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El silencio de los obispos sobre el celibato (13)

14.09.18 | 10:00. Archivado en CELIBATO HOY

Frente a la libertad del Espíritu, “la estupidez de los Gálatas”: “no escuchar con fe”

Buenos propósitos, pero pocas soluciones
No hay temor de que los obispos españoles sucumban a la tentación que “les puede acechar de cubrir la falta de vocaciones con soluciones improvisadas y atajos arriesgados” (discurso inaugural de la última plenaria -16 de abril de 2018-). Por no improvisar, y menos arriesgar, toleran injustas situaciones: desde impedir celebrar a los casados hasta dejar sin eucaristía a las comunidades. La ley celibataria por encima de todo lo humano y divino. Hace años que viene descendiendo “el número de presbíteros y media de edad cada vez más alta”. Siempre buscarán y encontrarán excusas desde “el marco de preparación para el ministerio..., número de seminaristas muy reducido, pocos formadores y profesores...”, hasta el ambiente secularizador... Dice que “buscamos la salida a esta situación personalmente o en grupos de obispos con los colaboradores”. Salida siempre dentro de las leyes actuales, revisables, cuestionables. Auque dice que “es necesario que compartamos como Conferencia Episcopal las inquietudes y temores, las experiencias y esperanzas sobre esta realidad fundamental para la vida y la misión de la Iglesia”, no consta, según el comunicado oficial de la 111ª reunión de la Asamblea Plenaria si lo compartieron y menos si llegaron a alguna conclusión eficaz. Sólo han dicho que “Mons. Joan Enric Vives, presidente de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades, ha informado sobre los trabajos de redacción para adecuar la formación en nuestros seminarios a las directrices que ha marcado la Congregación para el clero en la Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis. El Don de la vocación presbiteral (diciembre de 2016)... La CEE va a potenciar la formación de los formadores de seminarios..., e impulsará la renovación de la formación permanente del clero”. Ese es todo el riesgo que los obispos van a correr en este asunto.

Nada que cuestione ni remotamente el nudo del celibato
Tras reconocer que “la vocación cristiana es el fundamento de las diversas vocaciones específicas de la Iglesia”, y de que “la causa de las vocaciones sacerdotales concierne a toda la Iglesia presidida por los obispos (Optatam totius, n. 2; cf. Presbyterorum ordinis, n. 11)”, podría venir una apertura lógica sobre las diversas vocaciones y las exigencias para su ejercicio. ¿La vocación sacerdotal debe estar vinculada necesariamente con el celibato? ¿Hoy, con miles de sacerdotes casados, podemos ligar el sacerdocio ministerial al celibato al margen de la pura conveniencia clerical? Silencio. Hasta la pregunta ofende. Nada que cuestione el nudo del celibato. Nudo que está en la base del clericalismo. Mientras ese nudo no se desate, seguiremos “en esta situación precaria... cubriendo las acciones ministeriales básicas con iniciativas diversas, según se trate de ciudades, de grandes núcleos urbanos o de zonas rurales con frecuencia despobladas y envejecidas: `unidades pastorales´ o `equipos ministeriales´..., sacerdotes religiosos..., sacerdotes procedentes de otros países, laicos en tareas especiales”.

“Arranque de caballo andaluz”, estas briosas palabras de don Ricardo:

“Pero no podemos resignarnos a la administración de la escasez. Nuestra cuestión mil veces planteada es la siguiente: ¿cómo invitar con respeto, cómo alentar la decisión, cómo discernir la vocación, cómo crear las condiciones para que sea escuchada la llamada de Dios? El ministerio episcopal nos urge a buscar, todos unidos en el Señor y con creatividad pastoral, respuestas a esta necesidad básica que repercute decisivamente en la vida de la Iglesia”.

“Invitar, alentar, discernir, crear condiciones, urge, unidos en el Señor, creatividad pastoral” son actos y palabras que tienen una carga espiritual enorme. Todo esto lo quiere y lo realiza el Espíritu de Dios y la libertad. Por desgracia el Espíritu de libertad poco puede hacer ante nuestras leyes que, de antemano, le marcan al Espíritu a “quién” invitar, alentar, discernir... ¿Por qué no arrancamos desde el Evangelio, como Jesús, proponiendo al casado Pedro y al soltero Juan... si quieren acompañarnos en la tarea evangelizadora? ¿Por qué no actuamos en cuanto al celibato como Jesús que “no puso esta condición previa en la elección de los doce, como tampoco los apóstoles para los que ponían al frente de las primeras comunidades cristianas (1Tim 3, 2-5;Tit 1, 5-6)” (Pablo VI: Sacerd. Caelib. 5)? Así Jesús respetó los derechos humanos y los dones de Dios a solteros y casados.

Frente a la libertad del Espíritu, “la estupidez de los Gálatas”: “no escuchar con fe”
El Espíritu de Dios “viene por escuchar con fe, no por observar la ley” (Gál 3, 1ss). Y con fe hay que escuchar a los sacerdotes obligados a dejar el ministerio por no poder con la ley del celibato. Son miles en el mundo entero. Ellos y sus circunstancias son “acontecimientos, exigencias y deseos..., verdaderos signos de la presencia y voluntad de Dios” (GS 11). Los máximos dirigentes eclesiales no ha querido “escucharles con fe”. Han preferido y siguen obedeciendo esta ley eclesial basada en la falsa creencia de que el ejercicio de la sexualidad produce impureza e incapacita para contactar con lo sagrado. Así lo reconoce el papa Siricio en un texto que sigue como magisterio de la Iglesia: “¿Por qué el Señor avisa a quienes se les encomendaba el santo de los santos, diciendo: `Sed santos, porque también yo el Señor Dios vuestro soy santo´ -Lv. 20, 7; 1 Petr. 1, 16-? ¿Por qué también, el año de su turno, se manda a los sacerdotes habitar en el templo lejos de sus casas? Pues por la razón de que ni aun con sus mujeres tuvieran comercio carnal, a fin de que, brillando por la integridad de su conciencia, ofrecieran a Dios un don aceptable...” (Sobre el celibato de los clérigos”. Carta a Himerio. Dz 89). Como el judaísmo, dividimos la comunidad en clero y fieles, haciendo del clero la “herencia y parte del Señor”. Al revés de Jesús que inaugura una comunidad fraterna, con diversos carismas y servicios. Sus comunidades nacen para ser “herencia o clero (`cleronomía´) incorruptible...” (1Pe 1, 4).

Los sacerdotes casados comparten la misma misión que los célibes
Leamos estos párrafos del discurso del Presidente de la Conferencia Episcopal en la última plenaria. Miles de sacerdotes casados, vocacionados para el ministerio, fueron rechazados por no ser célibes. Si el celibato fuera opcional, estos párrafos tendrían perfecto enacaje para casados y solteros.
1.- El Señor envió apóstoles casados y solteros:

“Debemos decirlo con claridad: la Iglesia en España necesita vocaciones para el ministerio sacerdotal; y al hacernos eco de esta indigencia básica, no debemos olvidar, movidos por la solicitud católica, la colaboración con otras diócesis y la participación en la `missio ad gentes´. El Señor envió a sus apóstoles hasta los confines del mundo. Todos podemos compartir la serenidad que nos otorga la promesa del Señor de que estará con nosotros todos los días hasta el final de los tiempos, y, por tanto, también en la presente situación histórica (cf. Mt 28, 19-20)”.

2.- Los “presbíteros casados muy beneméritos” (PO 16), “entregan la vida sin reservas”:

“Los sacerdotes estamos llamados a animar cada día la caridad pastoral y a renovar las diferentes dimensiones de la formación permanente. ¡Que quienes en la ordenación sacramental hemos recibido un `amoris officium´ con la gracia del Señor entreguemos la vida sin reservas! ¡Que el servicio apostólico sea acicate de una formación continua para que podamos cumplir la misión confiada, en medio de un mundo que está entrando en una nueva etapa de su historia! Sin el amor que nos une al Buen Pastor y sin la formación, que es `conformación´ con Jesucristo, no responderíamos adecuadamente al Señor que se ha fiado de nosotros (cf. 1 Tim 1, 12) y de quien nos hemos fiado (cf. 2 Tim 1, 12)”.

3.- Casados y solteros, según el don de Dios, pueden alentar la fraternidad:

“Debemos unir vitalmente la condición de discípulos que se sientan diariamente en la escuela de Jesús, el único Maestro (Mt 23, 8-10), con la condición de misioneros dispuestos a salir en fraternidad, “de dos en dos” (cf. Lc 10, 1) hasta las "periferias" del mundo y de la sociedad, de los pobres y excluidos, de los que no conocen a Dios, de quienes buscan y no encuentran, de cuantos van por el camino de la vida con aire entristecido, como los discípulos de Emaús (Lc 24, 17)”.

Rufo González
Jaén, septiembre 2018.


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