Rojo-separatistas, judeo-masones, vasco-catalanes
29.03.06 @ 12:33:40. Archivado en Nacionalismos
No comprendo cómo es posible que nadie se haya hecho eco aún de la prueba definitiva, de la corroboración inapelable de que existe una conexión nítida entre el alto el fuego de ETA y la reforma del Estatuto de Cataluña, una conspiración entre los nacionalismos periféricos para demoler el ordenamiento constitucional y la misma nación española que empezó a fraguarse en la nunca suficientemente maldita reunión de Perpignan. Porque me dirán ustedes si no es una casualidad demasiado inverosímil, si no existen razones cabales para sospechar que tiene que haber un profundo significado simbólico que explique el hecho de que la bronquitis derivada en neumonía de Arnaldo Otegi coincidiera en el tiempo con la angina de pecho de Josep Lluís Carod-Rovira.
Aproximadamente de esta guisa y este rigor intelectual son todas las elucubraciones que estamos oyendo estos días en los cenáculos radiofónicos de la derecha. Pero tienen su razón de ser. Los nacionalismos, que, como decía al final del artículo de la semana pasada, no pueden imponerse racionalmente el uno al otro porque todos utilizan los mismos axiomas indemostrables y es precisamente la colisión y el eterno empate lo que les retroalimenta, necesitan construirse contra un enemigo. El único contenido real del recipiente que llaman nación no es una identidad o una cultura particulares, que jamás la han tenido y en esta época menos que nunca, sino el propio recipiente que separa a los miembros del grupo de los que se quedan fuera. La lógica nosotros-ellos. Y, claro, el nacionalismo catalán, o el vasco, ya tienen un solo enemigo y referente, España, para darlos sentido, pero el nacionalismo español, aun después de fundir a CiU con el PSC y ERC y a Batasuna con el PNV, seguía teniendo dos. Entonces, ¿qué mejor idea que juntarlos para visualizar la confrontación bipolar? No es la primera vez que se hace: en la República se inventó a los rojo-separatistas, el golpe de 1936 se realizó contra la anti-España, durante el franquismo apareció la nueva especie de los judeo-masones, y ahora tenemos a los vasco-catalanes. Gracias a éstos, hoy tenemos definidos los dos frentes imprescindibles para reproducir la lógica de héroes y villanos característica de las películas para niños tontos.
La primera parte se rodó en Perpignan, una ciudad cuyo solo nombre ha llegado a invocar, a fuerza de ser repetido como recurso metonímico, unas connotaciones similares a los de Sodoma, Gomorra o Guadalete. Dado que Carod-Rovira (un aventurero narciso, infantil y bravucón con mucha afición al diálogo y simpatía natural por los independentismos de izquierda, eso nadie lo duda) se reunió con Josu Ternera y Mikel Antza, y a las pocas semanas ETA declaró una tregua sólo para Cataluña, todos los líderes de opinión conservadores dedujeron y difundieron inmediatamente que el líder de ERC la había pactado. Ninguno se apartó un milímetro de esta interpretación, como si Carod tuviera, primero, algún ascendiente sobre la banda y, segundo, algo que ganar con un pacto que, si permanecía en secreto, no le reportaría ningún rédito, y, si se filtraba, previsiblemente le llenaría de oprobio y arruinaría su carrera política en Cataluña y en toda España. Pero, claro, la de la felonía pactada era una hipótesis mucho más suculenta que la de que ETA, que por cierto hacía ya meses que no mataba ni en Cataluña ni en ningún otro sitio, se hubiera limitado a rentabilizar la visita de Carod pavoneando la magnanimidad con la que trata a quienes dialogan y buscando la legitimación moral de estar en la misma situación que Cataluña. Incluso dejando de lado que ETA asumió en un comunicado toda la iniciativa de la tregua en Cataluña, Carod no podía interesar a los terroristas más que para un intercambio básico de opiniones y, como mucho, para establecer líneas básicas de actuación conjunta en el frente político.
Pues hete aquí, que, dos años después, resulta que en la funesta reunión no sólo se pactó una tregua específica para Cataluña, sino una estrategia a dúo para destruir la nación española, cuyo diseño se está desarrollando cumplidamente ahora gracias a la ayuda inestimable de un presidente del Gobierno español que padece la más rara obsesión patológica por la rendición o el más acendrado odio masoquista a su país (a veces una, a veces el otro) que se han registrado nunca en la Historia médica. Hombre, no sé, aun aceptando como hipótesis que Zapatero se vea aquejado por tan insólitos males, digo yo que, si las dos partes programaron realmente la demolición de España en enero de 2004, una fecha en la que todo hacía prever que el PP iba a ganar las elecciones, el plan que diseñaron mano a mano Carod y los etarras habría tenido que ser, cuando menos, otro distinto al que estén poniendo en práctica ahora.
La segunda parte de la película es, como corresponde, la secuela de la primera, aunque la dirija Zapatero en vez de Aznar. Y su escena culminante la ha protagonizado ETA al declarar el alto el fuego un día después, y, según los exégetas de la derecha, como homenaje simbólico a la aprobación del Estatut por la Comisión Constitucional del Congreso. A algún columnista de Libertad Digital le leí algo así como que pensar lo contrario sería cuestionar el oportunismo político de los etarras. ¡Joder! Pues la verdad es que esta vez han estado bastante sosos. Total, después de tenernos casi un año esperando la tregua, en vez de hacerla coincidir con un paso intermedio del trámite parlamentario del Estatut, podían haberla dejado para la aprobación definitiva de éste en las Cortes o, mucho mejor, subrayar su apuesta por la autodeterminación postergándola hasta la ratificación en referéndum por el pueblo catalán. ¿O es que ETA, que no dejó de matar tras la inclusión del término nacionalidad en la Constitución por primera vez en la Historia, que la consideró una añagaza formal del posfranquismo para dejar las cosas como estaban, que ahora (dicen los analistas de la derecha) no descansará hasta no haberle exprimido todos los precios políticos imaginables al pobre Zapatero, va a celebrar como un éxito propio la concesión puramente nominal de la categoría de nación, no a su presunto amigo Carod-Rovira, sino a la derecha catalana de CiU? Por favor. Habría sido más creíble si Libertad Digital hubiera demostrado la vinculación entre ambos procesos titulando que ETA declaraba su alto el fuego un día después de que el Barça aplastara al Getafe.
Pese a tanto disparate peliculero, casi es mejor que la prensa de derechas se quede en el terreno de la ficción, porque cuando pretende documentar sus ocurrencias con los testimonios de los implicados, el resultado es calamitoso. Por ejemplo, cita el comunicado de ETA que afirmaba que Cataluña y Euskadi eran los dos problemas pendientes de la democracia española, y no lee en él una mera constatación del ideario abertzale, que a lo sumo intenta respaldarse con el hecho de que hay otra nación oprimida en el mismo Estado, sino la evidencia de que ambos procesos van indisolublemente de la mano. O, si Carod-Rovira se felicita por el alto el fuego, resulta que no está poniéndose medallas, sino que demuestra que en Perpignan ya estaba previsto todo lo que vino después. Y, ya dentro de la manipulación descarada, cuando Artur Mas dice que la tregua de ETA no habría sido posible sin el Estatut, y explica claramente que se refiere a que Zapatero no habría tenido crédito político en España para acometer la negociación con la banda si hubiera perdido el control del Estatuto de Cataluña, el PP y su coro mediático se limitan a subrayar que ha sido el líder de CiU, y no ellos, quien ha vinculado expresamente el proceso vasco y el catalán, y así airean de nuevo sus propias elucubraciones sobre una coodinación entre ambos. ¿Se puede ser más tramposo?
El único vínculo real que une actualmente el nacionalismo catalán y el vasco, aparte de la lógica camaradería entre sus ideólogos y de que se sirvan mutuamente de justificación, es precisamente ése que dejaba traslucir Mas: el intento de Zapatero de integrar a ambos, considerándolos como un activo de España y no como un enemigo, y garantizando además la presencia y capacidad de actuación de un partido estatal en ambas regiones. La táctica opuesta, la de Aznar, tosca y maniquea, se saldó con la cuasi mayoría absoluta del PNV-EA sobre Mayor Oreja y Redondo Terreros en 2001, el anuncio del Plan Ibarretxe en 2002, el subidón de ERC en 2003 y la irrelevancia política del PP en Cataluña y el País Vasco, dos regiones que fueron decisivas en la derrota del PP el 14-M. Una ristra de fracasos como para, al menos, poner en duda esa suposición tan extendida de que los nacionalismos están aprovechando la debilidad de este Gobierno para conseguir lo que no le sacaron al anterior.
Nos guste o no, Zapatero cree honestamente en una España plural, porque ya lo dejó escrito en su tesis doctoral, y no cabe duda de que su popularidad en ambas comunidades autónomas es mejor garantía de la unidad del país que el enfrentamiento constante y la satanización de los nacionalismos. Por mi parte, confieso que me exaspera esa inercia políticamente correcta que presupone que la pluralidad es un bien en sí mismo, o una opción más progresista que el centralismo, sólo porque en la España del siglo XX la derecha ha sido centralista. La izquierda mundial únicamente se interesó por las naciones cuando Lenin trasplantó a ese nivel la lucha de clases en pleno imperialismo colonial; y, desde luego, si hubiera que proyectar dicho tipo de relación económica sobre las regiones españolas, Cataluña y el País Vasco no harían precisamente el papel de colonias. De igual modo, la descentralización sólo podría considerarse positiva por acercar la administración a los ciudadanos, y en tal caso el siguiente paso natural sería el traspaso de competencias a las provincias y municipios; es decir, justo lo que los nacionalismos han deplorado siempre como un intento de diluir su identidad colectiva. Por lo demás, Rajoy también tiene toda la razón cuando dice que no había ninguna necesidad de reformar los Estatutos de Autonomía, que se ha creado un problema en vez de aportar una solución y que los beneficiados del tira y afloja son los políticos y no los ciudadanos vascos y catalanes. La coartada catalanista de que hacía falta adaptar el suyo al siglo XXI para regular temas como la inmigración queda invalidada al verse acompañada de un espíritu esencialista-nacionalista propio más bien de una actualización al XIX.
Sin embargo, al margen de los ideales un tanto naïves del presidente del Gobierno, o de los riesgos que conlleve exponerse a una espiral de reivindicaciones por parte de los nacionalistas, hay que reconocerle, a él o a sus asesores, que están lidiando muy bien con un problema enquistado desde el gran error de la democracia española: dejar que CiU y el PNV configuraran Cataluña y el País Vasco a su imagen y semejanza. Primero fue la jugada maestra de dividir el frente catalanista reabriéndole a CiU el camino del poder a cambio de pactar un Estatut razonable, sólo criticable por una política lingüística injusta también heredada del pasado pero que, al menos, a partir de las próximas elecciones autonómicas ya no tendrá a ERC a cargo de su gestión. Gracias a su audacia táctica, el PSOE ha enmendado en el último momento la servidumbre contraída por Zapatero con el PSC cuando recibió sus votos para ser elegido secretario general del partido, así como la obligación que tenía de respetar una promesa hecha cuando sólo era jefe de la oposición.
Por su parte, en el País Vasco, la eventual legalización de Batasuna (que no es un precio político: ¿o es que tendría algún sentido mantenerla en la clandestinidad cuando ya no haya un terrorismo que no condenar o de cuyo entramado formar parte?) abre unas inéditas perspectivas electorales, que ya escribí tres días después de las elecciones vascas de 2005 que el PSOE andaba buscando y, por supuesto, negociando. Era obvio que, para que los socialistas estuvieran seguros de que el PCTV se aprestaría a hacer de testaferro pese a haber nacido como una escisión de la corriente oficial, y además no se echaría en manos de Ibarretxe reproduciendo el frentismo nacionalistas-no nacionalistas que Zapatero había tratado de evitar distanciándose del PP, es que todo ello tenía que estar pactado y bien pactado.
Ahora, durante el tiempo que dure el proceso paralelo al final de ETA, los socialistas y los abertzales legalizados van a acaparar todo el protagonismo político arrinconando al PNV y al Plan Ibarretxe. La estampa del lehendakari tratando de asomar la cabeza encargándose de la convocatoria de la mesa de partidos, y la de Iñigo Urkullu denunciando que Batasuna, con sus movilizaciones callejeras, está intentando organizar "una mayoría política y social alternativa a la del PNV", son la mejor prueba de que quienes se empeñan en ver las mesas de Batasuna como una especie de Plan Ibarretxe 2, como de costumbre no se enteran de nada. Las mesas, un procedimiento extrainstitucional que, como tal, no tiene ninguna justificación, son sin embargo el recurso más útil que se le presenta al Gobierno para mandar a dormir la iniciativa del lehendakari. Después, en un futuro sin armas y dentro de la lógica de los partidos, Batasuna podría convertirse en la aliada natural del PSE, en un papel análogo al de ERC o, incluso, en una nueva versión de Euskadiko Ezkerra, que pasó del entorno de ETA Político-Militar a integrarse en los socialistas vascos.
Naturalmente, estas sutilezas son del todo inaccesibles a unos políticos, opinadores y blogueros que no sólo entienden a los nacionalistas vascos como un todo monolítico siempre dispuesto a trabajar de la mano más allá de rivalidades partidistas, sino que incluso son capaces de inventarse una sociedad fabulosa en la que conspiran como un solo hombre desde Barcelona, Bilbao y Madrid todos los presuntos enemigos de España.
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Kiko Rosique
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