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El silencio de los obispos sobre el celibato (2)

25.05.18 | 09:43. Archivado en CELIBATO HOY

Silencio sobre el “factor religioso y sociocultural” más decisivo: el Vaticano II

Abundancia y escasez extraordinarias de vocaciones
Así lo constata el discurso inaugural de la última Asamblea plenaria de los obispos españoles:
“Desde hace mucho tiempo venimos padeciendo una penuria seria de vocaciones para el ministerio presbiteral. Si hace varios decenios la abundancia era extraordinaria, actualmente la escasez es también extraordinaria. Aquella abundancia impulsó a la construcción de muchos seminarios, que poco tiempo más tarde no fueron necesarios”.

La abundancia tuvo sus causas:

“La floración vocacional no aconteció por generación espontánea. Hubo una larga preparación histórica por obra de personas, nuevas fundaciones religiosas y otras iniciativas, con el acento particular en la oración por los sacerdotes. El ambiente sacerdotal tan propicio fue al mismo tiempo efecto y causa de importantes manifestaciones, como congresos, semanas de espiritualidad sacerdotal, publicaciones. El punto principal de referencia era san Juan de Ávila, entonces beato y patrono del clero (J. Esquerda Bifet)”.

De pasada señala como causa genérica y comprensiva que “antes y ahora diversos factores religiosos y socioculturales han influido en aquella abundancia y en la presente penuria; esta situación ya prolongada nos interroga sobre una debilidad de fondo”.
Como puede constatarse, hay un silencio absoluto sobre la verdadera y principal causa histórica de la abundancia y penuria habidas en tan pocos años. El hecho religioso y cultural más decisivo es el Vaticano II. Concilio que abrió las puertas y ventanas de la Iglesia para que entrara el aire fresco y libre del Evangelio. El Decreto “Sobre el ministerio y vida de los presbíteros” proclamó que el celibato, exigido por la ley eclesial, “no es exigido ciertamente por la naturaleza misma del sacerdocio, como aparece en la práctica de la Iglesia primitiva (Cf. 1Tim 3, 2-5; Tit 1, 6) y en la tradición de las Iglesias orientales, en donde, además de aquellos que con todos los obispos eligen el celibato como un don de la gracia, hay también presbíteros muy beneméritos casados” (PO 16).

Argumentos válidos para eliminar la vinculación necesaria entre celibato y ministerio
Los argumentos del Vaticano II sobre la no vinculación necesaria entre sacerdocio y ministerio fueron, indiscutibles: “la práctica de la Iglesia primitiva (Cf. 1Tim 3, 2-5; Tit 1, 6)”, y “la tradición de las Iglesias Orientales” con sus sacerdotes casados tan dignos como los célibes. Ya, en el mismo aula conciliar, se vio la resistencia de algunos Padres conciliares: 164 pidieron suprimir la alusión a la pauta oriental porque “se debilitaba cuanto se decía sobre el celibato”. Incluso 40 Padres solicitaron quitar la calificación de “sacerdotes de gran merito”. 3 de ellos osaron pedir “que se dijera que los sacerdotes orientales que viven en matrimonio realizan a su modo la perfección sacerdotal, pues esta forma de sacerdocio no es la misma que la de los sacerdotes célibes y goza de distinto valor”. La Comisión no aceptó las peticiones por minoritarias, y, la última, por “hacer distinciones entre los dos sacerdocios, teológicamente inadmisible” (J. L. Martín Descalzo: “Un periodista en el Concilio”, PPC, Madrid, 1966, t. IV, p. 500-505).

Miedo a la libertad y “presión de la curia y de viejos influyentes cardenales”
Muchos sacerdotes esperaban que los máximos dirigentes eclesiales secundaran la libertad que el Concilio entreabría. El miedo y la duda bloquearon a Pablo VI y provocaron la estampida de la libertad. El papa Montini tenía fama de aperturista. Sus conflictos con la España franquista y otras dictaduras de la época le hizo ganarse el aprecio del clero joven e hizo cundir la esperanza de que pondría a la Iglesia en consonancia con el evangelio y la cultura actual. Pero le faltó valor para resolver algunos problemas graves en los que no había comunión en la Iglesia: el celibato opcional para el ministerio sacerdotal, la igual capacidad de la mujer para los ministerios eclesiales y el control de la natalidad con anticonceptivos artificiales. Ante las diferencias en el seno de la Iglesia, Pablo VI no optó por la libertad evangélica. Cerró en falso los tres problemas. En 1967 con la encíclica “Sacerdotalis caelibatus”, dejó el asunto como estaba con argumentos que apenas convencieron a los partidarios de la ley. Lo mismo en 1968 con la “Humanae Vitae”: contra el parecer de gran parte de sus consejeros, impuso la prohibición de los medios “no naturales” de control de natalidad. El 15 de octubre de 1975, fiesta de Teresa de Jesús (él la proclamó “doctora de la Iglesia”, ella escribió: “no es razón desechar ánimos virtuosos y fuertes, aunque sean de mujeres”. Camino de Perfección 3, 7), avaló con su firma una carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre “ordenación ministerial de las mujeres”. Muchos teólogos y más biblistas siguen teniéndolo como tema abierto y no resuelto. A pesar del esfuerzo del sucesor, San Juan Pablo II, por querer zanjarlo definitivamente.

Pablo VI “luchó por la opcionalidad del celibato”
Era lo lógico tras afirmar en la misma encíclica que “Jesús mismo no puso esta condición previa en la elección de los Doce, como tampoco los Apóstoles para los que ponían al frente de las primeras comunidades cristianas (cf. 1 Tim 3, 2-5;Tit 1, 5-6)” (Sacerdotalis Caelibatus, n. 5). Celso Alcaina, buen conocedor de la Curia vaticana, en un comentario a un artículo mío, en este blog, avala el deseo del Papa y declina su responsabilidad personal:

“A propósito de la "Sacerdotalis Caelibatus"... La encíclica nace de la debilidad de Montini y de la presión de la curia, así como de viejos influyentes cardenales. Yo lo viví en la curia romana. El papa luchó por la opcionalidad del celibato. Era sensible y sufría ante las deserciones generalizadas y ante la falta de clero disponible en regiones de misión, particularmente en el lejano Oriente. No se atrevió a dar el paso, a pesar de su convicción y de haberse reservado el tema en el Concilio. Al final se doblegó. Pablo VI nada tenía de dictador. Era hamlético, tímido y cobarde. Es curioso y triste constatar que algo tan importante como la opcionalidad del celibato dependa de una frase o documento de un jefe” (jueves 23 julio 2015, 19:54).

La encíclica se atreve a juzgar la conciencia ajena (Mt 7, 1-5)
Causa sonrojo leer algunos párrafos. Por ejemplo, el número 85.
- Ofende a la verdad calificar de “porcentaje verdaderamente mínimo” a los miles de presbíteros y algunos obispos que dejaron el ministerio a causa del celibato. Cálculos fiables aseguran que, tras el concilio Vaticano II, abandonó un tercio. Si no hubiera habido trabas (psíquicas, laborales, sociales, económicas...), hubieran sido muchos más.
- Contradice la conciencia de los interesados. Supone que liberarse del celibato es “rehusar llevar dignamente el yugo suave de Cristo, se debe a crisis de fe, o a debilidades morales..., responsables y escandalosas frecuentemente” (n. 85). Esta ley no es “el yugo de Cristo”, sino un “yugo impuesto, al margen del evangelio por una parte de la Iglesia”. Rehusarlo no supone necesariamente crisis de fe ni debilidad moral. El biblista y profesor universitario, Juan Barreto, puede representar el sentir de muchísimos sacerdotes “secularizados a la fuerza” y de otros tantos cristianos:
“Con respecto al ministerio, siempre dejé claro que mi decisión de casarme no implicaba ni crisis de fe ni dudas sobre mi ministerio. Fue tomada por coherencia interior al no encontrar razones objetivas para que renunciásemos a ello, al no verlo incompatible con el ministerio que estaba realizando, ni poder aducir motivos de índole histórica, ni teológica, ni antropológica o psicológica para justificar una tal renuncia. Nos parecía que, en nuestro caso, la pura razón canónica no era suficiente” (CURAS CASADOS. Historias de fe y ternura. Moceop. Albacete 2010, pág. 171).

Rufo González


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