Las víctimas, el ojo del huracán

Permalink 15.02.06 @ 23:55:57. Archivado en País Vasco

Si hubiera que hacer política pensando en las víctimas del terrorismo, no bastaría con negarse a hablar con ETA, ni con dejar claro quién es el vencedor y quién el vencido, ni con ignorar sus reivindicaciones o la situación de sus presos. Habría que sacar a todos los etarras de la cárcel, atarlos a una mesa y ponerlos a disposición de los familiares de los muertos para que los hicieran rodajas con una motosierra. Son tan flagrantes la injusticia y el dolor que les ha tocado sufrir a esas personas reales, de carne y hueso, que solivianta oír hablar de la supuesta opresión de entes abstractos como las naciones, que ni sienten ni padecen. Pero no se hace política pensando en las víctimas. Primero, porque sería inicuo, infantil, fácil y perezoso ignorar las motivaciones y el sufrimiento que también arrastran las personas no menos reales de la otra parte. Y, sobre todo, porque la obligación de los gobiernos no es velar por los muertos de ayer, sino por que no siga habiéndolos mañana.

Las víctimas, el objeto de la polémica y la discordia en las últimas semanas, son, efectivamente, el ojo del huracán; el foco central pasivo de una vorágine que les rodea y acosa, pero en la que no tienen derecho a intervenir. Esto ha ocurrido siempre y en todo lugar, y bien lo saben los dos grandes partidos de España. Ambos actúan en consecuencia cuando han de llevar el timón del país y adoptan la postura a la que creen que pueden sacar mayor rédito electoral cuando están en la oposición. Ninguno puede dar lecciones al otro en este sentido. Tanto el PSOE como el PP han tratado de negociar con ETA y ambos instrumentalizan por igual a las víctimas, magnificando verbalmente la importancia que no les dan (que no pueden darles) con los hechos y alabándolas hasta límites sonrojantes por los escrúpulos y la mala conciencia que inspira todo aquél que ha sufrido de verdad. En los propios partidos y en la población donde éstos han de echar sus redes de pesca de votos.

Desde todos los rincones del espectro político se califica a las víctimas de ejemplo y referente moral para todos los españoles, ya que han sido heridas o han visto morir a sus familiares por defender la democracia. Cuando, en realidad, salvo las personas que han sido primero amenazadas y luego asesinadas por no plegarse a las exigencias de la banda terrorista, la mayoría de los fallecidos y todos sus parientes no han defendido nada; han sido escogidos como objetivo por lo que representa su gremio para el esquema mental fanático, oligofrénico, deshumanizador de los etarras, o simplemente pasaban por allí. Luego, los que han sobrevivido han tenido que salir adelante con penas o dificultades superiores al común de la gente, y encima sin poder tomarse la revancha porque el entorno o sus propias capacidades no lo permitían. Pero haber sufrido no les confiere un mérito especial, como tampoco nos lo otorga, por mucha condescendencia que le echen los bienpensantes, al resto de personas a quienes nos ha tocado padecer una tragedia de las consideradas traumáticas. Por decirlo claro, a mí me resultaría ofensivo que me colgaran medallas sólo por haber tenido mala suerte y no haber reaccionado pegándome un tiro.

Por supuesto, el haber sufrido una experiencia dramática explica y justifica muchas de las cosas que hacen las víctimas, incluidas su negativa rotunda a consentir el diálogo con ETA y la creciente politización de asociaciones como la AVT. Para empezar, porque todos estamos politizados de algún modo, pero, además, en este caso específico es perfectamente natural que la mayor parte de los familiares de los asesinados por ETA se sientan respaldados por el PP más que por ningún otro partido. Los populares han sido tradicionalmente los menos dispuestos a hacer concesiones a los terroristas o los más partidarios de entender el conflicto como un enfrentamiento entre buenos y malos, según se mire, y éste es el enfoque mejor equipado para calar en personas que han sufrido muchísimo y sienten que se les debe, cuando menos, una reparación que en cualquier caso será siempre insuficiente.

Por la misma razón, es lógico que colectivos como el Foro de Ermua y Basta Ya pasen a defender también otras tesis del PP como la vigencia de la Constitución y la unidad de España, que estrictamente no tienen nada que ver con las reivindicaciones por las que nacieron. Nadie puede abstraerse de su experiencia personal a la hora de construir su ideario, y el que haya brotado de las propias vivencias no deslegitima necesariamente un pensamiento. Pero haberlo pasado mal tampoco proporciona ningún salvoconducto para tener razón; en el debate político sólo corresponde discutir los argumentos de cada parte, fuera de los condicionantes personales que hicieron que una u otra los adoptaran. Ahí nos encontramos con que, en el plano teórico, las víctimas no tienen la misma razón cuando protestan por el desamparo en que les deja esa artificial solidaridad euskalduna entre el Gobierno vasco y el mundo abertzale que cuando pasan a abogar en positivo por una alternativa constitucional igualmente traída por los pelos. Y, en el plano práctico, es evidente que su primera reclamación pierde fuerza ante el electorado nacionalista cuando llega a verse indisolublemente acompañada por la asunción íntegra de las tesis del Partido Popular. Mucho más cuando hay otras organizaciones, como Gesto por la Paz o incluso Elkarri, que son capaces de deslindar su lucha pacifista de las adscripciones partidistas.

Éste es el drama de las víctimas del terrorismo. Su situación es, sin duda, lo más grave (lo único verdaderamente grave) del llamado conflicto vasco, pero esa misma situación les empuja a adoptar posiciones que les resta legitimidad para intervenir en su resolución e influir en la agenda política del Gobierno. Han sido los grandes perdedores del conflicto y lo serán también del proceso de paz. Cuando ETA se disuelva, explícita o implícitamente, la vida seguirá como si nada hubiera pasado para todos menos para ellos. Sin embargo, el clamor de su sufrimiento no puede detener el curso de los acontecimientos ni los intentos de alcanzar el fin de la violencia, del mismo modo que, aunque las vidas que se cobra la carretera sean infinitamente más importantes que nuestros ratos de ocio, a nadie se le ha ocurrido prohibir los automóviles ni las vacaciones.

Enrique Múgica dejó claro que las víctimas sólo pueden aceptar un final con vencedores y vencidos, y los portavoces de las diversas asociaciones de víctimas que intervinieron en el congreso dijeron que hay que "ganar", que el perdón es imposible, que no puede haber medidas de gracia con los presos etarras ni siquiera de reducción de sus penas y que cualquier concesión (política, se entiende) significaría que el terrorismo ha logrado sus objetivos. Vamos por partes.

Respecto a las cesiones políticas, el Gobierno ha reiterado un millón de veces que no va a haberlas. De hecho, es que los españoles no se las permitirían, por mucho que Rajoy, Acebes y la prensa de derechas se empeñen en pintar a Zapatero como un entusiasta de la "claudicación" que mendiga una tregua y está siempre dispuesto a facilitar "cesiones constantes". Ya sostuve en "Batasuna mantiene desactivado el conflicto vasco" que, en las negociaciones entre un Gobierno constituido y un colectivo en el que el brazo armado está virtualmente derrotado y el político fue salvado en el último extremo de perder su voz en las instituciones y la sociedad y ser fagocitado por el PNV, el sentido común sugiere que quien tiene la sartén por el mango es el Ejecutivo y, quien tendrá que ceder, los radicales vascos. De momento, es innegable que el tono de sus reivindicaciones y sus atentados ha bajado varios puntos, mientras que la única cesión del Estado ha sido con la labor política de Batasuna, que no es delictiva y debe ofrecerse como estímulo para que los abertzales abandonen del todo la estrategia criminal. El PP no se cansa de recordar que ETA no aceptará dejar las armas a cambio de nada, pero, ¿a la banda le queda otro remedio, cuando para que Batasuna logre poner en práctica su apuesta de las dos mesas de negociación todos los partidos vascos le exigen la ausencia de violencia? ¿Van a tirar los abertzales piedras contra su única baza para recobrar el protagonismo perdido? Y, en lo que se refiere a la otra parte, ¿por qué hemos de pensar que los negociadores del PSOE (que litigan muy bien, como ya han demostrado en las conversaciones sobre la LOE y el Estatut) van a ceder algo a cambio de que ETA acelere su último estertor, renunciando a aprovechar la situación de total superioridad en la que nos encontramos desde la segunda legislatura del PP?

Menos satisfacciones aguardan al lógico deseo de las víctimas de que la batalla en la que se han dejado tantas lágrimas (sin haber hecho nada por meterse en ella) termine con la rendición absoluta del adversario, con el veredicto rotundo de que había unos buenos que tenían toda la razón y unos malos que no tenían ninguna, y con éstos últimos pagando con el máximo tiempo en prisión siempre algo menos del daño que causaron. ETA no dirá que se rinde sino que es el momento de dejar hablar a los políticos y delegará en Batasuna, el Gobierno procurará que prime la reconciliación sobre la humillación y, tarde o temprano, habrá algún tipo de concesiones a los presos.

Esto no dibuja un panorama tan sombrío como se insinúa. Aunque a muchos les repugne pensarlo, también existe sufrimiento en las familias abertzales que tienen a alguno de sus miembros en la cárcel y están condenados a verle de ciento en viento a costa de recorrer la península de cabo a rabo. Nadie que piense en este asunto con un mínimo de honestidad puede dudar de ello, y se puede ser sensible al sufrimiento de las víctimas de ETA siendo a la vez consciente de que los presos etarras también son víctimas de su propio fanatismo. Sé que muchos lectores me echarán inmediatamente en cara que, si yo hubiera perdido a un ser querido en un atentado, también me conformaría con llamarles "alimañas" o "psicópatas", como se ha hecho en el congreso de las víctimas, y les negaría cualquier motivo o viso de humanidad. Pero, como por fortuna no es así, puedo intuir con la suficiente distancia que, aunque los terroristas cobren un sueldo por serlo y puedan desarrollar todo tipo de acomodaciones psíquicas para adaptarse a su oficio, desde luego han salido perdiendo con la orientación que decidieron dar un día a su existencia. Y, como lo saben, se autosugestionan para no arrepentirse. ¿Quién tiene arrestos para convencerse por sí mismo de que ha tirado toda su vida por tierra?

Los fanáticos son siempre sinceros; se juegan el tipo por la causa en la que creen, aunque ésta sea tan estúpida como una patria, y, por muy comprensible que resulte la protesta de las víctimas del terrorismo contra las condenas demasiado benévolas que les caen a unos tíos que han borrado para siempre de la faz de la tierra a uno de sus familiares, desafío a los lectores a que se pregunten a cambio de qué estarían dispuestos a entregar 20 ó 25 años entre rejas, con todos sus días y todas sus horas, con todas las privaciones vitales, sociales y sexuales que ello conlleva. A lo mejor así se dan cuenta de que las actuales condenas son un castigo suficiente. Quizá no se puedan comparar a la muerte de una persona, pero suponen en toda regla la ruina de una vida, la única que tenemos. Carecen de sentido las propuestas de aumentar las penas para los terroristas, porque el incremento no servirá de elemento disuasor (quien es lo suficientemente idiota para jugarse 20 años a la sombra va a seguir matando aunque le caigan 40 o cadena perpetua) y, por lo que respecta a la protección de la sociedad, que es el único objetivo real y encomiable de las cárceles, es un hecho cierto que, al salir de prisión, los etarras que han sufrido largas condenas nunca se reintegran en los comandos y se limitan a recibir el homenaje de los forofos.

Creo que haber mostrado desde el Estado cierta comprensión hacia el sufrimiento de las familias abertzales, con iniciativas como el acercamiento de presos o la predisposición a detectar el elemento humano que forma parte de ese colectivo habría contribuido a relajar el enconamiento y de paso a desactivar la fuerza de la base social del nacionalismo radical. No digo que fuera sencillo, cuando en Batasuna no ha surgido durante todos estos años nadie con huevos suficientes para saltarse la disciplina del terror y denunciar que, donde los dogmas etarras veían fuerzas de ocupación, cipayos o agentes políticos y judiciales al servicio del imperio, sólo había seres humanos tratando de abrirse un hueco en la vida. Pero sí que habría sido una buena estrategia para neutralizar la búsqueda victimista de la confrontación que da sentido a los nacionalismos irredentos, y que también lo será ahora, cuando, como corresponde a todos los finales de conflicto, habrá que intentar olvidar que un día fuimos enemigos y empezar a hacerle guiños a la reconciliación.

Curiosamente, le ha tocado pilotar el proceso al PSOE, que se empeña en reflotar la Guerra Civil como una contienda que enfrentó a buenos contra malos, y le resulta inaceptable al PP, a quien se le llena la boca ensalzando el pacto para cerrar heridas que supuso nuestra Transición. Con esta incoherencia consigo mismos a la que nos tienen acostumbrados, lo de menos es que los dos grandes partidos estén divididos. El que en la pasada legislatura hubiera un Pacto Antiterrorista y ahora esté roto es una circunstancia del devenir de la lucha partidista, que se debe a que entonces convenía a los dos y ahora a ninguno, pero no tiene la menor importancia. Por mucho que los medios de comunicación se rasguen las vestiduras, es lógico que, en política antiterrorista como en cualquier otro ámbito, cada uno tenga su manera de hacer las cosas y busque rentabilizarla, y ETA no saca ningún beneficio de esta desunión. ¿En qué cosas concretas le favorece que PSOE y PP se tiren los trastos con tanto denuedo? ¿Le proporciona armas, dinero, moral? ETA se enfrenta al Estado, a quien lo dirige en cada legislatura, a sus tribunales y a sus Cuerpos de Seguridad, que no se multiplicarían por dos aunque el PSOE y el PP se pusieran de acuerdo. Lo que haga la oposición le trae al pairo.

Creo que es bueno que el momento decisivo haya llegado con un Gobierno socialista. No ya porque el PSOE despierte menos recelos en Euskadi, sino porque los abertzales tienen el estímulo de que, cuando se centren en la vía política, serán los aliados naturales de los socialistas para arrebatar Vitoria al PNV, y esto les sacaría del papel secundario que llevan varios años desempeñando en el nacionalismo vasco. Y viceversa. De hecho, me atrevería a apuntar que el PSOE no corteja a Batasuna para conseguir que ETA deje las armas, sino que busca que ETA deje las armas para poder pactar con Batasuna y conjurar el peligro del Plan Ibarretxe.

En un sentido o en otro, socialistas y abertzales son las fuerzas reales que decidirán cómo termina el ciclón político vasco que se anuncia, el que puede rubricar el fin de ETA. El PP no puede aspirar más que a incordiar con algunas inofensivas lluvias tropicales. Mientras tanto, en el ojo del huracán, condenadas a padecer las turbulencias del momento sin poder tomar parte en ellas, se remueven inquietas las víctimas del terrorismo. No sé si es lealtad o deslealtad hacia ellas, pero tendrán que entender que el objetivo cabal de cualquier gobernante es que hayan sido las últimas.

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