Romancero nuevo de la Guardia Civil
06.12.07 @ 12:28:30. Archivado en Cuerpos de Seguridad del Estado
Si Federico García Lorca hubiera escrito en nuestro tiempo el Romance de la Guardia Civil, no serían negras las herraduras de sus caballos, ni de plomo sus calaveras, que, de hecho, lloran. No serían los agentes quienes ordenan silencios de goma oscura, sino sus compañeros, sus allegados y los ciudadanos que les rinden homenaje quienes se sumergen en un mutismo voluntario, escenificando un honorable aunque a fin de cuentas baldío esfuerzo de solemnidad. Y sí, qué duda cabe: les ha conducido a ello la vaga astronomía de pistolas inconcretas que gira en la cabeza de unos pobres alucinados.
Los españoles de mi generación no corrimos delante de los grises ni vimos arrasar la ciudad de los gitanos. Todo lo contrario. Crecimos asistiendo con desconcierto e indignación infantiles a la interminable serie de atentados que nos escupían los telediarios, aliñando nuestras sobremesas con sangre de militares, guardias civiles y policías nacionales.
Es muy probable que el flagrante constraste entre buenos y malos, entre víctimas y verdugos, nos hiciera simplificar un poco las cosas, pero la honda impresión que nos produjeron aquellas imágenes grabó a fuego en nuestro cerebro la conciencia de con qué bando estamos. Redujo a la categoría de anécdota la evidente permanencia de un buen número de fascistillos en el Cuerpo y nos volvió impermeables hacia los modelos de comprensión planteados en términos de rebeldes heroicos y esbirros del sistema que siguen latiendo en muchos nacionalistas y en algunos izquierdistas que en su día lucharon contra el franquismo.
Es más; una intuición pueril que entonces nos dejaba perplejos e impotentes mantiene toda su pertinencia. A diferencia de otras víctimas de ETA, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado sí que podían haberse tomado la justicia por su mano. Habrían tenido todas las de ganar y, aunque los resultados hubieran sido posiblemente indiferentes o, en todo caso, contraproducentes para la lucha contra el terrorismo, habrían sido sin duda muy satisfactorios para su sed de venganza. Y sin embargo no lo hicieron.
Por todo ello, los estrambotes que, en algunas concentraciones de repulsa, anudan los versos "¡Viva la Guardia Civil!" y "¡Viva España!" con inequívocos resabios fascistas, o llaman maricón a Pedro Zerolo y traidores y asesinos a los miembros del Partido Socialista, resultan especialmente zafios, altisonantes y anacrónicos. Más allá del disparate (no por mil veces repetido menos disparate) que supone sugerir que un Gobierno se rinde a una banda terrorista, y de la circunstancia menor, simbólica e inoperante de la unidad o desunión de los demócratas a la hora de asistir a las manifestaciones, el problema es que tales estribillos no encajan en metro, ritmo ni rima en el romancero nuevo de la Guardia Civil.
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Kiko Rosique
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