Atrévete a orar

Domingo 15º TO B 2ª lect. (15.07.2018): Jesús nos ofrece su proyecto de vida

09.07.18 | 13:11. Archivado en 2ª Lect. Tiempo Ordinario B

Comentario: “habéis sido sellados por Cristo con el Espíritu Santo prometido” (Ef 1,3-14)
En siete domingos (15º-21º) leemos lo más significativo de esta carta circular a las comunidades de Asia Menor, cuya capital era Éfeso. Reflexión sobre el plan divino, realizado en Cristo y su Iglesia, “esposa” de Cristo (5, 23.25ss), su “cuerpo” (1, 22; 4, 15-16), su “plenitud” (1, 23; 4, 15-16), su “templo”. Cristo, piedra angular; sus apóstoles y profetas, cimientos (2, 20-22). Su longitud, latitud y profundidad sólo se vislumbran desde la fe (3, 17-18). Hoy leemos el himno del prólogo.

Primera estrofa (3-4): plan salvador de Dios
“Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales” (v. 3). “Él nos ha elegido en Cristo antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables a sus ojos. Por puro amor (v. 4). “Espiritual” hace alusión al Espíritu. Dios ha enviado a nuestras personas su Espíritu. Es bendición que afecta a nuestro ser. La bendición incluye “elección” para vivir “santos e irreprochables en amor”. La versión litúrgica no coincide con la griega más autorizada. En ésta, no hay puntuación alguna tras “a sus ojos” (en su presencia) y “en amor” (“agápe”). El complemento “en amor”, puede afectar a la elección o a la predestinación. También puede ser complemento de los adjetivos “santos” (hagious) e “irreprochables” (amomous). Sería la versión más lógica. Expresaría que la santidad y la carencia de mal que reprochar se dan en el amor (“agápe”). “Amor” descrito por Benedicto XVI: “Ahora el amor es ocuparse del otro y preocuparse por el otro. Ya no se busca a sí mismo, sumirse en la embriaguez de la felicidad, sino que ansía más bien el bien del amado: se convierte en renuncia, está dispuesto al sacrificio, más aún, lo busca” (“Deus Caritas est”, n. 6). Amor de Dios manifestado en la vida de Jesús. Alude también a la Iglesia, nuevo pueblo elegido “antes de la creación del mundo”, donde todos somos llamados a la santidad (vivir en Amor), atmósfera de la Iglesia.

Segunda estrofa (5-6): por Jesús somos hijos adoptivos del Padre
“Nos ha predestinado a ser sus hijos adoptivos, por medio de Jesucristo y conforme al beneplácito de su voluntad“ (v. 5), para hacer resplandecer la gracia maravillosa que nos ha concedido por medio de su querido Hijo” (v. 6). El plan divino es “predestinación” (amor que planea y se adelanta) de todos a vivir como hijos de Dios. La Iglesia como tal está destinada a ser el cuerpo visible de Jesús. Ella, como Jesús, invita y acoge a todos en el Amor. Libremente nos vamos incorporando al proyecto de Dios. Esta es su voluntad: “para hacer resplandecer la gracia maravillosa que nos ha concedido por medio de su querido Hijo”.

Tercera estrofa (7-9a): En Jesús nos ha reconcialiado y dado su Espíritu
“Él nos ha obtenido con su sangre la redención, el perdón de los pecados, según la riqueza de su gracia” (v. 7), “que ha derramado sobre nosotros con una plenitud de sabiduría y de prudencia” (v. 8), “dándonos a conocer el designio misterioso de su voluntad, según los planes que se propuso realizar por medio de Cristo” (v. 9). En Cristo tenemos (éjomen: primera persona plural, la Iglesia) la redención, el perdón de los pecados. Israel se hacía “pueblo de Dios, porque Dios lo “rescataba” de quien le dominaba y oprimía. Ahora Jesús, con su vida, su muerte-resurrección, nos ha revelado y entregado el Espíritu de Dios. Revelación y entrega han sido “rescate” del “pecado”, es decir, de todo aquello que impide realizarnos como personas. Al creer en Jesús, recibimos su Espíritu que es perdón, sabiduría e inteligencia de la voluntad divina.

Cuarta estrofa (9b-10b): Cristo unifica y da sentido a todo
“cuando se cumpliera el tiempo: recapitular todas las cosas en Cristo, las de los cielos y las de la tierra” (v. 10). Jesús nos ha manifestado el “misterio de la voluntad divina”: recapitular todo en Cristo. La historia está proyectada hacia Cristo: todo tiende hacia el primogénito, el Amado, que quiere envolver toda la realidad en el amor del Padre, dándonos su mismo Espíritu.

Quinta (11-12) y sexta estrofa (13-14): toda la humanidad está destinada a la gloria
“En Cristo también hemos sido hechos herederos, predestinados según el designio del que todo lo hace conforme a su libre voluntad” (v. 11), “a fin de que nosotros, los que antes habíamos esperado en Cristo, seamos alabanza de su gloria” (v. 12); “también vosotros los que habéis escuchado la palabra de la verdad, el evangelio de vuestra salvación, en el que habéis creído, habéis sido sellados con el Espíritu Santo prometido” (v. 13), “el cual es garantía de nuestra herencia, para la plena liberación del pueblo de Dios y alabanza de su gloria” (v. 14). En Cristo todos hemos sido constituidos herederos para ser alabanza de su gloria. Quienes ya esperábamos en Cristo, los hijos de Israel y quienes, sin ser judíos, escuchan y creen su evangelio. El Espíritu es el sello y las arras de la herencia para alabanza de su gloria.

Oración: “habéis sido marcados por Cristo con el Espíritu Santo prometido” (Ef 1,3-14)

Jesús, Amado y Agraciado con la plenitud del Espíritu:
en este himno de Efesios nos sentimos incluidos todos;
los cristianos de primera, mediana y última hora;
los cristianos medievales y los incorporados a la Iglesia hoy mismo;
los llamados coptos, ortodoxos, reformados, anglicanos, católicos de toda la vida...;
incluso la humanidad entera aparece envuelta en el Amor del Padre-Madre universal;
todo ser humano busca realizar sus capacidades en plenitud;
todos oteamos el horizonte abierto hacia un mundo de armonía y entendimiento;
todos seguimos las semillas de verdad y vida...

Quienes hemos escuchado tu Evangelio:
“hemos conocido que estamos salvados y hemos creído;
hemos sido marcados por Ti con el Espíritu Santo prometido”.
Por eso bendecimos al Padre tuyo y nuestro:
- que desde toda la eternidad “nos conoció de antemano
y nos predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo,
para que éste fuera el primogénito entre muchos hermanos” (Rm 8,29”;
- por pura iniciativa suya, nos ha destinado en tu Persona a ser sus hijos;
- por tu vida entregada y resucitada, hemos conocido su amor sin límites:
amor perdonador que rescata del “pecado” que impide realizarnos;
amor gratuito “que nos desborda en toda sabiduría e inteligencia,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad”.

Al creer en ti, Mesías de Dios, recibimos el Espíritu Santo:
- que nos da conciencia de que somos hijos adoptivos del Padre Dios;
- que derrama en nuestro corazones su mismo Amor;
- que nos da la paz de su perdón y la fuerza para amar como tú.

El Espíritu Santo es la “marca” de todos nosotros, de la Iglesia:
así hemos sido constituidos Pueblo de Dios;
nuestra condición básica es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios,
en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo;
nuestra ley es el amor con que nos amaste tú, Jesús de todos;
nuestro objetivo último es el Reino de Dios, iniciado aquí por el mismo Dios,
dilatado hasta su consumación en la plena glorificación contigo, Jesús resucitado
(Cf. Constitución dogmática sobre la Iglesia -LG-, nº 9.).

Tú, Mesías de Dios, nos has llamado a la “asamblea “ santa:
nos has desposado a todos con tu amor;
nos has constituido como miembros de tu cuerpo:
- todos necesarios, todos responsables, todos hermanos;
nos has repartido dones diferentes: hablar inspirado, presidir, enseñar, exhortar...

Ayúdanos, Cristo Jesús, a mantener siempre tus ideales:
el amor gratuito y universal que nos regala constantemente el Padre;
el sentirnos hijos suyos, agraciados y perdonados, habitados por su Espíritu;
la fraternidad con toda persona, que nos iguala en dignidad y libertad;
la participación consciente y comprometida en la vida de la Iglesia;
la conciencia de que “lo que afecta a todos debe ser aprobado y tratado por todos”;
la cooperación leal, servicial, amorosa... en la construcción del Reino;
el cultivo y respeto de la “marca de la casa”: el Espíritu Santo,
- que nos enriquece con los diversos dones, actividades, funciones...;
- sobre todo con su amor, el carisma más valioso, el que nunca falla.

Rufo González


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