Dos partidos, una fecha, un enemigo; espero que dos mensajes

Permalink 08.03.06 @ 18:27:15. Archivado en Cataluña

El sábado pasado coincidieron en el tiempo la presentación del nuevo partido Ciutadans de Catalunya en el teatro Tívoli de Barcelona y la jornada central de la Convención Nacional del Partido Popular en el recinto ferial de Madrid. Además de la fecha, ambos colectivos compartieron un enemigo. Ciutadans de Catalunya ha nacido con la vocación expresa de acabar con la tiranía nacionalista en esa comunidad autónoma y uno de los dos temas que focalizaron los discursos de la Convención del PP fue el desafío a España y al ordenamiento vigente que supuestamente constituye el nuevo Estatut. Ahora que comienzan a plantearse las naturales preguntas de qué lugar ocupará la nueva plataforma en el abanico electoral catalán y a qué partido le restará más votos, yo, que confío en ellos, les suplico que se distancien cuanto puedan del PP. No por rentabilidad electoral, sino por la coherencia, racionalidad, legitimidad y eficacia de su lucha contra el nacionalismo.

En la Cadena COPE, Federico Jiménez Losantos y César Vidal ya han comenzado a aconsejar al PP catalán que abandone la tibieza de Piqué para evitar un trasvase brutal de votos a Ciutadans de Catalunya. No acabo de captar el razonamiento, dado que si algo caracteriza al nuevo partido es la falta de tibieza hacia el nacionalismo, y difícilmente el "tibio" electorado de Piqué (eminentemente conservador, además) podrá trasplantarse a él, pero en cualquier caso es un asunto que da igual. El PP va a tener difícil comerse una rosca en Cataluña en los próximos años, y no por culpa de Piqué sino por la del búnker y sus apenas disimuladas diatribas contra la sociedad catalana. El problema no es, por tanto, que Ciutadans de Catalunya fagocite al PP, ya que cada vez va a tener menos que fagocitar, sino que, a fuerza de entrevistar Losantos a Francesc de Carreras o Arcadi Espada, o de jalear sus agallas la derecha política y mediática, sea la imagen del PP la que acabe subsumiendo el nuevo proyecto.

El País ya daba cuenta del acto fundacional del sábado con un tramposo titular, "La plataforma Ciudadanos de Cataluña nace con el objetivo de deslegitimar el Estatuto", y una mención insidiosa a su afán de "negar cualquier sospecha de acercamiento al Partido Popular". La Vanguardia también se hacía eco de unos nebulosos "rumores que relacionan Ciutadans de Catalunya con el PP" y, desde ERC, Joan Puigcercós les ha intentado descalificar por "españolistas". Boadella, Espada, de Carreras y los demás tienen que huir de todo eso. Porque, aunque es cierto que la repugnancia largo tiempo inculcada y ya casi instintiva que sienten algunos sectores de la sociedad catalana hacia todo lo español es algo entre infantil, neurótico y deficiente mental, no lo es menos que, para que una ofensiva contra el nacionalismo catalán resulte consecuente, no puede partir del igual de falaz y mezquino nacionalismo hispano, ni aferrarse a él como alternativa.

Algunos de los mensajes que han lanzado los de momento cabezas visibles de Ciutadans de Catalunya son nítidos y acertados. La ideología nacionalista, dijo Arcadi Espada el sábado, debe ser "expulsada del espacio público y mandarla a la alcoba, junto al crucifijo", y "la reforma del Estatut es una operación política lamentable e irracional, cuyo resultado será en el mejor de los casos intrascendente". El nacionalismo es una "obediencia a un ser superior", y hay que "actuar desde la razón y no desde el corazón", con pragmatismo, y luchar por "legalizar la realidad" de los ciudadanos catalanes, apuntó Francesc de Carreras. Todos estos enunciados revelan la idiosincrasia del proyecto, por mucho que ya se perciban en los catalanistas burdos intentos de descontextualizar el antinacionalismo de la plataforma derivándolo en anti-nacionalismo-catalán que pretende expulsar la sensibilidad nacionalista-catalana de la vida política, o incluso como auto-odio a la pluralidad de esa comunidad, según definió con inaudito cinismo Joan Puigcercós el ideario de Ciutadans de Catalunya.

Ya sabemos con qué tipo de gente nos estamos jugando los cuartos, y resulta ocioso denunciar que hace falta mucha alevosía o mucha ignorancia para extraer esta lectura. Lo que sostienen las frases de Espada o Carreras es la irracionalidad de cualquier patriotismo y su pertenencia al ámbito de las creencias privadas, de las emociones míticas que no deben trascender la esfera subjetiva y en Cataluña (aunque no tanto como en el País Vasco) se han convertido, sin embargo, en santo y seña de la atmósfera política y cultural. El mismo Puigcercós, en el debate parlamentario que acordó la admisión a trámite del proyecto de reforma del Estatuto, trazó un singular paralelismo entre la iniciativa catalana y reformas progresistas como la Ley del aborto o la homologación del matrimonio gay, para concluir que el PP siempre se ponía en el no, erigiéndose en freno del progreso y la modernidad. La realidad es que la defensa de la nación catalana no tiene nada de progresista, porque la pluralidad, se diga lo que se diga, no es un bien en sí mismo. Varios paradigmas estéticos capaces de abrir nuestra mente son una riqueza mayor que uno solo, pero varias tonterías patrioteras no corrigen las limitaciones de la primera, sino que las multiplican. Además, Puigcercós, si su inteligencia teórica le diera para tanto, debería haber situado la metafísica nacionalista en el lado contrario al de la legalización de las bodas homosexuales. La razón que justifica tomar partido por éstas es la misma que obliga a ponerse en el bando contrario al de la primera: el hecho de que la otra opción no tiene un fundamento real y objetivo, sino sólo la creencia personal en un mito, ya sea el del mandato divino o el de la identidad colectiva.

En la misma línea va la saludable Enmienda 6.1, que aspira a neutralizar (esperemos que no demasiado tarde) la alucinante majadería que supone poner a los ciudadanos al servicio de una lengua que se entroniza sin el menor fundamento racional como expresión de un fabuloso Volksgeist. En realidad, la política activa en favor del catalán, aparte de para crear una barrera insalvable con el resto de España que en un futuro pueda justificar la independencia, sólo tiene sentido por la circunstancia puntual de que el movimiento romántico de comienzos del siglo XIX, al cual debemos en última instancia el cáncer del patriotismo en las sociedades modernas, era un entusiasta de la filología y consideraba la lengua el rasgo definitorio de las naciones.

Hay muchas cosas como ésta que pueden y deben criticarse desde una plataforma que ha decidido adoptar un nombre que invoca a los ciudadanos de Cataluña y no a ésta como entelequia mítica. Pero, por eso mismo, donde no pueden caer sus promotores es en la defensa del constitucionalismo que hace a veces Francesc de Carreras o en la profesión de lealtad a España y la alerta sobre el peligro de secesión que hemos escuchado a Albert Boadella. Igualmente, confío en que, cuando en junio culmine el proceso constituyente del partido y designen a su candidato a la presidencia de la Generalitat, el elegido no sea Alejo Vidal-Quadras. Al nacionalismo catalán no se le puede combatir esgrimiendo la inviolabilidad de un texto apergaminado, ni oponiéndole otro nacionalismo igual de arbitrario, ni amenazando con una eventual secesión que en sí misma no es ni positiva ni negativa para las personas. De lo contrario, el mensaje resultará tan poco creíble como el de la Convención Nacional del PP, en la que Mariano Rajoy reiteraba su defensa de las personas y no de los territorios pero, a la vez, José María Aznar advertía que no hay "nación" que aguante un proceso como el que vive España.

Matizo que me da igual si el PP se instala en la crispación o en la bronca. Es cierto que una crítica rotunda al Gobierno, si éste da motivos para ello, no tiene por qué ser incompatible con la moderación y el centrismo, signifique lo que signifique este último término. Lo que me molesta de los populares y de los locutores más afamados de la COPE no es su tono insultante o sus faltas de respeto, sino las tonterías que dicen y las contradicciones flagrantes en que incurren. Y, por lo que respecta a este tema, o nos las damos de defensores de las personas o consideramos como el sujeto real a las naciones.

En "El PP, la Constitución y la nación", ya intenté exponer que los argumentos a favor de España o la Constitución no son objetivamente superiores a los que se puedan esbozar a favor de Cataluña o el Estatut, y que por tanto es su propio ideario lo que incapacita al partido de Rajoy para articular una alternativa válida frente a los nacionalismos. En cambio, y aun a riesgo de ser tildado de optimista, reitero mi convencimiento de que los catalanes (también los vascos, al menos los del Euskadi urbano) son lo suficientemente ilustrados como para entender que las naciones son una falacia irrelevante, y sólo hace falta que alguien con autoridad y micrófono público se tome la molestia de hacérselo entender en términos parecidos a los que empleaba yo en ese artículo. La única forma de resolver un conflicto basado en construcciones míticas es desmontar dichas construcciones, pero ésa es la empresa crítica que ningún político de Madrid, Barcelona o Bilbao ha tenido todavía la voluntad o la capacidad de hacer.

Por supuesto que cenutrios hay en todas partes. Y que, por mucho razonamiento o pedagogía que se pongan en juego, siempre habrá quien afirme convencido que "Cataluña es una nación" o quien asegure con vehemencia que "la única nación es España", sin reparar en que para decir una cosa o la otra lo primero que hace falta es definir el concepto nación, y ello no recurriendo a la convención de uso que viene en el diccionario sino a la discusión teórica. Armados de ésta, que es lo que se espera de intelectuales como los de Ciutadans de Catalunya, no es complicado demostrar que las naciones, simplemente, no existen. A modo de propuesta, reproduzco por pura pereza de escribirlas de otra manera cuatro párrafos de mi artículo de diciembre.

"En primer lugar, no hay ninguna identidad colectiva que vincule entre sí a los habitantes de un territorio, ni a éstos con los que vivieron allí años o siglos atrás. Sólo a través de una entelequia, de una construcción mental, es posible establecer una comunidad o continuidad espacial entre millones de ciudadanos, que en su inmensa mayoría no se conocen y tienen distintos niveles de renta, distintos intereses, distintas experiencias personales y distintas formas de ver la vida. Creo que fue Joan Puigcercós quien diagnosticó en el debate parlamentario de admisión a trámite del Estatut que Cataluña es una nación porque había conseguido articular una comunidad. ¿Quién demuestra eso? ¿Quién demuestra que otras autonomías no? ¿Una mayor conciencia colectiva, que es una diferencia cuantitativa, justifica la distinción cualitativa de que unas regiones sean naciones y otras no? ¿El que un esquizofrénico tenga conciencia de ser Napoleón es una condición suficiente para que se acepte que lo es?".

"Igualmente, sólo a través del mito se puede concebir una fabulosa continuidad temporal que engarce el presente de una determinada nación a una supuesta Historia común que "ha hecho que seamos como somos". ¿Seguro que le debemos nuestra forma de ser a los antepasados? ¿Qué individuo presente se lo debe a qué individuo pretérito? ¿Sólo estamos en deuda con los que vivían justamente aquí? ¿Con cuántos de ellos?. La Historia no justifica nada (¿por qué iba a hacerlo?), pero, en caso de que lo hiciera, las lecturas que se pueden sacar de ella son infinitas; todo depende de lo que uno quiera encontrar. El azar tiene un lado malo y uno bueno. El malo es que los hechos, siempre toscos e insensibles, no tienen por costumbre suceder para encajar armónicamente en nuestras hermosas construcciones poéticas, y por tanto para reinventar la trayectoria de una esencia nacional a través de los siglos hace falta limar muchos detalles inoportunos. Y el bueno, que, paralelamente, ofrece un montón de sucesos en origen aislados e independientes, pero casualmente propicios para que, en el futuro, el historiador que quiera justificar una nación sólo tenga que unirlos en la línea de puntos de la identidad como hacen los niños en la guardería. Es tal la riqueza del pasado que el mencionado ejercicio vale para cualquier nación o proyecto de nación, y por ello todas recurren a la misma práctica para aprobar el examen de legitimidad". Por decirlo en plata, la Historia es como una puta: siempre tiene un ratito para todo el mundo.

"Además de la comunidad en el presente y de la justificación en el pasado, el otro elemento que se suele considerar definitorio de las identidades nacionales es la existencia de una lengua y una cultura propias. Pero esto no deja de ser una convención romántica. ¿Por qué estos rasgos van a justificar la existencia de una nación? En lo que respecta al idioma, lo contradicen, por ejemplo, todos los países de la Commonwealth, que hablan inglés, y las dos decenas de lenguas oficiales y muchas más no oficiales que se manejan sólo en la India, por poblaciones que ni siquiera conciben el término nación. Además, habría que recordar que en la fase romántica del catalanismo, la que cristalizó en la Renaixença, tampoco se utilizaba ese vocablo, y que el primer político que lo adoptó, Enric Prat de la Riba, censuraba precisamente las apelaciones al pasado, a la lengua vernácula y a las glorias medievales, como un prurito exótico que dificultaba la construcción de la Cataluña moderna".

"En cuanto a la cultura, todos los antropólogos definen este concepto, con escasos matices, como el conjunto de los elementos materiales, ideológicos y conductuales que caracterizan a un grupo humano. Si los nacionalistas de uno y otro lado se tomaran la molestia de demostrar sus presupuestos en vez de darlos por sentados, acabarían teniendo que reconocer que no existe la cultura catalana, ni la vasca, ni la española, ni prácticamente ninguna que se mueva en un ámbito urbano. Que reflexione un ciudadano medio de Barcelona, de Bilbao o de Madrid: ¿qué porcentaje de su mentalidad, de su comportamiento o de los utensilios que emplea a lo largo del día son auténticamente catalanes, vascos o españoles? Tenemos en común los coches, la televisión, los vaqueros, Internet; nuestro concepto del dinero, del éxito, del sexo, del individuo, de la razón; salimos por las noches, tenemos comidas de trabajo, vamos al fútbol y al cine, nos estresamos, viajamos haciendo turismo… En serio, ¿dónde están la cultura catalana, la vasca, la española? Que las señalen, rasgo por rasgo. Lo tendrán difícil, porque, por mucho que sobreinterpreten su propia idiosincrasia, la única identidad que existe aquí y ahora es la occidental. Y, es curioso, nadie va por la calle blandiendo banderitas de Occidente; debe de ser que los nacionalismos, si no pudieran marcar la frontera con otros-que-no-son, se quedarían dramáticamente sin contenido".

Creo, con toda humildad, que esto es exactamente lo que tienen que defender Ciutadans de Catalunya. Es decir, que denuncien el sometimiento de millones de personas y la regulación tiránica de sus vidas al servicio de un falso mito, pero sin confundir su coincidencia con el PP en estas críticas legítimas a un mismo enemigo con la asunción de los presupuestos nacionalistas de la derecha, demasiado unilaterales y carentes de base para que el electorado catalán acepte supeditar a ellos los suyos propios. Sólo si saben distinguirse claramente del PP, Ciutadans de Catalunya se harán merecedores ante sus potenciales votantes de la legitimidad que le falta a aquél para criticar los abusos del nacionalismo, y podrán cumplir su objetivo de sanear la desquiciada política catalana.

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