Atrévete a orar

El silencio de los obispos sobre el celibato (11)

31.08.18 | 10:00. Archivado en CELIBATO HOY

La crisis de los sacerdotes es la crisis del celibato

Me parece lúcido, aunque algo enigmático, este párrafo del discurso del cardenal Blázquez en la última Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española:

“A lo largo del tiempo transcurrido hemos intentado reiteradamente descubrir las causas y las circunstancias de la crisis actual. La palabra crisis significa aquí una mutación grande que exige un discernimiento profundo. Procede de una encrucijada nueva que pone en cuestión el curso habitual. Exige un examen del pasado y es una oportunidad para adoptar las decisiones convenientes, que por aproximaciones y tanteos vamos encontrando. En un tiempo pensamos que la crisis de seminarios podía proceder de la crisis de sacerdotes, ya que nos vimos inmersos en perplejidades sobre el sentido del ministerio que condujeron junto con otras causas a numerosas secularizaciones.”

No sabemos si los obispos trabajaron sobre causas y circunstancias de la crisis actual como propone su Presidente. Y menos si llegaron a conclusiones o pautas de solución. La propuesta del discurso de apertura reconoce el intento “reiterado” de averiguar causas y circunstancias. Es praxis común en las reuniones clericales analizar causas reiteradamente. Pocas veces se llega al actuar efectivo. Hay que aparentar que se trabajan y se está en ello. Saben que las soluciones no dependen de ellos. A la hora de la verdad los cambios eficaces se deciden lejos de los interesados.

“La palabra crisis significa aquí una mutación grande”
Reconoce que ha habido una “mutación grande que exige discernimiento profundo”. Sin decir en qué consiste dicha “mutación”, tiene claro que “exige discernimiento profundo”. Se supone que se refiere al discernimiento cristiano: averiguar si dicha “mutación” es conforme al Espíritu de Jesús. Lo único que matiza es que la aludida “mutación procede de una encrucijada nueva que pone en cuestión el curso habitual”. Tampoco describe “el curso habitual”. Dicha “encrucijada” debe ser la situación eclesial de abandono masivo -un 25%- del clero, de vacío de los seminarios, de miles de comunidades sin pastor ni eucaristía dominical... Y todo acompañado por la opinión mayoritaria, casi unánime, en las bases de la Iglesia, de que hay que revisar las exigencias para el ministerio. “El curso habitual” cambia si no se exige el celibato como condición “sine qua non” para el ministerio. Si no se está aludiendo a este cambio, no parece correcto hablar de cuestionar “el curso habitual”.

“Las verdades que se buscan esconder, se transforman en veneno”
Otra evidencia expuesta por el Cardenal es la necesidad de “examen del pasado”. Destaca la opinión que en un tiempo se creyó válida: “la crisis de seminarios procede de la crisis de sacerdotes”. Y la crisis de los sacerdotes fue debida a las “perplejidades sobre el sentido del ministerio”. Sin analizar las “perplejidades” sostiene que junto con otras causas “condujeron a las secularizaciones”. Es echar balones fuera. Sigue sin aceptarse lo que el patriarca melquita Máximos IV decía en carta a Pablo VI durante el Vaticano II:

“Este problema (celibato obligatorio) existe y se vuelve cada día más difícil. Exige una solución. No vale la pena cerrar los ojos o hacer de él un tabú. Su Santidad sabe muy bien que las verdades que se buscan esconder, se transforman en veneno”.

Esto es exactamente lo que está pasando. La crisis de los sacerdotes es la crisis del celibato. Basta acercarse a las encuestas de hace años y de ahora para percibirlo. Sobre el ministerio hay pocas “perplejidades”. Si se toman en serio los expedientes de quienes piden “secularizarse”, muy pocos quieren dejar el ministerio. La inmensa mayoría solicita dispensa del celibato. Infinidad de testimonios. Basten dos. Uno de un sacerdote fallecido, José María Marín Miras, vocación tardía, diócesis de Almería, ordenado en 1948, secularizado en 1968:

“Yo era muy feliz con los quehaceres apostólicos. Me ilusionaba ayudar espiritual y materialmente a los demás. Difundir el mensaje de Jesús constituía una gran ilusión.. Cuando decidí secularizarme, expuse al señor obispo mi deseo de continuar el ministerio, aunque fuera en la selva del Orinoco, pero casado” (En su libro: “Retazos de una historia en la comarca del Mármol”. Arráez Editores. Almería 2007. Pág. 362. Citado en Curas casados... Moceop. Albacete 2006, p. 35).

Otro de un cura madrileño de 2004, Daniel Orozco:
“Hubo un momento en que me planteé pedir la dispensa del celibato y de hecho, el arzobispo me puso en contacto con quien llevaba los procesos se secularización. Pero cuando me dio el esquema del currículo que debía presentar, me di cuenta de que, si quería que me la concediesen, tenía que mentir. Decir que no sabía lo que hacía cuando me ordenaba, que era inmaduro, amén de plasmar mis miserias más íntimas. No, yo me sigo sintiendo llamado, sigo viéndome como sacerdote, aunque no me dejen ejercer el ministerio” (“Curas casados. Historias de fe y ternura”. Moceop. Albacete 2006, p. 75).

“Paradigma de ceguera e hipocresía escandaloso”
Los dirigentes no han querido escuchar ese clamor. Siguen en silencio. Juan Barreto, sacerdote canario, escribió en cartas a su obispo un buen análisis de la situación. Sólo recojo unos párrafos que me parecen especialmente luminosos:

“Son miles los que han dado el paso. Y muchos son también los que han quedado atrapados en situaciones donde no les es posible ni retroceder ni avanzar. No quiero hurgar en esa otra herida escondida, aunque sangrante, de tantos dramas humanos en tantas historias ocultas o semiocultas pero callarlo ahora sería igualmente hipocresía. Esas historias no quitan el sueño a nadie, al parecer, porque todo sigue igual en la fachada... Da la impresión de que no interesan los dramas personales ni la verdad que nos hace libres, sino la aparente blancura del muro que esconde tantas miserias.
No hablo de perversiones ni de pecados, sino de los sufrimientos ocasionados por situaciones insostenibles y del envilecimiento consiguiente de los dones de la vida que son los dones de Dios...
¿Qué ha pasado? ¿Que se ha levantado un viento de corrupción en la iglesia? ¿Que han fallado los métodos de educación? ¿Es el hombre el que ha fallado o es la ley la que no es adecuada? ¿Sacrificaremos esa realidad a la ley? ¿Es el hombre para la ley o la ley para el hombre?
No estamos hablando de una ley fundacional, constitutiva del ser o no ser del ministerio. En todo caso, hablemos. Pero es eso precisamente lo que no se hace. Es tabú este tema. Y esto es, lo repito, escandaloso ... Ese tic del silencio es el que creo reconocer ... El proceder es el siguiente: todo está perfecto, nada hay que cambiar, las disfunciones se deben a problemas de educación, quizá a una vida de piedad en quiebra (falta de oración, etc.), a una vida afectiva no madura (falta de experiencia de amistad, etc ... ). Conclusión: el fallo está en la persona, no en la ley. Hablemos sí, pero de otra cosa. Y de otra cosa se habla...
Se necesita, a lo que veo, la confesión ante notario del propio reo para que quede constancia de que no es la ley, sino la fragilidad humana de cada una de las personas responsables de la situación. Con la confesión de la culpa va pareja la asunción de la pena. Y todos tan tranquilos. Nada ha pasado. Se ha excluido del ministerio a un veinticinco por ciento de los que lo servían, se los ha condenado al ostracismo eclesial, y, si algún reticente vacila en firmar, se lo empuja fuera para que no nos enturbie la conciencia. Nada ha pasado. Después con admirable imperturbabilidad organizamos semanas de oración por los hermanos separados, semanas de fe y cultura para captar creyentes, semanas por las vocaciones ... Nos hemos lavado muy bien las manos.
No es la ley del celibato el problema más importante. De ningún modo. Pero, según mi entender, el modo de afrontar el tema es un paradigma de ceguera e hipocresía escandaloso. Es su carácter sintomático lo que le da una dimensión inquietante.
Nunca quise convertir esto en una discusión teórica. No fue por planteamientos teóricos por los que me casé con Carmen. Lo hice porque nos queríamos ¡Eso es todo! No pensé que, en mis circunstancias, esa nueva situación me impidiese por sí misma, prestar a la comunidad el servicio que estaba prestando. Todo lo contrario. Eso es así.” (“Curas casados. Historias de fe y ternura”. Moceop. Albacete 2006, pág. 178-179).

Rufo González


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