Atrévete a orar

Fieles Difuntos (02.11.2016): la muerte es la puerta de la Vida

30.10.16 | 10:26. Archivado en Liturgia Difuntos

Introducción:Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11,17-27)
Lázaro lleva cuatro días enterrado. Han llegado los amigos a dar el apoyo moral a sus hermanas. El diálogo va creciendo hasta culminar en la expresión de fe por parte de Marta: “todo lo que pidas a Dios ... , ya sé que resucitará en el último día...”. Marta expone la escatología tradicional judía: consumado este mundo, Dios llevará a los justos a la vida corregida, aumentada y mejorada. Jesús le propone un paso más: la resurrección y la vida están ante ella: “Yo soy la resurrección y la vida”. Jesús es “la vida”, porque tiene el Espíritu vivificador. Quien cree en él recibe el mismo Espíritu, su misma vida, que supera la muerte física. Esto es lo que se llama “resurrección”. Se hace presente en toda muerte, igual que Jesús resucitado.

La fe, pues, nos da la vida eterna
Recordad el bautismo: “- ¿qué pides a la Iglesia? –la fe; - ¿qué te da la fe? –la vida eterna”. Es la vida que nada ni nadie nos puede arrebatar. No es la vida actual corregida, aumentada y mejora­da, sino que es la misma vida de Dios, su Espíritu. Jesús trae el último día, la vida definitiva. Marta al fin cree: “yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”. Jesús supera la expectativa de Marta. Trae la justicia de Dios: el amor sin límites, el perdón inmerecido, gratuito. El Vaticano II lo expresa así:

“Pues como Cristo murió a favor de todos y como la llamada última del hombre es realmente única, a saber, divina, debemos sostener que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, del modo conocido por Dios, se asocien al misterio pascual” (Gaudium et Spes 22).

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FIELES DIFUNTOS (2 DE NOVIEMBRE)

28.10.15 | 18:50. Archivado en Liturgia Difuntos

Introducción:En la casa de mi Padre hay muchas estancias” (Jn 14,1-6)
A pesar del dramatismo de la muerte, hoy recibimos, en la eucaristía, la “buena noticia” de que “bueno es esperar en silencio el auxilio de Yahvé” (Lam 3, 17-26); “si hemos muerto con Cristo, creemos también que viviremos con él” (Rm 6,3-9); “voy a prepararos sitio... para que donde estoy yo, estéis también vosotros” (Jn 14,1-6). El texto evangélico utiliza la imagen popular judía sobre el cielo como recinto en el que hay muchas estancias. Escuchamos una invitación a fiarse de Dios y de Jesús a la vez. La fe en Jesús es comunión con Jesús y con el Padre; esta comunión será algún día plena y definitiva. Por eso Jesús es el camino, la verdad y la vida para llegar a la casa del Padre. Él es la revelación del Padre: su verdad, y también su vida. Jesús es el camino porque es la verdad y la vida que no termina.

Estamos en el cenáculo. La situación es crítica: Jesús acaba de anunciar la traición de Judas (Jn 13, 21. 26), su vuelta cercana a la casa del Padre: “ya poco tiempo voy a estar con vosotros” (Jn 13,33), la negación de Pedro (Jn 13,37-38). El grupo está confuso y apenado, como el mismo Jesús, que ve cercana la muerte violenta. Es lo que más angustia al ser humano, y a quienes le quieren y tienen un proyecto común. Los acontecimientos les desbordan. Jesús intenta poner cordura, sentido, ilusión: “No perdáis la calma (lit.: “no se turbe vuestro corazón”), creed en Dios y creed también en mí”. Es el más firme fundamento para un creyente. No es apatía, evasión o pasotismo. Es la calma activa del responsable, que hace lo que puede, y cree mucho en el amor de Dios. Esta fe recuerda el salmo 26: "Yahvé es mi luz y mi salvación, ¿ a quién he de temer? Yahvé es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? Espera en Yahvé, ten valor y afírmese tu corazón, espera en Yahvé” (Sal 26,1.14).

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Preces de los Fieles (Todos los Difuntos 02.11.2014)

30.10.14 | 12:47. Archivado en Liturgia Difuntos

La celebración de la misa es encuentro con el amor de Dios, manifestado en Jesús, el Hijo de Dios. Como es encuentro, unas veces habla Dios y otras nosotros. Ahora intervenimos nosotros. Esta oración se llama “plegaría universal” porque presentamos a Dios las necesidades de todos. Se llama también “plegaria de los fieles” porque somos los bautizados, hermanos de Jesús, los que nos dirigimos al Padre. Actuamos como sacerdotes que unen a Dios con los hombres y a los hombres con Dios. Expresemos nuestra fe diciendo: “Ni muerte ni vida podrá separarnos del amor de Dios” (Rm 8, 38-39).

Por la Iglesia universal:
que “sea siempre la casa abierta del Padre”;
que haya en ella “lugar para cada uno con su vida a cuestas”;
que “todos puedan participar de alguna manera en la vida eclesial” (Ev. G. 47).
Roguemos al Señor: “Ni muerte ni vida podrá separarnos del amor de Dios” (Rm 8, 38-39).

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CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS (02.11.2014)

28.10.14 | 11:18. Archivado en Liturgia Difuntos

Introducción:En la casa de mi Padre hay muchas estancias” (Jn 14,1-6)
Esta fecha, 2 noviembre, se concreta a principios del s. XI. Pero el recuerdo de los difuntos estuvo siempre presente, como lo demuestran las plegarias eucarísticas: “los que duermen el sueño de la paz” (Plegaria 1ª), “los que durmieron con la esperanza de la resurrección, y de todos los difuntos” (Plegaria 2ª), “a nuestros hermanos difuntos y a cuantos murieron en tu amistad” (Plegaria 3ª), “los que murieron en la paz de Cristo y de todos los difuntos, cuya fe sólo tú conociste” (Plegaria 4ª).

El texto nos sitúa en el cenáculo. El entorno es crítico: Jesús acaba de anunciar la traición de Judas (Jn 13, 21. 26), su cercana vuelta a la casa del Padre: “ya poco tiempo voy a estar con vosotros” (Jn 13, 33), la negación de Pedro (Jn 13, 37-38). El grupo está confuso y apenado. Jesús siente la misma inquietud; ve inminente la muerte violenta. Es lo que más angustia al ser humano, y a quienes le quieren y comparten proyecto de vida. Los acontecimientos les desbordan.

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