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El silencio de los obispos sobre el celibato (18)

09.11.18 | 10:00. Archivado en CELIBATO HOY

¿Creen los obispos en los signos de tiempos?
Jesús invita a interpretar el tiempo presente y juzgar lo que se debe hacer -lo que Dios quiere- en cada situación (Lc 12, 54-57). Y la palabra más autorizada de la Iglesia en nuestros tiempos -el concilio Vaticano II- nos ha dicho que:

“para continuar la obra de Cristo -quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido (cf. Jn 18,37; 3,17; Mt 20,28; Mc 10, 45)- a la Iglesia en todo tiempo le incumbe el deber de escrutar los signos de los tiempos y de interpretarlos a la luz del Evangelio” (GS 3-4).

El Movimiento de Sacerdotes Casados debe “interpretarse desde el Evangelio”
El silencio mayoritario de los obispos católicos sobre el Movimiento Internacional de Curas Casados es un indicio claro de sumisión a la Ley y de clara omisión de escuchar al Espíritu. La historia es muy triste. La evolución de nuestro tiempo en este campo, de la Iglesia y de la sociedad, no ha sido espiritualmente acompañada como se debe, tras el Vaticano II, por los dirigentes de la Iglesia en general. La inmensa mayoría de los que decidían casarse quería seguir ejerciendo el ministerio. El clima conciliar de “abrir ventanas” y “aggiornamento” (Juan XXIII) o puesta al día, les había infundido la esperanza de que la disciplina del celibato sería revisada. En la sociedad y en la misma Iglesia, el conocimiento y valoración de la sexualidad habían mejorado. Las razones que se venían dando para mantener la ley carecían de apoyo bíblico y social. El mismo Concilio había asegurado que

“el celibato no era exigido por la naturaleza del sacerdocio, como aparece en la praxis de la Iglesia primitiva -cf. 1Tim 3, 2-5; Tit 1, 6- y en la tradición de las Iglesias Orientales, donde, excepto los que con todos los obispos eligen guardar el celibato como un don de gracia, existen Presbíteros casados también muy meritorios” (PO 16).

Las esperanzas de cambio se vieron frustradas
Primero por las dudas de Pablo VI. Más tarde por el “invierno” eclesial que sufrimos al llegar a la cabeza de la Iglesia uno de los integrantes de la minoría conciliar opuesta a la mayoría que aprobó los textos conciliares. Con san Juan Pablo II llegó de nuevo la cerrazón, la imposición, la intolerancia con quienes sólo querían cambiar la ley. Su asesor teológico, Benedicto XVI, teólogo abierto antes de usar mitra, conservador tras probar las mieles del poder eclesial, escamoteó el problema cuando fue ascendido a Obispo de Roma, al que finalmente se vio abocado a renunciar por sentirse corto de “espíritu de valentía, de amor y de buen juicio” (2Tim 1, 7).
La frustración tuvo su manifestación más sonora en el abandono del ministerio de una cuarta parte del clero. Recuerdo la tristeza de la época y de muchos compañeros. En las reuniones preparatorias de la Asamblea Conjunta de Obispos y Sacerdotes de 1971, oímos testimonios estremecedores de algunos que estaban tramitando la petición de dispensa del celibato. “Me encanta el ministerio, nos decía un sacerdote muy activo de Madrid. Pero no soporto la soledad. Vengo arrastrando una tristeza profunda, un vacío interior. Siento una necesidad imperiosa de compartir la vida a niveles íntimos. Creo que sólo puedo solucionarlo casándome”. Tuve que acompañar como testigo a algunos para formalizar el expediente en el obispado. Supe la conducta poco limpia que había que justificar para que les dieran la dispensa. “Si quieres que le concedan la dispensa, me dijo el delegado del obispo para los trámites, tienes que cargar las tintas sobre la inmadurez de este hombre, e incluso sobre trastornos psíquicos y morales que hacían prever su incapacidad para perseverar dignamente en el ministerio”.

Los obispos, obedientes a la ley, ahogaban el Espíritu
Impidieron a los curas votar en este tema. En las Asambleas diocesanas, previas a la Conjunta, no toleraban ninguna proposición que solicitara el celibato opcional. A su pesar en muchas diócesis llegó a proponerse e incluso a votarse. Los obispos anularon la votación. José Luis Alfaro tiene escrito lo que ocurrió en su diócesis de Albacete:

“En la Asamblea de Albacete se añadió una proposición que decía que el celibato debería ser opcional tanto para los aspirantes al sacerdocio como para los sacerdotes ordenados. De los 35 votos de los delegados sacó 31 a favor, 1 en contra; 3 nulos. Esta votación puso muy nervioso al obispo D. …, de tal manera que al día siguiente entregó a la asamblea un documento que más o menos decía: “Nos, I. G. A., por la gracia de Dios, obispo de Albacete, anulamos la votación que se hizo ayer sobre el celibato” (Tiempo de Hablar. Tiempo de Actuar. Abril 2017. Nº 149, p. 50).

En Holanda se había insinuado claramente el Espíritu
En el Sínodo holandés, iniciado en enero de 1970, permitiendo los obispos la libre votación, apareció la voluntad mayoritaria pidiendo el celibato opcional. 130 personas formaban la asamblea. Sólo 108 tenían derecho a voto. 70 representaban a las diócesis. 30 habían sido elegidos por los obispos, representantes de los religiosos, grupos apostólicos y otros. Los obispos, que eran 8, se abstuvieron de votar, por temor a Roma y para evitar interpretaciones más o menos torticeras. Estos son los resultados:
Proposición: “A los futuros candidatos al sacerdocio no se les ponga como condición necesaria el celibato obligatorio”. A favor: 90 votos; en contra: 6; abstenciones: 4.
Proposición: “A los sacerdotes que pretendan casarse o que se hayan casado ya, désele la oportunidad, bajo determinadas condiciones, de continuar en el ministerio sacerdotal, o de ser admitidos de nuevo a él”. A favor: 86 votos; en contra: 3; abstenciones: 11..
Proposición: “ Se conceda a los casados la posibilidad de ordenación sacerdotal”. A favor: 94 votos; en contra: 1 abstenciones: 5.

También se votó el que se estudie el acceso de la mujer al ministerio. En ella votaron los ocho obispos. A favor: 72 votos; en contra: 1; abstenciones: 35.

Rufo González
Madrid, noviembre 2018


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