Sacrificados en el altar de la lengua nacional

Permalink 09.01.08 @ 10:56:43. Archivado en Cataluña

Por fin, el Partido Popular ha acertado en su estrategia a la hora de combatir los nacionalismos periféricos. En vez de rasgarse las vestiduras por el separatismo, evidenciando que su motivación última es salvaguardar la unidad de España (un objetivo tan nacionalista y alejado de los intereses reales de los ciudadanos como la construcción de Cataluña o Euskal Herria), ha mostrado una prueba fehaciente de la imposibilidad de estudiar en castellano en una comunidad cuyos habitantes podrían tener un interés objetivo en aprender bien esa lengua, y les ha instado a rebelarse (es decir, les ha cedido la iniciativa) contra la forma en que los dirigentes autonómicos juegan con el futuro de sus hijos, sacrificándolos en el altar de los mitos patrios.

Lo de la lengua propia como elemento necesario y suficiente para otorgar una vitola de nación a una comunidad humana es una cosa curiosa. El primer territorio que consiguió pasar de colonia a Estado independiente, EEUU, compartía lengua materna con la metrópoli de la que se desgajó, y el primer país que se define como nación, la Francia revolucionaria, no se consideraba un colectivo con una lengua, cultura o identidad comunes sino como un conjunto de personas con derechos ciudadanos inalienables por el orden estamental.

Quienes encumbran la lengua como expresión del volkgeist o espíritu del pueblo son los prerrománticos alemanes, encabezados por Herder y Fichte. Deseosos de buscar una legitimidad ancestral distinta a la grecorromana de la que se declaraba heredera la Francia ilustrada dominante en la cultura europea de finales del XVIII, se empeñaron en presentar como encarnación de la esencia nacional a una serie de pueblos desaparecidos que apenas habían dejado huella en la vida y la cultura de sus países. No dejándose arredrar por esta circunstancia, los románticos quisieron creer que el guardián y heredero lineal de esta tradición perdida era la gente llana del medio rural, que había permanecido más o menos inmune a la influencia de la modernidad.

Era más lógico pensar que, a lo largo de siglos de Historia, esos grupos humanos también habrían evolucionado, por sí mismos o influidos por los intercambios personales con otras comunidades, y que ya tendrían poco que ver con esos antepasados primigenios, pero la moda del Romanticismo (probablemente, la corriente de pensamiento que, con un bagaje teórico más pobre y adolescente, ha tenido una influencia mayor en el devenir de la Humanidad) causó furor y, durante el siglo XIX, todos los países de Europa (incluida Francia, que se lanzó a rescatar a los galos) se pusieron a recuperar la lengua y el folklore nacionales. La primera se construyó artificialmente a partir de uno o varios de los muchos dialectos que se hablaban en el territorio, mientras que los cánticos populares requirieron una concienzuda labor de yuxtaposición y reelaboración por parte de los filólogos para que adquirieran densidad de sagas, corpus míticos y poemas épicos, rebasando casi siempre el límite de lo que en términos científicos se catalogaría como falsificación.

Hay una razón decisiva por la cual los románticos alemanes, y después los italianos, no escogen como manifestación esencial del espíritu del pueblo la gastronomía, el vestuario, la religión o las instituciones, y es que lo que entre 1860 y 1870 llegaría a ser Alemania o Italia era hasta entonces un batiburrillo de principados y ciudades sin continuidad geográfica, con formas de gobierno, creencias y costumbres muy distintas, y el único elemento al que podían apelar Herder o Mazzini para reivindicar la existencia de una nación alemana o italiana era que en todos esos territorios había una cantidad variable de gente que hablaba alemán o italiano. Pero que nadie dude de que, si los azares de la Historia militar no hubieran querido que el multilingüe Imperio austriaco hubiera sido en cuestión de diez años derrotado por Piamonte y Prusia, y luego desmenuzado en infinidad de países tras perder la Primera Guerra Mundial, la mentalidad colectiva no daría por sentada la ecuación entre lengua y nación.

Aun con estos precedentes, hoy en el mundo existen unas 8.000 lenguas y solamente unos 200 Estados independientes. Decenas de grupos humanos a los que no se discute el calificativo de naciones autónomas comparten lengua entre sí, mientras que, por ejemplo, en la India se hablan más de 300 lenguas, en el África profunda otros cientos de ellas, y la mayoría de las comunidades que las emplean ni siquiera conciben la arbitraria, vacua y metafísica idea de nación. Pero hete aquí que nuestro pensamiento, que tanto presume de racional, no se ha logrado librar de estas entelequias, y los nacionalistas catalanes y vascos creen irrenunciable mantener vivos el catalán y el euskera para construir Cataluña y Euskal Herria, aunque ello implique realizar agresivas políticas de discriminación positiva o imponer el monolingüismo en la escuela.

Una cosa es valorar el mérito o exigir el requisito de hablar catalán para ser funcionario en Cataluña, algo bastante coherente aunque dificulte el acceso a los puestos por parte de españoles de otras comunidades autónomas, puesto que el catalán es la lengua en la que se sienten más cómodos muchos ciudadanos y tienen derecho a que las instituciones públicas les atiendan en ella. Y otra muy distinta hacer virtual o materialmente imposible que un niño cuyos padres se manejen mejor en castellano, o simplemente crean que su hijo gozará de mejores expectativas profesionales y culturales si aprende dicha lengua, reciba una parte sustancial de su educación en él. Esto es mucho más grave que la perspectiva de que una Cataluña íntegramente catalanohablante se sienta impulsada o justificada para independizarse de España, porque las configuraciones territoriales son una contingencia que puede cambiar o no con el paso del tiempo y no afectan al bienestar de los individuos. Lo intolerable es que, en su objetivo de hacer que las fronteras cambien, los nacionalistas sean capaces de conculcar la libertad o menoscabar las oportunidades de las generaciones intermedias, los ciudadanos a quienes representan y los únicos seres reales y cuyos intereses han de defender por encima de todo. Ni la entidad metafísica Cataluña ni la lengua catalana justifican semejante atropello.

En la pervivencia de una lengua confluye una idea no estrictamente nacionalista (reproduzco parte de otro artículo mío por ahorrar tiempo y circunloquios para decir lo mismo): "la concepción de las lenguas como un bien cultural y un fin en sí mismo digno de proteger a toda costa. Una lengua no es un tesoro cultural más que desde un concepto tradicionalista y patrimonial de la cultura, el que entiende ésta como un inventario de viejos monumentos, un acervo folklórico que, efectivamente [como insinuó un día el presidente del Tribunal Supremo y el CGPJ, Francisco José Hernando (con el que creo que en ninguna otra ocasión he estado de acuerdo)], comprendería por igual el catalán y las sevillanas. El idioma es un rasgo cultural como otro cualquiera de un grupo humano, pero su valor no es intrínseco; no está en su expresividad, en su dulzura, en su concisión, en su riqueza léxica ni en su musicalidad, que eran los elementos que los filólogos románticos de todos los países de Europa valoraban para concluir indefectiblemente que su lengua nacional era la más primorosa. Su riqueza consiste en la capacidad de servir de material para construir bienes culturales, obras maestras de la literatura o el pensamiento, que transformen nuestra manera de sentir o entender las cosas y hagan que el mundo no gire igual a como giraba antes de ser publicadas. Eso es entender la cultura como algo vivo, activo y renovador, y no como un mero muestrario de antigüedades que nos unan a los antepasados y nos faciliten la invención de la nación. En esta concepción, las lenguas podrían formar parte constituyente de nuestra cultura y nuestro volksgeist si, aprovechando que tienen la facultad de configurar y delimitar nuestros pensamientos, el castellano prefigurara unos determinados horizontes estéticos y epistemológicos y el catalán otros distintos. Sin embargo, dado su tremendo parecido, es difícil que las lenguas romances lleguen algún día a diverger de forma sustancial dando lugar a dos culturas distintas, y mucho menos en la era de la globalización que vivimos".

"Por eso, y aunque suene a sacrilegio, no es ningún drama que unas lenguas desaparezcan, porque el idioma en el que se manejen de forma natural los hablantes seguirá produciendo bienes culturales. Los españoles, por ejemplo, habríamos ganado bastante si nos hubieran educado a todos a la vez en inglés, o a lo sumo en bilingüe para entendernos también con nuestros abuelos. Los más dotados de nosotros habrían producido bienes culturales en esa lengua, sin echar de menos nada, y los menos nos habríamos tenido que conformar con utilizarlo para hablar con los amigos o sermonear a los lectores de Periodista Digital, pero nos sería muy fácil movernos por el mundo y disfrutar del idioma que más obras interesantes produce o traduce en la actualidad, en vez de consolarnos cantando con fervor patriótico a las glorias de nuestro Siglo de Oro".

"Dejémonos de tópicos. Las lenguas son una catástrofe para la adquisición de conocimientos y cultura, además de para el intercambio y la comodidad de la comunicación meramente funcional. Aprender una no reporta a quien la llega a dominar más riqueza cultural que la que le ha sustraído la propia existencia de esa lengua, y su conocimiento sólo supone acceder al umbral de otros muchos conocimientos y placeres que nos resultarían más asequibles si estuvieran en nuestro idioma. Muchos siglos antes de que se inventaran el romanticismo, el multiculturalismo y la corrección política, los autores del relato bíblico concibieron el plurilingüismo como un castigo divino por la insolencia de la torre de Babel".

En conclusión, es legítimo que la Generalitat de Cataluña defienda el derecho de los ciudadanos que hablen catalán a seguir haciéndolo, y que active los medios para que las instituciones les atiendan en él, pero no que lo imponga o apoye artificialmente por encima del castellano, que, por lo demás, es tan patrimonio suyo como aquél. La política lingüística en Cataluña es una arbitrariedad intolerable, infinitamente más que el hipotético referéndum de autodeterminación. Y no porque el bilingüismo sea una riqueza como tal; hay cosas que son singulares y otras que son plurales, sin que ello haga a las segundas necesariamente más valiosas, sobre todo en un aspecto, como el de las lenguas, en el que lo fundamental es entenderse. Lo es porque el bilingüismo es la realidad de los catalanes de hoy, por mucho que los cafres de las juventudes de ERC empleen a veces el surrealista insulto "bilingüe" en sus demostraciones de fuerza en la calle para acosar a los miembros del PP o Ciutadans (la estrategia de acción que caracterizaba a los patriotas fascistas, aunque traten de endosarle el calificativo a los acosados). Y, si ni las naciones ni las lenguas constituyen un fin intrínsecamente bueno ni auténtico por el que luchar, mucho menos cuando para defenderlas hay que sacrificar la libertad, el bienestar o las oportunidades de los ciudadanos, que sí lo son. Si el PP insiste en la línea de su campaña lingüística y consigue presentarse como adalid de éstos últimos en lugar de serlo de la unidad de España, ganará muchos puntos en el electorado catalán y, sobre todo, ayudará a desatascar el eterno empate retroalimentador al que está condenada la colisión de los falsos mitos.

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