Lo que dijo Alfonso Guerra

Permalink 05.04.06 @ 13:02:02. Archivado en Proceso estatutario en España

El revuelo que han provocado las declaraciones de Alfonso Guerra a la Agencia Efe parte de un error de base: Guerra, por muy poca gracia que le haga el proceso de reformas estatutarias en curso, en ningún momento dijo que éste se asemejara a la disolución de la URSS. Ni siquiera "salvando las distancias". Dijo otra cosa muy distinta. Puede tener razón o no tenerla, y en consecuencia alabársele o criticársele, pero exclusivamente por lo que dijo y no por lo que los titulares de la prensa de derechas se han apresurado a destacar y los partidos catalanes, en sintomática coincidencia y retroalimentación, a vituperar. Para huir de los juicios de intenciones, renuncio a elucubrar si es que todos esos medios apostaron por el titular más llamativo o si perpetraron otra trampa como la que comenté la semana pasada sobre las palabras de Artur Mas vinculando el Estatut y el alto el fuego de ETA, y me limito a argumentar qué creo que dijo Alfonso Guerra.

La polémica surgió porque, refiriéndose a la "inquietante desviación territorial" a la que asistimos, Guerra comentó que "salvando todas las distancias, algo parecido ocurrió en el momento de la disolución de la URSS, en el que los dirigentes comunistas, viendo que aquello se disolvía, se envolvieron en las banderas nacionalistas de las repúblicas en que vivirían para seguir manteniendo el poder. Algo de eso, aunque más sutilmente, está sucediendo en España". Pues bien, basta con leer dos veces este juicio (no una, pero tampoco tres, buscando qué vuelta darle para intentar reabrir las heridas entre los socialistas o acusar al ex vicepresidente de cínico, cobarde o incoherente tras votar a favor de la reforma del Estatut en el Congreso de los Diputados), para darse cuenta de que ese "algo de eso", esa "desviación territorial" que también está sucediendo en España, no se refiere a que la URSS se disolviera, sino a que los dirigentes comunistas de las diversas repúblicas soviéticas, oliéndose que quedaba poco, intentaron hacerse localistas para mantenerse en el poder cuando se fragmentara la URSS.

No cabe duda de que Guerra se siente muy poco identificado con la política territorial de Zapatero. Lo ha demostrado en muchas de sus declaraciones, en el abrumado estupor con que recibió el homenaje envenenado del presidente cuando le citó en el debate de admisión a trámite parlamentario del Estatut, y en la propia entrevista a Efe. En concreto, en ésta sugiere que "hay que tener un proyecto y, sobre esas ideas, construir una acción política", y que la falta de tal proyecto es lo que ha conducido a la actual "desviación de las posiciones ideológicas hacia las territoriales, de forma que cuando un partido político de la derecha o la izquierda plantea una propuesta que cree que beneficia a su comunidad, da igual si ésta es conservadora o progresista, todos se suman, nadie quiere quedar atrás". Implícitamente, Guerra critica también a sus compañeros de partido de comunidades como Cataluña, el País Vasco y ahora Andalucía, por sustituir sus convicciones socialistas por la defensa egoísta de los intereses de su territorio y envolverse en las banderas nacionalistas.

Ésa es la comparación con la URSS. Guerra interpreta que "viendo que aquello se disolvía", los dirigentes de las repúblicas soviéticas se volvieron localistas para mantenerse en el poder. Es decir, que el paralelismo con España equivaldría a que, aquí, los socialistas periféricos se están volviendo nacionalistas como consecuencia de una progresiva disolución cuyos síntomas perciben. La presunta deriva socialista no sería, entonces, la causa de la disgregación de España, sino el efecto de la misma.

Además, es que Guerra señala nítidamente cuál cree que fue el inicio de esta disgregación.: "El inicio de la 'fiebre reformadora' procede de la última etapa del gobierno del PP", cuando Aznar "considera que una especie de cruzada antinacionalista le va a dar réditos y crea una especie de demonización de los partidos nacionalistas, lo que les induce a éstos a ir más allá de lo que habían pensado nunca". Se puede estar de acuerdo con él o no (personalmente, su idea me parece una notable exageración), se puede incluso sospechar que está disimulando o salvando el culo a su partido; pero, desde luego, lo que dice y lo que habría que glosar para bien o para mal es eso. Que fueron la política ferozmente centralista de Aznar y sus continuos ataques a los nacionalismos los que relanzaron a éstos (más o menos, en la línea de lo que dijo Carod-Rovira tras su salto electoral de 2003, afirmando que Aznar había reclutado más independentistas catalanes en cuatro años que ERC en toda la democracia), y por eso los dirigentes socialistas catalanes o vascos, "viendo que aquello se disolvía", optaron por asumir las proclamas nacionalistas para llegar mejor a un electorado que reaccionaba contra el españolismo. ¿Qué tiene que ver esta interpretación con la que se ha pretendido poner en los labios de Alfonso Guerra, que el proceso estatutario en curso en España es parecido al que condujo a la desintegración de la URSS? Aproximadamente tanto como la noche con el día.

Guerra prosigue aconsejando que se ponga un límite al proceso de descentralización, critica la competición entre las reformas estatutarias y desenmascara el cariz fuertemente conservador de conceptos como ése de "esfuerzo fiscal" en el que se han basado los nacionalistas catalanes para reivindicar una revisión de las cuotas de cada comunidad autónoma en la financiación del Estado. Pero, justo, lo que no considera una amenaza es una eventual disolución de España siguiendo los pasos de la Unión Soviética. De hecho, Guerra reitera la tesis socialista de que el nuevo Estatut no define a Cataluña como nación, sino que se limita a constatar que el Parlament lo ha decidido así, y se muestra satisfecho de su labor como presidente de la Comisión que ha adaptado el texto a la Constitución. Se puede discutir si tiene motivos para estarlo o no, pero lo que no se puede es acusarle de haber votado contra su conciencia en el Congreso, porque Guerra sabe que los nacionalistas también tienen que vender el acuerdo que han firmado a sus propios votantes, y por tanto se ocupan de subrayar los aspectos que más les convienen.

Por supuesto, no es de esperar que los medios que se han lanzado con pasión a divulgar las declaraciones de Guerra a Efe den el mismo crédito a esta última advertencia del ex vicepresidente. Preferirán seguir haciéndose los escépticos hacia todo lo que dice Zapatero y, en cambio, alarmar a la sociedad española creyéndose a pies juntillas la nueva bravuconada de un Artur Mas o un Arnaldo Otegi.

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