberalización de suelo terminaría por abaratar los precios.
A Zapatero también le faltaron reflejos para aclarar en sus turnos (sólo lo hizo en una de sus torpes interrupciones) que si el número de parados ha aumentado en términos absolutos, aunque la tasa de desempleo haya bajado en tres puntos desde 2004, es por la sencilla razón de que se ha incrementado la población activa. Esgrimir el dato absoluto es como pretender que Japón o Estados Unidos tienen, por su mayor número de habitantes, una cifra de paro más negativa que Portugal. Y, en líneas generales, debió atreverse a poner en cuestión la presunción tantas veces repetida de que la buena marcha de la economía es consecuencia tan sólo de la "magnífica herencia" que dejó el Partido Popular. La bonanza no debía de estar tan garantizada cuando en la campaña de 2004 el PP se hartó de advertir que los socialistas arruinarían la economía si llegaban al Gobierno.
Además, el presidente debió salir al paso de la mención que hizo Rajoy de que la LOE permite pasar de curso con cuatro asignaturas suspensas. Es indiscutible que la educación necesita de un nivel de exigencia mucho mayor, y que la política en este ámbito ha sido el error más funesto de los ejecutivos socialistas en la democracia española, pero obligar a los alumnos a reexaminarse sólo de las asignaturas suspensas, como ocurre ya en la universidad, no tiene nada que ver con estimular la vagancia y dejar pasar de año a los más torpes de los escolares.
De la inmigración y las propuestas al respecto de Mariano Rajoy ya hablé en mi último artículo, y me parece que, en relación a este asunto, ambos partidos se han limitado y se limitarán a controlar en lo posible un tema por definición irresoluble, con medidas similares siempre vinculadas al contrato laboral. Pero Zapatero debería haber interceptado al líder del PP cuando le expuso el dato de lo que han aumentado los permisos de residencia en esta legislatura; es natural, dado que ha habido una regularización de inmigrantes, muchos de los cuales siguen trabajando y cotizando a la Seguridad Social. En la entrevista de La Sexta, el presidente defendió indirectamente su gestión al proporcionar el espectacular dato de las pensiones que se pagan con la contribución de los inmigrantes.
Rajoy tiene toda la razón cuando recuerda que las reformas estatutarias son un melón que nadie pidió que se abriera, e hizo muy bien en recordar el infame Pacto del Tinell (lo reconoció en su editorial hasta El Periódico de Catalunya), al que se debe la crispación de esta legislatura en tanta medida como al "España se rompe", al "Usted traiciona a los muertos" o al "Los asesinos del 11-M no andan en desiertos muy lejanos". Pero Zapatero debería haberle refutado el vínculo que estableció Rajoy entre su política territorial, la convocatoria del referéndum de Ibarretxe en octubre y el farol de Carod-Rovira de que organizará otro en Cataluña para 2014. En realidad, la eclosión electoral de ERC tuvo lugar en las catalanas de 2003, y el Plan Ibarretxe es una propuesta que el lehendakari lanzó en septiembre de 2002, con la única intención de captar al electorado abertzale tras la ilegalización de Batasuna. Una vez más, Mamen Mendizábal le puso en bandeja a Zapatero deslindarse expresamente de ERC y prometer que no volverá a pactar con ellos debido a la radicalización del partido nacionalista.
Finalmente, en política antiterrorista, el presidente paga ahora sus bandazos estratégicos, muy bien explotados por Rajoy, pero los minimizaría si, en vez de añorar un apoyo incondicional que la oposición no tenía por qué darle, aclarara que lo intentó porque la debilidad de ETA podía disuadirla de plantear una negociación de máximos, ahorrándonos muertos a cambio de casi nada. Un objetivo tan loable, beneficioso para todos e inicialmente verosímil como ése le disculparía errores, ocultaciones, lenidades hacia el mundo abertzale y cambios de táctica. En la entrevista de anoche, Zapatero aludió al comprensible secreto que ha de rodear una negociación de este tipo para mitigar en lo posible la metedura de pata que cometió al reconocer ante Pedro J. Ramírez que había autorizado contactos con ETA después del atentado de la T-4, y se comprometió a no emprender una tentativa similar si la banda no depone las armas.
El candidato socialista ha podido, así, explicar mejor sus posiciones, y no cabe duda de que es preferible juzgar éstas después de precisarlas que hacerlo sobre una torpe exposición en directo. Ahora también Mariano Rajoy, aunque se sienta ganador del debate, debería aprovechar sus entrevistas para preguntarle a Zapatero, por ejemplo, por qué no atribuye gran parte de las brillantes cifras macroeconómicas que ha venido presentando España durante toda la legislatura a la coyuntura internacional, a la que responsabiliza ahora de la desaceleración. O para explicarle que no es justo comparar las inversiones en vivienda del Gobierno de Aznar y las del suyo, porque de todos los problemas se va tomando conciencia poco a poco, a medida que van calando en la sociedad, y en esta legislatura todas las Administraciones autonómicas y locales del PP también ofrecen ayudas a la vivienda, como sin duda harían los populares en caso de que llegaran a La Moncloa.
Igualmente, sería conveniente que Manuel Pizarro tuviera derecho al tribunal de apelación de una entrevista en la televisión. De Pizarro se han dicho tonterías simétricas: tanto que lo mucho que hizo subir las acciones de Endesa (en realidad, es lo que ocurre con las de cualquier empresa sobre las que se lanza una OPA, y mucho más si se cursan varias) es una prueba de lo buen ministro de Economía que podría ser, como que su habilidad al frente de una empresa privada es la antítesis de lo que hace falta para ser un buen gestor del sector público. Y él, aparte de mostrarse excesivamente obsequioso con un Solbes que adoptó el papel flemático y paternalista que más le convenía ante un advenedizo que aún tiene que pasar la reválida, incurrió en dos errores. El primero, recurrir a datos subjetivos de percepción como los del Indice de Confianza del Consumidor y el Barómetro del CIS que el ministro de Economía desmontó fácilmente como "soft data" y, en todo caso, si se han teñido de pesimismo es por una coyuntura internacional de la que el Gobierno no se declara responsable. Y, el segundo, seguir el consejo de algún asesor del PP (a un empresario como él jamás se le habría ocurrido) de que mencionara todos los leitmotivs del partido, aunque no tuvieran nada que ver con la economía: desde la financiación pública de los amigos de los terroristas hasta Educación para la Ciudadanía, pasando por el piso de Bermejo. Era imposible que no quedara como un aprendiz demagogo ante la solvencia y la actitud profesoral de Solbes. Pero, insisto, juzgar a un político por su actuación puntual en un debate televisivo de una hora o dos supone una trivialidad que no pueden justificar ni los más forofos de la sociedad de la imagen.
A la espera del debate final del lunes que viene, confieso que lo que más me ha sorprendido es que, incluso ante un duelo claramente dominado por Rajoy, las encuestas den la victoria a Zapatero. El PP y varios medios de comunicación han atribuido el resultado a que gran parte de los votantes de terceros partidos han declarado ganador a Zapatero, pero confían en que el 9 de marzo eso no le será rentable al PSOE, porque seguirán prefiriendo a esa tercera opción. Yo no estoy tan seguro. Para empezar, la polarización entre los dos grandes partidos hará que muchos votantes de partidos minoritarios en otro tipo de comicios escojan entre el PP y el PSOE en las generales (en Cataluña, esta actitud es paradigmática). Pero, sobre todo, es mucho suponer que todos los encuestados que votan a terceros, al ser preguntados quién ganó el debate, no contestan a esta pregunta, sino que responden quién preferirían que gobernara entre Zapatero o Rajoy. Si los interpelados por las encuestas hicieran esto último, el debate del lunes no habría deparado, según Sigma Dos, un 12,8% de votantes del PSOE que juzgaron vencedor a Rajoy y un 8,3% de electores del PP que vio ganador a Zapatero. Así que más bien me inclino a pensar que el mensaje y las formas del presidente del Gobierno, por las razones que sean, siguen calando en una mayoría de la población, que volverá a darle la victoria en las elecciones del 9 de marzo.
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Gracias por sus aportaciones, buenas noches... y buena suerte
En cuanto al mercado de la vivienda, le repito que en España no ha habido una liberalización del suelo, como lo demuestra el hecho de que en España ese negocio sigue estando en manos de los ayuntamientos que son los que controlan en este país la oferta, decidiendo dónde se puede construir y dónde no. Eso fue lo que intentó eliminar el PP y lo que no le dejaron hacer ni el PSOE ni Convergencia.
Infierno de Cobardes: Me refiero, obviamente, a la ley de régimen y valoraciones del suelo, que aprobó el PP en 1998. Y creo que he sido prudente porque no la he echado íntegramente la culpa del aumento de un 500% que experimentó el precio del suelo y de un 150% el de vivienda en los siete años siguentes, mucho más que la media europea. Sólo he dicho que fracasó la idea de que liberalizar el suelo lo abarataría.
A los dos: me encantaría que me explicaran por qué soy demagógico o empleo palabrería vana y cuál sería el razonamiento correcto. Honestamente, creo que argumento con coherencia todo lo que digo, se esté de acuerdo o no. Si me pueden señalar en qué flaquea mi razonamiento o enseñar cosas que no sepa sobre el mercado de la vivienda (algo que no descarto en absoluto), y así sacarme de mi error, se lo agradecería infinitamente.
¿Cuándo?, ¿dónde?, ¿cómo?, ¿Quién ha liberalizado el suelo?. ¿En qué Comunidad Autónoma?.
Pero..... ¿Usted qué dice?.
Usted escribe demagógicamente para los convencidos de su secta progre que a lo mejor se creen lo del suelo libre.
Pero la demagogia de su artícculo sobre los inmigrantes no ha podido superarla con éste. Lo siento Rosique.
Por último, comentarle respecto a las encuestas que, si bien algunas encuestas habrán sido hechas con honradez y dan ese resultado como consecuencia de la simpatía que Zapatero tiene entre los votantes a partidos nacionalistas e IU , en otras apunto a la simple manipulación. El gobierno tiene a tantas televisiones a su disposición que puede colocar el mensaje que quiera en la opinión pública, y la consigna es no reconocer la victoria de Rajoy. Si Zapatero le hubiera dado a Rajoy el repaso que le dio Rajoy a Zapatero, no le quepa duda que ahora las encuestas estarían reflejando esa victoria y apuntando a una mayoría absoluta del PSOE. Pero esto son cosas ya conocidas en este país que, a juzgar por la situación de sus medios de comunicación, no parece un Estado democrático.
Es cierto que Rajoy tiene casi imposible ganar ...
Pero, ya que se erige en asesor de Zapatero, le ruego que tome el mismo papel con Rajoy y pídale que le aclare al señor Zapatero para el próximo debate que evite comparar el 11.5% de paro de antes con el 8.5% de ahora, por la simple razón de que cambió el ...
Con respecto a lo que usted dice sobre la liberalización del suelo, no se cómo ha podido fracasar esa idea del PP si no se ha podido llevar a efecto. Le faltó a Mariano Rajoy soltarle a Zapatero en el debate que, en todo caso, la culpa del brutal aumento en el precio de los pisos en los últimos años la comparten a medias el PSOE y Pujol, que fueron los que tumbaron una ley que propuso el PP nada más llegar al gobierno en 1996 de liberalización del suelo. La culpa de casi todo lo malo que sucede en este país, de los socialistas.
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Kiko Rosique
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