Lo que la voluntad ha unido, que no lo separen las convenciones
07.03.07 @ 04:25:40. Archivado en Homosexualidad y transexualidad, Religión
Dado que el caso De Juana fue uno de los asuntos que abordé en mi último post y apenas me quedaría más que suscribir las palabras de Alberto Ruiz-Gallardón, quien calificó la excarcelación como el mayor error político de Zapatero, voy a dedicar el artículo de hoy a dos debates que llevan coleando desde mucho antes de la inauguración de este blog, pero que aterrizaron la semana pasada en el Congreso y constituyen, a su vez, dos de los mayores errores políticos del PP, de los que ya advirtió en su día el propio alcalde de Madrid. Por un lado, la mayoría parlamentaria rechazó una moción del Foro de la Familia suscrita por un millón y medio de firmas en contra del matrimonio homosexual y su derecho a la adopción, para la cual los populares se ofrecieron de portavoces. Por otro, aprobó la Ley de Identidad de Género, que permite a los transexuales cambiar de sexo a efectos oficiales aun sin haber pasado por el quirófano, y el PP, incluso a costa de dejar en mal lugar a su ponente, que era favorable a la norma, se buscó una excusa cualquiera para volver al rechazo en que se enrocó durante la presentación de enmiendas, en la que exigía una operación previa al cambio en el DNI.
Vayamos por partes. Por lo que respecta a las uniones homosexuales, desde que el PSOE accedió al Gobierno y anunció su intención de modificar el Código Civil para homologarlas a las heterosexuales, la polémica ha quedado reducida a si han de denominarse matrimonio o si dicho sustantivo debe reservarse a las de personas de distinto sexo. Hay que señalar, no obstante, que esto no siempre fue así, y que el PP tuvo ocho largos años para promulgar una ley de parejas de hecho que equiparara los derechos de unas y otras, como entonces se limitaban a reivindicar los colectivos gays, y, con las honrosas excepciones de Madrid y Valencia, se negó repetidamente a hacerlo. Da la impresión de que la cuestión nominal es el último clavo al que se han aferrado los populares para adoptar una posición propia en un tema en el que son conscientes de que se dejaron comer la merienda, porque, bien por sus propios prejuicios o bien por su servidumbre con la Iglesia, no se decidieron a apostar por una causa que hoy día respalda la gran mayoría del electorado. Pero, sea como fuere, ésa es la controversia actual, y para dilucidarla no viene a cuento emplear como argumento actitudes pretéritas.
Tampoco procede aducir que se trata de "un debate ya superado", como hizo el portavoz adjunto del PSOE en el Congreso, ni que el matrimonio gay es una gran "conquista social", según esgrimieron los de IU y el BNG. Tenía mucha razón la representante de ERC al explicar que la propuesta del Foro de la Familia iba "en contra de la normalización objetiva y social de la homosexualidad", pero tampoco ésa sería una razón suficiente para rechazarla, si hubiera una razón sustancial para denegarles el uso de la palabra matrimonio. Lo que pasa es que no la hay.
Los intelectuales de la derecha, en especial César Vidal, suelen sostener que no se puede transformar el significado de las palabras, como si éstas fueran una idea platónica o un criterio cognitivo y no una convención que se aplica a posteriori a las realidades vigentes en un momento dado. Es natural que el vocablo matrimonio (que, por lo demás, es latino y no se emplea en inglés, ni en alemán, ni en miles de idiomas remotos) se aplicara hasta ahora a las uniones entre un hombre y una mujer, porque durante mucho tiempo las únicas familias han sido ésas y su finalidad primordial estribaba en la procreación. Pero, si el origen de las palabras fuera vinculante en su aplicación a través del tiempo, las mujeres tampoco podrían poseer bienes propios, ya que patrimonio viene de donde viene, y ellas, por mucho que se empeñen, jamás podrán ser padres. Igualmente, las parejas que no pueden tener niños tendrían que irse buscando otro nombre, y hasta a las bodas por lo civil habría que llamarlas de otra manera, porque, en origen, el matrimonio era sólo un sacramento, y tan ajenas a él son las parejas homosexuales como las heterosexuales que no pasan por la vicaría. Pero sería el colmo que consideráramos la etimología como un fundamento válido para resolver los debates sociales modernos, especialmente cuando ya hace cien años que Ferdinand de Saussure dejó establecido que el signo lingüístico es arbitrario, y que no hay ninguna relación entre significante y significado más allá del que otorga la convención establecida en la sociedad. Para atreverse a estas alturas a discutir semejante evidencia y sostener que las palabras significan lo que significan, como si éstas no estuvieran todo el rato ampliando su campo semántico por analogía y convirtiéndose en polisémicas, hace falta una dosis notable de ignorancia, de malicia o, muy posiblemente, de ambas cosas.
El otro argumento que se pone en liza para obligar a los homosexuales a buscar un neologismo (mecanismo de evolución lingüística infinitamente menos frecuente que la polisemia, dicho sea de paso) para bautizar sus enlaces y recordarles así que no son como nosotros es que la sacrosanta institución del matrimonio se ve dañada, desvirtuada o desnaturalizada incorporándolos. Confieso que no logro hacerme una idea de cómo una institución social puede sufrir algún menoscabo si no es poniéndola trabas burocráticas o prohibiéndola directamente. Puesto que es obvio que ninguna pareja heterosexual va a renunciar a contraer matrimonio por repulsa a que se les cuelgue la misma etiqueta que a dos gays o dos lesbianas que decidan hacer lo propio (incluso sería cabal pensar en un escenario en que la familia tradicional fuera compatible y complementaria con relaciones homosexuales esporádicas por parte de cualquiera de los cónyuges: los patricios romanos, por ejemplo, veían con total naturalidad la posibilidad de mantener relaciones con efebos sin separarse de su esposa), en realidad lo que está haciendo la ampliación del concepto matrimonio es, como su propio nombre indica, incrementar el número de parejas casadas y, por ende, reforzar la institución. A menos, claro está, que lo que se vea perjudicado sea la pureza y autenticidad del matrimonio tradicional, como consecuencia de incluir a una serie de elementos que, de algún modo, la contaminan. Es decir, lo mismo que pensaban los nazis de su patria al mancillarse con la incorporación de los judíos.
Si nadie sale perjudicado con la ampliación y no existe por tanto ninguna razón objetiva para denegar la denominación de matrimonio a las uniones afectivas entre personas del mismo sexo, lo propio es que se las llame así, para que una misma palabra dibuje en nuestra mente la conciencia de que no es la biología, sino el amor y la voluntad, el elemento característico que define a todas las vinculaciones sentimentales que se establecen entre personas. Ignoro qué razonamiento llevó a Jorge Fernández Díaz, portavoz del PP en el debate parlamentario, a concluir que legalizando el matrimonio gay la existencia humana pasa a dividirse en homosexuales y heterosexuales en lugar de en hombres y mujeres; digo yo que será más bien poniendo un nombre distinto a cada tipo de unión como se creen dos esferas herméticamente diferenciadas.
Empleándola para referirnos indistintamente a los dos tipos, la palabra matrimonio seguirá siendo una convención social, sin duda, pero, a partir de ahora, en España estará mucho más ajustada a la realidad de las decisiones libres de los individuos. Parece mentira que autores que se dicen liberales no se den cuenta de la incoherencia en que incurren al supeditar la voluntad libre de los homosexuales a la creencia convencional en entes fantasmales como la institución del matrimonio o la naturaleza, ante cuya autoridad suprema no les quedaría más remedio que renunciar a sus deseos. De hecho, afirmar que las uniones homosexuales son algo contra natura sólo se sostiene si se piensa que el único fin de las parejas es la procreación (para la convivencia, el amor y el sexo sus contrayentes están tan bien equipados por la naturaleza como los heterosexuales) y pretender que las palabras se pongan en función del azar de la biología y no de la voluntad de las personas sólo se justifica si damos por hecho que ese azar obedece a una voluntad suprema (es decir, divina) que siempre da en el clavo y que a nosotros, individuos, no nos queda más remedio que obedecer. Lo cual nos lleva a una de las preguntas capitales de nuestro espectro político: ¿cuánto de liberal y cuánto de conservadores tienen los liberal-conservadores de nuestro país?
El mismo planteamiento podría valer para enjuiciar el debate sobre los transexuales. Más allá de la menudencia de que sea un juez o un procedimiento administrativo el que de constancia del cambio de identidad, ¿qué necesidad hay de que la realidad fisiológica preceda y justifique el cambio de sexo a efectos oficiales? Aquí, al menos, los populares no se oponen a que una persona enmiende la plana a la biología que le ha tocado en desgracia, pero detrás de su empeño en supeditar el cambio nominal al cambio visible late la misma reverencia hacia lo que el azar natural ha dictado. Sin embargo, ¿por qué va a ser menos biológico y natural el componente psicológico, que está alojado en neuronas, que el componente fisiológico, que está determinado por las hormonas? Y, aunque lo fuera, ¿quién es el azar para obligarnos a seguir sus pautas durante toda la vida, aun en contra de nuestros deseos? Si nos ponemos prendas diferentes encima de nuestro cuerpo, si lucimos lentillas de colores, si tratamos de mejorar nuestro nivel de vida y curarnos las enfermedades que nos van cayendo encima, ¿por qué no vamos a tener derecho a cambiar también de nombre y de sexo? En un tema como el de los transexuales, cuya decisión no perjudica para nada a ninguno de sus congéneres, sólo cabe esperar, de nuevo, que lo que la voluntad ha determinado, no lo obstaculice la creencia convencional en un orden que gobierna el universo.
El único subapartado de las discusiones concernientes a homosexuales y transexuales que podría afectar a terceros es la adopción de menores. Y vaya por delante que yo no tendría ningún reparo en denegarles ese derecho si estudios rigurosos demostraran que ejerciéndolo perjudican el desarrollo psíquico o emocional de los hijos adoptados. Pero no hay nada demostrado en ese sentido, y el mero hecho de que tendamos a considerar más aceptable la adopción en una pareja de lesbianas que en una de varones homosexuales es sintomático de la cantidad de prejuicios y repulsiones viscerales que gobiernan nuestros dictámenes en esta materia.
Los argumentos que se manejan contra la adopción en los homosexuales son fácilmente desmontables, incluso sin recurrir a la réplica pragmática en que se refugia el PSOE cuando sostiene que, al fin y al cabo, ya la estaban realizando en calidad de solteros. El más trivial de todos es el de que una pareja homosexual predispondría al retoño a ser también homosexual. Bueno, supongamos que la influencia de los padres sobre los hijos llega a este extremo, aunque es obvio que casi todos los gays se hayan criado en familias heterosexuales. Para empezar, esta hipótesis, aunque quienes la sostienen no se den cuenta, presupone un notable factor cultural y por lo tanto relativo en la elección sexual que ya equipararía por completo el valor, la naturalidad y la legitimidad de ambas opciones. Pero, y si fuera cierto, ¿qué habría de malo en ello? ¿Acaso ser homosexual es objetivamente peor que ser heterosexual? Por establecer una comparación esclarecedora, ¿alguien negaría el derecho a adoptar a unos progenitores zurdos si su ejemplo determinara que su hijo acabara siendo zurdo también?
En ocasiones, los ponentes de esta tesis apelan a la todavía más disparatada alarma de que, si las nuevas generaciones nos salieran todas homosexuales, se imposibilitaría el recambio generacional, y se rompería la caja de la Seguridad Social y hasta nos veríamos abocados a la extinción de la especie. Esto es absurdo mientras siga habiendo parejas heterosexuales que, en justa correspondencia, también criarían hijos heterosexuales, pero, en todo caso, la supervivencia de la especie no sería una finalidad como tal, dado que lo único real son los individuos que la componen. Nuevamente, garantizar la libertad y la felicidad del individuo debería ser el único objetivo de los autoproclamados liberales, a quienes debería importar muy poco el futuro de entes colectivos imaginados.
Otra pega metafísica que se pone a la adopción por parejas homosexuales es la de que el niño necesita criarse con la referencia de un elemento masculino y otro femenino. Hombre, personalmente no acabo de entender en qué consiste lo masculino y lo femenino, pero, al margen de que por esa regla de tres también debería retirarse la custodia a los cónyuges heterosexuales que se quedaran viudos, lo cierto es que no sólo no tenemos ninguna prueba de que esa dualidad sea imprescindible para el correcto desarrollo del niño (muchos tipos ejemplares se han quedado sin padre o madre en una temprana edad, y, si les ha quedado algún poso de amargura, es por la pérdida de un ser querido al que conocieron, no por la falta del elemento masculino o el femenino), sino que ni siquiera podemos asegurar que se trata del mejor entorno posible para criarlo.
Lo único que sabemos a ciencia cierta es que la connivencia heterosexual es el método al que los azares de la evolución han encargado de engendrar descendencia en los seres sexuados. Podríamos reproducirnos por esporas, o por mitosis, pero resulta que lo hacemos sexualmente, y me atrevería a afirmar que no por esotéricos instintos de supervivencia, sino como consecuencia indirecta y casual de la búsqueda de placer que emprenden todos los animales capaces de sentirlo. Quizás en tiempos remotos hubo otras formas de reproducción no placenteras que, por carecer de estímulo, llevaron a la extinción a las especies que no se vieron favorecidas ni por la mutación que inventó el placer ni por ninguno de los demás azares que hacen posible la reproducción de los seres asexuados, como por ejemplo la providencial existencia de las abejas en el caso de las flores.
Retomando el hilo: como la coyunda heterosexual era la única forma de concebir hijos, la familia tradicional se ha erigido históricamente como el único entorno en el que se han criado los niños, pero la idoneidad biológica no implica necesariamente idoneidad educacional. Hasta ahora no ha tenido alternativa, así que no sabemos si es el mejor. Desde luego, no ha habido ningún razonamiento que, partiendo de la nada, nos haya llevado a concluir que la presencia de un padre y una madre es la atmósfera ideal para que se desarrollen los niños; al contrario, ésta se nos ha dado por defecto, y sobre ella algunos han construido fábulas como que un hombre y una mujer aportan la seguridad y el equilibrio necesarias para educar a los pequeños. Sin embargo, si la evolución biológica o incluso la cultural (por ejemplo, si la religión mayoritaria hubiera dado en ensalzar la homosexualidad, igual que glorifica valores a priori mucho más impensables, como el ascetismo o el sacrificio) hubieran ido por otro camino, habría resultado muy sencillo propugnar que es precisamente la homogeneidad sexual de los progenitores, y no su diferenciación, lo que proporciona estabilidad y armonía al retoño.
Otras veces se precisa más en la presunta insuficiencia de los homosexuales a la hora de educar hijos y se les achaca que son de natural promiscuo, lo que les incapacitaría para proporcionar a los niños la estabilidad que necesitan. Sin embargo, por un lado esta aseveración incurre en el mismo prejuicio que el que entroniza la idoneidad de la familia fundada por un padre y una madre. ¿Cómo sabemos que el niño necesita estabilidad? ¿No será que partimos de que, en la convención actual, el matrimonio bien avenido es estable y el que se tira los trastos a la cabeza, y finalmente culmina en una separación traumática en la que cada uno se va por su lado, es inestable? ¿Sería el mismo caso que el de una pareja de homosexuales liberales cuyos cónyuges no tienen ningún problema en aceptar que el otro mantenga otras relaciones simultáneas, sin que ello estropee la relación con el primero? ¿Qué sería mejor para un niño, que le proporcionaran estabilidad o que le enseñaran a disfrutar de la variedad y la alegría y no le inculcaran la mentalidad del amor como posesión?
Y, por otro lado, si convenimos en que lo ideal para un niño es la permanencia y la continuidad, ¿por qué sólo se toma como cortapisa en el caso de los homosexuales? Siendo consecuentes, deberíamos idear un sistema para examinar también a todos los heterosexuales que desean ser padres, biológicos o adoptivos, e impedírselo a quienes no lo aprobaran. El que la exigencia de la estabilidad se aplique sólo sobre los homosexuales supone que, quien así lo hace, no los juzga como individuos, sino como unidades anónimas de un colectivo monolítico de cuyas características no pueden escapar; un colectivo que además es extraño a nosotros y por tanto tiene que conseguir un certificado de autenticidad para que se le permita hacer las cosas que a nosotros nos está dado de antemano. Éste es un enfoque muy parecido, por cierto, al que configura la actitud de gran parte de la derecha en todo lo relativo al fenómeno de la inmigración.
El único argumento sólido de los adversarios a que se permita adoptar a los homosexuales es el que, aun sin negar a estos la misma capacidad e idoneidad para educar a sus hijos, aduce que éstos tendrían que sufrir en la escuela las burlas de sus compañeros, seguramente notorios ejemplos de la proverbial crueldad infantil y todavía no acostumbrados a que un niño tenga dos padres o dos madres. Sin duda, esta posibilidad podría darse en los primeros años, pero, si la aceptáramos como un motivo suficiente para prohibir adoptar a los homosexuales, también habría que extender el veto a los padres negros, chinos, ciegos, discapacitados o profesionales empleados en oficios poco respetados, y ello por igual a los progenitores biológicos que a los adoptivos. Ante esta tesitura, sólo cabe la alternativa de la educación en la diversidad, por muy lamigosa y políticamente correcta que resulte esta expresión. Desde luego, si hubiera que esperar a que la sociedad se acostumbrara a los cambios justos y carentes de otro impedimento que el de la inercia, a estas alturas todavía nos encontraríamos en la Edad Media. Pero la Historia avanza a tirones de individuos y movimientos que, defendiendo en principio sus propios intereses e ideales (es decir, su voluntad), logran que las convenciones sociales se adapten a ellos, y finalmente acaban siendo considerados unos adelantados a su tiempo.
Es lo que ha ocurrido con los homosexuales, lo que está empezando a suceder con los transexuales y lo que posiblemente termine pasando con prácticas que todavía le parecen perversas a la mayoría de la gente, como por ejemplo la poligamia, el sadomasoquismo, la zoofilia o la pederastia, siempre que sean consentidas por ambas partes. El problema de todas ellas radicará en dictaminar hasta qué punto se puede hablar de libre consentimiento en individuos que, o bien no han madurado su capacidad de raciocinio (caso de los niños), o bien parece que no lo tienen en absoluto (caso de los animales), o bien se hayan tan inmersos en unos patrones culturales que no es posible distinguir si los abrazan o han sido encadenados a ellos (caso de las mujeres musulmanas). Pero, en cualquier caso, la clave estará siempre en la voluntad. Una vez comprobado el ejercicio libre de la voluntad, y que no hay una tercera parte que sale objetivamente perjudicada, aquélla no ha de consentir verse hipotecada por unas convenciones de carácter estrictamente cultural y, por tanto, relativas.
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¿ Es legítimo un Gobierno que desde el Poder organiza la subversión , persigue el patriotismo y ampara el asesinato ¿ ¿ Qué leguleyo , por empachado que esté de formalismo , sostendrá ser legítima la autoridad del guardia urbano que , presa de demencia o de arrebato criminal , acomete a los transeúntes en vez de proteger su pacífica deambulación ¿
No se hable , pues , de Gobierno legítimo . La primera condición para que un Gobierno sea efectivamente legítimo es que cumpla al menos las mínimas incumbencias de su misión . El Gobierno republicano no supo , no quiso o no pudo – es lo mismo – cumplirlas . Salvar el país era , pues , deber categórico de los buenos españoles , es decir , de la mayoría de los españoles.”
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Kiko Rosique
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