El gran cambio de estos cinco meses
12.06.07 @ 11:35:10. Archivado en País Vasco, Partidos políticos
Aunque algunos comentaristas de la derecha (Juaristi en ABC, Anson en El Mundo, Girauta en Libertad Digital) teman que, apoyando incondicionalmente a Zapatero, Rajoy se esté prestando a recibir un abrazo del oso, la nueva actitud que ha asumido el líder del PP sin que haya mediado una variación notable en las posiciones respecto al mes de enero no es en absoluto descabellada. En realidad, pone de manifiesto el gran cambio que se ha producido en estos cinco meses, y la razón por la que el Gobierno ha perdido algo más que tiempo por no cambiar de estrategia antiterrorista cuando tenía que haberlo hecho, tras el atentado de Barajas. Dicha transformación no tuvo lugar el 4-J, fin oficial del alto el fuego, sino el 27-M. Las elecciones municipales encaramaron al PP en una tendencia ascendente, le dieron vitola de alternativa optimista y fiable y, precisamente porque se ven con posibilidades de ganar las generales, los populares saben que han de moderarse para que, primero, los electorados catalán y vasco no se movilicen contra ellos en las urnas, y, luego, pueda firmar pactos de gobernabilidad con CiU y el PNV.
Suele decirse que las relaciones sentimentales duran siempre un poco más de lo que deberían haber durado, y a Zapatero le ha pasado algo parecido con ETA. Le ha costado un mundo dar el adiós definitivo a su apuesta más personal, con la que durante un tiempo sintió que iba a tocar el cielo, y, por no romper inmediatamente después del atentado de Barajas, ha dejado languidecer el proceso durante cinco penosos meses, en los cuales él se ha arrastrado en una serie de indecisiones, guiños desesperados y tolerancia a medias que han revelado a la sociedad su desconcierto e impotencia. Todo ello sin servirle más que para que, en vez de poner fin a la relación abandonando a ETA, haya sido la banda quien le ha dado calabazas a él.
En enero, el Gobierno lo tenía igual de fácil que ahora para obtener el apoyo de los nacionalistas moderados, IU y ERC a una política de mano dura contra ETA mientras ésta no diera muestras fehacientes de que deja las armas. Y, si en su momento fue cabal suponer que la pésima situación militar de los terroristas y la ilegalidad de su brazo político les aconsejaría buscar una salida honrosa, aliviar la situación de sus presos y recuperar su voz en las instituciones, por entonces ya resultaba obvio que ETA no iba a picar el anzuelo de las promesas vagas y los buenos modales, y que exigía unas contrapartidas políticas inmediatas que, pese a las tonterías que se han dicho sobre cesiones y rendiciones, es obvio que ningún Gobierno le habría concedido. Es decir, que no había ningún motivo para seguir dándose cabezazos contra la pared.
Con el PNV de su parte durante los contactos con ETA y todas las formaciones indignadas por el atentado de la T-4, ¿qué necesidad tenía el Gobierno de exprimir las últimas posibilidades de sacar adelante el proceso en las reuniones de primavera que reveló El Mundo, o, si aceptamos el matiz de Luis Azpeolea, de impedir el victimismo de la base social abertzale sacando a De Juana de la cárcel e impugnando a medias sus candidaturas electorales? Nadie le iba a echar en cara una vuelta al rigor policial, jurídico y penitenciario para convencer definitivamente a ETA de que no le queda otra que sentarse a negociar su disolución. La población habría recibido el mensaje de que Zapatero sabía lo que hacía y por qué había tenido que dejar de hacerlo (todo lo contrario de lo que demostró en sus balbuceos evasivos a las afiladas preguntas de Iñaki Gabilondo), y, respaldado por el resto de formaciones, el presidente habría podido seguir presentando al PP como el partido aislado y enfurruñado del no a todo.
Ahora, Rajoy ni siquiera va a experimentar la tentación de vetar un eventual Pacto Antiterrorista ampliado que incluya, al menos, al PNV de ese irreprochable Josu Jon Imaz que pone la lucha contra el terrorismo por delante de sus legítimas aspiraciones nacionalistas, dado que tendrá que pactar con él (su apoyo o su abstención, según lo que deparen las urnas) si gana las elecciones. Quizás después de las generales el PP tenga que acercarse a su eventual socio, y dejar de considerar que el objetivo es expulsar a los abertzales de la política en vez de obligarles a no hacer nada fuera de ella (lo que dicho sea de paso sería muy saludable para nuestra democracia), pero a corto plazo no parece que nadie vaya a poner en entredicho la Ley de Partidos. Con un final del proceso que aparentemente le da la razón en todo (en realidad, sólo la ha tenido en estos últimos meses, y no en todos los aspectos) y la embarazosa revelación de que Zapatero ya autorizaba los contactos con ETA nada más proponer el Pacto Antiterrorista, su nueva imagen de estadista magnánimo que se pone a disposición del Gobierno privará al presidente de la última coartada que le queda, la del "usted nunca me ha apoyado", y permitirá a Rajoy captar las simpatías de muchos de los votantes moderados que seguramente piensan a estas alturas que el presidente ha perdido el rumbo.
Si alguien está dando a su rival el abrazo del oso, es Rajoy a Zapatero. Con él, y con Ruiz-Gallardón de eventual número dos, el cambio político parece más verosímil que en ningún momento anterior de toda la legislatura.
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Kiko Rosique
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