Atrévete a orar

Santísima Trinidad B 2ª lect. (27.05.2018): la familia del cielo nos hace familia en la tierra

21.05.18 | 20:48. Archivado en PASCUA B 2ª LECT.

Comentario:los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (Rm 8, 14-17)
El capítulo octavo de la carta a los Romanos aborda la vida del Espíritu Santo en el cristiano. Pablo contrapone la vida “según la carne” (movida por tendencias egoístas), y la vida “según el espíritu” (movida por el amor gratuito y universal). Los cuatro versículos leídos conectan la vida del cristiano con la santísima Trinidad, cuya fiesta celebramos hoy.

La identidad cristiana se expresa en obras de amor gratuito
“Los que se dejan guiar (lit.: son guiados) por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (v. 14). Es el criterio de Jesús: por los frutos se reconoce la identidad y bondad del árbol (Lc 6, 43-45; Mt 7, 17-20). La identidad cristiana se expresa en obras de amor (curan, hacen bien...), hechas con el “dedo de Dios” (Lc 11,20), con su Espíritu. Somos hijos de Dios, dice Pablo, cuando nos dejamos llevar por su Espíritu. Por contra, cuando nuestra conducta deshace personas, margina, esclaviza, deja en la miseria..., nos estamos dejando llevar por el enemigo de lo humano: el egoísmo en sus diversas formas: venganza, dominio, vanagloria, avaricia (acumulación de bienes que impide la voluntad divina de que lleguen a todos). Así ahogamos el Espíritu, entraña divina; no somos hijos de Dios.

El Espíritu Santo libera del miedo a Dios y a los dioses
“Porque no recibisteis el espíritu de esclavitud para recaer de nuevo en el temor, sino que recibisteis el espíritu de hijos adoptivos (uioszesía: uios = hijo; zesía, de tízemi = poner en situación de hijos) que nos hace exclamar: ¡Abba! ¡Padre!” (v. 15). Bien conocía Pablo el mundo religioso, basado en el miedo a los dioses que premian y castigan. El Espíritu Santo libra del miedo al darnos a sentir la paternidad divina: “El mismo Espíritu da testimonio juntamente con nuestro espíritu de que somos hijos (tekna = hijos) de Dios” (v. 16). Reconocemos la bondad de nuestro espíritu al creernos “hijos”, criaturas de Dios, bendecidas por su amor, sustancialmente buenas. Sintonizamos así con la bondad de Jesús: “amad incluso a los enemigos y orad por vuestros perseguidores; así seréis hijos de vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 44; Lc 6, 35-36). El Espíritu nos lleva a gritar sin temor “¡Padre!”, como un niño que vive el amor incondicional de su papá.

Todos somos “clero” de Dios
“Si somos hijos, somos también herederos (kleronomoi: kleros: herencia; nemo: dividir) herederos de Dios, coherederos de Cristo; si es que padecemos con él, para ser también glorificados con él” (v. 17). Herencia, clero, de Dios y coherederos con Cristo. Eso es lo que somos todos y cada uno. La iglesia es la “herencia” de Dios, es decir, el Amor de Dios, su única herencia, lo único que es y tiene. “No tengo oro ni plata [si hoy lo dijera la Iglesia mentiría], pero lo que tengo te lo doy: camina. Lo tomó de la mano y lo levantó” (He 3, 6-7). ¿Quién no cree en personas e instituciones que dan lo que tienen? No es fácil ser heredero de Dios, llevar la cruz de su amor, la cruz de Jesús, la luz y la gloria de su amor. Con este amor “caminamos” y y hacemos “caminar” por la vida.

Oración:Quienes se dejar llevar por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios” (Rm 8,14-17)

Hasta nosotros ha llegado la noticia del amor de Dios:
noticia proclamada por ti, Jesús, Hijo amado del Padre Dios;
noticia que ya el Espíritu de Dios había insinuado a nuestro espíritu:
“el hombre, incitado por el Espíritu de Dios,
nunca jamás será del todo indiferente ante el problema religioso...
Siempre deseará saber, al menos confusamente, el significado de su vida,
de su actividad y de su muerte...
Sólo Dios puede dar respuestas a estas preguntas” (Conc. Vat. II, GS 41).

Tu Amor ha llegado a todos como `el Dios de todos los nombres´:
el Dios que sale al encuentro de cada conciencia;
el Dios que sostiene y abraza a través de toda religión;
el Amor que la sociedad moderna ha proclamado a los cuatro vientos:
“todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos...,
dotados como están de razón y conciencia,
deben comportarse fraternalmente los unos con los otros...
Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona”
(Artículo 1 y 3, Declaración Universal de Derechos Humanos, 10 diciembre 1948).

Descubrimos el trabajo del Padre y tuyo, Jesús, Hijo de Dios:
al ver “crecer la conciencia de la excelsa dignidad de la persona humana;
conciencia de que ella está por encima de todas las cosas;
conciencia de que sus derechos y deberes son universales e inviolables”;
“el Espíritu de Dios, que con admirable providencia guía el curso de los tiempos,
y renueva la faz de la tierra, está presente a esta evolución (socioeconómica).
El fermento evangélico despertó y despierta en el corazón del hombre
la irrefrenable exigencia de dignidad” (Conc. Vat. II: GS 26)

Escuchamos hoy a Pablo la fe tuya, Jesús de todos:
“Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios.
No habéis recibido un espíritu de esclavitud de nuevo para el temor,
sino habéis recibido un espíritu de adopción en el que gritamos: ¡Abba! ¡Padre!
El Espíritu Santo, junto con nuestro espíritu, testifica que somos hijos de Dios.
Si hijos, también herederos, herederos de Dios, coherederos con Cristo”.

Hoy celebramos lo que “se ha dicho en forma bella y profunda:
que nuestro Dios, en su misterio más íntimo, no es una soledad, sino una familia,
puesto que lleva en sí mismo paternidad, filiación y la esencia de la familia, que es el amor.
Este amor, en la familia divina, es el Espíritu Santo”
(San Juan Pablo II en Puebla (México), 28 enero 1979, a la Asamblea del CELAM).

Este Espíritu ha sido el gran regalo de la Pascua:
“recibid el Espíritu Santo...;
haced discípulos... bautizándolos
para vincularlos al Padre y al Hijo y al Espíritu santo” (Jn 20, 22; Mt 28, 19).

Esta fue la tarea de tu vida, Jesús resucitado:
como el Padre te envió, así nos envías a cada uno de nosotros;
con la misma misión y con el mismo amor;
“venimos del corazón del Padre, de la inteligencia del Hijo y del amor del Espíritu Santo”.
(L. Boff: “La Santísima Trinidad es la mejor comunidad”. Ed. Paulinas. Madrid 1990, p.21).
Por eso somos “libres e iguales en dignidad y derechos...;
debemos comportarnos fraternalmente los unos con los otros...” (Decl. Derechos Humanos);
“el Concilio inculca el respeto al ser humano,
de forma que cada uno, sin excepción de nadie,
debe considerar al prójimo como `otro yo´, cuidando en primer lugar de su vida
y de los medios necesarios para vivirla dignamente” (Vat. II, GS 27).
“Amad incluso a los enemigos y orad por vuestros perseguidores;
así seréis hijos de vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 44; Lc 6, 35-36).

Ayúdanos, a cada uno y a la Iglesia, a crecer en el “Hogar”:
donde se venera al Amor, que es Padre;
donde se vive con el Amor, que es Hijo y Hermano;
donde crecemos en el Amor, que es Espíritu de amor mutuo.

Rufo González


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