Por qué un embrión no es un ser humano

Permalink 22.02.06 @ 10:57:22. Archivado en Bioética, Religión

El único tema que procede discutir acerca de la Ley de Reproducción Asistida, la selección de embriones, el aprovechamiento de los sobrantes para la investigación científica y la clonación terapéutica es si un embrión es un ser humano o no. La Iglesia se opone a todo ello porque da por supuesto que sí lo es, y el PP, aunque intente situarse en posiciones más vendibles a una sociedad laica, habla de "bebés medicamento" y quiere evitar a toda costa otra acumulación de embriones congelados como la que motivó su reforma de 2003; para ello, es incluso capaz de limitar las posibilidades de éxito a las parejas que recurren a la fecundación in vitro, en vez de considerar los embriones sobrantes como un tesoro para la ciencia, cuya proliferación ha de fomentarse e incluso producirse artificialmente a través de la clonación para obtener un banco ingente de células madre. Todos estos escrúpulos, que quede claro, serían muy razonables y dignos de tipificarse en mandato legal si los embriones fueran en efecto seres humanos, pero lo que tendrían que hacer la Iglesia y el PP es demostrar que lo son, en lugar de divagar en tristes disquisiciones sobre la dignidad del niño, la eugenesia y el hombre como "fin en sí mismo" y no medio para otro fin. Estarían en todo su derecho de llamarnos nazis, como ya ha hecho algún eclesiástico, si los defensores del aborto y el uso científico de los embriones utilizáramos conscientemente a unos hombres en beneficio de otros. Pero, como creemos que los embriones no lo son, y por tanto uno puede servirse de ellos sin el menor reparo, lo único que viene a cuento es dilucidar este punto.

Es más; en rigor, la obligación de demostrar su tesis les correspondería a ellos, ya que la carga de la prueba recae en quien afirma y no en quien niega, y las cosas son cuando se demuestra que son y no mientras no se haya demostrado que no son. Lo que ocurre es que, como intentaré argumentar en este artículo, la naturaleza humana de los embriones sólo se sostiene a partir de la idea metafísica de alma, porque sólo el alma permite establecer una identidad entre la persona antes de nacer, la persona durante su vida y la persona después de muerta. Es decir, que si no nos creemos los dogmas católicos, y desde luego la legislación no puede construirse partiendo de ellos aunque el PP lo hiciera varias veces en el gobierno, no hay razón para aceptarla. No sé si será porque son conscientes de que tendrían que partir de la noción de alma o por simple inercia y falta de sentido crítico, pero el caso es que los defensores de esa presunta naturaleza humana, entre los que se hallan supuestos librepensadores e incluso científicos que no creen en el concepto de alma pero están contando con él sin enterarse, jamás se molestan en demostrarla; se limitan a darla por hecha y a repetir mecánicamente algo que no es más que una creencia. Como no parece que vayan a cambiar de actitud en la tramitación de la Ley de Reproducción Asistida en el Senado, y creo sinceramente que aclarar este punto bastaría para erradicar toda polémica, me tomaré la molestia de asumir la misión que les competería a ellos e intentaré demostrar que un embrión no es un ser humano. Con argumentos bien sencillos, que a alguno le parecerán muy imaginativos pero que los podría haber ensamblado cualquiera porque nacen del puro sentido común.

Los hechos objetivos son fáciles de exponer: el embrión comienza siendo una célula, resultado de la fusión entre el espermatozoide y el óvulo, y se va duplicando sucesivamente convirtiéndose en dos, en cuatro, en ocho, etcétera. A los tres días, cuando por término medio consta de ocho células o blastómeros, se detiene su desarrollo para el diagnóstico genético preimplantatorio o selección de embriones. Los análisis que dictaminarán qué embrión es compatible con el hermano enfermo tardan un máximo de 48 horas, de modo que, como mucho, los que van a ser desechados durarían hasta los cinco días. Por otra parte, desde la fecundación hasta los catorce, las células del embrión no se han especializado todavía y son pluripotenciales o células madre; podrían llegar a convertirse en cualquier tipo de tejido. Respecto a la segunda posibilidad que solivianta a la derecha, la clonación, aunque el nombre provoque tanto escalofrío consiste simplemente en quitarle a un óvulo su núcleo, que contiene su información genética, y sustituirlo por una célula del hígado o la médula ósea de otra persona, dotada de su propio ADN. En caso de insertarse este nuevo embrión en un útero y llevarse su gestación hasta el final, engendraría un ser idéntico al propietario de la célula que se ha metido en el óvulo. Pero, abortando su desarrollo en esos primeros 14 días y extrayendo las células madre, proporcionaría un fondo inagotable de tejidos que, al poseer el ADN del trasplantado, descarta la posibilidad del rechazo.

En la Naturaleza no tiene nada de excepcional que una sola célula pueda generar cualquier tipo de células, igual que no es un milagro que acabe engendrando un bebé, porque, como nos decían en la escuela, aunque alguno parezca no acordarse, "la materia no se crea ni se destruye, sólo se transforma". No deja de transformarse. Una determinada combinación de la materia da lugar a otra y ésta a otra y ésta a otra. En algunos cuerpos, su peculiar composición los hace materia viva (cuando los átomos forman células), y en algunos cuerpos vivos su peculiar composición constituye vida inteligente, vida humana. Pero todos ellos son estadios de la materia que se están transformando en otros estadios de la materia: nadie en su sano juicio se atrevería a poner esto en duda. Por eso, es absolutamente ridículo tratar de encontrar un vínculo real entre tres estadios de la materia diferentes, como son el embrión, la persona y su cadáver. Por supuesto que los átomos del cuerpo de la persona viva son consecuencia de la evolución de los átomos del embrión, pero la relación entre unos y otros no es mayor que la que liga a los átomos del embrión con los átomos de las células reproductivas de sus padres, ni que la que une a los átomos de la persona viva con los átomos del cadáver que se integran en el humus y pasan a formar parte del cuerpo de los gusanos. Son estadios distintos, y el que uno dé lugar al siguiente no justifica que se pueda hablar de naturaleza humana en todos. A los que aseguran que la hay en los embriones habría que exigirles, consecuentemente, que cuidaran y alimentaran como garantes y conservadores de la misma a los gusanos de todos los cementerios del mundo.

Si no procede establecer una identidad con el estadio de la materia que caracteriza al hombre vivo, habrá que estudiar independientemente en qué consiste el del embrión y ver si tiene algo de humano. Pues bien, en esos primeros días en que puede interesar para el diagnóstico genético preimplantatorio o la extracción de células madre, el embrión no ha desarrollado todavía el cerebro ni el sistema nervioso, que son los dos entramados en los que radican las supuestas capacidades específicas humanas de pensar, sentir y sufrir. Con cerebro, el embrión podría pensar y sentir tristeza en el improbable caso de que fuera tan perspicaz como para darse cuenta de que está en un laboratorio, y con sistema nervioso sería capaz de sentir dolor físico; en concreto, un dolor igual, ni mayor ni menor, que el que sufren las cobayas. Pero al carecer de cerebro y sistema nervioso, desaparecen todos los riesgos de que un embrión padezca sufrimiento, físico o psíquico. A los tiernos que se compadecen de los embriones abortados imaginándolos como bebés en pequeñito que sangran y lloran, habría que hacerles comprender que el atentado que se comete al abortar es infinitamente menor que matar a una mosca, que sí tiene un sistema nervioso rudimentario. Mucho mayor todavía es el sufrimiento físico de los ratones de laboratorio, con lo cual el verdadero delito sería desperdiciar la oportunidad que tenemos de investigar (muy provechosamente, además) con seres de naturaleza semejante a la de la ameba o el paramecio.

Un argumento antiabortista podría ser que, eliminando un embrión, se está impidiendo nacer a alguien. Es decir, aceptar que el embrión no es un ser humano pero va a llegar a serlo. Sin embargo, su enunciado, sin duda bastante impresionante, no es en realidad más que una trampa del lenguaje. Decir que "se está impidiendo nacer a alguien" implica que hay un alguien antes de su nacimiento al que se está robando la posibilidad de nacer. Pero eso es una falacia: no podemos pensar en un alguien antes del nacimiento o, cuando menos, antes de que el embrión alcance sus últimos meses y se convierta en ese animalito inconsciente llamado feto. Abortando, pues, se impide el desarrollo de una vida, pero esa vida no se le quita a nadie porque antes, sencillamente, no hay nadie. ¿O es que creemos que existe un limbo o sala de espera de seres humanos por nacer, y, en cuanto un óvulo es concebido en alguna parte del mundo, el primero de la lista baja con diligencia a integrarse en él? Esto nos remitiría, otra vez, a la noción de alma.

Es acertada, en cambio, esa alegación de que cada embrión es un ser genéticamente único e irrepetible, y ya sólo por eso no debemos permitir que se desperdicie. No puedo menos que reconocer que un embrión es genéticamente irrepetible. Sólo que, siendo coherentes con tal razonamiento, habría que penalizar cada no fecundación de un óvulo y cada derramamiento inútil de un espermatozoide, ya se produjera éste de modo automático o manual. Los espermatozoides y los óvulos también contienen una carga genética única e irrepetible, la del individuo que los segrega; cuantitativamente significan la mitad de la del eventual embrión y cualitativamente no albergan con él diferencia alguna. Lo único que les separa de él es el hecho casual de la fecundación, y sería el colmo dar una categoría especial al embrión respecto al espermatozoide o al óvulo en función de un hecho casual. Sobre todo porque en nuestras manos está, si tan importante nos parece, recolectar todas las células reproductoras que produzcan todos los habitantes de la tierra (incluidos sacerdotes y monjas, que desperdician muchísimas) y combinarlas en laboratorio, así que no hacerlo supone la dilapidación de millones de herencias genéticas únicas e irrepetibles y una dejación de nuestra responsabilidad equiparable a un aborto. O las dos cosas son un delito o ninguna lo es.

Para dar categoría humana a los embriones, como he dicho antes, tenemos que recurrir a la idea cristiana de alma, al mito del soplo divino que se le insufla al embrión en el momento de la fecundación y le hace persona e hijo de Dios desde mucho antes de que pueda imaginarse qué es ser hijo o ser persona ni quién es Dios. Pero incluso aquí hay una pega, porque los enemigos del aborto están ignorando uno de los dogmas fundamentales de la Iglesia, el dualismo del alma y el cuerpo. Si el alma y el cuerpo son dos entes separables, si el alma ya existía antes de la concepción y pervive más allá de la muerte del cuerpo, es ridículo pensar que la eliminación del embrión va a conllevar también la del alma, o que se va a frustrar la única posibilidad de esa alma de encarnarse en algún cuerpo. ¿No es eso como considerar a su propio Dios un completo inútil, que no es capaz de extraer el alma de su vástago del embrión masacrado por los malvados científicos y depositarla en otro cuerpo? El aborto, para un Dios omnipotente, sólo debería ser un leve contratiempo. A ver si alguno va a tener que ponerse a revisar su fe.

Pero no incurramos en desvaríos metafísicos. Un embrión, literalmente, no es nada, porque antes y después de la vida no hay nadie. Sólo hay alguien durante. Hay alguien durante un síndrome de Parkinson, durante un Alzheimer, durante una diabetes, durante una enfermedad medular; durante la penosa existencia que arrastran ese hermano enfermo y esos padres que echan cuentas de las probabilidades que tienen que la fortuna les conceda un segundo hijo genéticamente susceptible de curarlo. Ahí sí que hay seres humanos reales, fines en sí mismos, con la única dignidad real, con contenido, que yo conozco: la que es agujereada por el sufrimiento, la impotencia, la dependencia, la pérdida de facultades, la muerte.

Naturalmente, la Iglesia no quiere ni oír hablar de eso. Porque, por mucho que intente dorarnos la píldora con la letanía de que los hombres tienen una dignidad inalienable y no pueden ser medios para otra cosa, para ella el ser humano nunca ha sido un fin en sí mismo. Todo lo contrario. Según la cosmovisión católica, los hombres no son más que piezas de ajedrez de la sucesión de azares que, con notorios optimismo y autocomplacencia, considera la voluntad divina. Dios, en su infinita sabiduría, reparte bendiciones y desgracias y el hombre no tiene potestad para oponerse; si algo ha ocurrido, será que tenía que ser así. Una caligrafía perfecta con renglones torcidos, una realización por caminos inescrutables; un sentido oculto que nosotros, pobres mortales, no alcanzamos a vislumbrar. Por eso, la dignidad humana se ve realzada por antivalores como la resignación, el dolor y el sacrificio, y en cambio es fatalmente mancillada cuando la ciencia interviene para hacer que las personas vivan mejor.

Los desacatos que merecen su severa condena son múltiples, importantes y van todos en la misma dirección: los anticonceptivos, las adolescentes que tienen que abortar, los homosexuales, la fecundación in vitro, la manipulación genética para prevenir enfermedades de nacimiento, las parejas que necesitan divorciarse, las personas que desean morir. Y, por supuesto, la selección de embriones y la clonación con fines terapéuticos, cuyo rechazo no es otra cosa que la intolerable negativa de la Iglesia a que las personas a las que la voluntad divina ha condenado a padecer una enfermedad o sufrir un accidente se rebelen contra la mala suerte y reclamen su derecho a ser felices. Nuestra muy digna misión en la tierra, en definitiva, consiste en aceptar todo lo que la vida nos depare, dar gracias al Señor y cargar con nuestra cruz, y eso nos convierte en un privilegiado fín en sí mismo a los ojos de la Madre Iglesia que nos ama. Vamos, hombre, o por Dios, según se prefiera... que no nos vengan con cuentos.

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Me ha encantado el texto!! No sabes cuanto me ha emocionado leer argumentos tan contundentes que rebaten los sofismas religiosos de manera tan acertada.

Enlace permanente Comentario por Alfredo 05.06.08 @ 09:04
Naturalmente, esto no quiere decir que equipare el código genético al concepto "alma". Encuentro absurda tal comparación.

Un cordial saludo, y enhorabuena por tu blog.
Enlace permanente Comentario por Alejandro Campoy [Blogger] 25.09.07 @ 14:31
Ya que por alusiones he descubierto tu blog, me permito señalarte una posible contradicción:

"Por eso, es absolutamente ridículo tratar de encontrar un vínculo real entre tres estadios de la materia diferentes, como son el embrión, la persona y su cadáver"

.. y sin embargo:

"Es acertada, en cambio, esa alegación de que cada embrión es un ser genéticamente único e irrepetible, y ya sólo por eso no debemos permitir que se desperdicie. No puedo menos que reconocer que un embrión es genéticamente irrepetible."

Por tanto, ese código genético se mantiene inalterable tanto en el embrión, como en el adulto, como en su cadáver.

Discrepo también de tu equiparación entre el embrión y el espermatozoide. El embrión es único, en cambio los millones de espermatozoides contienen todos y cada uno una mitad idéntica del código genético de su "dueño". No son únicos, son millones idénticos entre sí en cuanto a su carga genética.

...
Enlace permanente Comentario por Alejandro Campoy [Blogger] 25.09.07 @ 14:26
hola... necesito los antivalores de la obra "el relato de un naufrago" para un trabajo de literatura... por favor...
Enlace permanente Comentario por Daniela Bergen 24.06.07 @ 18:13

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