Más allá del respeto y la libertad de expresión
08.02.06 @ 19:34:21. Archivado en Islam
La polémica de las caricaturas de Mahoma se dirime más allá de la libertad de expresión y del respeto a las creencias ajenas. Estos son valores relativos, transaccionales, un pacto al que agarrarse ante la falta de certezas, pero su importancia es insignificante al lado de las verdades absolutas. Si es cierto que no hay más Dios que Alá, que Mahoma es su profeta y que los dos ordenan seguir sus preceptos tal y como los han descodificado milagrosamente los ayatolás, entonces no cabe otra cosa que la muerte del infiel. Ante la palabra suprema de Dios, no importan nada la independencia de la prensa, los derechos humanos ni el World Trade Center. Es perfectamente congruente que el Vaticano y los Estados Unidos se hayan puesto esta vez del lado de los malos exigiendo el respeto a las religiones.
Los atropellos a la lógica han venido, como de costumbre, de la izquierda y la derecha españolas, que no pueden, no saben o no quieren articular un discurso lineal y coherente, aplicable a los sucesivos debates, y se parapetan cada vez en unas premisas distintas sin que sus piadosos electorados parezcan notar el salto ni enrojezcan de vergüenza ajena y propia. La izquierda dando prioridad a la financiación en la discusión del Estatut y los liberales, que siempre se quejan de que la subvención a un colectivo desfavorecido por una coyuntura repercute en los impuestos de todos, erigiéndose en paladines de la solidaridad; el PP apelando a la representatividad de sus 10 millones de votos pero menospreciando el 90% de escaños de los partidos catalanes que acordaron el Estatut, y viceversa; populares y socialistas esgrimiendo la razón que les han dado los tribunales y denunciando la parcialidad y politización de los jueces cuando no es así... Y seguimos.
Porque el Gobierno de Zapatero, laico y socialista, que ha ignorado la reivindicación multitudinaria de los católicos de que se estudie obligatoriamente en el colegio una asignatura que no tiene nada que ver con la ciencia ni el conocimiento; que ha revisado o tiene previsto revisar una legislación sobre las parejas homosexuales, el aborto, las células madre o la eutanasia que sólo se sostenía desde los dogmas de fe; que ha quitado importancia a travesuras blasfemas como la de Carod-Rovira en Jerusalén y el corto de Javier Krahe sobre la cocción de Cristo para consumo espiritual, considera ahora un imperativo moral respetar las creencias de los musulmanes. Pero vamos a ver. Si el Gobierno o, en general, la cultura europea son laicos, es naturalmente porque son ateos, implícitos o explícitos. Nadie que crea o que deje siquiera la puerta abierta a la posibilidad de que haya algo en lo que creer se atrevería a ser laico. Las sociedades que son verdaderamente creyentes son, como es natural, teocráticas.
Los laicos somos laicos porque, por decencia intelectual, aplicamos a Dios el mismo criterio empírico elemental que gobierna toda nuestra teoría del conocimiento, que es que sólo existe lo que ha quedado demostrado que existe y no cualquier cosa que no se haya demostrado que no existe. Desde esa perspectiva, la fe forma parte del ámbito de las creencias más o menos arbitrarias de cada individuo y no merece ningún reconocimiento en un texto pretendidamente aséptico como es la Constitución. Pero, entonces, ¿por qué seguimos regalándola ese plus de profundidad, solemnidad y reverencialidad que la exime de la crítica o de la caricatura? ¿Por qué uno puede vituperar y ridiculizar todo menos la religión? ¿Por qué se pueden hacer feroces intempestivas y crueles sátiras de Zapatero o de Aznar, del capitalismo o del comunismo, del Real Madrid o del Barça, y no del cristianismo o el islam? ¿Qué tiene la religión de especial sobre otras pasiones o fobias irracionales, si partimos de que Dios no existe mientras no se demuestre lo contrario? Parece mentira que a un presidente socialista haya que hacerle estas preguntas.
Como decía al principio, la clave no la libertad de expresión. Por mucho que ahora la sacralicen los políticos y los periodistas, la libertad de expresión no es un valor absoluto; se deriva de la circunstancia de que no hay ningún valor absoluto demostrado que justifique silenciarla. Como no hay ideas ni creencias que se hayan probado verdades absolutas, no hay por qué respetarlas y se puede opinar libremente contra ellas. Hay que respetar a las personas, que, por cierto, son el objeto y no el sujeto de sus propias ideas y creencias, porque uno nunca decide qué es lo que le apetece creer o pensar; simplemente lo cree o lo piensa. Pero las ideas y las creencias no hay que respetarlas, sino discutirlas y criticarlas, en un humilde y afanoso intento de aproximarse a la verdad por exclusión.
Si un pensador, un escritor o un dibujante opta por exponer sus ideas respetando las del otro, es su opción personal, muy honorable, pero no existe ningún deber de la responsabilidad ni del sentido común que vaya aparejado al derecho a la libre expresión, como se ha escrito estos días. Primero, porque es imposible discernir dónde está la frontera entre la crítica y la falta de respeto (¿no podrían interpretarse las famosas viñetas, por ejemplo, como un reproche a la instrumentalización de Mahoma por parte de los terroristas islámicos, en vez de como una ridiculización del Profeta?) y, además, porque las críticas verbales o gráficas no provocan dolor físico, real. Si el adversario es demasiado susceptible a su simple sonido, ése es su problema. Nosotros no tenemos obligación de desvirtuar nuestro discurso, de volvernos locos y contradictorios fingiendo que adoptamos unas premisas que no son las nuestras, sólo por hacerlo acomodaticio o fácil de tragar para nuestro interlocutor. Como se ha encargado de recordar la derecha estos días, si nos obligamos a respetar unas creencias que impiden caricaturizar a Mahoma, perderemos toda legitimidad para censurar las que justifican el machismo, la guerra santa o la ablación del clítoris. No podemos ceder en nuestro esquema mental, ni siquiera para salvaguardar alianzas de civilizaciones. Entre la cultura occidental y la facción radical del islam no cabe otra cosa que el famoso choque que auguraba Samuel Huntington.
Lo que ocurre es que a las contradicciones que, con buen tino, señala la derecha en Zapatero, también se les puede dar la vuelta y hacer que reflejen especularmente las suyas propias. Es tan sencillo como recordar que, cuando Carod-Rovira se puso la corona de espinas en Jerusalén, cuando se estrenó Me cago en Dios, cuando se repuso la cruel metáfora de Krahe o cada vez que el gremio del cine ha tomado posiciones políticas, de lo último de lo que se acordaban los portavoces del PP y los locutores de la COPE era de que el rasgo distintivo innegociable de Occidente, el orgullo de nuestra civilización, es la libertad de expresión. Ahora bien, hay que reconocer que la derecha tiene una coartada que le exime de medir por el mismo rasero a unos y a otros. Su discurso actual se basa en la contraposición entre nosotros y ellos; en la defensa de la civilización occidental frente a la barbarie islamista que, envidiosa de nuestra prosperidad, está empeñada en destruirnos. En tal coyuntura histórica en la que se enfrentan dos bloques irreconciliables, no cabrían medias tintas, equidistancias ni alianzas de civilizaciones, sino sólo proclamar la superioridad total de Occidente y hacer piña frente al enemigo.
La visión que tiene la derecha del problema reproduce fielmente la mentalidad orientalista descrita por Edward Said, que consiste en imaginar a los no occidentales como un todo monolítico, sin fisuras y sin evolución a lo largo del tiempo, carente de individualidades porque todos sus habitantes están abducidos por una cultura irracional y fanática. Pero también va muy bien con el esquema extremadamente simplificado desde el que la derecha percibe todos los conflictos que le importan. Igual que el PNV y Batasuna, o CiU y ERC, le parecen al PP y sus forofos mediáticos dos aliados inseparables que trabajan juntos por la destrucción de España, e incluso creen que ambas parejas se coaligan y que la izquierda vasca podría declarar una tregua porque le han concedido el término nación a la derecha catalana, ahora también presuponen que todos los moros se sincronizan para liquidar a Occidente.
Así, hemos escuchado a Jiménez Losantos explicar el tiempo que ha pasado desde la publicación de las viñetas vinculando la polémica con las tensiones de Irán, como si el imán danés no tuviera sus propias intenciones y estímulos al internacionalizar el conflicto y el proceso no hubiera seguido su ritmo natural independientemente de la OIEA. También le hemos oído reprochar a Zapatero que firme un artículo conjunto con "el Turco" en lugar de con "el Danés", como si fueran ésas las dos partes en esta pendencia y los musulmanes radicales no detestaran por igual a Occidente y a sus propios líderes tibios o corruptos que pactan o comercian con él, y como si el objetivo más o menos quimérico de la Alianza de Civilizaciones no fuera precisamente tender puentes hacia esos gobernantes moderados para aislar a los peligrosos. Si no fuera porque nada puede ya sorprendernos desde el día en que a Losantos se le ocurrió denunciar que los inmigrantes subsaharianos son los esbirros de los que se vale Mohamed VI, y de paso todo el islam, para colonizar Europa, esos análisis tan infantiles y disparatados deberían inhabilitar por sí solos a quien los pronunciara para cualquier puesto de mentor intelectual.
Sin embargo, todo tiene sentido. Esta manera esencialista de ver las cosas, distinguiendo sólo dos bandos, el de los buenos y el de los malos, es la típica de los integrismos metafísicos. Es la misma que ha llevado a los radicales islámicos a quemar banderas de varios países europeos y a señalar como objetivos a los ciudadanos daneses que viven en Palestina por el mero hecho de compartir nacionalidad con el periódico que destapó la caja de los truenos. Naturalmente. Los líderes de opinión de la derecha española, que ahora se erigen en paladines del liberalismo de Occidente, son tan integristas como ellos, sólo que católicos.
Cuando Luis Herrero o César Vidal denuncian el relativismo de Zapatero y su empeño en negar la superioridad de los valores occidentales, no se dan cuenta de que, si Occidente ha llegado a ser superior, no es por sus valores absolutos, sino precisamente por el relativismo que le ha hecho desprenderse del lastre metafísico. No por una mayor cantidad de verdad (es imposible argumentar que unos valores son superiores a otros), sino por una menor cantidad de mentira. Ése es el gran logro de Occidente, y sólo del racionalismo crítico que ha puesto en solfa las verdades absolutas se deriva la libertad de opinión y expresión. Es decir, todo lo contrario al legado cristiano. Si la modernidad ha surgido en los países en los que ha arraigado el cristianismo, no ha sido gracias a la religión, sino muy a su pesar. Sin entrar a discutir la casualidad afortunada de que el calvinismo estimulara, según describió Weber, la conducta económica que terminaría triunfando en la Historia, la Iglesia católica ha retrasado todo cuanto ha podido el desarrollo de la filosofía y la ciencia modernas. Y, aunque desde una posición muy devaluada, lo sigue intentando, como demuestran los recientes lamentos de algunas figuras de su jerarquía por el intento de restringir la religión al ámbito privado. Por supuesto. El mandato divino es de obligado cumplimiento para todos, aquí y en la península Arábiga.
Algunos repiten constantemente la expresión Humanismo cristiano, pero cualquiera que se acerque a los idearios de las dos partes de ese binomio verá que su naturaleza es muy distinta, y que su convivencia sólo fue posible porque, en el contexto en que vivieron, los humanistas no podían no ser cristianos, igual que siglos después los ilustrados aún no podían ser ateos. Ahora bien, forzar una entidad híbrida de esa índole como si el cristianismo hubiera alimentado el legado de la modernidad europea es una trampa equivalente a la que cometería, amparándose en el olvido de los siglos, un historiador del futuro que hablara del neoliberalismo socialdemócrata (liberalismo amalgamado con la inercia del Estado del Bienestar) como la teoría económica preponderante de los inicios del siglo XXI. Cualquier mirada honesta e independiente puede comprender que el Humanismo se basa en el hombre, mientras que cualquier religión intenta someterlo a una supuesta voluntad divina cuyos preceptos ha de cumplir. Y, bueno, ya se sabe; ante la palabra suprema de Dios, no importan nada la libertad de prensa, el respeto al infiel ni el World Trade Center.
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Kiko Rosique
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