Los simios, los paradigmas y César Vidal

Permalink 27.04.06 @ 15:51:30. Archivado en Bioética

Me admiran la ligereza y el regocijo con los que ciertos intelectuales están despachando el asunto de los derechos de los simios. Dejando de lado la terminología de "derechos humanos" que han utilizado unas veces sus defensores y muchas más sus detractores, y sin atreverme a convalidar las restricciones a las experimentaciones médicas, que necesariamente han de probarse en monos antes de que el hombre pueda beneficiarse de ellas, la verdad es que me parece un asunto muy serio. Uno de esos cambios de paradigma que, si resultan bien acogidos por la comunidad científica y filosófica, trastocan de forma decisiva y para siempre nuestra visión del mundo, refractando a partir de ahí nuestras premisas y, en consecuencia, orientando nuestras posibilidades de conocimiento hacia un lugar distinto al que veníamos persiguiendo hasta ahora. Casi nada.

Hay que reconocer que el tema se presta a todo tipo de chanzas, y tampoco está mal aprovecharse de ellas si nos sirven para echarnos unas risas, que es uno de los escasos recursos de que disponemos para arrancarle un poco de felicidad a la vida cotidiana, pero, una vez exprimida esa posibilidad, toca ponerse a dilucidar los debates con un mínimo de rigor y seriedad. Y ahí es donde ciertos periodistas que se pretenden muy listos y enterados desbarran de manera lamentable. Por ejemplo, Federico Jiménez Losantos se empeña estos días en meter en la cabeza a sus seguidores que el Proyecto Gran Simio al que ahora se adhiere el PSOE está concediendo los mismos derechos a las personas que a los monos. Esto es sencillamente falso, ya que los únicos "derechos de persona" que se está reclamando para los primates inferiores son los que eventualmente debería protegerlos de "el maltrato, la esclavitud, la muerte y la extinción". Ni podrán votar, ni contraer matrimonio ni realizar ninguna de esas actividades disparatadas cuya posibilidad se ha estado evocando para solaz de oyentes y contertulios conservadores.

Pero esta refutación se acaba en sí misma; la reducción al absurdo de Losantos, como digo, simplemente no procede, porque no se corresponde con la propuesta del diputado socialista Francisco Garrido, y ya está. Más interesante me parece la discusión que se puede establecer con César Vidal, quien arremetió contra la iniciativa enmarcándola dentro de un presunto empeño del Gobierno de Zapatero de trastocar las leyes naturales y reconstruir unilateralmente la sociedad a su antojo a golpe de reforma legislativa. Vidal ponía tres ejemplos: la redefinición del concepto de España, los matrimonios homosexuales y ahora la ampliación de los derechos humanos a los simios.

Confieso que esa interpretación global de la "cosmovisión" (según la definió el propio periodista) de Zapatero y sus asesores me parece una intuición atractiva, pertinente y meritoria como ejercicio de síntesis. Es cierto que de muchas de las iniciativas de los ideólogos del PSOE que luego asume el Gobierno se puede colegir ese esquema mental relativista y arbitrista, convencido de que no hay valores ni conductas absolutas y, por tanto, la sociedad se puede modelar desde el poder con un poco de tiempo y espíritu pedagógico. Lo que sucede es que esta convicción, a mi parecer, es completamente acertada. No porque la sociedad se pueda cambiar a base de leyes, sino porque la sociedad es exclusivamente cultura, y no cabe duda de que el poder tiene a su disposición un buen número de recursos para influir sobre la cultura. Mal que les pese a César Vidal y a otros profesionales y oyentes de esa emisora que se vanagloria de "tener las cosas claras", éstas no lo son tanto: las leyes naturales no existen, las palabras no significan invariablemente lo que significan, y, en conclusión, no hay nada que pueda hacer frente al relativismo que caracteriza, por definición, a la cultura.

César Vidal, al que nadie puede discutir su erudición en muchos otros aspectos, sufre sin embargo el lastre de su formación teológica, que en filosofía se orienta hacia los clásicos, hacia la época en que la metafísica tenía todavía una razón de ser y la Iglesia puede reconvertir en su favor, y en cambio prescinde de los hallazgos teóricos del pensamiento moderno y postmoderno. Ya Kant, hace dos siglos y medio (que se dice pronto), estableció que los conceptos no son absolutos, porque no se les puede separar de las nociones de espacio y tiempo. Luego, a muy grandes rasgos, el siglo XIX nos enseñó a pensar en términos históricos y dialécticos y el XX demostró cómo nuestras posibilidades de conocimiento vienen determinadas por los instrumentos intrínsecamente relativos y convencionales con que lo pensamos y expresamos: el lenguaje, los paradigmas o epistemes de la época, la narración...

En estas circunstancias, si nuestro amigo César Vidal, que tanto impone con su ingente acervo de conocimientos de Trivial Pursuit, se presentara en cualquier grupo de discusión teórica del mundo civilizado esgrimiendo la existencia e inviolabilidad de las "leyes naturales", sus interlocutores le habrían dedicado una sonrisa indulgente, le habrían propinado una palmadita en la espalda y le habrían devuelto a casa con el bocata de mortadela y la primera cartilla de filosofía moderna, para que se empapara de Nietzsche, de Wittgenstein, de Heidegger, de Thomas Kuhn, de Foucault, de Derrida, de Hayden White, de Richard Rorty. ¿A que nunca habéis oído citar estos nombres en los pretenciosos paralelismos culturetas con que abre todas las noches La linterna? Vidal, erudito de la vieja escuela, demuestra que ésta era sin duda mucho más rica en conocimientos sobre Platón, Cicerón o Plauto, pero, sin entrar en baldías querellas entre los antiguos y los modernos, es obvio que no todo estaba en los clásicos. El pensamiento humano no se agotó en ocho siglos, y, en ese aspecto, la nueva estrella de la COPE está, con todos los respetos, en Preescolar. Al lado, por cierto, de esa pléyade de supuestos intelectuales que desprecian superficialmente la filosofía postmoderna como una especie de deconstrucción nihilista de los valores y un capricho relativista, demostrando que no tienen ni puta idea (pero ni puta idea) del concienzudo bisturí con el que aquélla se ha empleado para desmontar las bases de nuestros prejuicios y hasta de la razón misma.

A estas alturas de la película, no se puede decir que España es como es por ley natural y no puede ser de otra manera, o simplemente no ser, ni que los matrimonios han de ser entre hombre y mujer por imperativo biológico o semántico, ni tampoco que los monos son monos y no personas. Ya sé que resulta incómodo vernos privados de todas las certezas, pero tenemos que aceptar que nuestras clasificaciones son convencionales y por tanto susceptibles de ser transformadas si se impone un cambio de paradigma. El vuelco, en cualquier caso, no sería más violento que el que tuvo lugar cuando Darwin jubiló al creacionismo o, por citar un ejemplo muy español y además protagonizado por una figura ilustre de la Iglesia, cuando en la célebre Controversia de Valladolid Bartolomé de las Casas impuso frente a Ginés de Sepúlveda su tesis de que los indios americanos eran también seres humanos y por tanto los colonos españoles no tenían derecho a asesinarlos, maltratarlos ni esclavizarlos. Es decir, otorgándoles unos derechos idénticos a los que ahora el Proyecto Gran Simio propugna para los primates inferiores y que, hasta ese momento, resultaban tan impensables para la mentalidad europea de entonces como ahora nos parecen en relación a los monos.

La propuesta que aquí en España apadrinan Joaquín Araujo y Francisco Garrido tiene algunos puntos débiles. Por ejemplo, que, si la consideración de ser humano se establece en base al parecido genético, en proporciones menores pero siempre muy significativas también compartimos herencia biológica con el resto de especies animales, y resultaría imposible marcar dónde está la frontera cualitativa en lo que no es más que una serie gradual de mayor o menor parecido con el hombre. Además, si la iniciativa se justifica por lo improcedente de nuestra mentalidad antropocentrista cuando ya nadie duda de que la humana es simplemente una especie animal más, con una serie de características propias entre las que se cuenta la inteligencia igual que en otras se incluye la capacidad de volar, no es congruente justificar la concesión de derechos a los simios precisamente por su parecido a nosotros.

Por otra parte, como puso de manifiesto el obispo de Pamplona señalando el agravio comparativo, en base al criterio de similitud genética también debería quedar totalmente prohibido causar daños al embrión desde la misma fecundación, ya que comparte al 100% el ADN propio de la especie humana. Y, ya puestos, también cada espermatozoide y cada óvulo llevan el 100% del contenido genético del hombre y la mujer que los produjeron. ¿Habría que considerarlos también seres humanos por ello, y concederles los correspondientes derechos?

Me parece mucho más racional justificar el derecho de los simios a no ser sometidos a maltrato, esclavitud, tortura y muerte, no en base a su parecido genético con el hombre, sino a que son seres susceptibles de sufrir. De sufrir dolor físico, como el resto de los animales, y psicológico, si se demuestra que tienen tal capacidad. Planteándolo así, los embriones quedarían fuera del grupo digno de protección, como traté de argumentar en "Por qué un embrión no es un ser humano", y de los derechos propugnados por el Proyecto Gran Simio habría que desgajar el que debería ampararles frente a la extinción. La extinción de una especie, de hecho, no es un mal que haga sufrir al individuo animal, sino que más bien perjudica a la especie humana, por privársenos con ella de uno de los componentes del patrimonio biológico de que disfruta en el planeta en que vivimos; incluir la no extinción entre los derechos del constituye, en realidad, una muestra más del antropocentrismo que combate el Proyecto Gran Simio pero del que en última instancia no logra abstraerse.

Finalmente, y como insinuaba al principio, el problema más peliagudo de respetar a los animales como objetivamente merecen y privarlos de todo sufrimiento es que, siendo consecuentes y llegando hasta el final, este objetivo nos obligaría a no utilizarlos jamás en nuestro propio beneficio, ya fuera a efectos alimenticios, productivos, terapéuticos o lúdicos. Y no sé hasta qué punto yo mismo estaría dispuesto a aceptar semejantes sacrificios y perjuicios en mis condiciones de vida, con lo cómodo que resulta ampararse en la selección natural para explicar nuestro dominio sobre el planeta. Pero este motivo utilitarista, egoísta y mezquino es el único que cabe oponerse a la reivindicación que hace el Proyecto Gran Simio de los derechos de los monos. Los que tratan de presentarlo como un disparate lógico o conceptual no se dan cuenta de que es su propia falta de formación filosófica la que les hace incurrir a ellos en él.

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