Los jueces tienen necesariamente que interferir en la política, porque la política es una de las dimensiones de la sociedad y, en nuestra concepción del Derecho, todo lo que sucede en la sociedad entra dentro de la jurisdicción de los jueces; por eso pueden llamar a declarar o imputar a cualquier político fuera de los actos para los que esté aforado. A su vez, la política está implícitamente presente en los jueces, porque son seres humanos y todos los seres humanos estamos ideologizados, sin que para ello haga falta que nos controlen los partidos ni que estemos a su servicio.
Ahora bien, de esta segunda evidencia se deduce el corolario de que la aplicación de las leyes no es objetiva, máxime cuando el enunciado de éstas, compuesto de letras y no de números, ni cubre todas las particularidades posibles ni determina de forma unívoca su interpretación. Y por tanto, los jueces deberían abandonar ese chantaje que consiste en considerar cualquier crítica a sus decisiones como presión o falta de respeto, y los partidos (y periodistas) abstenerse de su costumbre de hablar de "varapalo jurídico" al adversario cada vez que un tribunal le da la razón, porque nada excluye de antemano que el varapalo se lo esté pegando al magistrado la parte contra la que aquél sentenció. Por el momento no se nos ha ocurrido una manera mejor de organizarnos que presuponer que unos tipos disfrazados con togas son los mejores garantes de las leyes, pero eso no puede impedir que analicemos y critiquemos cada una de sus sentencias por separado. A mi juicio, todas las que han focalizado la polémica en la última semana (De Juana, Jarrai, citación de Otegi e Ibarretxe) tienen mucho que reprochar.
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Lo que hemos tuvimos ocasión de presenciar la semana pasada, desde las manifestaciones de Madrid y Bilbao hasta los cinco requisitos del PP y la negativa del resto de grupos a debatirlos siquiera, pasando por el accidentado debate en el Congreso, es una trama porque su sentido último es que los partidos escenifiquen (sí, en su acepción literal de "representar teatralmente en escena") los planteamientos que, permitiéndoles poner en práctica sus respectivas estrategias electorales, tengan el disfraz más presentable de cara a la sociedad. El PSOE no se apuntó a las concentraciones ni propuso la versión ampliada del Pacto Antiterrorista porque crea que son la mejor manera de derrotar a ETA, y tampoco teme que las propuestas del PP socaven la unidad de los demócratas, sino que necesita una iniciativa vendible ante los ciudadanos que retrate al PP como el partido aislado del "no a todo". Por su parte, los populares, no es que estimen que no puede haber pancarta contra el terrorismo que no incluya la palabra "libertad", ni que no se fíen de Zapatero, ni que les parezca ineficaz su propósito de unir a todas las fuerzas políticas, ni que consideren irrenunciables para la victoria sobre el terror casualmente los cinco puntos que saben que no le van a aceptar los demás partidos; lo que pasa es que tienen que adoptar un discurso verosímil que dé cabida y a la vez disimule la estrategia de oposición total al diálogo con ETA con la que esperan llevarse los votos de los españoles que deploran o se han desencantado de la tentativa que emprendió el Gobierno.
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11.01.07 @ 17:07:46. Archivado en País Vasco
Las palabras de Arnaldo Otegi tras el atentado de Barajas, sugiriendo que éste no tenía por qué invalidar el proceso de paz, aportaron la primera pista, pero el comunicado de ETA lo confirma del todo. La banda terrorista no tenía intención, no ya de matar a dos personas, sino tampoco de poner fin a las negociaciones, y por eso no emitió una declaración previa dándolas por terminadas. Por supuesto, es lícito y pertinente replicar que, para eso, podía haberse abstenido de poner una furgoneta bomba, y también que es inviable llevar adelante un diálogo cuando una parte se reserva el derecho de atentar si la otra no hace las cosas a su gusto. Pero, de cara al análisis y a la estrategia a seguir, lo importante no es reprochar la incoherencia del enemigo, sino saber en qué posición se halla. Y el comunicado del martes, demasiado lastimero como para esconder un simple intento de hacer creer a la sociedad vasca que la culpa la ha tenido el Gobierno, lo expresa con nitidez. Dice: "Nosotros no queríamos", en una bajada de pantalones que suena muy parecida al reconocimiento de que "la hemos cagado". Y, a pesar de los ingeniosos calificativos que se han vertido en las últimas horas, los terroristas no tienen por costumbre emplear el cinismo ni el sarcasmo.
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