La autodeterminación después de ETA

Permalink 24.03.06 @ 10:23:35. Archivado en País Vasco

Llegó el día. El endurecimiento que en las últimas semanas mostraban los mensajes cruzados entre el Gobierno y Batasuna parecía indicar que los contactos habían vuelto a fracasar, pero, no sé si porque los abertzales estaban jugando de farol o porque al final han temido dejar pasar la última oportunidad que les queda de mantener su protagonismo político en Euskadi, tenemos alto el fuego. Permanente, sin duda, y precisamente por la razón por la que Rajoy interpreta que se trata de una mera pausa. Si ellos siguen siendo los mismos y siguen queriendo lo mismo, y han decidido que ésta es la táctica a la que pueden sacar rédito en estos momentos, por supuesto que la van a llevar hasta el final. Lo que está por ver es si al Estado le es más fácil o más difícil combatir la autodeterminación después de ETA.

Las treguas no son nunca una trampa, por mucha fortuna que hiciera la expresión acuñada por Mayor Oreja y por más que se empeñe Libertad Digital en saludar a su autor como "el mejor analista del nacionalismo vasco". Respecto a su capacidad de análisis en general, el batacazo que se pegó su estrategia del frentismo en las autonómicas de 2001 demuestra más bien que Mayor Oreja es demasiado esclavo de sus convicciones para comprender los recelos que pueden despertar ciertas actitudes en el imaginario de la sociedad a la que pedía sus votos. Sobre la tregua de 1998 en particular, los terroristas no nos engañaron para rearmarse mientras no nos dábamos cuenta, como si esto fuera el juego del escondite; trataron de instrumentalizar políticamente una tregua y un pacto que entonces era de igual a igual con el PNV. Cuando comprobaron que no iban a sacar todo lo que querían de éste (no de Aznar, como dice Pedro Fernández Barbadillo), ETA le acusó de traicionar Lizarra y volvió a la lucha armada.

Desde entonces, a los abertzales no les ha podido ir peor. Derrotados policialmente a partir de la segunda legislatura del PP, ilegalizados y por tanto a punto de quedarse sin voz en las instituciones y en la sociedad, y con la iniciativa nacionalista perdida a manos de Juan José Ibarretxe (su gran rival político, aunque Juan Pablo Mañueco les considere a todos tan amigos y hable de "Plan Etarreche II"), Batasuna necesitaba imperiosamente dos cosas para salir a flote: poder actuar desde la legalidad e imponer una iniciativa política que quitara protagonismo al Plan del lehendakari. A esas dos necesidades sirven la apuesta por las vías pacíficas y la idea de las dos mesas paralelas, ambas prefiguradas en Anoeta. La primera permite otorgar una máxima credibilidad al alto el fuego de ETA, precisamente porque es una estrategia, y la segunda demuestra que, insinúen lo que insinúen los periodistas de la derecha, el nacionalismo vasco no pedalea en tándem, porque, si esto fuera cierto, Batasuna se habría puesto a hacer campaña a favor del Plan Ibarretxe en vez de defender una solución que le hace directamente la competencia.

En "Batasuna mantiene desactivado el conflicto vasco" ya propuse una interpretación de los acontecimientos que se han ido sucediendo en el último año y medio, desde que el Gobierno dio luz verde al PCTV, e intenté demostrar la simbiosis que opera en la relación entre socialistas y abertzales, así como el beneficio indirecto que supone para la unidad de España el que sea la iniciativa de las dos mesas y no el Plan Ibarretxe el proyecto a discutir actualmente en Euskadi. Sin embargo, en las últimas semanas y en el propio comunicado en el que ETA anuncia el alto el fuego, se ha percibido una insistencia en la autodeterminación que los abertzales habían mitigado durante un tiempo, y en ese objetivo intentaré centrarme aquí. En su anuncio, ETA habla también de diálogo, negociación y acuerdo, y el PCTV, por ejemplo, ha puesto énfasis en la necesidad de que en la discusión tienen que participar "los centralistas españoles" y los "jacobinos franceses", pero, desde luego, por mucho que José Bono quiera fijarse en que la palabra mágica no aparece textualmente, no cabe duda de que el anuncio de alto el fuego se hace con el horizonte final de la autodeterminación.

No a modo de chantaje, que quede claro. En ninguna parte del comunicado etarra se insinúa que, de no avanzarse en la dirección política que propone, la banda retornará a las actividades terroristas. Eso es lo que tendemos a imaginar nosotros y lo que se ha encargado de radiodifundir el PP en los últimos meses: que ETA siempre exigiría contraprestaciones políticas, que no se conformaría con cualquier cosa y que se aprovecharía de la debilidad de Zapatero. Desde luego, si, después de que el PP haya convencido a media España de todo eso, va ETA y anuncia que deja las armas a cambio de nada, Josu Ternera tendría a estas alturas todas las papeletas para hacer de rey Melchor en la próxima Cabalgata de Bilbao. Sin embargo, por mucho que al principal partido de la oposición le interese engrandecer la importancia de la banda y luego endosarle la felonía al Gobierno, ETA se halla en condiciones de exigir pocas cosas. Naturalmente, por orgullo y para evitar la división en sus filas, no dice que se disuelve, ni que se arrepiente ni que reconoce su derrota, pero abandona la táctica que ha constituido siempre su santo y seña. Ética y filosóficamente, es obvio que hace cinco, diez o veinte años existían las mismas razones para apostar por "el diálogo, la negociación y el acuerdo", y, sin embargo, sólo ahora sus miembros han convenido en que no merece la pena mantener lo que siempre han concebido como una resistencia militar. En mi pueblo, a eso es exactamente a lo que se le llama rendirse.

El problema para los políticos españoles es que, aunque ETA ya haya dejado de ser ETA (se disuelva o no, mantenga o no las siglas en esta nueva fase) y sólo disponga de las armas políticas para defender la autodeterminación, este objetivo sigue sobre la mesa. No sé en qué medida la invocación a la voluntad de los vascos aparecerá en el comunicado sólo para justificar el alto el fuego ante su propia base social, igual que otras pretensiones quiméricas que afectan a Francia, pero es obvio que los nacionalistas (en esto sí, todos unidos, porque les conviene a las dos ramas, y también a los catalanes) van a continuar apelando al derecho a decidir del pueblo vasco. Y es imposible refutar el derecho de cualquier grupo humano a decidir su propio futuro. En el resto de España nos parecerá de lo más natural que los vascos no puedan elegir su organización política sin contar con los castellanos o los andaluces, ya sea porque forman parte indisoluble de nosotros (así, ontológicamente) o porque lo estipula la Constitución. Pero, francamente, yo, si fuera Euskadi, entre un político que me dijera que soy libre de ser lo que quiera y otro que no me lo permitiera, siempre preferiría votar al primero. Del segundo pensaría, sin más, que me considera una colonia.

España no puede ignorar eternamente la reivindicación del derecho a decidir (que ni siquiera equivale a la independencia) con la coartada de que ceder a ella equivaldría a dar carta de naturaleza al terrorismo como instrumento político (el terrorismo ya es, por definición, un instrumento político; ése ha sido su sentido en todo tiempo y todo lugar) o alegando que para esto no habrían muerto en vano casi mil personas. En realidad, quien tiene motivos para entonar el "para este viaje no hacían falta tantas alforjas" no es la sociedad española, sino los etarras, que se han dejado centenares de vidas en la cárcel para no conseguir (ya se puede decir que de forma definitiva) absolutamente nada por esos medios. Sin embargo, tarde o temprano, por muy exigente que se sea a la hora de establecer el plazo que corrobore el fin definitivo de la violencia, llegará el día en que Rajoy ya no podrá decir sin ruborizarse que no se sienta a hablar con una organización terrorista como Batasuna, o que no se puede pagar con contraprestaciones que nos perdonen la vida. ¿Y entonces qué? ¿Continuaremos diciendo que una opción política es ilegal, que un colectivo no tiene derecho a elegir democráticamente su propio futuro? El hecho de que sigamos apelando a la deshonra que supondría ceder al chantaje de la violencia cuando ésta se halla en vías de desaparecer es sólo el anuncio de que, ideológicamente (es decir, dejando al margen atentados y amenazas), pronto nos daremos cuenta de que contra ETA vivíamos mejor.

Podría suceder que, aunque el Estado siguiera negando el derecho de autodeterminación, los vascos tampoco estuvieran por la labor de movilizarse para reclamarlo. Esto sería una muestra notable de madurez, ya que demostraría que se preocupan por objetivos nobles, loables y reales como vivir la vida o ganar dinero, y que no están dispuestos a jugárselos por falaces bagatelas patrióticas. De hecho, la sociedad de Euskadi ya dio muestras de que atesora tal sensatez en las elecciones autonómicas del año pasado, convertidas en plebiscito sobre el Plan Ibarretxe, cuando 140.000 votantes del PNV prefirieron no meterse en problemas y optaron por la abstención. A esta decisión ayudó lo suyo el que, por suerte para la unidad de España, no concurriera a los comicios "el mejor analista del nacionalismo vasco" dispuesto a ganarse al electorado amenazando con un nuevo frente nacionalista español. Frente a la amabilidad y la apertura de Zapatero no había ninguna necesidad de movilizarse, y por eso aquel día (no en el Congreso de los Diputados) murió el Plan Ibarretxe, por decisión autodeterminada de sus propios votantes.

Pero también podría suceder que, un día, la mayoría de los vascos se sintieran estimulados por la novedad del viaje a la independencia, o que creyeran que solos tienen más que ganar que que perder, o que, agitados por los dirigentes nacionalistas, se cansaran de la negación de su derecho a decidir y se lanzaran a imponerlo como hecho consumado. En ese escenario, de nada valdría apelar a los sujetos de decisión que contempla la Constitución, porque, tal y como dejó escrito Carl Schmitt, el poder no radica en las leyes, sino en quien tiene la capacidad de dictar otras nuevas en los momentos de vacío legal. Y, en nuestra época, ese poder puede conferirlo la victoria en una batalla militar al uso, pero también el triunfo en la batalla de la opinión pública, nacional e internacional.

Negar el derecho de autodeterminación apelando a la Constitución es injusto, antidemocrático e inútil. Lo intelectualmente fundamentado y lo políticamente eficaz sería todo lo contrario: llevarla a sus últimas consecuencias. Porque, como ya traté de exponer en "Autodeterminación y territorialidad", los nacionalismos periféricos tampoco son coherentes en su defensa de la primera; parten de la existencia previa de una entidad colectiva. El comunicado de ETA, en concreto, basa el derecho a decidir en la existencia de un Pueblo (así, con mayúsculas) vasco, y el PCTV también ha reclamado los derechos de Euskadi como nación. La pregunta subsiguiente no es, entonces, si el Pueblo vasco tiene derecho a decidir lo que quiere ser por sí mismo (a ver quién es capaz de argumentar que no lo tiene), sino: ¿por qué el pueblo vasco sí y el pueblo navarro, el pueblo vitoriano o el pueblo del barrio de Las Arenas, no? ¿Es más real uno que los otros? ¿Hay más lazos objetivos o compactos entre los individuos que componen el primero que entre los que constituyen cada uno de los segundos? ¿Más conexión con sus respectivos antepasados? ¿Acaso no tienen todos ellos territorio, lengua e instituciones propias? En cuanto a la cultura, ¿no es infinitamente más cierto que los habitantes de un barrio comparten ideología y patrones de comportamiento en mucha mayor medida que los de una región? ¿Se puede hablar de una cultura vasca en la que conviven burgueses y obreros, hispanohablantes y euskaldunes, habitantes de caseríos y habitantes de un piso en el centro de una gran capital? Aun en caso afirmativo, me parecería mucho más justificado hablar de una cultura del barrio de Las Arenas.

Evidentemente, el problema no es el concepto de autodeterminación, sino el de nación, que ya intenté desmontar en "El PP, la Constitución y la nación". Por eso, lo único que habría que hacer es explicar tranquilamente a la sociedad vasca que la decisión autodeterminada de la mayoría de Euskadi no puede obligar a seguirla a ninguno de sus territorios, municipios o barrios concretos. Cada uno de ellos tendría el mismo derecho a autodeterminarse que el conjunto de la actual comunidad autónoma vasca, y nadie podría quejarse del maremágnum político que se montaría en el previsible caso de que unos optaran por unirse al nuevo Euskadi independiente y otros por quedarse en España. Imponer la voluntad del conjunto de Euskadi sobre el derecho democrático a decidir libremente su futuro que asiste a cualquiera de las unidades menores sería una interferencia idéntica a la del PP cuando se cree con legitimidad para que los españoles decidan en referéndum el futuro de los catalanes o de los propios vascos.

No es tan difícil desautorizar a los nacionalismos, porque todos son iguales: el catalán, el vasco y el español. Los únicos que no pueden hacerlo son ellos mismos entre sí, porque utilizan las mismas armas conceptuales y argumentales, y éstas se neutralizan mutuamente, dejando la confrontación en un eterno empate que perpetúa el conflicto y, a la vez, la razón de ser de los patriotas de uno y otro lado. Si prescindiera de ciertos miembros relevantes que están en la mente de todos, el PSOE sería el partido con más posibilidades de resolver este conflicto pueril haciendo tabla rasa de todas las naciones, incluida la española. Le hace falta un poco de audacia para modificar la inercia patriótica de parte de su electorado, otro de profundidad teórica para rellenar de contenido aquel inane "mi patria es la libertad" que formuló un día Zapatero y voluntad pedagógica al estilo ilustrado para explicar a las sociedades vasca y catalana que las filiaciones que los dirigentes nacionalistas llevan años presentándoles como esenciales e indiscutibles han de restringirse al ámbito de las emociones privadas, irrelevantes en la agenda política. Como no me cabe duda de que una y otra son, al menos en lo que respecta a sus élites urbanas, suficientemente cultas para reconocerlo, el día en que logre imponerse este mensaje dejará para siempre de ser un problema la temida autodeterminación.

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