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Domingo 21º TO B 2ª lect. (26.08.2018): El amor cristiano ilumina la estructura familiar

20.08.18 | 10:00. Archivado en 2ª Lect. Tiempo Ordinario B

Comentario:amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia” (Ef 5, 21-32)

Amar es la clave de la actitud moral cristiana (Mt 25, 31ss)
Leemos parte de la exhortación moral sobre la familia (5, 21-33 – 6, 1-9). Normal general (v. 21): “sed sumisos unos a otros con respeto cristiano” (lit.: sometiéndoos unos a otros en el temor de Cristo). En la Biblia, “temor” equivale a “respeto, honor, veneración...” a Dios. Nada de miedo o terror ante un poder tiránico y abrumador. Al poner la religiosidad más en la ley surge un temor escrupuloso, que es vencido por la filiación divina. Aquí es el “temor de Cristo” (en fóbo Xristoû), es decir, el espíritu servicial de Cristo. “El Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por todos” (Mt 20,28; Mc 10,45; Lc 22,27; Jn 13,14-15; Flp 2, 5-11). El “sometimiento cristiano” imita a Dios en su amor. El texto adapta el amor cristiano a la familia patriarcal del siglo I. No ataca ni modifica su estructura. Eso lo hace la reflexión ética sobre la conducta ideal. Pablo motiva a vivir la estructura social vigente. No debería hablarse de ética cristiana, musulmana o judía, como no se habla de física o biología cristiana. La Biblia acredita la evolución ética. Un ejemplo claro es la valoración de la guerra desde el Antiguo Testamento a la vida de Jesús. También la Iglesia evoluciona. Compárese el magisterio de Inocencio III con el Vaticano II. La “cruzada” contra los albigenses (1209-1229), llegó a justificar la muerte de inocentes. La consigna del teólogo dirigente, Simón de Monfort, era: “mátelos usted a todos que ya Dios se encargará de hacerse cargo de aquellos que eran de los suyos”. El Concilio Vat. II pide la prohibición absoluta de la guerra (GS 82).

El amor cristiano ilumina la estructura familiar
Las mujeres, que se sometan a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia”. El hecho sociológico –el marido manda, es cabeza de la familia- recibe la iluminación del amor cristiano: el sometimiento social de la mujer debe expresar el amor que tenemos al Señor. A Cristo le amamos libre y gratuitamente. Su amor nos realiza. La Iglesia, imagen de la mujer, se “somete” a Cristo: se deja amar y vivificar. Responde así al amor que Cristo la tiene. Si el marido no ama ni realiza (“salva”) como Jesús, la mujer no debe someterse a un tirano, maltratador, explotador, etc. La mujer tiene la misma dignidad que el varón: “todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gál 3,28).

La reciprocidad es evidente al exhortar a los maridos: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia”. El paralelismo esposo-esposa y Cristo-Iglesia recuerda a los profetas que utilizaban la imagen matrimonial para referirse a la relación de Dios con su pueblo (Os 2, 4ss; Is 54, 5ss; Jr 2). En la Nueva Alianza, el “esposo” es Cristo y “pueblo” la Iglesia. Cristo ha cumplido, como Dios, dándose en amor al Pueblo. Le ha “consagrado” con su mismo Espíritu en el bautismo y “trabaja” por hacerle “glorioso..., santo e inmaculado... Así deben también los maridos amar a sus mujeres como cuerpos suyos que son”. Amar supone darle “alimento y calor”. Cuando se dan estos ingredientes mutuos, el matrimonio se hace signo –sacramento- del amor divino.

Oración:amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia” (Ef 5,21-32)

Jesús, dador permanente del Espíritu de amor:
hoy Pablo evangeliza la familia humana:
sed sumisos unos a otros con respeto cristiano”;
es decir, vivid en familia el amor de Cristo Jesús.

Dados los papeles sociales, entonces vigentes, inculca el amor:
a las mujeres: sed dóciles, sumisas, “como al Señor”;
a los maridos: amad a vuestras mujeres “como Cristo nos amó”;
a los hijos: obedeced a vuestros padres “cristianamente”;
a los padres: criadlos, educadlos y corregidlos “como el Señor quiere”;
a los esclavos: obedeced “como si fuera a Cristo”.

En todas las situaciones éticas –según la ética de la época-:
exhorta a vivir mirándote a ti, Cristo, a tu vida entregada en amor;
la docilidad al esposo debe expresar el amor que nos da tu Espíritu;
la supremacía social del marido estará guiada por tu amor desinteresado;
la obediencia filial es amor agradecido al amor generoso de los padres;
la obediencia servil se convierte en amor que colabora al bien común,
y responde al amor del “señor” que da trabajo digno.

Hoy, Jesús, contemplamos nuestros “códigos domésticos”:
respetamos las diversas formas de familia que la sociedad reconoce;
desde la madre con hijos, acompañada por quien no es el padre, pero hace sus veces,
evitando el desamparo social (éste fue tu caso, ilegal entonces);
pasando por diversas agrupaciones familiares,
con o sin posibilidad de tener hijos;
hasta la más común de hombre y mujer, con o sin hijos,
en igual dignidad y ayuda mutua.

También los papeles en nuestras familias son diversos:
marido y mujer, de común acuerdo, organizan y dirigen el hogar;
los hijos son cuidados y educados según la conciencia de los padres;
se va formando la comunidad familiar progresivamente:
los hijos terminan opinando, comprometiéndose, decidiendo...;
si hay empleado de hogar, tiene derechos y deberes como persona y trabajador.

Todos los miembros de agrupación familiar somos invitados:
a tu amor gratuito, al amor que nos puso en la vida para realizarnos;
a vestirnos de ternura entrañable: de agrado, humildad, sencillez y tolerancia;
a tu amor que nos hace a todos responsables los unos de los otros;
a tu amor que nos vuelve agradecidos, enseña y aconseja lo mejor;
a tu amor que nos conlleva mutuamente y perdona las quejas mutuas;
a tu amor que está por encima de todo y es el cinturón perfecto de nuestra vida (Col 3,12-14).

Necesitamos, Jesús, que nos des tu mismo corazón, tu Espíritu:
para no despreciar ni condenar ninguna agrupación familiar, libremente elegida;
para llamar, “madre”, “hermanos”, “hermanas” a gente que biológicamente no lo es;
para reconocer el mucho amor que se da en los diversos tipos de familia;
para vivir la afectividad, cuidar el hogar, criar los niños;
para ayudar a los mayores y paliar los daños de la crisis económica...

Jesús de María, de José, y de esos “hermanos y hermanas” tuyos:
ayúdanos a ser testigos del amor del Padre en toda ocasión;
bendice a todas nuestras familias con tu mismo amor;
realiza en tu Iglesia tu amor familiar verdadero.

Rufo González


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