Atrévete a orar

El silencio de los obispos sobre el celibato (9)

27.07.18 | 10:00. Archivado en CELIBATO HOY

“La más grave, humillante, vejatoria y vellaca injusticia eclesial”

Comentario actual a un artículo mío de hace más de dos años
Creo exagerado calificar esta “injusticia eclesial” de “la más grave, humillante, vejatoria y vellaca”. En la historia eclesial, las ha habido mucho más graves (asesinatos, torturas físicas, venta de las esposas clericales como esclavas, hijos abandonados...). Pero sin duda es una injusticia “grave, humillante, vejatoria y vellaca” la que denuncia mi comunicante en un comentario que me llega el jueves, 4 de julio de 2018. Un comentario a un artículo mío escrito hace más de dos años. Merece ser publicado por atinado y oportuno. Ahora que estoy escribiendo sobre el silencio de los obispos ante la falta de “justicia y misericordia para obispos y presbíteros casados” de la Iglesia. Sobre este tema escribí diez artículos en “el Año de la Misericordia”. Siguen actuales. “Justicia y misericordia” sigue esperando el colectivo eclesial, víctima de una pastoral inhumana y antievangélica.
Comentario:

“Subrayo del escrito: "Pido la dispensa del celibato `por razones de salud mental´". Mi pregunta es: ¿es una causa "justa" dispensar del celibato al converso o al oriental, pero no al que, ni siquiera por demostradas razones de salud? Aquí reposa según mi parecer la más grave, humillante, vejatoria y vellaca injusticia eclesial. ¡Ay de vosotros, fariseos, que anuláis la Palabra de Dios para hacer prevalecer vuestras tradiciones humanas! Gracias por sus artículos, también ellos son "signo del Espíritu". Soy sacerdote.” (En tu post #379321 "Jubileo de la Misericordia y ley del celibato (5)"; miércoles 04/07/2018, 17:23. Autor: Manuel (IP: 62.43.188.13, 62.43.188.13. static.user.ono.com)

Ningún obispo denuncia esta “injusticia eclesial”
El comentarista, sacerdote en activo, piensa en el agravio comparativo realizado entre sacerdotes, procedentes del anglicanismo y de otras confesiones cristianas, convertidos al catolicismo, y los sacerdotes católicos que piden dispensa del celibato para poder ejercer el ministerio. Para los primeros hay puertas abiertas al ministerio: casados podrán ejercer el ministerio si tienen las cualidades necesarias para ello. Para los segundos, católicos de la Iglesia latina, no hay causa alguna de dispensa. Ni siquiera por “razones demostradas de salud”. La ley es implacable: los que hicieron la promesa de permanecer célibes de por vida no tienen marcha atrás. Para ellos está la sentencia de Dante Alighieri en la puerta del infierno, del tercer canto de la Divina Comedia: “Renunciad para siempre a la esperanza”. Toda promesa humana tiene marcha atrás, menos ésta. Aquí radica “la más grave, humillante, vejatoria y vellaca injusticia eclesial”. Contra esta ley no vale la libertad de Jesús, el mandato de la eucaristía, la necesidad de pastores, la “salud mental”... Nada. Sólo cabe esperar que se mueran los atrapados en esta situación.

¿Dónde está aquí la misericordia, el corazón divino, que quiere vivir la Iglesia?
Tal negativa, con la crueldad incluida hasta la muerte, quiere ser exigida como voluntad inequívoca de Cristo. Parecido a lo que nos quieren hacer ver sobre la negativa al sacerdocio de la mujer: “La Iglesia se reconoció siempre vinculada a esta decisión del Señor de conferir este sacramento a hombres; la cual excluye que el sacerdocio ministerial pueda ser válidamente conferido a las mujeres” (Cardenal Ladaria, Congregación de la Fe). Algún cardenal más atrevido podría añadir: “y sólo a hombres célibes o casados antes de la ordenación”. La voluntad de Cristo, según el proceder eclesial, incluye no permitir ejercer el ministerio a quienes no fueron fieles a la promesa celibataria. Esta promesa no puede ser conmutada en ninguna situación. Si no hay vocaciones célibes es que Cristo no quiere que haya eucaristía, ni comunidades... Esta radicalidad legal supone, sin duda, poner la ley humana por encima de la voluntad divina. Este comportamiento eclesial, impuesto por los dirigentes -clericalismo puro y duro-, recuerda la crueldad de aquel empleado de la parábola a quien le perdonaron la deuda, pero él no tuvo compasión de su compañero: “¡miserable!.. ¿No era tu deber tener también compasión de tu compañero como yo la tuve de ti?” (Mt 18, 32-33).

Jesús no actuaría así
¿Qué misteriosa resulta esta decisión altamente clerical en una Iglesia que quiere imitar a Jesús: “acercaos a mí los que estáis rendidos y abrumados y yo os aliviaré. Aprended de mí que soy sencillo y humilde... mi yugo es llevadero y mi carga ligera” (Mt 11, 28-30)? Y, como reconoce un sacerdote casado, “últimamente el Vaticano ha hecho las paces con protestantes, masones, judíos, divorciados, gays... Ya solo quedamos los `reducidos´. Quousque tandem?” (Comentario: I. Argaiz 24.08.2015). Máxime cuando hay textos reveladores de otro proceder: “si no pueden contenerse, que se casen; más vale casarse que quemarse” (1Cor 7, 9). “El obispo tiene que gobernar bien su propia casa y hacerse obedecer de sus hijos con dignidad. Uno que no sabe gobernar su casa, ¿cómo va a cuidar una iglesia de Dios?” (1Tim 3, 4-5). Esta pastoral con los sacerdotes casados realiza la denuncia de Jesús a los letrados y fariseos, recogida en los sinópticos (Mt 23,1-36; Mc 12,38-40; Lc 11, 37-52): opresión con cargas insoportables, ansia de poder, hipocresía, legalismo, abandono de la bondad... Imponer más de lo necesario va contra el Espíritu de Jesús (He 15, 28).

“Hay que responder a los impulsos del Espíritu” (GS 11)
“El Pueblo de Dios, movido por la fe, por la que cree ser guiado por el Espíritu del Señor que llena el orbe de las tierras, procura ('satagit´) discernir en los eventos, en las exigencias y en los deseos, de los cuales participa con los hombres de nuestra época, cuáles son en ellos los verdaderos signos de la presencia o voluntad de Dios. La fe ilumina todo con nueva luz y manifiesta el plan divino sobre la vocación integral del hombre, y por eso dirige la mente a soluciones plenamente humanas”.

El Pueblo de Dios no puede estar quieto
El texto conciliar dice “satagit”: trabaja, lucha, se esfuerza, procura... Quienes han estado quietos han sido los máximos dirigentes del Pueblo de Dios: Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI, y muchos obispos y sacerdotes. Como no consideran suyos los “eventos, exigencias y deseos”, no ven signos de la presencia divina. Aunque el Evangelio y la ética permiten el celibato opcional para el ministerio, no quieren cambiar la ley. Han preferido quedarse sin pastores, birlar la celebración eucarística en muchas comunidades, suprimir parroquias... No preguntan al Pueblo de Dios. Como si el Pueblo de Dios no fuera responsable, niegan en la práctica el principio tradicional de “lo que afecta a todos ha de ser tratado y decidido por todos”. “Para mí el gran pecado de la jerarquía es el hacerse dueña de la Iglesia y no dar resoponsabilidades al pueblo cristiano”, dice un comentarista. ¿Interés clerical, comodidad, economía, complicaciones...? Excusas para no seguir al Espíritu.

Hay que estar ciego para no ver al Espíritu en estos “eventos, exigencias y deseos”
Miles de obispos y presbíteros se han visto obligados a dejar el ministerio por no poder moralmente con la ley del celibato. De sus corazones han surgido exigencias de cambio de la ley: que les dejen ejercer el ministerio en matrimonio. Por todas partes se han organizado para expresar sus deseos. A nivel diocesano, regional, nacional, continental, mundial. Asambleas, congresos internacionales...
Estos “eventos, exigencias y deseos” son “verdaderos signos de la presencia y voluntad de Dios”. Millones de cristianos perciben esta “presencia y voluntad de Dios”. Invitan a orar, piden al Espíritu luz y fuerza, perdón y comprensión para los responsables. “Es muy duro que la iglesia dé la espalda a los suyos olvidando la reprensión que el mismo Jesús hace a sus apóstoles envidiosos: `no se lo impidáis... el que no está contra nosotros... está con nosotros´ (Mc 9, 38-40; Lc 9, 49-50)”. Es claro que la ley religiosa puede deshumanizar, al dejar la conciencia tranquila, aunque no se cumplan deberes humanos e incluso de fe. Los dirigentes eclesiales son más fieles a su ley que a la bondad, al evangelio, “a soluciones plenamente humanas”. Su actitud sigue cuadrando más con el sacerdote y levita que con el samaritano del Evangelio ante el herido junto al camino (Lc 10, 30-37).

Rufo González


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Comentarios
  • Comentario por Tankare 28.07.18 | 14:39

    Por supuesto, Carmen Maria, ese no es el problema. Pero es preocupante la situación actual. Y no encuentro una explicación adecuada para el hecho de que la institución eclesiastica no consigue ser capaz de hablar del celibato con un poco de normalidad. Lo que parece darse por supuesto es que no hay ni una sola razón para revisar la normativa celibataria porque todas las razones están a favor de la continuidad sin ningún género de duda. Un poco demasiado claro. La institución eclesiástica no es que no quiera sino que no puede tocar estos temas con normalidad. Es una pena.





  • Comentario por Carmen María 27.07.18 | 20:44

    tankare, no vas a volver a ser cura, olvídate

  • Comentario por tankare 27.07.18 | 11:48

    Con una cierta relación con lo expuesto en el artículo, aunque excluyamos con justicia la relación causa-efecto, nos envuelve como una pesadilla la problemática de los abusos clericales y su ocultación. Seria sano afrontar esta situación con unas medidas previas. Me permito sugerir las siguientes:
    1- Suprimir los cánones 277, 1037 del vigente Código de Derecho Canónico
    2- Pedir perdón a los religiosos y sacerdotes que honestamente solicitaron la dispensa por el trato recibido de la institución eclesiástica
    3- Invitar a estas personas a volver al ejercicio del ministerio ordenado, de acuerdo con la sensata sugerencia de 1 Timothy, 3 1-13

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