La metafísica tampoco juega al fútbol

Permalink 29.06.06 @ 11:35:43. Archivado en Fútbol

Es emocionalmente inevitable e intelectualmente tentador especular sobre el fatalismo histórico de la selección española de fútbol. Enhebrar con un hilo invisible sus derrotas en la eliminatoria decisiva de los mundiales y las eurocopas, convertirlas en constante histórica y fabular explicaciones globales como nuestra falta de experiencia o carácter ganador, el peso de la Historia, la impronta de la camiseta, el papel secundario de los futbolistas nacionales en sus clubes, sus salarios multimillonarios, las agotadoras temporadas, la presión de la prensa o la supuesta menor preocupación que les merece este combinado bianual a nuestros jugadores o aficionados en relación con otros países en los que "la selección lo es todo". Pero desengañémonos: la metafísica tampoco juega al fútbol, y las sucesivas generaciones tienen tanto que ver unas con otras como distintas monedas lanzadas al aire que cayeran todas en cruz. No hay una razón que explique siquiera en parte los fracasos de las selecciones españolas. Han perdido cada una de ellas por separado y por razones heterogéneas, aunque siempre, y como no podía ser de otra manera, más o menos relacionadas con el factor azar que gobierna cualquier deporte y probablemente cualquier vida.

La mayoría de los partidos de fútbol igualados se deciden por un par o tres de jugadas en las que todo ocurre tan rápido que uno no puede pensar ni planificar nada, por mucho que luego los espectadores nos permitamos hablar de acierto o fracaso como si en algún momento el resultado hubiera dependido de la buena preparación o disposición de los protagonistas. Y, desde luego, para lo que no hay tiempo es para que éstos se acuerden de su bolsillo, de si le importa más o menos su club, de si han acumulado una pizca más o menos de cansancio a lo largo del año, de lo que dijo tal periódico, de lo nutrida o exigua que sea la hinchada que ha acudido al estadio; o para que el espectro de Julio Salinas, Eloy o Cardeñosa se aparezca tenebroso en la mente de nuestros jugadores recordándoles que están condenados, cual Sísifos, a empezar eternamente de nuevo cada vez que parece que por fin van a llegar a la cima. Sólo podemos intentar buscar culpables cuando un seleccionador no ha aprovechado bien los recursos con los que contaba o se ha acobardado y dejado encerrar por el rival, o bien cuando un jugador ha desaprovechado conscientemente una jugada clara por chupón o ha dejado en minoría a su equipo por una tarjeta estúpida. Lo demás (la habilidad que cada uno de los jugadores haya adquirido en las diversas facetas del juego, las posibilidades que el azar del partido les dé de ponerlas en práctica y, por supuesto, el instante a instante del juego, sujeto a millones de contingencias imprevisibles e inmanejables) escapa a la voluntad humana y por lo tanto también a su responsabilidad.

En el partido del martes, Luis Aragonés puso en el campo a los mejores elementos que tenía, quiso llevar la iniciativa aprovechando las cualidades del equipo y, tras ver lo bien que se pertrechaba Francia atrás (que, por supuesto, exprimía igualmente sus propios activos) y la imposibilidad de aprovechar la profundidad en vertical, lo intentó por las bandas sacando a Joaquín y Luis García (yo habría preferido a Reyes, pero eso es un matiz menor y opinable). Los jugadores, en efecto, no rindieron como otras veces, pero no por el influjo de una fatalidad histórica, ni por la presión externa, ni por que no valoren la selección, ni por su falta de personalidad en los grandes momentos, ni por ninguna de esas hipótesis literarias que tanto gustan a la prensa. En un partido así, un equipo cualquiera siempre intenta ganar, el juego reclama toda la atención de sus jugadores y, si el español no lo consiguió el otro día, fue simplemente porque Francia jugó mejor sus cartas (¿por oficio o experiencia? Puede ser) y porque defender y salir a la contra, si se hace bien, es más fácil que llevar el control y abrir el cerrojo. Aun así, el encuentro no se habría nivelado si España no hubiera perdido un balón tonto en el medio campo y tampoco se habría decantado del lado galo si Puyol se hubiera dado cuenta de que no hacía falta forcejear con Henry por un balón que iba a llegar a Pablo o si el árbitro no hubiera apreciado una falta inexistente en el lance. ¿Quién puede atreverse a formular interpretaciones trascendentales, a hablar de éxito o fracaso, a regalar elogios o a cuestionar el puesto de Luis Aragonés, cuando, aunque los dos equipos lo hubieran hecho todo a la perfección, uno de ellos tenía forzosamente que perder, y el dictamen de cuál va a hacerlo depende de unas pequeñeces tan inabarcables?

Naturalmente, la prensa deportiva, que, con sus portadas a letras enormes y sus titulares vacíos de información y dirigidos descaradamente a los sentimientos, es lo más parecido que tenemos en España a la prensa sensacionalista inglesa o alemana. Los periódicos que, en invierno, dan salida a la tirada magnificando los detalles más ínfimos para mantener el interés de lunes a viernes y construir una narración lineal, ininterrumpida, con sentido literario y pasión, de la temporada de liga, a la que sólo debería prestarse atención los días de partido. Y que, al llegar los mundiales, vuelven a levantar la expectación de la afición con arengas o polémicas, según los resultados, y nos hacen sentirnos virtualmente campeones por un 4-0 a un equipo inferior que, igual que la derrota del martes, también vino propiciado por caprichos del azar como fueron los dos primeros goles, que permitieron a España jugar con todo a favor. Contra Ucrania, sólo con que Xabi Alonso hubiera cabeceado el balón del córner un centímetro más abajo, o con que el lanzamiento de falta no hubiera rebotado en un defensa, el partido habría quedado incierto, y una eventual impotencia de nuestra selección por abrir la defensa podría haber desembocado perfectamente en un 0-1 como aquél de Noruega con la cantada de Molina. Contra Francia, si el par de hechos puntuales que dirimieron el duelo hubieran sucedido de otra manera, es muy probable que ahora siguiéramos convencidos de que esta vez las sensaciones son distintas, de que la nueva generación ya tiene mentalidad ganadora, de que con La Sexta todo va a cambiar y esas cosas.

Si cada enfrentamiento depende de tal cantidad de factores aleatorios, ¿cómo vamos a establecer una explicación válida que ponga en relación lógica los que han mantenido planteles españoles diversos contra rivales variopintos en fechas diferentes? Ni siquiera en el caso de que en todas las grandes citas hubiera ocurrido lo mismo, nuestro raciocinio debería permitirnos fantasear con teorías globales. Sería más fácil pensar en esas monedas que siempre han salido cruz a las que aludía al principio que en una vinculación que es obvio que no se fundamenta en nada.

Pero es que a la selección española tampoco le ha pasado siempre lo mismo. En nuestro Mundial no teníamos equipo; en México, que sí, perdimos por penaltis que podían perfectamente haber deparado el resultado contrario; en Italia por una falta bien tirada en la prórroga por un rival de calidad similar a nosotros, en EEUU por razones similares a las del martes y con un fallo garrafal de Salinas con el balón botándole a una altura perfecta para levantarlo por encima de la salida del portero italiano, y en Corea del Sur por falta de decisión y dos errores arbitrales. En Francia ni siquiera pasamos la primera fase, así que no es verdad que siempre caigamos en cuartos. En estos campeonatos, unas veces hemos jugado bien y en otras mal, unas respetando nuestro estilo y en otras supeditándolo al adversario. Hemos perdido contra rivales grandes y pequeños y, en el caso de los primeros (Italia y Francia en los mundiales, Inglaterra y Francia en las eurocopas), hubo jugadas puntuales (Salinas, Joaquín, Kiko, Raúl) que podían perfectamente haber sucedido de otra manera y cambiado el destino. ¿No es demasiado pretencioso resumir un partido en una explicación psicológica que no tienen ninguna incidencia en los lances concretos, básicamente porque la mente no tiene ocasión de reparar en ellos? ¿Y no es un disparate construir una constante histórica fundamentada en una especie de destino o trauma colectivo, cuando a cada jugador le importa un pimiento lo que les ocurriera a las generaciones anteriores?

Tampoco es verdad que a las eliminatorias decisivas lleguen siempre los mismos. Argentina, que ganó en el 78, cayó en la liguilla de cuartos en España; el Brasil de Zico y Sócrates lo hizo en el mismo grupo; Italia, que ganó en el 82, fue eliminada sin contemplaciones por Francia en México; Alemania, tras tres finales consecutivas, perdió con Bulgaria en cuartos en el 94; Francia no pasó de la primera fase en Corea después de quedar campeona cuatro años antes. Holanda ha demostrado no tener personalidad para hacer grandes cosas en un Mundial, pero en cambio sí en una Eurocopa, y dos de las últimas ediciones de este último torneo han visto fracasar a todas esas selecciones que supuestamente tienen carisma, tensión y competitividad para afrontar los momentos decisivos y otorgaron el triunfo a Grecia y a Dinamarca, que fue admitida in extremis por el boicot internacional a Yugoslavia. ¿No habrá más de épica y mito que de realidad en esa suposición de que los grandes son siempre grandes?

Quizá no sea lo mismo que llevar 24 años sin llegar a la final en un torneo internacional, 32 sin ganarlo y 56 sin pasar de cuartos en los mundiales, pero estos números tan intimidatorios de años esconden en realidad un máximo de 12, 16 y 14 campeonatos, respectivamente, y ello contando aquéllos para los que España se clasificó y aquéllos para los que no. ¿Cuántas ediciones de la Copa de Europa de Clubes se pasó el Real Madrid sin rascar bola? ¿Y alguien lanzó al vuelo interpretaciones como que a los jugadores o a la entidad les faltaba carácter en las grandes citas, que la presión de la prensa o la Historia les paralizaba las piernas, o que no sentían la camiseta tanto como debían? Pues, dentro de lo que cabe, la continuidad entre las sucesivas plantillas de un club es mucho mayor que la que puede establecerse en una selección nacional. Y, sin embargo, de repente el Madrid embocó tres Champions en cinco años, con mucho menor poderío que el que demostró el de la Quinta del Buitre que cayó ante el PSV Eindhoven, y a los equipos italianos, de cuyos jugadores nunca se ha dicho que tuvieran menos experiencia, carácter ganador o motivación que en la azurra, pareció que les abandonaban las oraciones del Vaticano.

Yo no sé si a esta selección española, con Luis Aragonés al frente, le ocurrirá lo que al Madrid de Lorenzo Sanz y Florentino Pérez a partir de la próxima Eurocopa. Quizá sí, quizá no. Depende de una infinidad de factores. Por eso mismo, cedo con gusto al amarillismo de los cronistas deportivos y a la sabia exégesis de quienes van de expertos en fútbol la fabulación de hipótesis ahistóricas, transversales y reduccionistas construidas sobre un solo elemento que, curiosamente, nunca es el único al que se puede culpar con un mínimo de objetividad: la mala suerte. La mala suerte sin más, no en sentido fatalista sino casual, porque tirar una moneda al aire repetidas veces es lo que las Matemáticas llaman un suceso independiente de la tentativa anterior, y las probabilidades de éxito de la próxima no se van a ver influidas por los resultados previos. A quien diga lo contrario, y piense que tiene que haber una razón metafísica que lo explique todo, le pediría que su teoría no se olvidara de incluir una interpretación válida que arroje luz sobre una constante histórica no menos asombrosa que los fracasos de la selección de fútbol: el que los años en que han caído los cuatro últimos mundiales, un tenista español distinto haya ganado en Roland Garros.

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