Nosotros no queríamos
11.01.07 @ 17:07:46. Archivado en País Vasco
Las palabras de Arnaldo Otegi tras el atentado de Barajas, sugiriendo que éste no tenía por qué invalidar el proceso de paz, aportaron la primera pista, pero el comunicado de ETA lo confirma del todo. La banda terrorista no tenía intención, no ya de matar a dos personas, sino tampoco de poner fin a las negociaciones, y por eso no emitió una declaración previa dándolas por terminadas. Por supuesto, es lícito y pertinente replicar que, para eso, podía haberse abstenido de poner una furgoneta bomba, y también que es inviable llevar adelante un diálogo cuando una parte se reserva el derecho de atentar si la otra no hace las cosas a su gusto. Pero, de cara al análisis y a la estrategia a seguir, lo importante no es reprochar la incoherencia del enemigo, sino saber en qué posición se halla. Y el comunicado del martes, demasiado lastimero como para esconder un simple intento de hacer creer a la sociedad vasca que la culpa la ha tenido el Gobierno, lo expresa con nitidez. Dice: "Nosotros no queríamos", en una bajada de pantalones que suena muy parecida al reconocimiento de que "la hemos cagado". Y, a pesar de los ingeniosos calificativos que se han vertido en las últimas horas, los terroristas no tienen por costumbre emplear el cinismo ni el sarcasmo.
Confieso que me ha costado varios días llegar a esta impresión. En los que siguieron al atentado, yo también barajé las consabidas posibilidades de que, o bien ETA había roto el alto el fuego porque veía que no iba a conseguir nada por la vía del diálogo, o bien la facción de Txeroki, tras desavenencias estratégicas o recelos de ambiciones personales, se había terminado por imponer a la de Josu Ternera. Fuera por decisión unánime o por el predominio del sector duro, el caso es que la debilidad de ETA no le había terminado de convencer de que era hora de contemporizar o rebajar sus exigencias. Y como, después de tomarse la molestia de meter 200 kilos de explosivos en el aparcamiento de la T-4, no iba a emprender a corto plazo una iniciativa contraria, resultaba irrelevante que el proceso estuviera roto o en suspenso. ETA había decidido que no le convenía seguir con él, no quería dejarse arrastrar a la inercia de la paz que pretendía instalar el Gobierno(lo que ella llama con dolido despecho "dejar pudrir el proceso") y, por tanto, éste tenía que volver a la vía exclusivamente policial. En cualquier caso, esto tampoco resultaría muy grave para el Estado, porque, por mucho que la banda hubiera renovado sus comandos con gente no fichada (algo de lo que no cabe culpar a Zapatero, porque la banda lo habría hecho con o sin negociaciones), era de esperar que la Policía y la Inteligencia no hubieran perdido de vista las pistas y los enlaces que necesariamente tenían que vincular la vieja estructura con la nueva.
De todo eso que escribí en mi anterior artículo sobre el tema, en este caso en El Mundo de Castilla y León, ahora creo que sólo acerté en lo último. Las casi inmediatas detenciones de Garikoitz Etxeberría y Asier Larrinaga y la identificación precisa de sus compañeros demuestran que los alarmistas que se creían que la Policía es tonta no tienen mucha idea de cómo funcionan los Cuerpos de Seguridad. Por lo demás, mis anteriores especulaciones merecen un serio correctivo de 180º. No me pregunten cómo pudieron llegar a pensar que colaría eso, pero los terroristas decidieron cometer el atentado de Barajas como un paso más en la escalada de golpes en la mesa con la que venían advirtiendo al Gobierno de que no se iban a conformar con tan poco y que estaban dispuestos a volver a las andadas. Primero el robo de las pistolas, luego el recrudecimiento de la violencia callejera… y, ya que parecía que el Gobierno lo aguantaba todo, la bomba de Barajas, como una especie de episodio de kale borroka a lo bestia.
Pero, si por ETA fuera, el proceso de paz seguiría adelante. Es más, apostaría que, si Otegi pudo atreverse a pedirla que mantenga los postulados del 22 de marzo, es que, tras el atentado de Barajas y el frustrado por el descubrimiento del zulo de Amorebieta, la banda no tiene intención de cometer más en cierto tiempo.
Quizá su silencio llegue demasiado tarde. Contra el parecer de Otegi, que se desgañitaba en un mitin de diciembre tratando de convencer a su base social de que los abertzales no tienen nada que perder haciendo política, ETA decidió amonestar al Gobierno enseñando los dientes. Y ahora se encuentra con el desprecio unánime de la sociedad y de todos los partidos (es reveladora la contundencia de las reacciones de EB, EA y Aralar) y sin el proceso de paz que sabe (tiene que saber, por muy fanáticos que sean sus miembros) que es la única salida honrosa que le queda. Mucho más después de que se haya demostrado que las fuerzas de seguridad, con las primeras detenciones, tienen hilo del que tirar para desmantelar su última reorganización. La reacción de los terroristas ante todas estas respuestas a su atentado ha sido el dramático y humillante "Nosotros no queríamos" que emitieron antes de ayer, y que jamás habría publicado un grupo terrorista que se sintiera fuerte y decidido a proseguir la lucha. Naturalmente, ellos no lo dicen así, sino mediante la fórmula eufemística "sigue en pie el alto el fuego", que no les deja en tan mal lugar. Pero, a los efectos, significa lo mismo.
Lo que ocurre es que, tras "el paso más inútil y equivocado" que pudo dar la banda, el Gobierno ni puede volver al diálogo sin ponerse en contra a todos los españoles, ni tampoco le interesa. Los contactos que se han mantenido durante estos meses han demostrado que las posiciones de unos y otros son irreconciliables, y, si ninguna de las dos partes va a ceder un ápice, sería una pérdida de tiempo intentarlo otra vez. Como expone con quejumbrosa sinceridad el comunicado de ETA, que, como siempre, merece credibilidad aunque los partidos se la otorguen o denieguen según les convenga en cada caso, el Gobierno no puede apearse de la legalidad constitucional ni controlar a la Justicia. Del largo y dolido memorial de agravios que constituye la mayor parte del comunicado, se deduce que la banda se siente estafada y se da cuenta de que no tiene ninguna posibilidad de obtener una sola de esas concesiones que ciertos opinadores llevan meses anunciando y por las que, si tuvieran un mínimo de vergüenza, pedirían ahora perdón o presentarían su dimisión como analistas políticos, porque no tenían sustento ni en la lógica estratégica ni en la realidad empírica. No sé si en alguna ocasión ETA llegó a pensar que podría sacarle algo a Zapatero o si los interlocutores gubernamentales formularon algún tipo de vago compromiso; desde luego, si fue así, fue el presidente quien les engañó como a chinos, y no viceversa, probablemente esperando que le diera tiempo a instalar a los abertzales en esa inercia de la paz de la que no podrían volver atrás.
Por lo que respecta a Zapatero, incluso dentro de su preocupante tendencia a la improvisación, incluso aunque pensara (cabalmente) que ETA no haría planteamientos de máximos en la situación en que se encontraba, siempre he estado convencido de que, si cambió abrupta e innecesariamente de política antiterrorista, tuvo que ser por algún interés concreto. El más probable: la perspectiva de un posible pacto electoral con una Batasuna rehabilitada y deseosa de desbancar al PNV de la capitanía del nacionalismo vasco. Sin embargo, aquella táctica tenía sentido en 2005, cuando el mayor enemigo de la unidad de España era el Plan Ibarretxe. Ahora ya no.
En las elecciones autonómicas de 2005, 140.000 votantes del PNV demostraron con su abstención que no querían llegar tan lejos, y luego el partido cayó en manos de Josu Jon Imaz, a primera vista uno de los políticos más nobles, honestos y moderados de España, que siente mucha más empatía con los socialistas que con los abertzales. El comunicado de ETA se lo echa claramente en cara y, en su respuesta, sin que nadie se lo pidiera, Josu Erkoreka lo atribuyó automáticamente a las reuniones a tres que desveló El Mundo en verano. Éstas quedan por tanto corroboradas, pero también queda atestiguado, por dos fuentes distintas, que en ellas Batasuna se quedó sola en sus reivindicaciones. Ante estas evidencias, carecen de sentido los temores de quienes sugieren que, con la manifestación convocada para el sábado, el lehendakari sólo trata de proteger a Batasuna o ETA como tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Aunque el partido de Otegi se haya apuntado a la convocatoria y en cambio Imaz no la apoye personalmente, es improbable que haya tanta descoordinación entre los dos líderes jeltzales, y, sobre todo, hace tiempo que Batasuna tiene muy poco que aportar al PNV como para que éste se empeñe en salvaguardar a sus hermanos descarriados. Quizás vuelva a hacerlo en un futuro, en otra coyuntura, pero ahora desde luego no. Con su manifestación, el lehendakari quiere recuperar el liderazgo que el proceso de paz le ha hurtado durante unos meses, y los socialistas pueden y deberían secundarle, porque la relación entre ambos partidos va a ser armónica a corto y medio plazo, y rasgarse las vestiduras por la presencia de Batasuna después de haberse sentado con ella resulta una sobreinterpretación muy poco verosímil. La llamada al diálogo, finalmente, no supone bailarle el agua a ETA sino amonestarla por el atentado de Barajas.
Será la banda la que tendrá que modificar sus posiciones, porque, disponiendo ya de una alianza tácita con el PNV, ¿qué interés tienen los socialistas en atraerse a Batasuna reemprendiendo un diálogo con ETA que el electorado español no entendería tras el atentado de Barajas? Como en tiempos de González, se apoyarán en el nacionalismo moderado, que de esta forma seguirá fusionando partido y comunidad. No digo que sea positivo a largo plazo, simplemente que será. También habría sido así en Cataluña si CiU hubiera logrado gobernar, aunque la reedición domesticada del Tripartito tampoco causará muchos problemas a Zapatero, que, si las cosas no se le tuercen, tendrá votos de sobra para su investidura en 2008. Por mucho que en la COPE estén empeñados de que el presidente tiene predilección por las alianzas radicales, lo cierto es que le dan igual unas y otras. Lo que busca son apoyos, como todo malabarista de la aritmética parlamentaria.
La consecuencia inmediata es que, con tales apoyos, el PSOE no va a necesitar para nada al PP, sino precisamente alejarse de él para conservarlos. La desunión en torno a la manifestación de Madrid es la primera demostración de que seguirá la división, que es lo que los dos partidos creen que les interesa. En realidad, el Pacto Antiterrorista no es ni imprescindible, como reclaman muchas voces (preferentemente de la derecha, aunque también alguna de la izquierda), ni un "papelito" pasado de moda o una solución del pasado, como sostienen el Gobierno y los nacionalistas. Ni sigue valiendo ni ha dejado de valer; la cuestión es que a los firmantes en su momento les convino electoral y estratégicamente, y ahora al PP le convendría pero al PSOE no. Aunque últimamente se haya puesto de moda la pamema de los pactos de Estado, no hay necesidad de que PP y PSOE vayan de la mano en la lucha antiterrorista, ni en ningún otro ámbito. En la democracia manda quien tenga mayoría, y los populares adolecen de una muy mala imagen en Cataluña y el País Vasco, por lo cual a los socialistas no les interesa que se les mezcle con ellos en una suerte de frente españolista como el de Mayor Oreja y Redondo Terreros. Así las cosas, los populares se quedarán fuera de todas las decisiones importantes, sin posibilidad de alianzas postelectorales y, como ya ocurrió con el Estatuto de Cataluña, se le agotará antes de tiempo ese discurso empeñado en predecir situaciones catastróficas que, para colmo, están condenadas a no producirse, porque no tienen ni pies ni cabeza desde el punto de vista de la estrategia partidista.
Para el futuro inmediato, por tanto, sólo quedan abiertas dos posibilidades: si ETA quiere mantener el diálogo después del atentado de Barajas, la sociedad y los partidos le van a exigir pasos mucho más claros y una rebaja de su maximalismo. Y, si no los da, y el Gobierno ignora el "Nosotros no queríamos" de ETA, asistiremos a una serie de atentados y detenciones, pero siempre con clara ventaja para éstas últimas. A Zapatero no le costará explicar a la sociedad que una vez se intentó, pero que los terroristas se negaron y ahora hay que llevar la vía policial hasta el final. Y, aunque varias familias queden rotas en el camino, el terrorismo seguirá siendo tan inocuo como siempre para el sistema y para el Estado.
En cualquiera de ambos casos, el coste electoral para el PSOE será nulo. Los únicos votos que "perderá" serán los que nunca jamás habría tenido, los de los forofos de los comentaristas de la derecha. Los que ya están tan fielmente adoctrinados y tienen tan escaso sentido crítico como para no apercibirse de la incoherencia de sus ídolos, que primero echaban en cara al presidente que tratara de ahorrarse atentados mediante cesiones, y ahora le echan en cara un atentado que se ha producido porque, como es y siempre ha sido evidente, en realidad no ha cedido ni puede ceder nada.
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Kiko Rosique
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