Ciutadans no es la derecha españolista

Permalink 06.11.06 @ 11:37:29. Archivado en Cataluña

Por esta vez voy a estar de acuerdo con Federico Jiménez Losantos: la irrupción de Ciutadans en el Parlamento catalán es lo único ilusionante que tenemos hoy por hoy en la política española. La magnitud de su éxito va mucho más allá de la mera ampliación del multipartidismo catalán que constataba el jueves El País, porque la entrada en el Parlament del partido liderado por Albert Rivera no supone un cambio cuantitativo sino cualitativo, la introducción de un enfoque, un lenguaje y una escala de valores que hasta ahora no eran concebibles en la Cámara autonómica. Eso sí, que nadie se llame a engaño ni haga trampas a sus oyentes o lectores; el planteamiento de Ciutadans es "no nacionalista", como ellos mismos recalcan una y otra vez. Digan lo que digan sus enemigos y también algunos amigos por interés que les han caído de repente, no tiene nada que ver con el nacionalismo español de derechas.

Desde el día de las elecciones, no han dejado de llover los recordatorios de que Ciutadans ha sido la candidatura respaldada por la COPE y El Mundo, como si eso constituyera un estigma por sí mismo, o como si el que una y otro apostaran por el nuevo partido como la opción más cercana a sus propias ideas o intereses en relación a Cataluña implicara necesariamente que los patrocinados se identifican con ellos. A ver si va a ser ahora la izquierda la que considere un argumento válido la infantil acusación de "compartir fines", tan característica del otro lado del espectro político.

Naturalmente, ante la escasa cobertura que les ofrecieron el resto de medios, en Cataluña y en el conjunto de España, los candidatos de Ciutadans aceptaron de buen grado la proyección pública que les daban la COPE y El Mundo, imprescindible para unos recién llegados como ellos. También es posible que en las entrevistas hayan tendido a sintonizar sus respuestas con la mentalidad y el agrado de quienes les preguntaban y ensalzaban, que es una reacción muy frecuente en los seres humanos. Pero nada más. Ni siquera tengo claro que el abrazo de dichos medios haya resultado rentable para Ciutadans, porque los electores tradicionales de Piqué que les hayan votado a ellos siguiendo los consejos de Losantos posiblemente quedaran más que neutralizados por las abstenciones de desencantados del PSC que no se han convertido en sufragios para Ciutadans precisamente por la coba que les ha dado la cadena de los obispos.

En cualquier caso, la simbiosis o alianza estratégica de Ciutadans con estos medios de comunicación no presupone una identificación ideológica, que a mí me preocupaba especialmente desde el artículo que publiqué tras la presentación oficial de Ciutadans, y en el cual les suplicaba que se distanciaran en lo posible de la derecha españolista, porque no es coherente ni eficaz combatir el nacionalismo catalán desde el no menos arbitrario y mezquino nacionalismo español.

Pues bien, en un encuentro con los lectores en elpais.es, Albert Rivera respondió que también estaba en contra del nacionalismo español, mientras que el secretario general del partido, Antonio Robles, mencionó en El Plural "los sucesivos nacionalismos" que han conculcado las libertades en Cataluña y se declaró decidido a limpiar el Parlament de la "metafísica" nacionalista. "Metafísica", por cierto, es una de las palabras que más me gusta emplear a mí para caracterizar a los nacionalismos y argumentar que una emoción privada, carente de fundamento real, no puede jugar ningún papel en la agenda política, de la misma manera que no lo desempeñan la devoción a San Antonio, el madridismo o el fervor de los fans de Penélope Cruz, lealtades también muy extendidas y no más despreciables que las patrióticas.

Con aseveraciones tan rotundas de dos de los tres diputados del partido, que en otros temas se han mostrado calculadamente ambiguos como corresponde a toda víspera de elecciones (parece claro que su línea es socialdemócrata y laica, pero también se han afiliado al liberalismo progresista, que no sé muy bien en qué se diferencia de la socialdemocracia, y en su entrevista en "La Mañana" Rivera no estuvo muy crítico con la religión, la otra metafísica infiltrada en la vida pública), no sé cómo algunos se atreven a acusar a Ciutadans de lo que éstos ya han desmentido. Parte de la culpa la deben de tener algunos de los amigos recién forjados, como Pío Moa y Agapito Maestre, que hablaban en Libertad Digital de que estamos, por fin, ante "un partido nacional" o "de la nación española". Me temo que no tienen ni idea de de qué va el invento de Ciutadans, pero desde luego han llenado las cartucheras de sus enemigos.

Entre los más prudentes, curiosamente, estuvo El Periódico de Catalunya, que, a pesar de las insinuaciones televisivas de su redactora jefe, dejaba abierta la posibilidad de que Ciutadans sean un soplo de "aire fresco", siempre que no se dediquen a reproducir las rigideces del nacionalismo español. En cambio, el que se tiró a la piscina fue el casi siempre clarividente Javier Ortiz, que, en El Mundo, se permitió definir a Ciutadans como "la cosa ésa de la candidatura que pretendía desbordar a Piqué por la derecha". Adoro el carácter irreductible de Ortiz y su destreza a la hora de cuestionar las ideas y héroes encumbrados por unanimidad y sin mucho sentido crítico por la casta política, los periodistas o la sociedad, y la manera que tiene de poner en solfa sus premisas absurdas y sus inconexiones lógicas. Pero me temo que, en este caso, donde procedía aplicar el bisturí no es en la alegría con la que la prensa de derechas ha recibido el triunfo de Ciutadans, sino en la inercia ideológica y la corrección política que él casi nunca se presta a discutir: las de los nacionalismos.

Porque no son otra cosa que inercia y prejuicios consagrados como verdades indiscutibles lo que laten en el resto de descalificaciones que se han escrito contra Ciutadans. Por ejemplo, en el editorial del Deia, que definía a los nuevos diputados como "furibundamente antinacionalistas" y calificaba su llegada al Parlament como noticia negativa de la jornada electoral. O también en el artículo publicado en Gara por Txente García, considerándolos "españolistas", autores de una agresión contra la lengua y la simbología nacional catalanas y beneficiarios de la movilización del sector más centralista del PSC. A estos textos de la prensa vasca habría que añadir, además, los que firmaron en El País Xavier Vidal-Folch, el viernes, adscribiendo a Ciutadans al "nacionalismo neoespañolista", "el más rancio y cutre de los nacionalismos hispánicos", y Pilar Rahola, el sábado, que anticipaba que los nuevos diputados iban a ser los más ultranacionalistas de todos por volver a sacar el pesado debate identitario.

La trayectoria política de Rahola, con su alejamiento de la actual ERC por el peso desmedido que ha adquirido la vertiente nacionalista de su ideario, hace creíble su desprecio de cualquiera que pretenda retomar el debate identitario, pero tendrá que reconocer que sería caprichoso cerrarlo justo cuando van a tomar parte en él unos tipos que dicen todo lo contrario que el resto de los ponentes, que llevan un año interviniendo sin que nadie les contradiga. Mucho más cuando los nuevos interlocutores (y aquí está el error de base de los periodistas que les critican) no tienen la menor intención de lanzar un aserto identitario, ni a favor de la nación catalana ni a favor de la española; solamente pretenden exponer que esa cuestión no puede monopolizar el debate político en Cataluña ni imponerse sobre los ciudadanos individuales.

Reclamar el derecho de los padres catalanes a escolarizar a sus hijos en castellano o el de los comerciantes a no ser multados si rotulan en esa lengua no es una posición españolista ni agrede a la simbología nacional catalana. Es defender la verdadera neutralidad. La acusación de españolismo recuerda poderosamente a la que ciertos sectores de la Iglesia hacen contra la opción neutral del laicismo calificándola de "fundamentalismo laico", y eso de la agresión a la simbología nacional catalana, que no es precisamente un ser sensible con capacidad de padecer, se parece bastante al deterioro de la institución del matrimonio que supuestamente provocan las bodas homosexuales.

En cualquier caso, aunque Ciutadans fuera (que no lo es) un ejemplo de españolismo o antinacionalismo, llaman la atención los calificativos que les sugiere aquél a los autores citados: "derecha", "furibundo", "rancio y cutre". Adjetivos todos ellos que yo, personalmente, no tendría el menor problema en suscribir, siempre que quienes los esgrimen estuvieran dispuestos a aplicarlos igualmente al nacionalismo vasco o catalán. Pero, curiosamente, a éstos, Javier Ortiz y Txente García no los consideran de derechas, y, por lo que se refiere a Vidal-Folch, ardo en deseos de conocer qué razonamientos y criterios le han llevado a jerarquizar los diferentes nacionalismos que se dan en España y concluir que el centralista es "el más rancio y cutre". El que Franco fuera nacionalista español, de derechas, rancio y cutre no vale como argumento lógico para exculpar a los nacionalismos periféricos subyugados por él de serlo exactamente igual que su archienemigo.

Actitudes como éstas son las que hacen dudar de que sea tan "obvio" el argumento de que se puede ser de izquierdas y no nacionalistas (periféricos, se entiende), por el que El Plural y la propia Pilar Rahola acusan a Ciutadans poco menos que de "descubrir el Mediterráneo". Y también las que sugieren que, contra las suposiciones de Txente García, el electorado del PSC que se movilizó a favor del nuevo partido abandonando su opción tradicional no fue el sector más centralista sino, precisamente, el más socialista. Aquél a quien más le chirría la incompatibilidad entre dos doctrinas que, no lo olvidemos, sólo fueron de la mano cuando Lenin interpretó el imperialismo como la fase culminante del capitalismo, e interpretó las relaciones entre metrópolis y colonias como una versión de las relaciones de producción. A ver quién se cree a estas alturas que, en las relaciones económicas entre las comunidades autónomomas españolas, Cataluña y Euskadi desempeñan el papel de colonias.

Respecto al PSC, mucho me temo que, aunque los candidatos de Ciutadans afirmaran que les daba igual la solución de gobierno que se constituyera porque todas eran lo mismo, la reedición del Tripartito les ha perjudicado. Si lo que querían era lanzar propuestas y obligar a posicionarse al PSC, le iban a tener muchas más veces de su lado si los de Montilla hubieran quedado en la oposición. Frente a un Gobierno de CiU, los socialistas habrían adecuado su estrategia de oposición a las lecciones extraídas de la pérdida de votos debida a su deriva nacionalista. En cambio, entronizados de nuevo en una alianza con ERC, el partido que más se ha implicado en la persecución lingüística, el PSC no tirará piedras contra su propio tejado, por mucho que los socios del Tripartito se hayan conjurado para no resultar tan estridentes, extremistas y antipáticos como en la legislatura anterior.

Al final, el único ganador de la batalla del Estatuto ha sido, como de costumbre, Zapatero, quien (ahora nos damos cuenta) a cambio de pactar un texto asumible para el Gobierno sólo le regaló a Artur Mas una foto y cinco minutos de gloria. Por lo visto, no se comprometió a vetar las alianzas postelectorales de Montilla, así que ahora tiene en Cataluña un Gobierno amigo, con un presidente menos individualista que Maragall y una ERC también advertida por su electorado prometiendo que que esta vez no va a hacer el payaso; en Madrid, los apoyos de ERC e IU-ICV (¿quién necesita ahora el de CiU, que además perderá votos para las generales?), y, en general una nueva imagen de giro a la izquierda con la que tentar a Batasuna a un tripartito análogo junto al PSE y EA para desbancar al PNV. ¡Vaya, para ser el amigo de las cesiones y las rendiciones no se lo monta nada mal, el tío!

En este escenario, la voz de Ciutadans va a tener que sonar, sobre todo, de cara a la opinión pública, para empezar consolidando su posición de cara a las municipales catalanas. Para ello les vendrá muy bien el apoyo de El Mundo y la COPE, aunque, insisto, no les conviene terminar fagocitados por la derecha española, que no goza de ningún predicamento en Cataluña. Creo que deben refinar un poco sus argumentos teóricos contra las naciones y los nacionalismos (desde aquí, les ofrezco todos los que hay repartidos por este blog), yendo un poco más allá de que primero están los ciudadanos, con el objeto de que no se les pueda acusar de tener un discurso simple (como escribía Pilar Rahola) ni de hacer populismo.

Finalmente, en cuanto a la expansión por otras regiones españolas, coincido con el ABC en que sólo tendría sentido en aquéllas en las que el nacionalismo se imponga como un fin en sí mismo sobre los ciudadanos: es decir, aparte de Cataluña, el País Vasco. Allí, si plantean bien su mensaje, están condenados a triunfar, porque tarde o temprano tiene que llegar el día en que la mayoría de los vascos y los catalanes desprecien la cantinela vasquista y catalanista tanto como una gran parte de los españoles hacemos con la españolista desde que se la apropió Franco. En cambio, no veo el sentido de que Ciutadans compita por la alcaldía de Madrid con Alberto Ruiz-Gallardón, que sintetiza perfectamente los valores liberales y sociales que propone Ciutadans, y tampoco en otras batallas menores de política municipal. Ciutadans puede convertirse en un movimiento intelectual a nivel nacional, que defienda la primacía de las personas frente a los valores metafísicos de la nación y la religión (ahí están sus propuestas a favor de la eutanasia o el aborto libre), y que impulse la lucha de la sociedad civil contra la partitocracia, con iniciativas como la de las listas abiertas. Sin embargo, a priori no veo que en el resto de sus postulados tenga una posición suficientemente diferenciada como para convertirse en partido independiente, y mucho menos para batirse en pequeñeces consistoriales.

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