Batasuna mantiene desactivado el conflicto vasco

Permalink 18.01.06 @ 23:55:42. Archivado en País Vasco

Parece obvio que el Gobierno habría preferido que el congreso de Batasuna se celebrara sin obstáculos, que el Fiscal General del Estado se abstuvo de solicitar su suspensión al Tribunal Supremo tanto como le fue posible y que, si a Zapatero la Ley de Partidos le ha llegado a parecer "restrictiva", es porque en el Gobierno en 2006 le interesa una cosa distinta a la que podía rentabilizar en la oposición en 2002. Ahora bien, las explicaciones que ha ofrecido la derecha política y mediática a este giro (cobardía, indignidad, súplica de una tregua de ETA, rendición, paz por naciones) son, como casi siempre que habla del País Vasco o diseña estrategias para actuar en él, propias de un gallinero de guardería.

El PP no ha variado de posición en estos años, y es lógico, porque cree que le sigue conviniendo investirse de firmeza implacable. Es coherente con su mentalidad, le salió muy bien en su tiempo de gobierno y ahora le sirve para marcar distancias con la política socialista. Pero Batasuna sí ha cambiado, y mucho. No porque se hayan vuelto buenos de repente, ni porque crean que ha llegado el momento de "apostar por la resolución pacífica del conflicto", ni porque respeten más que antes a los no nacionalistas, sino porque no le queda otro remedio. Pero ha cambiado. Naturalmente, esto pertenece al ámbito político, no al judicial, y, aunque el primero sea incomparablemente más interesante, son dos temas distintos, que requieren discusiones distintas y no se pueden mezclar. Tal como está configurado el Derecho que regula nuestra convivencia, no podemos esgrimir razones de oportunidad política para negarnos a aplicar la ley sobre hechos vinculados con un fenómeno tan grave y trágico como el del terrorismo.

Comenzando por el planteamiento jurídico, habría que puntualizar que, de todas formas, la obligación de aplicar las leyes no justifica que se hable de "varapalo jurídico" al Gobierno, como suele hacerse siempre en estos casos y de hecho titulaba hoy el editorial de El Mundo. Da la sensación de que Grande-Marlaska, por ser juez, ya posee el salvoconducto de la razón y la objetividad. Pero Conde-Pumpido también es jurista, y, además, aun en caso de que estuviera al servicio del Gobierno, no sería por ello más parcial que el magistrado de la Audiencia Nacional, que tiene su ideología y sus pre-juicios igual que todos sus compañeros de gremio. Ya mencioné en "Desiguales ante la ley" los trastos que se tiran en todas las polémicas legislativas la Asociación Profesional de la Magistratura, conservadora, y la progresista Jueces por la Democracia, dos grupos de iguales entre las que no cabría pensar en "varapalos", pero que el hecho es que nunca se ponen de acuerdo.

Por poner un ejemplo de subjetividad, Grande-Marlaska afirma en su auto que Batasuna es el "frente político-insititucional de ETA". Y sí, PP y PSOE nos repitieron en su día hasta la saciedad que las dos son la misma cosa; los populares siguen insistiendo en lo mismo, los socialistas no se han atrevido a desdecirse por completo y actualmente todo el mundo lo da por hecho con la máxima comodidad y autocomplacencia. Pero ya expuse en el artículo que acabo de autocitar sin el menor pudor que, honestamente, no imagino ninguna relación entre brazo armado y brazo político que no pueda interpretarse también como la de dos grupos relacionados ideológica, personalmente y hasta operativamente entre sí, y que, con la lógica preponderancia de quien tiene las armas, comparten fines e intercambian directrices, gente y dinero, pero difiriendo en un aspecto fundamental: unos emplean medios criminales y por tanto son terroristas y los otros medios legales y por tanto no lo son. Seguramente, de los mismos hechos pueda inferirse también que todo es un mismo entramado, pero para quedarse con una de las dos interpretaciones hace falta una aportación personal, una premisa de partida, la que distinguió a Garzón de todos los jueces que habían tratado de inculpar anteriormente a HB. Y por lo tanto no puede hablarse de objetividad ni dar la razón a Grande-Marlaska por el solo hecho de ser magistrado.

A pesar de todo, si Grande-Marlaska, arbitrariamente o no, ha considerado que su suspensión debe prolongarse o reactivarse, todos los actos que organice han de ser cancelados. Respecto a la otra vía para ilegalizar el partido abertzale, la famosa Ley de Partidos, que es la que cita ahora todo el mundo aunque no ha tenido nada que ver con la polémica de esta semana, declaraba ilegal a todo partido político que no condenara expresamente el terrorismo, y el Tribunal Supremo la aplicó a instancias del PP y el PSOE cuando Batasuna no condenó el atentado del 4 de agosto de 2002 en Santa Pola. La verdad es que hace mucho que no hay asesinatos y Batasuna afirmó en Anoeta su apuesta exclusiva por las vías pacíficas, pero, aunque en la práctica ambas cosas signifiquen lo mismo y sea un poco ridículo pedir contraseñas literales, no ha condenado expresamente los atentados menores que ETA prodiga de vez en cuando. Y, aunque lo hubiera hecho, nadie con autoridad legal le ha levantado el castigo, así que a los efectos Batasuna no puede organizar ningún congreso.

Donde desbarran clamorosamente el PP y los medios de comunicación o blogueros que le apoyan es en el análisis político. No sé si no son capaces de entenderlo o si lo obvian cínicamente para deslegitimar la estrategia del PSOE, pero, por mucho que se empeñen en hablar de ETA y Batasuna como si nada hubiera cambiado, el papel que juegan hoy éstas en la política y la sociedad vascas es muy distinto al que desempeñaban en 2002. Por el contrario, el Gobierno está intentando aprovechar este cambio, y le frustra que una ley aprobada ad hoc para un momento en el que Batasuna ejercía el terror cotidiano sobre muchos ciudadanos pueda dificultar su táctica cuando los abertzales, con ETA casi desarticulada, se dedican ya a otra cosa.

De todos modos, es de esperar que el desencuentro no pasará de unos días en que la prensa batasuna se rasgue las vestiduras y proclame que Zapatero no puede o no quiere liderar un proceso de paz, porque los abertzales saben de sobra que el Gobierno ha hecho lo posible por inhibirse sobre su congreso, que la decisión es de un magistrado y que mantener una buena relación conviene a ambas partes. A ambas partes, sí, pero también, y esto es lo importante, a quienes, dejando al margen su esperanza de sacar réditos electorales del contubernio entre el Gobierno y Batasuna, consideran la unidad de España un fin en sí mismo. Porque Batasuna, paradójicamente, es ahora mismo un factor clave para mantener desactivado el conflicto vasco.

Esto sí que jamás lo comprendería la derecha española, porque su perspectiva de la situación vasca es pueril, rudimentaria y adolece del eterno prejuicio de considerar a PNV y Batasuna los dos arietes de un frente monolítico siempre dispuesto a ir de la mano para independizarse de España, en vez de dos partidos rivales que compiten por un mismo electorado. Últimamente, esa fantástica alianza ha quedado empequeñecida por la que, al parecer, une en íntima amistad a los radicales vascos con los catalanes, hasta el punto de que los primeros estarían dispuestos a declarar una tregua si Zapatero concede a los segundos el calificativo de nación. Y ambas serían sin duda una minucia en comparación con la secreta conspiración judeomasónica que traman los separatismos junto al propio presidente del Gobierno, del que hemos llegado a oír que odia la idea de España y está planeando dinamitarla. Pero, por hoy, nos conformaremos con discutir el primero de estos disparates, que lo es por encima de los guiños de cara a la galería que pueda hacer el PNV defendiendo retóricamente el derecho de Batasuna a expresarse o manifestarse.

Hace justo un año, toda la derecha mediática clamaba por un pacto entre PSOE y PP para hacer un frente común en las elecciones autonómicas vascas contra el temido Plan Ibarretxe, al que se presentaba quizás con razón como el mayor peligro para la unidad de España en la Historia de la democracia. A pesar del varapalo (éste sí) que les había propinado en 2001 la base social del PNV, cuando se movilizó en masa contra el bloque españolista que identificaba nacionalismo con terrorismo, los analistas conservadores aseguraban que la unión y la firmeza eran la mejor manera de acometer el desafío, porque se dirimía el duelo final entre el frente nacionalista y el frente constitucionalista. Sin embargo, en su lugar, Zapatero (decía Victoria Prego que la política vasca la dirigía personalmente el presidente, y si lo hizo hay que conceder que esta estrategia es lo más brillante que ha protagonizado en la legislatura) marcó distancias con el PP dejando presentarse al Partido Comunista de las Tierras Vascas después de que Conde-Pumpido recurriera, en cambio, la candidatura de Aukera Guztiak. Ya he dicho que las identidades jurídicas entre colectivos distintos me parecen sólo opinables, pero, si ETA era lo mismo que Batasuna y ésta lo mismo que Aukera Guztiak, y todos lo mismo que Egunkaria y que los encausados en el Proceso 18/98, alguna manera habría de extender los parentescos hasta el PCTV. El PP presentó, de hecho, varias similitudes.

El Gobierno dejó entrar en las instituciones a Batasuna a través de unos testaferros, y, desde luego, lo hizo con plena consciencia. En realidad, no era seguro que el PCTV actuara como tal,puesto que este partido surgió como una ponencia heterodoxa del Proceso Batasuna de 2000-2001, que cabreó bastante a ETA por desunir a los abertzales, y su rigor leninista no congeniaba con el nuevo pragmatismo de Anoeta. Así que tuvo que haber contactos previos para que todos supieran que Batasuna iba a pedir el voto para el PCTV y que éste iba a acceder a hacer de portavoz de los ilegalizados. El caso es que, con esta primera medida de gracia hacia el mundo abertzale, el Gobierno se arrogó una imagen de tolerancia ante el electorado vasco, demostrando que no perseguía las ideas, se emancipó del PP y no obligó a movilizarse a la base social del PNV. Sin peligro de un nuevo PPSOE, 140.000 votantes del PNV, probablemente poco ilusionados con la deriva soberanista del lehendakari, optaron por abstenerse. Ese día, y sólo ese día (no por el rechazo en el Congreso de los Diputados, que habría importado poco ante un refrendo de los vascos), murió el Plan Ibarretxe, como pomposamente se apresuraron a certificar después los partidos y periódicos constitucionalistas. Pero no lo hizo por un vuelco de mayorías, que no lo hubo, sino por la decisión libre de los propios votantes nacionalistas, que no se sentían amenazados por el bloque españolista y, muy sensatos, tampoco quisieron aventuras ni peligrosos choques de legitimidades. Es falso que el PNV perdiera los votos abertzales prestados en 2001 para hacer frente a la ofensiva del PP y el PSOE, porque el PCTV sólo obtuvo 7.000 sufragios más que Batasuna entonces. Pero los intelectuales españoles seguían encastillados en su mentalidad de frente nacionalista contra frente constitucionalista y convencidos de que el electorado abertzale puede votar felizmente al derechista PNV si le conduce rápido a la autodeterminación.

Presos de esa fantasmagoría obsesionada que no distingue matices ni facciones entre los enemigos de España, los periodistas de la derecha se echaron las manos a la cabeza cuando los resultados electorales mostraron que Ibarretxe tendría que gobernar pactando con el PSE o echándose en brazos del PCTV. A mí me resultaba imposible creer que el PSOE se hubiera sacado de la manga el truco del PCTV, no muy popular en el conjunto de España, sólo para robar unos votos al PNV y ver el efecto inmediatamente neutralizado por un nuevo pacto de Lizarra (justo lo que el PSOE había tratado de evitar separándose expresamente del PP) que empujaría al Plan Ibarretxe hacia el abierto independentismo. Rubalcaba tenía que haber previsto eso…

Intuí que el error estaba en la definición de los dos bloques. Que, en realidad, el verdadero frentismo de las elecciones del 17 de abril ya no era nacionalistas contra no nacionalistas, ni PSOE-PNV contra PP, sino PSOE y Batasuna contra el PNV. A ninguno de los dos les interesaba que triunfara el Plan Ibarretxe: al Gobierno, obviamente, porque pondría en serios aprietos la integridad de España, pero a Batasuna tampoco, porque se habría quedado de comparsa en el nacionalismo vasco, quizá en la fase decisiva. Con ETA virtualmente derrotada por la policía (desde los mandatos del Partido Popular, eso es indudable) y la iniciativa política en manos de Ibarretxe, Batasuna ya no podía rentabilizar el enfrentamiento entre España y Euskadi ni pactar con el PNV de igual a igual, como en Lizarra. Buscando un nuevo lugar bajo el sol, en noviembre había presentado en Anoeta una asombrosa propuesta de dos mesas de negociación para solucionar el conflicto, que no sólo contrastaba brutalmente con su idiosincrasia (incluía a los no nacionalistas) sino que competía de forma directa con el Plan Ibarretxe. Aunque lo hubiera dejado pasar en Ajuria Enea con aquella cínica división de sus parlamentarios (no habría podido vender a su electorado un boicot a una propuesta soberanista), estaba claro que jamás se avendría a hacerle de escudero al lehendakari. Y, por supuesto, Patxi López tampoco. El miércoles 20, en mi artículo de El Mundo de Castilla y León, vaticiné que "la clave no es por qué opción se decante el PNV para formar una mayoría de gobierno, sino que tanto el PSE como el PCTV le dirían que no". Y para desatascar la situación no se me ocurrió otra salida que un pacto PSE-PCTV-EB-Aralar que haría lehendakari a López y encumbraría a la izquierda abertzale a su sueño de liderar el nacionalismo vasco, exactamente igual a como ya había pasado con ERC en Cataluña.

Confieso que durante varias semanas asistí expectante al desarrollo de los acontecimientos. A las alabanzas hacia Zapatero en Gara, la fascinante afirmación de Otegi de que no pactaría con Ibarretxe porque "el PNV está en Lizarra y nosotros en Anoeta", el veto a Atutxa como presidente de la Cámara "porque representa el pasado" (a pesar de los favores de la legislatura anterior), la seguridad con la que Patxi López se postulaba para lehendakari sin ser el candidato más votado, la promesa del PCTV y Aralar de que favorecerían un "giro a la izquierda", su única condición de que el PSE no pactara con el PP, la petición subsiguiente de López a María San Gil de que no le apoyara y, por último, el 17 de mayo, el artículo del ideólogo abertzale Olarra Agiriano sugiriendo pactar con los socialistas y puentear al PNV, partido este sobre el que volcaba todo el odio que los guerrilleros albergan siempre hacia los posibilistas.

Al final, mi pronóstico, que no leí que compartiera nadie en la prensa generalista, se demostró excesivo. Quizás no hubo acuerdo o a ambas partes les pareció inconcebible vender a sus bases un pacto de gobierno entre la ETA y el GAL, pero creo que la posibilidad estuvo en el ambiente y que el PNV llegó a temerla. En cualquier caso, es muy posible que un pacto de legislatura no fuera la única forma de resolver el embrollo de forma satisfactoria para PSOE y Batasuna, y que pudiera dejarse para un futuro una alianza más estrecha al modo del tripartito catalán; una alianza que, no lo olvidemos, es la única posibilidad real de que un partido constitucionalista llegue a gobernar en Euskadi. Por el momento, Ibarretxe sigue como lehendakari, pero con una mayoría muy precaria que le provoca frecuentes derrotas parlamentarias, su plan soberanista está virtualmente desactivado, el PSE puede permitirse hacer un ejercicio de oposición constructiva para pescar en el caladero de los nacionalistas moderados, y Batasuna, sin ser ni siquiera un partido legal, ha conseguido imponer su iniciativa de las dos mesas de negociación, cuyo resultado se llevará a Madrid y luego se votará en referéndum en el País Vasco. Curiosamente, cuando el Congreso rechazó el Plan Ibarretxe, Zapatero invitó al líder del PNV a partir de cero, consensuar una propuesta con todos los partidos y traerla entonces a Madrid. También aseguró en la campaña vasca que en un par de años habría referéndum en Euskadi.

En resumen, que, en abril de 2005, el centralismo español se encontraba a expensas de si las elecciones autonómicas vascas suponían el espaldarazo definitivo al Plan Ibarretxe y los nacionalistas conseguían promover una movilización social ante la que, en último término, sólo cabría inclinar la cerviz o sacar los tanques. Ahora el conflicto va a permanecer adormecido durante unos años, y luego ya veremos qué pasa con las mesas de negociación. Uno de los factores de esta nueva realidad, que no sé hasta qué punto estaría pactada desde sus primeros contactos, es la buena relación de conveniencia que se ha creado entre el Gobierno y Batasuna. El otro es la inexistencia de un frente nacional PP-PSOE que amedrente a los vascos. Los políticos, locutores, tertulianos y columnistas de la derecha, los más comprometidos con la unidad de España, parece que no son capaces de comprender el valor incalculable de esta contingencia, y se fijan sólo en las chorraditas aparatosas, que no juegan ningún papel en el ajedrez político: que si se ha devuelto a los terroristas a las instituciones, que si legalizar a Batasuna revitaliza a la banda (¡como si necesitaran que Madrid les diera permiso!), que si el Gobierno no se reúne con luz y taquígrafos, que si ETA pone petardos para anunciar que está presente y marcar los tiempos de las negociaciones, que si López apoya unos presupuestos que ayudan a los familiares de los etarras, que si Ibarretxe dice en el mensaje de Nochevieja que su plan permanece plenamente vigente, que si Batasuna es una asociación ilegal pero convoca congresos y pinta serpientes en los carteles. En serio, ¿son todos así de simples o sólo se lo hacen?

De las acusaciones del PP y los periodistas que simpatizan con él, sólo merece la pena discutir una, la del cambio supuestamente innecesario en una política antiterrorista que estaba dando buen resultado (es verdad) y que se ha trasmutado en concesiones o claudicación ante ETA a cambio de nada. Pero, vamos a ver, apliquemos el sentido común, ¿quién es más probable que tenga la sartén por el mango y quién habrá hecho concesiones en la negociación? ¿Un Gobierno establecido o un grupo cuyo brazo armado ha sido prácticamente desmantelado y a cuyo brazo político le han salvado en el último momento de la tragedia de quedarse sin voz en las instituciones ni en la sociedad? Pues nada, resulta que siempre han de ser los políticos españoles los bienintencionados e ingenuos que mendigan treguas a los terroristas, y éstos los astutos y diabólicos que les engañan desde una invariable posición de superioridad. ¿Tenemos alguna pista para presuponer esta relación de fuerzas? El PP no se cansa de recordar a Zapatero que ETA sólo va a dejar las armas si obtiene ventajas políticas a cambio, pero, a menos que creamos, como Astarloa, que los terroristas han sacado una gran tajada con el vago reconocimiento de un Estado plurinacional que ha hecho el Gobierno, de momento los únicos que han cedido posiciones son Batasuna, que propuso las mesas en Anoeta varios meses después del presunto comienzo de los contactos, y ETA, que ya no mata sino que se limita a soltar fuegos artificiales de cuando en cuando para que no se note demasiado que ha perdido.

Porque ETA ya ha sido derrotada. Carece de sentido esperar indefinidamente la gran declaración que no llega, porque, como es obvio, ETA no va a decir que se rinde y entrega las armas, ni Batasuna que aborrece de los métodos violentos que ha defendido toda la vida. Pero la renuncia a matar durante casi tres años es la prueba de que el acoso de la policía y el rechazo social (no el Pacto Antiterrorista, por favor) han convencido a la banda de que el frente militar está agotado. Sólo un estúpido sideral sería capaz de pensar que ETA mata siempre que puede, y que si no mata es porque no puede; no hay nada más fácil que matar a una persona, pero los terroristas sólo matan como medio para conseguir un fin, así que si no lo hacen es porque no esperan ya ningún rédito político de esa estrategia. Los gudaris parecen haber comprendido, por fin, que el terrorismo puede destrozar vidas y familias pero es absolutamente inocuo para el sistema, y que ya sólo le quedan dos posibles finales: un canto del cisne que prolongue inútilmente la agonía o una negociación con el Gobierno que facilite una salida honrosa para la banda, la amnistía para algunos presos y la rehabilitación de Batasuna. Cuando se alcance un acuerdo, a lo mejor ETA hace una declaración anunciando que ha llegado la hora de dar la voz a los políticos, pero de hecho eso está sucediendo ya. Y, mientras tanto, siguen las detenciones, las extradiciones y se aplica la Ley de Partidos. El Gobierno preferiría lo contrario, pero ésta es su única concesión a los abertzales. Más allá de esta pequeña indulgencia, ¿dónde están la rendición, la indignidad, el entreguismo? Si, en efecto, es ETA la que pone las condiciones y lleva la voz cantante, parece que ni los abertzales mismos se han dado cuenta, a tenor del escrito del sector duro J.Arregi, que denunciaba en junio que la táctica de Otegi posterga indefinidamente la independencia, minimiza el papel de la banda y conducirá al "desastre político".

Igual que para la banda, para el Estado quedan probablemente dos finales, que se corresponden con los que le esperan a ETA: culminar la victoria negociando o hacerlo policialmente después de ese canto del cisne protagonizado por una ETA auténtica (liderada por Txeroki, dicen los informes de Inteligencia) o por otros miembros que vean que no tienen nada que ganar hablando con el Gobierno. El desenlace será el mismo sentándose a hablar con los terroristas como defiende el PSOE o negándoles hasta el saludo como disponía la exitosa política antiterrorista del PP. La única diferencia es que el canto del cisne de la banda terrorista se llevaría por delante unas cuantas vidas más antes de que la policía quitara finalmente las ganas de combatir a todos los posibles reemplazos que le queden a ETA.

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Comentarios:
Soy investigador de la Universidad de Sheffield de Inglaterra.
¿Es posible encontrar una dirección de una asociación vascas delas familias de los descendientes de los presos vascos del penal de El Puerto de SAnta María entre 1936-50.
Enlace permanente Comentario por David Lyon 25.06.07 @ 13:46

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