Atrévete a orar

El silencio de los obispos sobre el celibato (12)

07.09.18 | 10:00. Archivado en CELIBATO HOY

“La llamada de Dios al ministerio presbiteral” no es “llamada de Dios al celibato”

“Crisis de `convocantes´”
“La crisis de vocaciones podría tratarse de una crisis de `convocantes´”, reconoce el cardenal Blázquez en el discurso de apertura de la última Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal: “Durante algún tiempo las tareas más urgentes ocuparon nuestra atención, esperando que la situación fuera coyuntural y se enderezaría pronto. Posteriormente hemos pensado que quizá más que crisis de vocaciones podría tratarse de una crisis de `convocantes´”.
Como los discípulos de Emaús, los convocantes principales -los obispos de la Iglesia- reconocen que “esperábamos que fuera coyuntural y se enderezaría pronto”. Ellos siguen pensando que “Jesús sería el libertador de Israel” (Lc 24, 21), de “su” Iglesia con “sus” leyes incluidas. Siguen soñando que “sus” leyes son divinas, y que hay que imponerlas sin discusión. Así han estado siglos viviendo de las rentas del poder, de la ignorancia, de la buena fe y de la resignación de los convocados. Y aún muchos siguen soñando que la Iglesia “que ellos han fabricado” es la Iglesia “que Jesús quiere”. Y si esto es así, claro que “la crisis de vocaciones es una crisis de `convocantes´”.

Los convocantes “han tentado al Señor nuestro Dios”
Me refiero a los convocantes principales. Los demás convocantes (familias, parroquias, maestros, asociaciones católicas, sacerdotes...) son portavoces de los obispos. Intentarán despertar y animar a ser fieles a la llamada o vocación de toda persona. Pero no pueden cambiar las reglas predeterminadas por los dirigentes máximos de la Iglesia. Todos son conscientes de que el Evangelio es mucho más amplio que la ley eclesial. Todos comparten lo que dice el Presidente de los obispos españoles: “Es primordial la oración insistente al Señor de la mies para que envíe trabajadores a su campo (cf. Mt 9, 37-38), ya que nosotros no tenemos la capacidad de tocar el corazón de las personas para suscitar la llamada de Dios al ministerio presbiteral”. Pero todos comparten también que “la llamada de Dios al ministerio presbiteral” no es “llamada de Dios al celibato”. Eso es clamorosamente evidente en la Iglesia Oriental y en la Occidental (unos legalizados -procedentes de otras iglesias cristianas-, otros sin legalizar, más o menos tolerados por la institución).

Dios no les hace caso, a pesar de sus oraciones “humildes y fuertes”
Exigir por ley una gracia divina, no necesaria para ejercer un servicio o ministerio eclesial, y hacer depender su concesión de la oración de la comunidad y de los ordenados, es querer manipular a Dios, querer doblegar su voluntad, “tentarle”. Esto es lo que viene ocurriendo con el celibato por el reino de Dios. Saben que no es necesario “por la naturaleza del sacerdocio” (PO 16), pero lo imponen por ley:

“confiando en el Espíritu que el don del celibato, tan conveniente al sacerdocio del Nuevo Testamento, será dado generosamente por el Padre, mientras que los que participan el sacerdocio de Cristo por el sacramento del Orden, más aún, toda la Iglesia, lo pidan humilde y fuertemente -`enixe´-” (Vat. II: Decr. Presbyter. ordinis, n. 16; Pablo VI: Sacerd. Caelib. n.44).

¿Está Dios obligado a llamar al celibato y al ministerio sacerdotal a una misma persona? ¿Dios tiene que obedecer las órdenes de los dirigentes eclesiales? Ellos no pueden imponer a Dios lo que tiene que hacer, sino reconocer y agradecer lo que Dios hace. Es evidente que Dios no les hace caso, a pesar de sus oraciones “humildes y fuertes”. Hace años proclamaba Díez-Alegría esta evidencia histórica:

“Las erróneas ideas de que el sexo es malo y de que los “sacerdotes” son “extraterrestres” están, sin duda, a la base de la descabellada institución del celibato obligatorio de los obispos y presbíteros. La llamo descabellada, porque la experiencia histórica demuestra que es una cabezonería humana en que el Espíritu Santo no ha entrado, y que, por eso, siempre funcionó a trompicones” (“Rebajas Teológicas de Otoño”. Editorial Desclee de Brouwer, S.A. Bilbao 1980. Pág. 144-147).

No es cuestión de “orar poco o mucho”, sino de aceptar la voluntad de Dios
Cuentan los obispos que el Papa san Juan Pablo II les preguntaba en la visita oficial al Vaticano cuántos seminaristas tenían. Si le parecían pocos, les decía: “usted ora poco”. Todo menos admitir que su voluntad (la del Papa, la ley eclesial) podría no ser la de Dios. En vez de reconocer la voluntad de Dios en los carismas dados a los cristianos para el bien común, la cúpula eclesial obliga a Dios a ajustarse al armazón legal construido por ellos. Todo para favorecerse a sí mismos... Sucumben así a la tentación del maligno: hacer una acción irresponsable poniendo a prueba la fidelidad de Dios. Exigir el celibato confiándolo a la intervención de Dios. Para ello no dudan en decir que la “fidelidad al celibato nunca ha sido denegada a quienes la piden” (PO 16). Eso es pura elucubración, falsedad, manipulación. La verdad es que muchos cristianos, dispuestos en su corazón a servir a la Iglesia, son rechazados por no ser célibes. Miles lo han acreditado con su vida sacerdotal. El silencio es la respuesta constante.

Sacerdotes casados con ochenta años siguen gritando: “¡aquí estoy disponible!”
Un gran luchador por esta causa es sin duda José María Lorenzo Amelibia, cofundador y presidente muchos años de ASCE (Asociación de Sacerdotes Católicos Españoles), una de las dos grandes asociaciones españolas de Sacerdotes Casasdos (la otra es MOCEOP -Movimiento pro Celibato Opcional). En 2014 escribía esta “Carta de un sacerdote secularizado al Papa Francisco”, En ella habla no sólo de él, sino de “los varios miles que son más jóvenes y tienen mucha fe”:

“Santidad: Cuando firmé el rescripto de secularización incluí, en folio aparte, una coletilla con esta anotación: `Salgo del clero porque dada mi manera de ser, necesito para mi equilibrio interior contraer matrimonio. No renuncio al sacerdocio. En el momento en que me necesiten pueden llamarme; sigo con vocación sacerdotal´.
Cincuenta y seis años después de haber sido ordenado, continúo con esa misma vocación. Pero nadie me ha llamado, a pesar de la enorme carencia de “operarios de la mies”. Hoy ya de poco serviría, dada mi ancianidad: con ochenta años no puedo hacer mucho, pero sí algo.
Y aquí viene mi iniciativa. Mejor que sentarse para estructurar una nueva organización pastoral, haciendo filigranas, uniendo parroquias, celebrando misas “secas” sin cura, hubiera sido que todos los obispos al unísono hubieran pedido al Papa la reintegración de esos cien mil sacerdotes secularizados – si ellos lo deseaban – al ministerio. ¡Pero todavía hay tiempo! ¡Urge!
También se podía haber conseguido que en cada pueblo hubiera un sacerdote, hombre casado, que atendiera a la pequeña grey desinteresadamente, es decir, sin ningún estipendio. ¡Y todavía hay tiempo, y urge! No sería difícil encontrar un presbítero para cada pueblo, y saldrían más voluntarios de los que pensamos que apoyarían, una vez ordenados de sacerdote, la acción pastoral de la diócesis, de una manera mucho más eficaz que con las virguerías de nuestro pastoralistas de la década pasada...
Santidad, aquí estoy disponible, y mejor que yo aún, varios miles que son más jóvenes y tienen mucha fe. Un abrazo” (RD 04.08.14 | 11:26).

La cerrazón clerical está en la raíz del problema
El clericalismo culpa a los cristianos de a pie, mientras cree sus leyes perfectas e inamovibles. Eso no es serio evangélicamente. El Evangelio denuncia a los dirigentes, “que atan fardos pesados y los ponen sobre las espaldas de los hombres, pero ellos no quieren moverlos con el dedo. ...¡ay de vosotros, guías ciegos!...” (Mt 23, 1-36; Mc 12, 38-40; Lc 11,37-52; 20,45-47). No querer cambiar lo opcional, actuar como si sus leyes fuera divinas y eternas, no aceptar que es posible otro modo evangélico de organizar el ministerio, es “no querer mover con el dedo el fardo pesado” que ellos ataron a la espalda de sus hermanos. Esta cerrazón clerical es la raíz del problema. Toda cerrazón se vuelve fanatismo al revestirla de “sagrada” y se hace humanamente irresoluble. Necesitamos al Espíritu que, como a Pablo camino de Damasco, nos dé “una luz venida del cielo” que pregunte “¿por qué me persigues” en los que tienen vocación sacerdotal, pero carecen del carisma celibatario? También “esos son para mí vasos de elección para llevar mi nombre ante gentiles, reyes e hijos de Israel” (He 9, 3-4.15).

Rufo González
Jaén, septiembre 2018


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Comentarios
  • Comentario por Manuel Alejandro 11.09.18 | 10:32

    Gracias, Rufo, como siempre tan lúcido en tus reflexiones. A muchos nos llenan de esperanza porque advertimos en ellas la voz del Espíritu que clama al Cielo. De nuevo, gracias. Manuel, sacerdote.

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