Sobre la libertad educativa de los padres y por qué el fundamentalismo laico no existe
27.06.07 @ 11:28:29. Archivado en Educación, Religión
Vaya por delante que en absoluto soy partidario de que los escolares pierdan dos horas a la semana estudiando Educación para la Ciudadanía. Primero, porque sería preferible que las dedicaran a aprender contenidos que les sirvieran para incrementar su bagaje cultural o las capacidades con que un día les tocará presentarse al mercado laboral, en vez de perderlas en una maría que divague sobre obviedades como lo necesario que es respetar al otro aunque sea diferente. Y, segundo, porque en el colegio deberían aprenderse realidades objetivas y no las convenciones aceptadas dentro de un paradigma particular como es el democrático. Pero no es precisamente ésa la argumentación de los cruzados que arremeten con denuedo contra la asignatura, basados en dos falacias como la defensa de la libertad de los padres para educar a sus hijos y la presentación del laicismo como el nuevo fundamentalismo.
Es cierto que la Constitución, en su artículo 27.3, dispone que los poderes públicos han de garantizar "el derecho que asiste a sus padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones". Pero las de los detractores de Educación para la Ciudadanía quedan aseguradas de sobra con el mantenimiento de la asignatura voluntaria de Religión, y, dado que las clases se componen de muchos alumnos nacidos de padres distintos, nadie puede pretender que el contenido de otras asignaturas no las contradiga. ¿Debería eliminarse la teoría de la evolución del temario de Ciencias Naturales para no ofender a los progenitores que crean a pies juntillas en el mito de Adán y Eva? ¿Y a Marx o a Nietzsche de los de Historia y Filosofía, para no ultrajar a quienes aborrezcan de sus ideas? ¿Tendrá que omitirse que la tierra es redonda y gira alrededor del Sol, por si acaso hay algún alumno procreado por miembros de la Sociedad de la Tierra Plana? ¿Y qué hacemos con Geografía? Siendo consecuente con la posición que ha adoptado en este tema, el Partido Popular no debería protestar por el hecho de que en las ikastolas, obedeciendo la libertad mayoritaria de los padres que envían allí a sus hijos, se estudien libros que dibujan bien delimitado un país denominado Euskal Herria.
Al calor de la discusión en torno a Educación para la Ciudadanía, la derecha se ha dedicado con fruición a dibujar una imagen ominosa del Estado como ente adoctrinador y conculcador de la libertad del individuo, en la mejor tradición de George Orwell y, curiosamente, también de la izquierda occidental del 68 y su gurú teórico Michel Foucault. Pero, contrariamente a la personificación del Estado que sugiere esa concepción, el poder en las democracias no es un conglomerado monolítico con muchos brazos y voluntad propia, que programa hasta la vida privada y el modo de pensar de las personas, sino una estructura de puestos vacantes que van ocupando sucesiva y simultáneamente distintos individuos. En el tema educativo, la encabezaría el ministro correspondiente, que en su momento será reemplazado por otro del mismo partido o de otro, y seguiría por los autores de los textos de Educación para la Ciudadanía propuestos por las diferentes editoriales, cada cual con su idiosincrasia; los directores de los centros educativos, muchos de ellos concertados católicos; y los profesores encargados de impartir la asignatura, con su libertad de cátedra.
En estas circunstancias, creo que sería mucho más fidedigno y menos totalitario el adoctrinamiento del Estado, caso de que lo hubiera, que el adoctrinamiento de los padres, que no pasa por filtros ni contrapesos, no se realiza a los ojos de la sociedad y carece de competencia alguna. Y no me parece que un genérico enunciado constitucional deba tener prioridad sobre el derecho de los niños a recibir una educación objetiva, o al menos libre en lo posible de los prejucios de sus propios padres y capaz de constrastarla. La imagen de la formación que se transmite en el seno de las familias como una especie de último baluarte de la libertad y la dignidad humana, que resiste con medios precarios pero con una honestidad y un compromiso a prueba de bombas el abrazo de los tentáculos estatales, no pasaría de ser una ingenua construcción bucólica si no fuera por la malicia y la demagogia con la que la instrumentalizan los detractores de Educación para la Ciudadanía.
Particularmente, en lo que respecta a la asignatura de la discordia, ¿qué tipo de padres tendrían que hacer uso de su reducto doméstico para contrarrestar las malas influencias del adoctrinamiento que reciben en el colegio? ¿Unos padres machistas, que tuvieran que aprovechar su esfera de influencia para compensar el mensaje de que los dos sexos tienen derecho a su promoción individual y profesional? ¿Unos padres racistas, a quienes les tocara desmentir las maledicencias de que los inmigrantes son personas igual que nosotros? ¿Unos padres fascistas, a quienes les repugnara que sus hijos aprendieran los usos democráticos? En realidad, ninguna de estas actitudes cabe en el ideario de los sectores que se oponen a Educacion para la Ciudadanía, que son de mentalidad cristiana y tradicionalista. Todos los alegatos exaltados sobre el totalitarismo del Estado y la libertad de conciencia del individuo se concretan, como dicen los editoriales de El País, en una sola discrepancia: la que mantienen respecto a la defensa de que todos los tipos de familia y todas las opciones sexuales tienen la misma validez. Un planteamiento que se opone frontalmente a la idea católica del matrimonio heterosexual y cuya imposición atribuyen a eso que llaman laicismo radical o fundamentalismo laico.
La acuñación de este término fue un feliz hallazgo de algún cerebro pensante del Vaticano o de la Conferencia Episcopal, porque endosaba a la parte contraria una connotación peyorativa que históricamente ha acompañado siempre a la religión. Y, desde luego, una doctrina no creyente también puede ser fundamentalista o radical, sin que quepa contraponer al respecto un debate sobre pajas en el ojo ajeno y vigas en el propio, o una competición para dirimir cuál de las dos opciones peca más de integrista e intolerante. Lo que sucede es que, por ingeniosa y eficaz que resulte, la expresión fundamentalismo laico es un oxímoron, una contradictio in terminis. Por definición y naturaleza, el laicismo no puede ser fundamentalista.
Los católicos y varias comunidades protestantes pretenden presentar el litigio entre laicismo y fe como un pulso entre dos doctrinas opuestas, dos opciones de igual valía entre las que la elección siempre conllevará un punto de subjetividad. Desde esa perspectiva, en la que no hay verdad ni mentira sino sólo opiniones, es lógico que apelen al principio democrático de tolerancia y respeto a la opción particular de cada individuo, y que deploren la presunta "exigencia de total sometimiento a unos dogmas" laicos, que es lo que entendemos como fundamentalismo. Pero ocurre que el laicismo no es ni una opinión ni una doctrina, y no pretende imponer ningún dogma. Es todo lo contrario: el no-pronunciamiento, la no-doctrina, dado que se limita a rechazar la autoridad de unos presupuestos (la existencia de Dios, el que tenga un proyecto para la humanidad y una serie de mandamientos que hay que cumplir y, finalmente, el que la Iglesia católica lo conozca y sea su portavoz autorizado) que no se han demostrado verdaderos. No hay dogmas laicos, porque el laicismo no formula aseveraciones en afirmativo, sino que se define únicamente por contraposición, como negativa a aceptar los dogmas católicos, edificados sobre una cuestión de fe y no sobre una base probatoria. Y tampoco hay opiniones laicas, porque negar la validez de una opinión que no está demostrada no es una opinión; es, hasta donde conocemos, lo que se entiende por verdad.
Por ello, mal que les pese a los creyentes, la neutralidad no se sitúa en el punto medio entre fe y laicismo, sino en la apuesta total por éste último. Los laicos no propugnan nada, no toman partido subjetivo, se quedan en la casilla de salida ante la falta de razones visibles por las que decantarse por cualquiera de las opciones religiosas. Llamarles fundamentalistas sería como tildar especularmente de racista a quien, en el debate sobre la relación entre las etnias, abogara por la igualdad radical de todas por la sencilla razón de que nunca se ha probado la superioridad de la raza blanca. En el caso concreto de la equiparación de todas las opciones sexuales que hace Educación para la Ciudadanía, la neutralidad ideológica que se presupone al Estado se realiza precisamente si defiende a todos los tipos de familia por igual, y no podría cumplir con ella de ninguna otra forma. Esto no es un dogma laico, porque lo único que hace al postular esa igualdad es constatar que, como ya argumenté detalladamente en "Lo que la voluntad ha unido, que no lo separen las convenciones", no hay ninguna razón real para sostener el dogma católico de que la pareja homosexual es menos matrimonio o menos propicia para criar niños que la heterosexual. Ante esta evidencia, quejarse de que las aulas van a impartir una doctrina que conculca o agrede las convicciones de los padres es tanto como protestar porque desautoriza sus prejuicios infundados.
El laicismo es un ejemplo palpable del modo de pensamiento que ha encumbrado a Occidente en la época moderna y, por el contrario, ha sido pisoteado por la teocracia en los países musulmanes: la aproximación a la verdad a través de la negación de las mentiras. Quizá toda afirmación en positivo implique cierta argumentación circular a partir de unas premisas convencionales con las que se retroalimenta, pero sí se puede avanzar limando asunciones, como las de distintas confesiones religiosas, que no han superado el criterio empírico-racional que compartimos todos. La libertad, la igualdad, la tolerancia y la democracia (además de, por supuesto, el progreso técnico) se han ido sedimentando en Occidente como únicas coordenadas válidas precisamente porque se perdió el respeto por las presuntas verdades absolutas que pesaban más que ellas e importaban más que el bienestar del individuo. Así que no deja de ser curioso que, en la polémica en torno a Educación para la Ciudadanía, sus detractores, por un lado, sean los mayores defensores de la superioridad de la civilización occidental sobre el islam y, por otro, se hayan autoinvestido como defensores de la libertad del individuo abrazando las tesis de quienes subordinan esa libertad a los supuestos dictados de un mensaje divino que, para colmo, jamás ha escuchado nadie.
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La palabra Economía también es griega, surge de la conjunción de dos asuntos fundamentales y que TODO hombre conoce: Eco= su casa, Nomos= su ley. De manera que en un sistema donde el Ciudadano NO es el Legislador directo... a éste se le sustrae todo su Poder, no solamente el mayor, que es dictar la Ley (Locke), sino también el de Gobierno, pues todas las decisiones ni siquiera las conoce.
Por lo tanto, 'Educación pc' o 'Catecismo' o Capitalismo integral, o cultura del Espectáculo,.. equivalen a hombre acrítico grupal. Lo contrario de lo que se hace en aquella Grecia donde naciera la 'Demo'cracia: inculcar al niño una autoestima tal que lo convence para ser.... Legislador. Y éste, 'sabiendolo'... abre treinta mil millones de neuronas independientes para acometer 'esa' misión.
Los griegos, si vinieran al Occidente moderno dirían: fíjate, con tanta tecnología que tienen estos extranjeros, y no se han percatado de que los Legisladores tienen que ser la mayoría, pues los no legisla...
A mí me obligaron a estudiar Religión, y la verdad, no me ha servido para mucho. Si no la hubiera estudiado no habrían cambiado las cosas sustancialmente. ¿Por el hecho de estudiar una asignatura, se forma la ideología de un niño? No conozco ningún caso claro de esto.
De manera que el "EL NOSOTROS", la Democracia, la que tiene que cambiar el signo de los tiempos y empezar a pensar, Sr. Rosique, que el Comunismo ha fracasado, y que el Capitalismo es manifiestamente mejorable para buscar el Poder Adquisitivo personal, para lo cual es necesario fijar un Límite a la Riqueza personal.
En cuanto a los demás elementos de la 'enseñanza', la Alta Tecnología, la sensatez, y la coherencia, es el camino, todas las vetusteces pertenecen al museo, eso es lo que se merece esta generación recién llegada.
¿Cual es la 'cultura' que implanta hoy la Élite en el poder? pues el Capitalismo, es decir, un tipo de Economía que se llama de Ganancia, para lo cual inserta sus iconos:
1. No hay límite para la Ganancia personal del que es honesto emprendedor y guarda las reglas de la Democracia.
2. Nosotros lo ayudaremos a que acumule sin límites todo el dinero al que pueda acceder, hoy, cincuenta mil millones de euros, y como es necesario crear la escasez para que funcione la Ley de Oferta y Demanda, nosotros subsidiaremos el tejido productivo para que suban los precios de las cosas. Y baje la tasa de puestos de trabajo.
3. Nosotros coadyuvaremos para blindar nuestros mercados, para asegurar que los terceros países no produzcan en exceso, así mantendremos los precios de las cosas.
4. No importa que por la búsqueda primordial del E...
Antes, la Religión Católica (aquí) era el Fundamento del Estado (durante dieciocho siglos)... al servicio del poder y del dinero, incluido el instituto de la esclavitud (siervos de la gleba). En Estados Unidos la Religión Fundamento es la Protestante.. al servicio del poder y del dinero,. Y en la Francia que emerge de la Ilustración es... el ATEISMO DOCTRINARIO. Ésta es la Religión del Estado en el área no protestante del Capitalismo, que incluye a todos los países de Europa, Rusia y China.
Este término, mucho más preciso que el de fundamentalismo laico, atina a designar 'lo' que pretende el Estado: servir a otro Señor que es el verdaderamente Poderoso, Infinito, imputriscible, caballero, don DINERO.
El Estado NO puede declarar por las bravas que su objetivo es que la mayoría sea gobernada por una minoría, que su objetivo es asegurar que los circuitos de dinero sean puestos bajo las riendas de la Élite, ..pero lucha par...
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Kiko Rosique
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