Treinta años tarda en morirse

Permalink 23.11.05 @ 11:55:16. Archivado en Guerra civil, franquismo y Transición

A los mil años que Franco tardó en morirse, según cantaba Sabina con muy mala leche en los ideologizados albores de la Transición, podemos ir añadiendo otros treinta. Qué extraño. Ahora que ya no hay ideologías, ni mala leche, ni siquiera cantautores; ahora que resplandece el consenso sobre la bondad modélica de la Transición; ahora que todos los que la vivieron se han unido retrospectivamente en las filas de los demócratas y nadie se hace responsable de cuatro décadas de dictadura, resulta que se nos vuelve a hablar de guerracivilismo, revisionismo y víctimas de dos bandos distintos.

¿Pero qué dos bandos? ¿Quién se identifica con quién?

Siempre me han parecido carentes de validez las descalificaciones que hace la izquierda del Partido Popular, catalogándole como heredero del franquismo e incluso recordando el árbol genealógico de algunos de sus dirigentes. En primer lugar, son un menosprecio a los nuevos militantes y a la facción estrictamente liberal que hay en su seno. Y, en lo que respecta a la vieja guardia, todo el mundo tiene derecho a modelar o asimilar su ideología a los nuevos tiempos, porque nadie piensa en abstracto, desde cero, sino determinado por su contexto, y la línea que separa el oportunismo político de la sincera autosugestión es demasiado permeable como para desautorizar de principio a ningún converso.

Ahora bien, sería un detalle por su parte si los de Rajoy no me enmendaran la plana recibiendo con exagerado despecho la retirada de la estatua de Franco, denunciando que distinguía entre contendientes buenos y malos y dividía a los españoles, cuando lo cierto es que la iniciativa sólo sacó a la calle a un puñado de forofos que, entre otras cosas, vitoreaban: “¿Dónde están, no se ven, los niñatos del PP?”. También fue la formación popular, sin que nadie se lo pidiera (si acaso, la Cadena Cope-de-Llano, por la que se deja guiar en demasiadas ocasiones), quien rescató el término guerracivilismo y empezó a calificar al presidente de radical y sectario. En otras cosas más graves que le han llamado a lo mejor se acercan más a la realidad, pero considerar extremista a Zapatero es como para morirse de risa. Si todo esto forma parte de la campaña del PP para desgastar al Gobierno, allá ellos. Ahora bien, es una estratagema tramposa, peligrosa y que les incapacita para quejarse luego si les identifican con el franquismo.

Y el PSOE, ¿en qué bando se siente encarnado? Durante este año y medio, ha tomado claramente partido en la recuperación de la memoria histórica (redundante expresión), el citado descabalgamiento de Franco en la plaza de San Juan de la Cruz y los homenajes a Santiago Carrillo. Los dos primeros puntos de fricción no deberían ofender más que al citado puñado de forofos, siempre que partamos del presupuesto de que la derecha de hoy no es continuadora del franquismo. La exhumación de restos humanos enterrados en fosas comunes es, además, la reparación de agravios personales muy dolorosos para los familiares. En cambio, la retirada de la estatua, aunque legítima, fue una frivolidad pueril que regaló al defenestrado un protagonismo que no tenía, porque España llevó a cabo su proceso de desnazificación a través de libros, charlas, entrevistas, películas y series de televisión en los que, a lo largo de un cuarto de siglo, los malos siempre han sido los mismos. La encuesta de El Mundo que reflejaba cómo se acrecienta la mala reputación del dictador en la población es la mejor prueba de que ya no hacen falta más aspavientos antifranquistas.

Lo de Carrillo es otra cosa. No ya sólo porque los honores que se le dispensan supongan una afrenta real hacia los descendientes de las víctimas de Paracuellos (un crimen del que, con el atenuante de la obsesión que había en Madrid por la famosa Quinta Columna, todos los indicios apuntan a él). Es que, además, el PSOE actual no tiene nada que ver con la facción caballerista en la que militó Carrillo antes de pasar al PCE. Puestos a establecer paralelismos, y salvando las kilométricas distancias intelectuales, Zapatero se acercaría más bien al Manuel Azaña a quien el joven Carrillo consideraba un "político burgués" del que había que prescindir lo antes posible; el Azaña que aborreció de la revolución de octubre de 1934 y cuyo desencanto creciente se aprecia en sus diarios-memorias de guerra, porque, en realidad, ninguno de los dos bandos era el suyo.

Por mucho que el PP juegue a hacer oposición y el PSOE a hacer camaradas, ni uno ni otro tienen motivos para identificarse con alguno de los contendientes que se enfrentaron en la Guerra Civil a la caída de la República, mientras los decepcionados hombres que habían encarnado el espíritu republicano original (Azaña, Fernando de los Ríos, Ortega, Marañón…) depositaban en uno u otro bando sus deseos de mal menor en función de los lazos que les ligaran al Gobierno y de la experiencia personal y el nivel de tolerancia que tuvieran con las algaradas populares. Pero hete aquí que, inducidos por unas filias y fobias viscerales de inercia bipolar más que por la afinidad ideológica real, la izquierda light de hoy sigue albergando cierta ternura hacia la izquierda radical de entonces y la derecha actual tiende a contemplar con indulgencia a la derecha franquista. Por ello, ambos sectores se indignan y se movilizan cada vez que alguien saca el tema de Franco, la Guerra Civil y el revisionismo; la derecha se toma como algo personal que le mencionen el 36 y la izquierda que le recuerden el 34, y circulan comparaciones del todo improcedentes entre el bienestar en la República y en la España de Franco, o entre la Unión Soviética y la Alemania nazi. Para colmo, últimamente, amparándose en la repetición de las alianzas gubernamentales de izquierda y estableciendo una continuidad con el presente aún más asombrosa que la que liga al PP con el franquismo, hay quien establece fantásticos paralelismos entre los meses finales de la República y la situación actual, con lo cual nos acaba dando la impresión de que Francisco Franco, treinta años después, está más vivo que nunca.

Hace un mes tuve ocasión de entrevistar a Pío Moa para la agencia Servimedia, con motivo de la publicación de su balance histórico de la época de Franco. Moa (con exquisita corrección y una buena dosis de paciencia hacia mis objeciones) sostuvo este paralelismo, basado en una presunción de que "los partidos son siempre un poco lo mismo" que a mí me parece sencillamente metafísica, y también algunas de sus conocidas tesis revisionistas. Ya he insinuado antes que los conversos no me inspiran ningún tipo de recelo; en realidad, si la materia no deja de transformarse y nosotros somos materia, es natural que nos pasemos la vida cambiando. También encuentro muy útil cualquier revisión de la inercia de lo políticamente correcto, que todavía a estas alturas sigue amparando a la izquierda mucho más de lo que sería deseable. Pero, sin entrar en los defectos metodológicos que le imputaba el siempre perspicaz Justo Serna, Moa me decía que no pretende juzgar a Franco, sino su mandato, y que no se preocupa de las intenciones del dictador, sino de los hechos. Y de ahí a la atribución al protagonista de venturas y desventuras sólo explicables desde los vericuetos del azar no media más que un paso.

Además, una de los más notorios requiebros de Moa y otros revisionistas, el de que la Guerra Civil comienza en 1934 y no en 1936, se basa precisamente en supuestas intenciones, no en hechos. Porque sí, el socialismo de los años 30 era esencialmente revolucionario, el golpe de octubre de pretendió subvertir el sistema de manera ilegal y la izquierda lo habría intentado repetir si fuera necesario, pues el fin de la dictadura del proletariado justificaba todos los medios. Sin embargo, la única revolución que hubo de hecho en 1936 la desencadenó el propio levantamiento militar, al dinamitar el orden republicano y urgir a la lucha contra el fascismo. A partir de ahí, es difícil decidir qué habría sido más nefasto para España, si la dictadura de Franco o una comunista implantada por la preponderancia que el PCE y la Unión Soviética adquieren en el transcurso de la guerra. Pero, en todo caso, cualquiera de las posibilidades era ya peor que el mantenimiento de una República de la que es mucho suponer que el Gobierno frentepopulista perdió o habría terminado perdiendo el control.

Los otros dos grandes méritos que Pío Moa reconoce a Franco, o a su mandato, o a su buena suerte, sí que salen, en efecto, mucho mejor parados como hechos que como intenciones. Con un matiz. Por lo que hace a la neutralidad de España durante la II Guerra Mundial, no hay duda de que el general hizo casi todo lo posible para enmendar los designios del azar. Para reconocer esta evidencia no hace falta fiarse de Paul Preston; basta con leer los diarios del conde de Jordana, ministro de Asuntos Exteriores entre 1938 y 1939 y de 1942 a 1944, reemplazado entre medias por Serrano Súñer y testigo horrorizado de las veleidades filofascistas de los dos cuñados y sus esfuerzos por formar parte activa del Eje Roma-Berlín. En cambio, en lo que respecta al desarrollo de los años 60, cabe conceder que, aunque Franco no tuviera ni idea de economía, al menos acertó a rodearse de consejeros y tecnócratas eficaces; una habilidad que, después de todo, es la primera que ha de poseer el buen gobernante.

Finalmente, Pio Moa esgrime la tesis de que Franco dejó España mucho mejor de lo que la recibió, y gracias a su intermediación pudimos culminar el tránsito hacia la democracia o la monarquía parlamentaria. En primer lugar, esta afirmación, aunque se pudiera demostrar sin contar con el progreso global de la Humanidad, sugiere que ha de darse por bueno el sacrificio de tres generaciones de españoles que tuvieron que sufrir la represión intelectual, sexual y vital a la que les sometió el régimen; su atmósfera mojigata, su yerma cultura (cultura no es que salieran tres o cuatro novelistas de mérito, como supone Moa) y su retórica estomagante. Pero es que, además, aun limitándonos a los hechos y prescindiendo de las intenciones de Franco y sus atados y bien atados (la petición de principio que nos hace el autor), ensalzar a un ordenamiento jurídico por dejar paso a otro que pospuso y fue incapaz de alumbrar durante el tiempo que duró se antoja una perversión equiparable a la del divorciado que agradeciera a la ex mujer que le abandonó la felicidad alcanzada en su segundo matrimonio.

Por supuesto, esto no impide que se pueda afirmar, con poco margen para la duda, que la Transición fue obra de unos cuantos timoneles surgidos directamente del franquismo (Suárez, el Rey, Fernández-Miranda, Gutiérrez Mellado), auxiliados por la actitud del Ejército que, por prudencia, celérica reconversión, lealtad jerárquica al monarca o vergüenza ajena, rehusó sumarse a Antonio Tejero. También ayudó un generoso aporte de buena suerte del que no hay por qué avergonzarse; al fin y al cabo, los resortes que tenemos a nuestra disposición en cualquier lance de la vida son siempre ínfimos en comparación con los factores que escapan a nuestra voluntad y pueden tirarlo todo por tierra. Desde luego, la Transición no la protagonizó la resistencia democrática, siempre en una posición subsidiaria y dependiente que sigue sugiriendo a los nacionalismos de hoy que la Constitución fue una especie de Carta Otorgada. Y mucho menos fue obra de todos los españoles, como dicen los vendedores de bagatelas afirmando que la clave fueron la serenidad y los anhelos de paz que derrochamos para la ocasión. En realidad, la misma serenidad y los mismos anhelos de paz que hicieron posible que la Transición llegara a buen puerto son los que permitieron que el dictador muriera plácidamente en la cama.

Respecto al famoso pacto del olvido, y cerrando así el círculo del guerracivilismo con el que comenzaba este artículo, creo que hay otra forma más madura y consciente de enfrentar los traumas del pasado; desde luego, nos ahorraría estos retornos recurrentes de los odios mal apagados, que se cuelan sin que nadie los llame en el debate de las tesis revisionistas y llegan a convertir a la derecha y la izquierda actuales en aquello de lo que han renegado expresamente. La mejor solución no es una terapia sino un análisis, no consiste en cerrar los ojos sino en abrirlos más: sería darnos cuenta de que las personas no son nunca el sujeto sino el objeto de sus propias ideas. Comprender que no elegimos lo que creemos ni lo que pensamos, simplemente lo creemos y lo pensamos. Y algunos españoles, sin escoger hacerlo, asumieron una ideologia, llámese falangismo o leninismo, patriotismo, religión o justicia social, cuya consecución justificaba la muerte de otros seres humanos e incluso la de uno mismo. Otros se vieron simplemente arrastrados a la hoguera.

Dicho esto, las ideas del otro no hay por qué respetarlas; hay que discutirlas y criticarlas con todo el arsenal de argumentos y recursos retóricos que nos apetezca emplear. Y a los hombres que las hicieron suyas no hay que olvidarlos ni perdonarlos; simplemente hay que entenderlos, porque todos funcionamos así.

Con esta premisa, se mantendría la discrepancia ideológica (sólo faltaba), pero no habría víctimas de dos bandos, sino que podríamos emprender sin rubor la necesaria recuperación de una segunda memoria histórica: la de los carlistas o falangistas con ideales que, además de morir por ellos, han perdido la batalla del futuro y han quedado ante nuestros ojos embadurnados de oprobio. Y, por supuesto, nadie tardaría treinta años en morirse ni reviviría fantasmalmente cada vez que cualquier forense de un bando o del otro decidiera revisar su autopsia.

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