El debate y las actas

Permalink 06.07.07 @ 10:22:11. Archivado en País Vasco, Gobierno Zapatero, Debates parlamentarios

Por primera vez en esta legislatura, suscribo la opinión de la mayoría de los ciudadanos de que el Debate sobre el Estado de la Nación lo ganó José Luis Rodríguez Zapatero, por lo que, leyendo a Federico Jiménez Losantos o a Juan Carlos Girauta, me acomete esa impresión futbolística de que ellos tuvieron que ver otro partido. Acostumbrados como estábamos a un Rajoy siempre incisivo y notable en la oratoria y a un Zapatero divagando con blanda demagogia en las dúplicas, en esta ocasión nos encontramos con un líder de la oposición que se repetía hasta resultar hostil y un presidente del Gobierno que se mostró, por primera vez, concreto y convincente en todas tus contestaciones… menos una, la referente a la negociación con ETA y las actas de las reuniones. Un tema, paradójicamente, en el que ni siquiera en la versión más perjudicial para su imagen (la que dibuja la crónica publicada en cuatro partes por el diario Gara),me parece que el Gobierno tenga mucho de lo que arrepentirse o avergonzarse.

En el debate del martes, Zapatero exhibió datos macroeconómicos aún mejores que los de la era Aznar, y a estas alturas ya no cabe atribuirlos a la gestión anterior o afirmar que se habrían producido de todas maneras sin este Gobierno. Antes del 14-M, el PP y su radio favorita aseguraban que con el PSOE se acabaría la bonanza, por lo que ya no cuela que insinúen que el crecimiento estaba poco menos que predeterminado. Si lo hubiera estado, tenían que haber dicho: la economía seguirá bien, pero que quede claro que será gracias a la situación que ha dejado el Partido Popular. En este sentido, Zapatero estuvo hábil al recordarle a Rajoy que éste no se creía al principio de la legislatura el anuncio de unas cuentas menos optimistas de las que al final se han conseguido. El presidente del Partido Popular tampoco le pudo replicar, como el implacable Javier Nart en Madrid opina, que tales datos no se traducen en una mejoría equitativa para todos los ciudadanos, porque el PP, más liberal que nadie, es otro fabulador de la patraña de las grandes cifras y, de hecho, ataca la mayoría de las acciones intervencionistas sobre impuestos, salarios mínimos y pensiones con que los socialistas a veces amagan un tímido intento de redistribuir la renta.

Por lo demás, el presidente retó con claridad y por duplicado al líder popular a que señalara qué contenido del temario de Educación para la Ciudadanía ultraja su conciencia, y éste no pudo responderle. Finalmente, las muy justificadas críticas al ruidoso e inane proceso estatutario se ven neutralizadas, como ya advertí hace tiempo, por el torpe catastrofismo que la oposición en la primera mitad de la legislatura, lanzando vaticinios de una ruptura de España que ahora suenan aún más absurdos que la iniciativa de Zapatero. Al PP le habría ido mucho mejor si la hubiera presentado como lo que realmene es, una estupidez inspirada por lo que desde su designación como secretario general del PSOE le debía al PSC, y por la promesa que le hizo a destiempo, y no como una tragedia.

Si a todo ello le añadimos una serie de políticas sociales que, sin ser muy complicadas de diseñar, sí han supuesto avances de mayor o menor calado en ciertos temas (homosexuales, igualdad de sexos, violencia de género, precariedad en el empleo, tabaco, accidentes de tráfico) a cuya problemática es sensible la mayoría del electorado, el único flanco débil que se le encuentra al Gobierno es el que se deja por su sospechoso silencio sobre los contenidos concretos de su diálogo con ETA, una vez han sido aireados con peor o peor intención por Gara.

En líneas generales, yo sí me creo la explicación que publicó el periódico vasco. Me la creo porque es profusa y verosímil, porque los redactores obviamente están muy cerca de una parte de las fuentes más autorizadas en este asunto y porque, a fin de cuentas, no se encuentra tan lejos de la que Luis Azpeolea ha esbozado en dos entregas en El País. Salvando la lógica dignificación que el periódico abertzale hacía de la posición mantenida por sus correligionarios, la única discrepancia es que Gara afirmaba que en las conversaciones desde el principio se habló de acuerdos políticos y el Gobierno, Azpeolea y el PNV aseguran que fue ETA la que cambió la agenda a partir del verano de 2006. Pero es obvio que alguna expectativa de arreglo político, posiblemente con ambigüedad calculada, palabras amables y el historial de publicaciones de Jesús Eguiguren, tuvo que presentar el PSOE a sus interlocutores para que éstos se sentaran a hablar. Y, cuando la banda se dio cuenta de que la mesa política de Loyola no funcionaba de acuerdo a sus expectativas, primero endureció su postura, luego puso la bomba de Barajas y finalmente se apeó del carro. ¿Incumplimiento de compromisos por parte del Gobierno, como denuncia ETA? ¿Empeño en tutelar la mesa política por parte de ETA, según critican el PSOE y el PNV? Son dos maneras simétricas de expresar exactamente lo mismo

Debe quedar claro que conceder como punto de partida la existencia de Euskal Herria, coquetear con el derecho de los vascos a decidir su futuro y no negarse en banda a modificar el estatus de Navarra no quiere decir que Zapatero se planteara en ningún momento convertir el anzuelo que ofrecía a los terroristas en la antesala de un banquete. Más bien parece (a cualquier observador no ofuscado se lo debería haber parecido siempre) que, aunque lógicamente las dos partes "exploraran" hasta dónde estaba dispuesta a llegar la otra, fue el presidente quien intentó engañar a ETA y no al contrario, basado en una estrategia que consistía en aprovechar la debilidad de la banda y la ilegalidad de su brazo político para arrancar a los etarras un acuerdo favorable a los intereses del Estado. Era cabal pensar que éstos no se atreverían a mantener sus exigencias máximas en una posición tan precaria, aunque, a lo largo del proceso, cada vez fue quedando más claro que, en su fantasía mesiánica (y su honestidad ideológica, todo hay que decirlo, que es perfectamente compatible e incluso compañera indispensable del fanatismo), siguen pensando que pueden ganar esta guerra.

Por todo ello, de cara al electorado, el Gobierno tendría bastante que ganar si dejara de enrocarse en la puerilidad de negar todo crédito a lo que dicen los terroristas (un recurso perezoso, cobarde y nada convincente al que se acogen por por turnos socialistas y populares según les convenga) y reconociera, con los matices y precisiones que vengan al caso, que lo que decía Gara es básicamente cierto. La versión del periódico abertzale, aunque fuera en gran medida para explicar a sus bases que la culpa de la ruptura la ha tenido el Ejecutivo, pone de manifiesto que éste en ningún momento estuvo dispuesto a hacer concesiones políticas ni a admitir la lógica de "paz por autodeterminación"; ni siquiera cuando en mayo ETA ofreció a cambio desmantelar sus estructuras militares, el premio máximo que podría haber recibido un presidente supuestamente empeñado en apaciguar a los terroristas. Todo esto resultaba evidente para cualquiera que pensara en Zapatero como un político deseoso ante todo de mantener su puesto y no como un lunático obcecado por una propensión a la claudicación nunca antes reseñada en los manuales de psiquiatría o por un odio visceral al país de cuya pervivencia depende su empleo. Pero se han escrito y radiodifundido tantas estupideces al respecto, y han hallado éstas un campo de cultivo tan propicio en la ignorancia, la falta de sentido crítico y el forofismo político de buena parte de los españoles, que no estaría de más que el Gobierno accediera a desempolvar las actas de las reuniones y explicara a la nación las conclusiones que se desprenden meridianamente de las informaciones de Gara.

Hay, sin duda, dos revelaciones bastante plausibles de Gara que dejan en mal lugar al Gobierno. Una, que el PSOE negoció con el entorno abertzale a la vez que firmaba con el PP el Pacto Antiterrorista y ayudaba a promulgar la Ley de Partidos. Yo simpatizo poco con uno y otra, pero es evidente que, aunque fuera a través de intermediarios, no se puede jugar a dos barajas cuando de cara al público se está aparentando una posición de apoyo inequívoco a Aznar. Tras el cambio de gobierno, la Ley de Partidos seguía siendo de obligado cumplimiento para el poder ejecutivo, y sin embargo Zapatero le ofreció a ETA permitir que Batasuna la sorteara de facto y finalmente derogarla en un plazo de seis meses. Pero es que tampoco convenía anularla, como le exigía El Mundo a Zapatero, porque su existencia era útil como espada de Damocles en la mesa de negociación.

Sin duda, al PSOE le estorbaba esta norma y la ficción de que la legislación es universal y uno tiene que ser coherente consigo mismo, porque le restaba margen de maniobra en la estrategia política, que es mucho más flexible y moldeable que la jurisdicción. Pero, a estas alturas en que ya no se puede negociar nada con ETA, no pasaría nada porque el Gobierno reconociera que la Ley de Partidos le valió para presionar a Batasuna pero que su fin natural era la desaparición, como moneda de cambio para que los terroristas dejaran las armas. Al Gobierno no le costaría explicar a los españoles que habría sido perfectamente lógico legalizar Batasuna a cambio del fin de la violencia (¿de qué entramado terrorista iba a formar parte entonces?, ¿qué atentados iba a rehusar condenar?). Diciéndolo así de claro, quedaría mucho mejor que respondiendo con el silencio a las críticas del PP por incumplir la Ley de Partidos.

La otra revelación molesta de Gara es que el Gobierno siguió negociando con ETA después de haber proclamado a instancias del PP que el diálogo estaba definitivamente roto tras el atentado de Barajas. Muchos pensamos que Zapatero se equivocó prolongándolo, pero, ya que lo hizo, su mayor error consistió en negarlo; una nueva muestra de que, si la presión del PP ha influido en el fracaso de la negociación, ello es sobre todo porque al Gobierno le faltó convicción y le sobró improvisación. Aun así, ¿ahora mismo le supondría tanto coste electoral alegar que lo hizo porque quiso explorar la última oportunidad de llevar a buen término el proceso de paz? Las encuestas del año pasado demostraban que la mayor parte de la población apoyaba el proceso. Y, en cualquier caso, de nuevo, quedaría mucho mejor reconociendo eso que empeñándose en negar unos contactos que parece obvio que se produjeron.

El resto de reproches que el PP y sus medios afines le han hecho a Zapatero apoyados en los reportajes de Gara carecen de consistencia. Es normal que las dos partes pactaran y midieran al milímetro las declaraciones públicas, y el término "accidente" es completamente pertinente desde el punto de vista del proceso, sin que ello signifique que no se refiera a un atentado con culpable bien determinado, ni que el presidente del Gobierno comparta las categorías de ETA. Casimiro García-Abadillo, siempre tan perspicaz, denuncia que el recurrir a una Fundación extranjera supone otorgar la misma entidad al Estado que a la banda terrorista, pero era tanto lo que habríamos conseguido si las negociaciones hubieran dado fruto que a mí, personalmente, no me acucian los escrúpulos ni la sensación de que mi país ha quedado deshonrado o humillado; desde luego, nadie por aquí mencionaba dichas menudencias cuando quienes negociaban eran Londres y el IRA o Tel-Aviv y Al Fatah. Además de tales presuntos desdoros, estaría dispuesto a admitir que el Gobierno, si es el caso, hubiera aflojado un poco la presión policial que no depende de órdenes judiciales sobre los miembros de ETA que no tuvieran delitos de sangre. Por último, sobre ANV ya escribí en su día que no creo que incumpliera la Ley de Partidos, y, aunque parece que el Gobierno también quiso negociar con el número de listas de esta agrupación que dejaba presentarse a las elecciones, la reacción de los terroristas demuestra que no la sienten especialmente suya.

En definitiva, Zapatero, pese a que salió muy reforzado del Debate sobre el Estado de la Nación, debería haberse atrevido a dar respuestas tan concretas y tan nítidas sobre las negociaciones con ETA como en el resto de los ataques que le lanzó Rajoy. Y ganaría muchos puntos ante la opinión pública si comentara y matizara la versión que dio Gara sobre las actas, en vez de negarla toda verosimilitud. Desde luego, si de algo se le puede acusar no es lo que le recrimina el PP, sino lo que le podrían echar en cara muchos nacionalistas vascos: que ni siquiera en el caso de que ETA desapareciese se iba a permitir a los habitantes de dicha comunidad permitir decidir su futuro. Y eso es tanto como decir que Euskadi es una colonia. Pero, en fin, ya discutí este tema en otra ocasión, y ahora sólo procede constatar que, mientras el propio Imaz acuse a la banda de ser la culpable de la ruptura del proceso (a fin de cuentas fue ella la que no aceptó las decisiones adoptadas por mayoría de dos a uno en la mesa política en Loyola cuya constitución solicitó la propia Batasuna), queda también desactivado el único temor que podría sentir Zapatero a revelar lo que ocultan las actas de las reuniones con ETA. Que, como mucho, será que el Gobierno quiso engatusar a los etarras haciéndoles creer que se atrevería a vulnerar la Constitución, y, tras unos meses de tanteo, éstos no se dejaron.

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