Atrévete a orar

LA NAVIDAD, UN HECHO COMPROMETIDO

22.12.18 | 10:00. Archivado en Navidad

Escribe: Pepe Mallo

Popular villancico, cargado de sutil ironía
El nacimiento de Jesús no fue registrado por las crónicas oficiales de los historiadores de su tiempo. Sin embargo, hoy día la evocación de tal suceso desborda los auténticos límites del acontecimiento histórico. Unas fiestas mercantilizadas, consumistas, derrochadoras, diametralmente opuestas a lo que fue la Navidad evangélica. Me vienen a la mente las estrofas de un popular villancico. Su letrilla, cargada de sutil ironía, constata la deplorable realidad de la celebración actual de la fiesta:

“Si El es el "Dios con nosotros"/ es decir, el Emmanuel, /
¿por qué “adoramos” al otro, / o sea, a "Papá Noel"?
Si ese niño es salvador/ y en un pesebre ha nacido, /
¿por qué la gente ha metido/ el pavo en el asador?
Pandereta y almirez, / turrones y mazapanes / vinos, mariscos, champanes.../
Así celebran su fe / ¿creyentes o “zampapanes”?

La Navidad es la fiesta de la humanización de Dios
Separar la celebración de la Navidad de la realidad histórica de pobreza que la caracteriza supone negar a la historia su verdadero mensaje. Dios se hace presente en la historia, cómo, cuándo y dónde menos nos lo podíamos imaginar. Y de la manera menos sospechosa: “Nos ha nacido un niño”. El signo visible, el establo. En medio del estiércol maloliente de un pesebre; donde no es sitio para nadie y con la debilidad de los “donnadie”. No hay cunas palaciegas, ni altares sagrados, ni hoteles cinco estrellas, ni siquiera había sitio en la posada… Solo “había por allí unos pastores”, gente que guarda su pobre rebaño, que vela en la noche… Dios sólo encuentra un acogedor pesebre en el refugio de los pastores,… o bajo el puente de los vagabundos o en la choza de los indigentes o en la chabola de los pordioseros... y en tantos otros “oes” que podríamos añadir.

María, la madre de Jesús, cree en un “Dios”revolucionario
Estos días hemos venido recordando los diversos acontecimientos producidos en el entorno del nacimiento de Jesús, “nacido de mujer y sometido a la ley” (Gal. 4, 4). Destacamos el cántico del Magníficat (Lc.1,52-53). Se trata de un texto revolucionario porque trastorna por completo la candorosa y dulce imagen que muchos devotos de la Virgen tienen de cómo fue María, la madre de Jesús. Lucas presenta a María como pobre, marginal, socialmente poco valorada y que se consideraba a sí misma como una mujer que personificaba lo más bajo de la escala social y económica. En el Magníficat María afirma con fuerza los peligros que entrañan el poder y la propiedad egoísta. Dios tiene que derribar a los poderosos de sus tronos y acabar con las riquezas de los que acumulan lo que otros necesitan para no morirse de hambre. Dios se fija en los pobres e invierte la suerte de los oprimidos.

“La Palabra se hizo carne” (Jn.1,14)
El término “carne” significa debilidad y caducidad. Carne también significa “solidaridad”. El “Dios con nosotros”, al hacerse hombre, puede exclamar “esta sí que es carne de mi carne”, como Adán al encontrarse con Eva. El evangelio proclama la novedad de la encarnación: “la Palabra se hace carne”. La Palabra se hace cargo y carga de nuestra debilidad para avanzar con nosotros en el proceso de humanización. No sólo se encarna; se humaniza. Asume la humanidad en su pobreza, en su insuficiencia, en su limitación. “Se despojó de su rango”. Toda su vida fue un descenso: descendió al encarnarse, descendió al hacerse pobre y débil; descendió al verse rechazado, perseguido y hasta ejecutado, descendió al ponerse siempre en el último lugar. Dios se hace humano no tanto para acercar al hombre más a Dios como para arrimar al hombre más hacia el hombre, para que el hombre se haga más humano. Jesús en su humanidad no reivindica los derechos divinos sino los derechos humanos.

El establo y la cruz simbolizan la opción por los más débiles
Los protagonistas del nacimiento, María y José, eran gente humilde, sencilla, de pueblo, débiles económica, cultural y socialmente. La debilidad es, pues, el marco que preside la entrada de Jesús en este mundo; debilidad cuya manifestación se irá haciendo más firme día tras día hasta culminar en la cruz, símbolo de degradación, ignominia y marginación. El establo al comienzo de su vida y la cruz en el desenlace simbolizan vigorosamente esa opción por los más débiles. Hubo establo al principio y patíbulo al final; y en medio, la solidaridad con la gente humilde, con las víctimas de la desigualdad y del injusto reparto de los bienes de esta tierra. Jesús nació pobre, vivió pobre, murió como un desdichado, como un excluido, como un criminal, como un peligro para la sociedad. Al decir "pobre", decimos mucho más que hombre o mujer carente de lo necesario para vivir: Decimos hombre, mujer, despreciados, excluidos, humillados, negados; decimos hombre o mujer, a quienes la iniquidad ha obligado a interiorizar que no tienen derechos, a vivir como si no los tuviesen, a ser como si no fuesen; decimos hombre o mujer, a quienes hemos llevado a dudar de su dignidad humana, de su condición de hijos de Dios.

La Navidad es una historia liberadora
Celebramos diversas “navidades”: representaciones populares, sociológicas, piadosas, poéticas, emotivas, humanitarias... que pueden ser válidas, pero no son primordiales; tanto más que algunas rayan en el folclore. Dios no se limita a pensar en la humanidad, sino que se hace humanidad para transformarla. No tiene sentido la Navidad si no es fiesta para todos y esperanza para los exilados y extranjeros, refugiados, hambrientos y pobres. Realidad actual: Pobreza y desnutrición infantil y avalancha de emigrantes que buscan una vida mejor con riesgos de muerte. Mientras no puedan nacer todos a la vida esperanzada, a la solidaridad humana, no puede celebrarse en plenitud la Navidad. El nacimiento de Jesús, como luego ocurrió con su muerte, es un acontecimiento que revoluciona, desconcierta y se convierte en un hecho comprometido. “Dios salva”, sí, en los fracasados, en los marginados, en los excluidos de la historia.


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