España tiene un Gobierno que miente. La gestión del Gobierno, hasta la fecha, tiene un perfil que roza el comunismo al subir los impuestos hasta un nivel confiscatorio. Los españoles son los europeos que más impuestos pagan en relación a la renta disponible. El Gobierno no ha aprovechado la prórroga del déficit, que Bruselas ha concedido a España, para bajar los impuestos sino para diseñar un déficit particularizado y adaptado a cada autonomía. Con ello, continuará engordando la insostenible deuda del Estado (el gasto público se encuentra en máximos: recordemos que las autonomías gastan 28.000 millones de euros más que en la época de la burbuja). ¿Se beneficiará a las comunidades autónomas que no han cumplido (Cataluña) con el objetivo de déficit en detrimento de otras más cumplidoras? ¿Financiarán el resto de autonomías la “probable” independencia de Cataluña? ¿Déficit a la carta para mantener, por ejemplo, embajadas, empresas públicas deficitarias (TV3), etc., y seguir recortando gasto social (educación y sanidad)? ¿Por qué está Rajoy a las órdenes de Arturo Más?
Desde el Gobierno se ha lanzado el mensaje relativo a que las subidas de impuestos han evitado el rescate del Reino de España (no confundir con el último rescate financiero que provocó la intervención de la economía española, más aún de lo que estaba) y, por tanto, se ha salvado al país. Hay que señalar al respecto que no ha sido la política económica del Gobierno la que ha provocado la bajada de la prima de riesgo española sino la intervención del BCE. Es posible que uno de los principales objetivos del Gobierno estuviera encaminado a evitar el rescate de España para poder seguir gobernando e impedir que la troika sustituyera a Rajoy por un gobernante tecnócrata. La realidad es bien distinta porque no se ha salvado a España ni a los españoles sino que se ha conseguido mantener la estructura política y territorial del Estado, que da cobijo a la numerosísima casta política y a su legión de enchufados en la Administración. De todas formas, todo apunta a que España era económicamente irrescatable. No obstante, ¿hubiera sido más conveniente para las familias, las pymes y los autónomos españoles un “hipotético e improbable” rescate que soportar la confiscatoria presión fiscal impulsada por Montoro?
Del mismo modo, el Gobierno ha vendido la reciente bajada de tipos del BCE como un incentivo económico, aunque unos tipos más bajos provocarán que se mantenga, con mayor facilidad, el insostenible nivel de endeudamiento del Estado (nuestra deuda camina hacia el 100% del PIB). ¿A quiénes les conviene, realmente, la bajada de tipos? Al Estado y a los bancos.
España tiene un Gobierno cobarde. En relación a la aprobación de la LOMCE (la nueva ley de educación), ¿pagarán también el resto de las autonomías el sobre coste que supondrá la educación en castellano en Cataluña debido a la cobardía del Gobierno al no enfrentarse a la política de inmersión lingüística catalana? Todo seguirá igual, es decir, esta ley no garantiza la enseñanza en castellano en Cataluña. Los nacionalistas catalanes tienen al Gobierno español a sus pies. El sistema educativo representa la base desde la que se construye un país. En España, las diferenciadas y politizadas inversiones en educación que han realizado los gobiernos autonómicos han sido absorbidas por la burocracia y los intereses políticos regionales y, en consecuencia, la gestión educativa se ha dejado a un lado. Por tanto, sería más conveniente enfocarse en dotar de eficiencia a la gestión del sistema educativo (en torno a un modelo) que concentrarse en 17 políticas educativas diferentes que multiplican la inversión (o el despilfarro). ¿El problema de fondo radica en la cesión de la competencia de educación a las comunidades autónomas?
En relación al contrato único que recomienda Bruselas, Rajoy ha comentado que es mejor no tocar su reforma laboral, puesto que está muy contento con ella (desde que comenzó a gobernar el PP hay 1.200.000 parados más) y, además, añade que este tipo de contrato es inconstitucional (los juristas españoles más reconocidos en la materia opinan todo lo contrario). El inmovilismo está en el ADN de Rajoy, algo que costará muy caro a España. Los españoles hemos tenido muy mala suerte con Zapatero y, ahora, también con Rajoy.
¿Qué decir de la pusilánime política “antiterrorista” (una continuación de la gestión de Zapatero) que está siguiendo el Gobierno? ¿Qué pensarán las víctimas respecto a la libertad de Bolinaga o al permiso de Lasarte?
Respecto a la Ley del Aborto, ¿apostará el Gobierno por la vida o se rendirá ante el poderoso lobby abortista?
Crisis de régimen. El problema no es la política sino el corrupto Estado español que envilece la política. ¿Se gobierna para los españoles o en función de los intereses de la casta política? La relación entre política y economía cobra especial relevancia en el caso de España, puesto que nuestro país no saldrá de la crisis económico financiera sin realizar una profunda reforma constitucional que implique, igualmente, un radical cambio del sistema político-administrativo-territorial actual. Muchísimos españoles se están dando cuenta que España tiene un problema político del que se deriva otro de índole económico. Es preciso solucionar primero nuestro problema político para, posteriormente, abordar el económico.
Los españoles necesitamos un gobierno que recomponga en país de arriba a abajo, puesto que las dos legislaturas de Zapatero dejaron a España en bancarrota, no sólo en clave económica sino también en el ámbito de la ética, los valores, la Justicia, la educación, etc. No obstante, la mayoría absoluta del PP no está sirviendo para reconstruir (ni social ni económicamente) a España sino para certificar su estado de defunción. El Gobierno actual (formado, en su mayoría, por profesionales de la política y súbditos del máximo dirigente del partido, que ejerce su liderazgo únicamente en base a su poder) que debería llevar a cabo la imprescindible regeneración democrática que necesita nuestro país es parte del sistema y, además de no tener el liderazgo ni la valentía suficiente para realizar los cambios necesarios, tampoco le conviene hacerlo.
La casta política tiene mucho que perder si se retoca el sistema actual (y los españoles mucho que ganar). ¿Servirá de algo un consenso entre los principales partidos para reformar el sistema autonómico (el cáncer de la economía española)? Reducir (o eliminar) la estructura autonómica es igual a mermar el poder y los privilegios de la casta política, este es el motivo por el que todavía no se ha procedido a reestructurar nuestro ruinoso entramado político-autonómico-institucional. El sistema bipartidista o partitocrático, tal como está configurado actualmente, es decir, sostenido por una estructura político-administrativa-territorial insostenible económicamente, es altamente beneficioso para la casta política y sus acólitos. Prueba de ello son unas declaraciones efectuadas por el ministro Gallardón, quien comentó recientemente que el referido sistema ha aportado estabilidad a España y, por tanto, el mismo goza de crédito suficiente. Por el contrario, la mayoría de los españoles no piensa igual que Gallardón, puesto que el sistema se sostiene a costa de expoliar fiscalmente y hundir en la miseria a las familias de clase media, a las pymes y a los autónomos. En otras palabras, el actual sistema muestra dos caras diferenciadas y antagónicas: los inmorales privilegios de la numerosísima casta política extractiva contrastan con el desempleo de millones de españoles y la quiebra de cientos de miles de pymes y de autónomos.
Ningún país puede crecer en estas condiciones, la economía productiva penalizada al objeto de mantener a una casta política parasitaria e improductiva cuyas redes clientelares arrastran a millones de privilegiados (ajenos a la meritocracia) que quieren que todo se quede tal como está. España se va pareciendo, cada vez más, a un régimen comunista en el que al amparo institucional de un partido político (dos partidos en el caso de nuestro país) se vive muy bien pero fuera (del sistema) hace muchísimo frío.
