La subtrama del desencuentro

Permalink 23.01.07 @ 13:27:05. Archivado en País Vasco, Partidos políticos

Lo que hemos tuvimos ocasión de presenciar la semana pasada, desde las manifestaciones de Madrid y Bilbao hasta los cinco requisitos del PP y la negativa del resto de grupos a debatirlos siquiera, pasando por el accidentado debate en el Congreso, es una trama porque su sentido último es que los partidos escenifiquen (sí, en su acepción literal de "representar teatralmente en escena") los planteamientos que, permitiéndoles poner en práctica sus respectivas estrategias electorales, tengan el disfraz más presentable de cara a la sociedad. El PSOE no se apuntó a las concentraciones ni propuso la versión ampliada del Pacto Antiterrorista porque crea que son la mejor manera de derrotar a ETA, y tampoco teme que las propuestas del PP socaven la unidad de los demócratas, sino que necesita una iniciativa vendible ante los ciudadanos que retrate al PP como el partido aislado del "no a todo". Por su parte, los populares, no es que estimen que no puede haber pancarta contra el terrorismo que no incluya la palabra "libertad", ni que no se fíen de Zapatero, ni que les parezca ineficaz su propósito de unir a todas las fuerzas políticas, ni que consideren irrenunciables para la victoria sobre el terror casualmente los cinco puntos que saben que no le van a aceptar los demás partidos; lo que pasa es que tienen que adoptar un discurso verosímil que dé cabida y a la vez disimule la estrategia de oposición total al diálogo con ETA con la que esperan llevarse los votos de los españoles que deploran o se han desencantado de la tentativa que emprendió el Gobierno.

Pero, además, dentro de la categoría de trama, toda esta puesta en escena de manifestaciones y desencuentros es una subtrama, una secuencia protagonizada por actores secundarios, un ruido muy ruidoso de fondo contrapunteando la verdadera batalla, que es la que dirimen los terroristas con la policía y los jueces. Casi por definición, las manifestaciones callejeras, tan políticamente correctas, no tienen la menor relevancia mientras no se trate de un movimiento ciudadano que, como al final del franquismo o de las dictaduras comunistas de los países del Este, emerge de repente y se hace visible evidenciando el descontento generalizado que existía hacia el régimen establecido, obligando a éste a claudicar de manera más o menos sangrienta por su abrumadora inferioridad numérica. Si no es así, da igual que se concentren 50.000 ciudadanos, que 100.000, que dos millones; siempre serán una minoría ínfima en un país de 44 millones de habitantes. Como escribía Javier Ortiz en El Mundo, en el caso de la lucha contra ETA podría haber tenido algún efecto la manifestación de Bilbao, la de la sociedad ante la que se vende y a la que dice representar la banda terrorista, si y sólo si hubiera sido tan masiva como las que en 1997 exigían la libertad de Miguel Ángel Blanco. Pero desde luego jamás lo tendrán las de Madrid, vengan convocadas por los sindicatos o por la Asociación de Víctimas del Terrorismo, cuyo seguimiento le es absolutamente indiferente al nacionalismo radical, cuando no un motivo de satisfacción por subrayar la capacidad de los atentados para marcar la agenda del país.

Otro tanto ocurre con el litigio entre los partidos, siempre tan polémico y tan vistoso, que cautiva y arrastra a periodistas y ciudadanos pero que a una banda antisistema no puede menos que traerle al pairo. Sí, sin duda resultaría más edificante y menos lamentable ver a las fuerzas políticas unirse solidariamente en pos del objetivo común, el final del terrorismo, lo único que redundaría en beneficio de los ciudadanos. Si se abstuvieran de sobreinterpretar sus diferencias empeñándose en distinguir como sea su receta de la que ha propuesto el otro, los borregos más ineptos de sus respectivas bases sociales dejarían de asistir a las pendencias políticas como a un Madrid-Barça cotidiano, una película de buenos muy buenos y malos muy malos en la que no caben autocríticas ni medias tintas, porque el que no está conmigo está contra mí. Si esto sucediera, España sería un lugar más agradable para vivir. Pero no nos vamos a caer ahora del guindo y a descubrir entre perplejos e indignados que la democracia partidista de listas cerradas funciona así. Y, después de todo, con unión o desunión, ETA se enfrenta a un Estado, encarnado en su Gobierno representativo y defendido por un número determinado de jueces y policías, que no se va a ver duplicado por mucho que el PP y el PSOE se fundan en un abrazo y renuncien a su eterna precampaña electoral.

No es verdad que a los etarras les dé alas ver a los demócratas desunidos. Quizá se echen unas risas, no lo sé, pero eso en cualquier caso no les hace más fuertes. Uno de mis brillantes contertulios del debate del martes 18 Periodista Digital, Miguel Gil, jefe de la sección España de la revista Época, me recordaba la eficacia que había demostrado aquel acoso a ETA en todos los frentes (policial, legal, económico) que vino sancionado por el Pacto Antiterrorista. Pero el que la estrategia de la guerra total viniera rubricada por aquel acuerdo (no sancionada ni estipulada, porque el texto no hace ninguna mención a ella) no supone que, para seguir adelante, tenga que mantenerse esa unidad, sino que han de mantenerse la estrategia y los mecanismos que la hacían posible. Por poner un ejemplo práctico, si atribuimos esa política al PP, y el PP estuviera en el Gobierno y el PSOE en la oposición, seguiría adelante por mucho que la división fuera idéntica a la que vivimos actualmente.

Por tanto, el problema no es la desunión, sino la táctica que escoge el Gobierno. En nuestro caso, aun aceptando que la coyuntura del proceso de paz haya relajado temporalmente el acoso a ETA en las competencias que dependen del Ejecutivo (algo de lo que no estoy tan seguro, como ya expuse en el artículo anterior), los instrumentos legales y materiales que posibilitaron la batalla en todos los frentes siguen intactos, y ahora el Gobierno ya no tiene ningún motivo ni interés por los que conservarlos en duermevela. Así que, de influir en algún sentido, la fractura entre el PSOE y el PP actuará en perjuicio de la banda terrorista, porque de aquí a las elecciones generales es probable que los dos grandes partidos rivalicen en a ver quién es más duro e implacable con ella. La asunción incondicional que ha hecho el PSOE de la sentencia del Tribunal Supremo contra Jarrai-Haika-Segi es una buena prueba de su nueva determinación, suscrita por el PNV y hasta EA, de ser implacable con los abertzales, probablemente hasta que se avengan a dialogar con sus exigencias rebajadas.

En relación al debate parlamentario del lunes 17, reconozco que me llevé una sorpresa al ver la encuesta de SIGMA-DOS para El Mundo que concluye que, para una mayoría de ciudadanos, Zapatero le ganó el debate a Rajoy. Como señaló mi otro contertulio, Luis Balcarce, el presidente se enrocó en un discurso vacuo, demagogo y victimista; después, como de costumbre, naufragó por completo en los turnos de réplica, y esta vez no contó con el inigualable Alfredo Pérez Rubalcaba para sacarle del atolladero en la última intervención de la sesión. Si el ir de pobrecillo le permitió ganarse las simpatías de los espectadores, francamente eso no habla nada bien de la capacidad intelectual de éstos últimos.

Y conste que yo no pedía a Zapatero que afirmase con claridad que va a ir con todo contra ETA, porque me parece obvio que no le queda otro remedio y, además, él dejó claro que en las condiciones actuales no se puede dialogar. Las condiciones actuales, por supuesto; las únicas de las que se puede hablar con certeza. Nadie tiene derecho a exigirle que diga que no volverá a dialogar en un futuro. Si una día se convence de que ETA se encuentra, esta vez sí, suficientemente débil como para rebajar sus exigencias y delegar en Batasuna, hará muy bien en sentarse de nuevo a dialogar con ella. Tenía toda la razón en su entrevista en El País cuando decía que la magnitud del entorno social de la banda obliga a utilizar no sólo la vía policial, sino la política, y que a veces es más importante ganar voluntades que practicar detenciones. Yo también opino que la liquidación final de ETA tendrá que ser dialogada, y que, aunque obviamente habrá vencedores y vencidos, lo mejor sería que no se notara mucho, que pareciera un consenso semejante al de la Transición, para que nadie en el entorno abertzale se sintiera humillado y quisiera vengarse volviendo a empuñar las armas. Pero, aun estando mucho más de acuerdo con el PSOE que con el PP en política antiterrorista, a mí, para dictaminar quién ganó el debate, no me vale con el reconocimiento de un error de cara a la galería, ni con un vago llamamiento a la unidad de los demócratas, ni con los constantes viajes al pasado para recordar quién propuso el Pacto Antiterrorista y guardó lealtad al Gobierno en la pasada legislatura.

Sería bastante triste que, a los ojos de los ciudadanos, Mariano Rajoy hubiera perdido el debate por el tono implacable de su discurso, por no rendir homenaje al absurdo mito del consenso o incluso por convertirse en el primer líder de la oposición que no hace piña con el Gobierno en materia antiterrorista. No tiene por qué hacerla. Si tiene ideas que contradicen la política del Gobierno, su obligación es expresarlas. Rajoy expuso más ideas y mejor trenzadas que Zapatero, y ese criterio es el único que debería tenerse en cuenta a la hora de otorgar la victoria en un debate parlamentario.

Otra cosa es el juicio que merezca la estrategia que defiende el Partido Popular en relación al terrorismo. Quiero decir: lo censurable de la famosa frase "Si no cumple, le pondrán bombas, y, si no le ponen bombas, es que ha cedido" no es que sea demasiado dura o fuera de lugar, porque no es ni una cosa ni la otra. Lo que se debe achacar a esa aseveración es que, entre ambas alternativas (en realidad, el PP ha dado siempre por hecho, sin prueba alguna, que se estaba cumpliendo la segunda, y sólo cuando la ha desmentido el atentado de Barajas ha pasado a culpar al Gobierno por un acontecimiento de los que habríamos sufrido muchos más de no haber acometido Zapatero el proceso que también le han echado en cara sin cesar durante nueve meses, lo que no deja de ser una flagrante incoherencia), cabía una tercera: que ETA no pusiera bombas porque, aunque el presidente no hubiera cedido, le resultaba más rentable apostar por la política que pagar cada atentado con detenciones a cambio de no conseguir nada. Esta tercera hipótesis, aunque finalmente se haya demostrado falsa, era la baza que jugaba el Gobierno. Y era, o al menos lo fue durante varios meses, perfectamente factible.

Una vez finiquitada la fase del diálogo, y sabiendo todos los partidos que así es, PP y PSOE han decidido trasladar al Pacto Antiterrorista el desencuentro que les permitirá presentarse a las urnas con dos ofertas bien diferenciadas. Si Zapatero lo propuso en su momento, no fue por lealtad al Gobierno, sino porque por entonces era imposible sacar tajada electoral de renegar de los éxitos de Aznar contra ETA; era más rentable exhibir la susodicha lealtad prometiendo no hacer oposición en ese tema. El PP, naturalmente, no quiso compartir el botín y al principio se negó, pero era una oferta demasiado loable a los ojos de la sociedad y, a fin de cuentas, tampoco iba a perder votos por aceptar la adhesión socialista. Tras el fracaso en las elecciones vascas de 2001, el PSOE se dio cuenta de que, si la táctica del frente españolista no había triunfado en aquella inmejorable situación, es que no iba a funcionar nunca y, cuando llegó al Gobierno y jugó la baza del acercamiento a Batasuna (ya expuse en su día mi análisis sobre aquel giro), necesariamente tenía que hacerlo lejos del PP, que además ha llegado a ser, un poco por contaminación nacionalista y otro poco por su propia torpeza, casi un apestado en Euskadi.

En todo caso, al Gobierno socialista cabría atribuirle (no reprocharle, porque, insisto, es positivo que cada partido proceda según sus ideas y evidente que lo hace según sus intereses) el incumplimiento del punto 5 ("la legislación ha de cumplirse asegurando el más completo y severo castigo a los condenados por actos terroristas") y el punto 3 ("cualquier proyecto político, incluso aquéllos que pretenden revisar el propio marco institucional, debe respetar las reglas y los procedimientos en él establecidos") si hubieran llegado a constituirse las mesas que propugnaba Batasuna. El atentado de ETA demostró que no incumplieron el punto 2 ("de la violencia terrorista no se extraerá, en ningún caso, ventaja o rédito político alguno"), y el punto 7, que se compromete a garantizar una "atención cotidiana y permanente" a las víctimas y a "preservar su memoria", es demasiado genérico para demostrar que el PSOE lo ha traicionado. Desde luego, el punto 1 ("al Gobierno de España corresponde dirigir la lucha antiterrorista"), con su compromiso de "eliminar del ámbito de la legítima confrontación política o electoral entre nuestros dos partidos las políticas para acabar con el terrorismo", ha sido transgredido exclusivamente por el PP, y los 9 ("colaboración permanente entre el Partido Popular y el Partido Socialista Obrero Español", con "actuación concertada" y "búsqueda de posiciones conjuntas") y 10 ("compromiso firme de trabajo en común") dejan en tan mal lugar a unos como a otros.

Todos estos puntos, menos quizá el quinto, podrían ser rubricados sin ningún problema por el resto de partidos, pero el PP piensa que no tiene ningún interés en verse inmerso en un consenso que va a capitalizar su rival electoral, mientras que al PSOE le conviene aislarle en el búnker ideológico y también (la única motivación realista que ha atribuido Jiménez Losantos a los socialistas en todos estos meses) entablar las alianzas que asegurarán su pervivencia en el poder.

Con esta mutua vocación de desencuentro, no es de extrañar que Rajoy presentara esas cinco propuestas que sabía de antemano que le iban a rechazar y que, en realidad, no se refieren a ETA sino a su entorno, del que personalmente, y a pesar de la sentencia del Tribunal Supremo enmendando una anterior de la Audiencia Nacional no tengo nada claro que se pueda decir que es propiamente terrorista (intenté argumentarlo aquí). Las dos que propugnan la persecución de Batasuna y la ilegalización del PCTV se antojan, además, contraproducentes, ahora que algunas voces (Otegi, Díez Usabiaga) del brazo político de ETA, al que ésta ha arruinado el porvenir con su último atentado, parecen atreverse a algo tan notorio como pedirle "claridad". Por otro lado, sin embargo, legalizando Batasuna nos quedaríamos sin anzuelo de cara a la próxima tentativa de diálogo con la banda. Para compensar esa pérdida, el partido de Otegi tendría que demostrar una separación nítida de ETA para que ésta apareciera definitivamente ilegítima ante la sociedad vasca, y no sé si será capaz de dar el paso. De las otras, la revocación de la autorización que el Congreso dio a Zapatero para hablar con ETA es innecesaria porque el permiso llevaba implícitas unas condiciones que ahora no se dan; la de Estrasburgo también, porque oficialmente nada ha cambiado en la lista europea de organizaciones terroristas y, en la práctica, esa iniciativa carecería de efectos operativos; y, finalmente, si ya es dudosa la identidad entre ETA, Batasuna y Jarrai-Haika-Segi, el que el periódico Egunkaria forme parte del entramado terrorista es más una suposición visceral que un argumento jurídicamente sostenible.

Sea como sea, el PSOE y sus aliados cometieron un grave error estratégico al negarse siquiera a discutir las propuestas del PP; sería mucho más presentable ante los ciudadanos que las hubieran admitido a trámite para luego desestimarlas. Por su parte, el PP se está confiando tanto como CiU a la posibilidad de la mayoría absoluta, y su imagen de perro viejo, solitario y cascarrabias es muy probable que desencadene una movilización del electorado izquierdista comparable a la del 14-M. Son los gajes del oficio de la polarización, que ambos partidos tendrán que sobrellevar como mejor sepan o puedan. Los periodistas nos entretendremos con ellos, contemplándolos y vampirizándolos, y muchos ciudadanos proyectarán en la pendencia sus ansias hormonales de rivalidad y enfrentamiento épico, haciendo un poco más irrespirable la atmósfera social que se vive en España. Pero, sea como sea, podemos estar seguros de que la subtrama del desencuentro en ningún caso afectará al argumento principal de esta historia, la batalla contra ETA, que está tan ganada como el día en que Rodríguez Zapatero emprendió el proceso de paz.

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