Descontextualizando a Savater
25.09.07 @ 10:28:46. Archivado en Nacionalismos
Woody Allen se olvidó de meter en el noveno círculo del infierno de Deconstruyendo a Harry (esa película genial que algún desaprensivo tradujo por Desmontando…, arruinando así la decisiva alusión a la teoría con la que Jacques Derrida refuta toda pretensión de coherencia en la construcción de un discurso) a los periodistas que sacan de contexto una frase particularmente sonora que haya pronunciado un personaje relevante con el único objetivo de desprestigiarle de cara a la opinión pública. Entre ellos ocuparían un lugar de excepción, muy cercano al fuego eterno, los que en La Razón y Libertad Digital resaltaron de la charla con la que Fernando Savater presentó su colección monográfica en Arles la contundente sentencia "España me la sopla".
Yo también estuve en la presentación celebrada en el Hotel Miguel Ángel de Madrid y, al ponerme a redactar el teletipo correspondiente para la agencia Servimedia, estuve tentado a titularlo con dicha expresión. Sin duda era la más efectista y polémica, la que inmediatamente llevarían a su portada los periódicos que, para mí sin fundamento ninguno, temen que el nuevo partido Unidad, Progreso, Democracia que apadrina Savater pueda quitarle votos al PP. Pero renuncié a hacerlo. Porque esa frase, pronunciada en respuesta a una pregunta de uno de los asistentes al almuerzo-rueda de prensa, perdía su verdadero sentido y (en estos tiempos en que los nacionalistas de un lado y otro se dedican a torear con banderas a sus respectivos rebaños) se llenaba de connotaciones falaces si se entrecomillaba sin la compañía de la interpelación que la desencadenó.
La pregunta que llevó a Savater a decir que "la idea de España" (no España como tal) se la sopla recordaba que muchos nacionalistas catalanes o vascos intentan deslegitimar el ideario de grupos como UPD o Ciutadans de Catalunya acusándoles de nacionalistas españoles. Esa acusación es la que refutó Fernando Savater aclarando que él no defiende entidades metafísicas como son España, Euskadi o Cataluña, sino los derechos ciudadanos que se conculcan bajo una coartada tan inconsistente como las naciones.
Por si fuera poco, la pregunta llovía sobre mojado. Yo mismo acababa de sugerirle (es una idea que ya he expuesto varias veces en este blog) que sería mucho más coherente y eficaz combatir a los nacionalismos periféricos, no enfundándose en la bandera española, sino explicando con honestidad a la sociedad vasca y la sociedad catalana que una creencia sentimental y privada como es el patriotismo no puede desempeñar papel alguno en el debate político. Y que, al igual que nadie en estos tiempos se atrevería a utilizar como argumento un ser metafísico como Dios, tampoco debería aceptarse el empleo como tal de organismos no menos fantasmales como son Cataluña o Euskadi (o España, si fuera el caso). En este contexto, y sólo en este contexto, dijo Savater que a él la idea de España se la sopla.
Esta analogía entre Dios y las naciones, que a mí me parece tan evidente y esclarecedora, se acerca bastante al espíritu ilustrado con el que Savater arremete por igual contra los dogmas nacionalistas y los religiosos (el cual espero que quede impreso en el programa de UPD, porque distanciaría al nuevo partido del lastre más nefasto que hipoteca a cada uno de los dos grandes partidos, uno por ideología y otro por puro oportunismo). Me da la sensación de que Savater lo hace más porque tanto la imposición nacionalista como la religiosa coartan la libertad del individuo que no las comparte o asume. Y yo, más jacobino, lo hago simplemente porque los motivos que las justifican son irreales o, cuando menos, su existencia no está demostrada, y por tanto han de quedar relegados al ámbito de lo privado y no determinar las decisiones gubernamentales en asuntos como la organización territorial, la normalización lingüística y el rotulado de los comercios, o el matrimonio homosexual, el aborto, la investigación con embriones y la asignatura de Religión. Pero, en cualquier caso, ambos compartiríamos que ni las naciones ni las religiones pueden primar sobre el individuo. Y no creo que, en ese sentido, sea tan difícil entender que Savater recalque que lo que le importa no es la idea de España sino los derechos ciudadanos.
El editorial con que Libertad Digital acompañó su tramposa reseña de la intervención de Savater en el Hotel Miguel Ángel, y aquí en PD el bloguero Alejandro Campoy, se empeñan en recordarle que es precisamente España quien garantiza a los ciudadanos los derechos por los que aboga. Bueno, me imagino que la palabra nacionalcatolicismo bastará para desmentir por partida doble esa misteriosa identificación entre España y libertad que realizan los críticos de Savater. Pero, aun dando por supuesto que éstos se refieren sólo al momento presente, y suponiendo que tengan razón al afirmar que únicamente Euskadi y Cataluña conculcan la libertad (siempre se podría decir que los independentistas de ambas comunidades autónomas tampoco gozan de la libertad de escindirse en caso de que así lo decida una mayoría de sus habitantes), no hay ninguna razón para exigir a quien defiende los derechos ciudadanos que no lo haga exclusivamente por ellos mismos, puesto que son conceptualmente distintos de cualquier entidad nacional.
Por si fuera poco, y para que nadie pueda acusar a Savater de irse por las ramas de la teoría y descuidar la situación de hecho, el pensador vasco también se pronunció con claridad a favor de la fijación para siempre de las competencias que corresponden al Estado y a las comunidades autónomas, con el objeto igualar las de todas las regiones y evitar más cesiones a los nacionalistas catalanes o vascos. E incluso apuntó la conveniencia de recuperar algunas atribuciones para el primero. Yo no sería capaz de suscribir esta afirmación, porque fijar el statu quo equivale en el fondo a mantener la unidad de España, que no es un objetivo digno de perseguir en sí mismo más que para el nacionalismo español (que , como ve, señor Campoy, también existe). Pero el caso es que Fernando Savater sí lo hizo, con lo que titular su discurso con ese ruidoso "España me la sopla" ya no es sólo descontextualizarlo, sino tergiversar y contradecir con descaro y malicia a uno de los tipos más lúcidos del panorama intelectual de este país.
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Concuerdo con su opinión en bastates más puntos de los que se imagina. De hecho, considero que sobre el llamado nacionalismo español o el mismo concepto de España puede haber el suficiente grado de acuerdo como para "recontextualizar" las palabras de Savater.
El problema -mío, por supuesto- con D. Fernando es la todavía inexplicable posición que ha adoptado durante toda esta legislatura con relación al llamado proceso de paz: este punto es perfectamente opinable, por supuesto, pero hay millones de ciudadanos que hemos sufrido un terrible desengaño con respecto a él por este motivo.
Y las explicaciones que ha dado no nos reultan en ningún modo satisfactorias.
Un cordial saludo.
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Kiko Rosique
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