El mejor lacayo del Gobierno

Permalink 16.06.06 @ 12:51:58. Archivado en Periodismo, Partido Popular

Una semana de vacaciones, dos de eclosión de mis trabajos forzados (esto es, los no voluntarios) y tres de asuntos propios me han obligado a descuidar este blog durante un mes y medio. De todos modos, me da la impresión de que las cosas no han cambiado en lo sustancial. No constituye ningún cambio que el Gobierno y el Partido Popular se den mutuamente la espalda en relación a ETA, y, además, dicho desencuentro tampoco es un tema sustancial. Por lo demás, la AVT insiste en desautorizarse a sí misma mezclando churras con merinas y dejando asomar entre ambas la patita negra del lobo fascista disfrazado de cabritillo; los nacionalistas radicales de Cataluña siguen demostrando lo críos, lo cafres y sí, también lo fascistas que son en todas sus acciones guerrilleras; y un egregio nombre presuntamente adscrito a la derecha española, un tipo siniestro a quien le traen al pairo las víctimas del terrorismo con tal de mantenerse en su esfera de poder, continúa comportándose como el mejor lacayo del Gobierno: Federico Jiménez Losantos.

No dejo de preguntarme qué habría sucedido con el referéndum de pasado mañana sobre el Estatuto catalán y, en general, con el artificioso y a fin de cuentas inane nuevo modelo de Estado que Zapatero está sacando adelante a trompicones (en última instancia, un nuevo café para todos con dos cucharadas más de azúcar vertidas apresuradamente en cada taza), si el PP se hubiera limitado a denunciar serenamente que es un garabato lioso y superfluo que nadie, fuera de la coyuntura del tripartito catalán y luego el apoyo de ERC, le pedía emprender; que no beneficia a la gente de a pie sino a determinados políticos; que el nacionalismo es una ideología antigua, irracional y falaz; que la descentralización y la pluralidad tampoco son necesariamente un valor de izquierdas; y, en fin, que las lenguas no constituyen un fin en sí mismo y no existe ningún motivo que justifique imponerlas a los ciudadanos.

O qué habría ocurrido el PP hubiera celebrado el alto el fuego de ETA, recalcando que éste se produce por la debilidad de la banda que precipitó la persecución a la que se le sometió durante su mandato; si hubiera fomentado con espíritu constructivo el indulto para los presos sin delitos de sangre pero sólo el acercamiento de los asesinos porque la humillación de las víctimas no facilita la reconciliación; y, sobre todo, si hubiera dado la bienvenida a Batasuna al juego democrático y propuesto la derogación de la Ley de Partidos, porque ésta ya ha cumplido su papel y nada justifica mantenerla en vigor, para a continuación ponerse a ridiculizar los postulados y tiranías del nacionalismo vasco igual que los del catalán, sin negar a los vascos su derecho de decidir por sí mismos sino preguntando por qué éste no se aplica a los navarros, los vitorianos o los vecinos del barrio de Las Arenas por separado.

Intuyo que Mariano Rajoy, que por naturaleza es un tipo templado, no se habría quedado sin cartuchos en el Debate sobre el Estado de la Nación, ni habría tenido que recuperar la iniciativa con la escenificación de una ruptura que de hecho ya se daba desde mucho antes, si en estos dos años se hubiera ocupado de limpiar la imagen de ogro nacionalista español, obsesionado con los nacionalismos vasco y catalán, que la segunda legislatura de Aznar arrojó sobre el Partido Popular, en vez de empeñarse en sobreinterpretar tremendismo y clamar contra catástrofes y conspiraciones fabulosas como la ruptura de España, el contubernio de Perpignan, el fin de la solidaridad, el regalo a ETA de los objetivos que siempre persiguió con las armas, la identificación de su proyecto con el de Zapatero o la claudicación del Estado de Derecho. Dicho de otro modo, si el PP no se hubiera puesto a bailar compás tras compás el ritmo mareante que le ha venido marcando el cantamañanas de la COPE.

Hay una gran parte de verdad en ese estribillo tantas veces repetido de que al PP le fallan la estrategia y la comunicación con la sociedad, pero la culpa no la tienen la supuesta debilidad o tibieza de un Arriola, un Vendrell o un Gallardón, los herejes desvergonzados que el gran inquisidor llevaría a la hoguera antes que a los propios infieles. Le fallan porque, en procesión devotísima tras el rosario de la aurora, el PP se mete a conciencia en el papel de padre autoritario y cascarrabias, a quien le aterrorizan las veleidades de sus hijas díscolas, cree que tiene que atarlas en corto porque si no se le van a emancipar, y se opone apelando a una especie de vetustos principios morales a los vientos frescos que pueden librarnos de un nubarrón que lleva sobre nosotros cuarenta años. ¿Quién va a sentirse estimulado por un carroza neurótico y acomplejado como ése?

Alguno dirá que en política no sólo cuenta la estrategia sino también los principios, y que el Partido Popular permanece fiel a los suyos aunque eso le conduzca al desastre. Bueno, si hablamos de principios, los del PP son dogmáticos, rígidos, metafísicos, integristas, patrioteros y, por tanto, tan insostenibles como los de los nacionalismos que combate, y Zapatero expuso los suyos de una España plural e integradora de éstos ya en su tesis doctoral, cuando ni siquiera había empezado a labrarse su porvenir político. Todo el mundo parte de unos principios. Pero nadie puede creerse a estas alturas que, sobre esa mentalidad genérica, los partidos no se muevan siguiendo directrices tácticas. Tan sibilinos e interesados son los movimientos del PSOE como la resistencia a ultranza del PP, en la que éste ha depositado todas sus expectativas electorales. Aquí no hay tontos honrados ni astutos tramposos, sólo estrategias hábiles y estrategias torpes hasta el absurdo.

¿Por qué es una estrategia torpe la del PP? Bueno, por un lado, los populares, erigiéndose en vaticinadores del desastre, les indican expresamente a los socialistas el escenario que tienen que evitar a toda costa, y quedan desautorizados sin remedio cuando sus predicciones no se cumplen. Pero no sólo eso. También, al pedirse el papel de malo de la película, mitigan las exigencias que los nacionalistas podrían hacer al Gobierno, y, al final, ambos interlocutores buscan una componenda como mal menor, porque lo peor que podría sucederles es beneficiar electoralmente al PP. Vamos, que al PSOE se lo ponen a huevo para: 1) presentarse ante la opinión pública española como el centro político, 2) sin una gran diferencia de fondo, caer mucho mejor en Cataluña y el País Vasco, y 3) obtener acuerdos sin ceder a la otra parte ni la mitad de lo que el PP había anunciado que se cedería. Resulta revelador el discurso de ERC, que, después de la puñalada magistral que supuso el pacto de Zapatero con Mas, todavía se mostró tibia con el presidente en el Debate sobre el Estado de la Nación, y sigue disculpando el fiasco sufrido por su proyecto de Estatut por la presión de la derecha sobre el Gobierno. Mientras tanto, Duran i Lleida hacía sangre en los republicanos acusándoles de obligar a Zapatero a ningunearles en pasadas iniciativas legislativas, y a éste, indultado por los antiguos socios y recibido con alborozo por los nuevos, le traicionaba el inconsciente calificando a CiU como "quienes van a gestionar el nuevo Estatuto". ¡Qué espectáculo!

Además es que, mientras su lectura de cabecera sea el profeta del apocalipsis, el PP no va a atinar jamás en lo que a las intenciones de Zapatero se refiere, y en consecuencia sus cálculos, más propios de películas épicas de héroes y villanos que de los intereses, astucias y componendas del ajedrez político, les dejan siempre en fuera de fuego. Respecto a Cataluña, se creyeron, o actuaron como si se creyeran, que Zapatero estaba deseando fragmentar España. Pues bien, de repente, va el Gobierno y pacta con CiU un Estatuto más que razonable, sin separatismo ni bilateralidad y con cuota de solidaridad interterritorial, en el que el único asunto censurable (el de la lengua) es una herencia del pasado. Y los convergentes, nada más firmarse el acuerdo, empiezan a hacer esfuerzos por suavizar las tensiones entre Cataluña y el resto de España que había desatado la puerilidad fanática de ERC, convertida de repente en enemiga de todo el mundo. Como para no quedarse a cuadros. Puestos a dilucidar el estúpido debate ése de si el PSOE cumple con sus siglas o no, está claro que la E ha primado sobre la S, porque, entre pactar el Estatut con un partido nacionalista extremo de izquierdas y uno moderado de derechas, Zapatero se ha decantado por éste último. Las banderas y el pragmatismo político enterraron de nuevo las ideologías. A ver si ZP, después de todo, no va a ser tan radical, tan ingenuo ni tan aprendiz de brujo.

Pues hete aquí que, aun con ese antecedente, el mismo locutor que dice que los socialistas son malos-malísimos y que les dan mil vueltas en artimañas a los populares, está convencido (y con él el partido que se nutre de sus enseñanzas y un montón de opinadores conservadores más que le hacen de papagayos sin que se les caiga la cara de vergüenza) de que Zapatero es un cobarde que se muere de ganas de rendirse ante ETA, o bien le va la vida en conseguir la paz antes de las próximas elecciones para que su proyecto político no naufrague, y por eso estaría dispuesto a ceder cualquier cosa. No salgo en mí de mi asombro. Pero, vamos a ver, ¿qué interés va a tener Zapatero en claudicar, o qué riesgo personal corre para que le pueda presionar la posibilidad de que su interlocutor ponga una pistola sobre la mesa, o cómo va a pactar cualquier paz por intereses electoralistas si cualquier cesión política le enfrentaría a la mayoría de los votantes españoles? ¿No es más probable que sean los etarras quienes temen las pistolas de la policía, que les tiene virtualmente acorralados (a ellos mismos, no a sus funcionarios ni a sus electores), y su brazo político el que necesita llegar como sea a las próximas elecciones municipales para mantener vivo el proyecto político que ya no puede defender la banda? ¿No serían los abertzales el interlocutor más proclive a hacer concesiones? Entonces, si PSOE ha decidido cambiar de política antiterrorista y acercarse a Batasuna, si insiste una y otra vez en que nunca se ha presentado una ocasión igual, cuando no tenía ninguna necesidad de hacerlo, ¿no será porque tiene un interés concreto y un beneficio que sacar de la negociación? Son preguntas tan obvias que no sé como algunos, que no se las hacen, se atreven todavía a llevar en la cartera el carnet de analista.

Podemos aceptar que, si Zapatero se metió en el follón de la reforma del Estatuto catalán, fue por compromisos previos con el PSC y la coyuntura electoral en Cataluña y en España, y que luego el texto que salió de Barcelona superó lo que el presidente esperaba. Personalmente, sospecho que Zapatero y Mas ya tenían planeado y seguramente pactado lo que iban a hacer cuando salvaron el Estatut en Cataluña, con vistas a librarse ambos de ERC y garantizar una alianza futura, la armonía nacional y la tranquilidad de los empresarios catalanes boicoteados. Pero también es posible que el acercamiento se improvisara poco a poco. Sin embargo, en el caso de Batasuna, ya nadie duda de que la cosa viene de largo. ¿No habrá que buscar ahí la explicación del cambio de política antiterrorista? Zapatero se habría convertido de cualquier forma en el presidente que acabó con ETA, porque a la banda le quedaban dos telediarios, así que ni siquiera la teoría un tanto peliculera del deseo de pasar a la Historia justificaría la nueva estrategia. La hipótesis de que ETA participó en el 11-M y ahora estaría en disposición de chantajear al Gobierno, podría tener su lógica, pero entra en colisión con la renuencia de ciertos sectores de la banda a aceptar la deriva de Josu Ternera y Batasuna, a la que, sin embargo, se sumarían de buen grado si, en efecto, ETA tuviera a Zapatero cogido por los huevos. A mí me parece que lo más verosímil (como sugerí en El Mundo de Castilla y León, en primavera de 2005, entonces en relación a su indulgencia hacia el Partido Comunista de las Tierras Vascas, y también en artículos anteriores aquí) no es que el PSOE quiera negociar con Batasuna como medio para que ETA deje las armas, sino que el PSOE quiere que ETA deje las armas como medio para poder hablar con Batasuna. Hablar y tratar de establecer una alianza para echar al PNV del Gobierno vasco, que es lo que más les conviene a ambos… y también a la unidad de España, que sin esta simbiosis se vería expuesta a un nuevo Pacto de Estella que revitalizara y radicalizara el Plan Ibarretxe, o bien a que el PNV culminara el acercamiento al mundo abertzale que ya inició para recibir los votos de 125.000 nacionalistas cuya primera opción electoral permanecería ilegalizada.

Donde quizás acierten los comentaristas de la derecha es en su sospecha de que todo está ya pactado entre socialistas y abertzales. Tiempo han tenido de hablar, de prefigurar todas las eventualidades y de cerciorarse de que el camino que emprendían llegaría, efectivamente, hasta el final. Sólo que ese final posiblemente acordado ya no serán grandes concesiones políticas (como mucho un referéndum de autodeterminación con Navarra incluida, lo que garantizaría la derrota del independentismo y el crecimiento de socialistas y abertzales a costa del PNV), sino un futuro gobierno en coalición. A diferencia, otra vez, del oráculo que alerta del maquiavelismo del PSOE, yo no me creo ni uno solo de los actuales movimientos, declaraciones cruzadas, contradicciones, desencuentros y pasos alternativos que se están desencadenando de cara a la prensa. Me parecen más bien un elaborado teatro para que tanto la base social de Batasuna como el pueblo español tengan razones para suponer que sus representantes llevan la voz cantante y no hay vencedores ni vencidos. Hay que ir acostumbrando a la gente poco a poco, pero cosas más raras se han visto en la negociación del Estatut. Ni siquiera una sentencia judicial adversa (los jueces son independientes, no de su propia ideología pero sí de la negociación que se está llevando a cabo) detendría el proceso, porque lo que está en juego va más allá de las personas, y siempre cabría la posibilidad de un indulto en el futuro. Pero, en fin, aun en el caso improbable de que un asunto tan capital no estuviera ya perfectamente diseñado y se frustrara en el camino, obligando a Zapatero a limitarse a la persecución policial, lo que no va a haber en ningún caso son cesiones ni rendiciones, con lo que los populares y la luz que les guía se quedarán de nuevo avivando artificialmente las cenizas de los temores que propagaron. Además de con un panorama de aislamiento muy complicado para aspirar a gobernar a corto plazo, como ha advertido varias veces El Mundo en los editoriales en los que ha analizado la estrategia electoral de Zapatero.

Todo eso es lo que se está dirimiendo realmente en la arena política, y la razón por la cual Federico Jiménez Losantos es, muy a su pesar, el mejor lacayo que tiene actualmente el Gobierno; el mayor activo electoral de un PSOE a quien la oposición, en vez de criticarle con tranquilidad los errores, las bagatelas, la demagogia, las servidumbres y las mezquindades de su política territorial, le ha dibujado un escenario tan sombrío y ominoso como telón de fondo que ya poco importa que los logros objetivos en materia estatutaria sean irrelevantes para los ciudadanos o incoherentes con un ideario socialista. Basta con que el Gobierno no caiga donde se ha proclamado que iba a caer sin remedio, y por lo común esa deriva es un disparate tan alejado de las motivaciones que mueven realmente a un político que ni siquiera le va a ser difícil eludir la zanja. Lo demás, la sobreinterpretación de una ruptura de relaciones porque Losantos no se quedó a gusto con la poca mordiente de su perro de presa en el Debate del Estado de la Nación, e incluso la manifestación de las víctimas, carece de importancia. Los 200.000 o el millón de concentrados son poca cosa al lado de lo que sugieren las encuestas sobre un muestreo supuestamente autorizado a extrapolarse a 40 millones, y además la gente tiende a comprender que las víctimas del terrorismo no pueden juzgar con distancia y no han de intervenir en el proceso. Creo que este convencimiento es bueno, aunque Losantos nos acuse de insolidarios o anestesiados; por mi parte, insisto, aunque salga a la calle una multitud infinita, si no demuestra sus argumentos es como si se manifestara contra la Ley de la Gravedad.

Sobre la ruptura, es obvio que el Gobierno no quiere para nada el consenso con el PP, porque tampoco lo necesita. España es su Gobierno, quien negocia con ETA es el Gobierno, y España no es más fuerte o más débil en la mesa en función de que los grandes partidos estén unidos o no. Hagamos el esfuerzo de salir de la inercia de los lugares comunes: ¿por qué iban a necesitar los socialistas el apoyo de la oposición o incluso de la media España que vota al PP para litigar a favor de los objetivos que persiga en la negociación, sean cuales sean? ¿Para no sentirse solos? Me parece una suposición bastante infantil. ¿No sería más bien lo contrario, que de nuevo al Gobierno le viene de perlas que el otro gran partido de raigambre estatal tenga el detalle de hacer de malo de la película, para asumir a su vez el de héroe bueno y moderado y suavizar las exigencias que hipotéticamente les haga Batasuna advirtiendo que, si esto no sale bien, detrás viene la derecha?

Por su parte, el PP, cuya actual estrategia ya le va a ser difícil de modificar de aquí a las elecciones de 2008, es consciente de que tampoco iba a obtener mucho rédito haciendo de escudero fiel para que el presidente del Gobierno se lleve todos los aplausos. Pero, en estas circunstancias, con el tema catalán encarrilado y no constituyendo el de ETA ninguna amenaza (aunque saliera mal, el Gobierno sólo tendría que dar marcha trás), no creo que el PP llegue a obtener más votos que el PSOE, y, desde luego, jamás lograría más escaños que los socialistas y sus posibles apoyos parlamentarios juntos. La suerte está echada. Habrá que esperar a que se queme tristemente la generación de los Rajoy, Acebes y Zaplana, y a que Federico Jiménez Losantos termine perorando recluido en la FAES, para que Alberto Ruiz-Gallardón rehaga el partido a su imagen y semejanza y le restriegue por la cara al gallo matinal que le ha negado mil veces los insultos que le dedicó la semana pasada.

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