Atrévete a orar

Natividad del Señor (misa del día. 25.12.2017)

19.12.17 | 19:22. Archivado en ADVIENTO-NAVIDAD B 2ª LECT.

Introducción:Dios nos ha hablado por un Hijo” (Hebreos 1, 1-6)
En la “misa del día” leemos el fragmento inicial de la carta a los Hebreos. Es una reflexión homilética dirigida a cristianos de origen judío, tentados de volver al judaísmo. En la simetría inicial insinúa la superación del judaísmo: “el Dios que habló muchas veces y de muchos modos antiguamente a los Padres en los profetas, al final de estos días nos habló en un Hijo, al que constituyó heredero de todo, a través del cual también hizo los mundos” (1,1-2).
Presenta a Jesús como “resplandor de la gloria divina (“luz de luz”, ratificará el concilio de Nicea) e imagen de su ser (sello, marca, carácter, de su ser), sosteniendo todo con la palabra de su poder, haciendo limpieza de los pecados, sentado a la derecha de la Majestad en las alturas, llegado a ser tanto más poderoso que los ángeles cuanto más diferente es el nombre heredado junto a ellos” (vv. 3-4). El nombre dice la realidad: es Hijo. Los textos de la Escritura se cumplen en Cristo: Salmo 2,7; 2Samuel 7,14 y Deuteronomio 32,43: “Mi Hijo eres tú...; seré para él un padre y él será para mí un hijo; adórenlo todos los ángeles...”. La expresión se sitúa “al introducir al primogénito en aquel mundo” (oicoumene: la tierra habitada o civilizada). Se piensa mayoritariamente que ese “mundo” es la ciudad celeste (Heb 11,14-16; 12,22; 13,14), inaugurada con la resurrección de Jesús.

Reflexión de san Juan de la Cruz sobre Jesús como la Palabra encarnada de Dios:

“... en darnos, como nos dio, a su Hijo, que es una palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola palabra y no tiene más que hablar... Éste es el sentido de aquella autoridad con que comienza san Pablo a querer inducir a los Hebreos a que se aparten de aquellos modos primeros y tratos con Dios de la ley de Moisés, y pongan los ojos en Cristo solamente... en estos días nos lo ha hablado en el Hijo todo de una vez (Heb 1,1ss). En lo cual da a entender el Apóstol, que Dios ha quedado como mudo, y no tiene más que hablar, porque lo que hablaba antes en partes a los Profetas, ya lo ha hablado en él todo, dándonos al Todo, que es su Hijo... Haría agravio a Dios no poniendo los ojos totalmente en Cristo... Pon los ojos sólo en él, porque en él te lo tengo dicho todo y revelado, y hallarás en él aún más de lo que pides y deseas... Dándoosle por hermano, compañero y maestro, precio y premio... Este es mi amado Hijo en que me he complacido; a él oíd... porque yo no tengo más fe que revelar, ni más cosas que manifestar... Mira a mi Hijo, sujeto a mí y sujetado por mi amor, y afligido y verás cuántas te responde... Mírale a El también humanado, y hallarás en eso más que piensas... En Cristo mora corporalmente toda plenitud de divinidad... Cuando expiró... no sólo se acabaron esos modos; sino todas esas otras ceremonias y ritos de la Ley Vieja, Y así, en todo nos habemos de guiar por la ley de Cristo hombre y de su Iglesia, y de sus ministros, humana y visiblemente... No se ha de creer cosa por vía sobrenatural, sino sólo lo que es enseñanza de Cristo hombre, como digo, y de sus ministros, hombres” (Subida del monte Carmelo, L. 2º, c. 22, 3-7).

Oración:Dios nos ha hablado por un Hijo” (Hebreos 1, 1-6)

Jesús, palabra humana de Dios:
hoy los cristianos nos acurrucamos alrededor de tu nacimiento;
te contemplamos en un pueblo insignificante, desconocido;
has sido envuelto en pañales;
te han recostado en un pesebre, “porque no tenían sitio en la posada”;
tus padres te acarician tiernamente;
acude gente humilde de los alrededores;
respiras la atmósfera de los animales...

Es la primera aparición concreta, histórica, entre nosotros:
aparición que se prolongará durante toda tu vida;
“creciendo en estatura, sabiduría y gracia ante Dios y los hombres”;
sujeto al amor del hogar de Nazaret, con José y María;
trabajando humildemente para vivir con el sudor de tu frente;
acercándote al movimiento renovador del Bautista;
aceptando el Espíritu del Padre que te llenará de su amor;
saliendo a los caminos de los que menos vida tienen;
curando y acogiendo a todos sin discriminación;
denunciando y enfrentándote con los causantes de la miseria;
dando la vida por el Reino de Dios.

En el niño cuyo cumpleaños celebramos hoy:
en ti, Jesús de Nazaret, vemos al Misterio-Dios que nos habla;
tú eres el “resplandor de su gloria”, “la luz de su luz”;
tú eres la “imagen de su ser”, de su amor, de su bondad;
tú nos traes la buena noticia de su Amor incondicional;
tú nos has abierto el corazón del Padre, comprensivo y perdonador;
tú nos entregas su Espíritu que nos hace hijos y hermanos.

Por eso, Jesús nacido necesitado como nosotros, te miramos:

“ponemos los ojos en Ti;
el Misterio-Dios nos ha hablado todo de una vez en ti como el Hijo.
Haríamos agravio a Dios no poniendo los ojos totalmente en Ti, Cristo...
Dios te nos ha dado por hermano, compañero y maestro, precio y premio...
Te miramos a Ti, Hijo de Dios, sujeto a Él y sujetado por su amor,
y afligido..., también humanado...

En Ti, Cristo, mora corporalmente toda plenitud de divinidad:
nos habemos de guiar por la ley de Cristo hombre y de su Iglesia,
y de sus ministros, humana y visiblemente...”
(Juan de la Cruz: Subida del monte Carmelo, libro 2º, capítulo 22, 3-7).

Mirándote a Ti, Jesús de Nazaret, no manipulamos a Dios:
tu vida es una invitación a seguirte en tu misión existencial;
no basta adherirnos afectivamente a Ti, darte culto, ser tu amigo;
sino “no ser sordo a tu llamamiento, mas presto y diligente
para cumplir tu santísima voluntad”;
es decir, “contento de comer como tú, y así de beber y vestir, etc;
asimismo, he de trabajar contigo en el día y vigilar en la noche, etc.;
trabajar contigo, porque, siguiéndote en la pena, también te siga en la gloria”
(S. Ignacio: EE n. 91, 93, 95).

Tú vienes a hacer la voluntad del Padre, como María y José (Lc 1,38; Mt 1,24):
ofreces tu vida -¡vives!- como Dios quiere;
trabajando por el reino del Padre y los hijos;
llevando una “existencia según pobreza, oprobios, humildad,
y de ahí todas las virtudes”;
rechazando una “existencia de riquezas, honores y soberbia,
y de ahí todos los vicios”
(S. Ignacio: EE n. 142, 146).

Adorándote en el pesebre, siento, como Ignacio de Loyola:

“por imitar y parecer más actualmente a Cristo nuestro Señor,
quiero y elijo más pobreza con Cristo pobre que riqueza,
oprobios con Cristo lleno de ellos que honores,
y desear más ser estimado por vano y loco por Cristo,
que primero fue tenido por tal, que por sabio ni prudente en este mundo”
(S. Ignacio: EE n. 167).

Preces de los Fieles (Natividad del Señor. 25.12.2017)

La Navidad nos acerca a Jesús, que nace pobre, entre los pobres, marginado. Su “buena noticia”, la “alegría para todo el pueblo” es vivir como él: cerca de los que sufren, suprimiendo el dolor, ayudando a vivir a todos. Pidamos participar de esta “alegría” diciendo: “Queremos ser como tú, Jesús”.

Por todos los cristianos:
- que miremos mucho a Jesús, a su vida;
- que queramos mucho a las personas, sobre todo a las más débiles.
Roguemos al Señor: “Queremos ser como tú, Jesús”.

Por toda la humanidad:
- que progrese en verdad y en humanidad;
- que todos los seres humanos se consideren iguales en dignidad.
Roguemos al Señor: “Queremos ser como tú, Jesús”.

Por los dirigentes de los pueblos:
- que sean honrados y competentes en su trabajo;
- que busquen el bien común y la paz universal.
Roguemos al Señor: “Queremos ser como tú, Jesús”.

Por las diversas religiones:
- que respeten los derechos humanos de todas las personas;
- que sean humanas, cuidadoras de la humanidad.
Roguemos al Señor: “Queremos ser como tú, Jesús”.

Por los más pobres y débiles:
- que tengan conciencia de su dignidad humana;
- que trabajen por su liberación, salud, cultura, libertad, trabajo...
Roguemos al Señor: “Queremos ser como tú, Jesús”.

Por esta celebración:
- que nos acerque al espíritu de Jesús, pobre y hermano de todos;
- que sintamos la alegría de que Jesús nos mira y nos ama.
Roguemos al Señor: “Queremos ser como tú, Jesús”.

Nos adherimos afectivamente a Ti, Jesús de Nazaret, te veneramos, somos tus amigos;
“no queremos ser sordos a tu llamamiento, sino prestos y diligentes para cumplir tu santísima voluntad”; es decir, queremos vivir “contentos de comer como tú, y así de beber y vestir, etc;
asimismo, de trabajar contigo en el día y vigilar en la noche, etc.; trabajar contigo, porque, siguiéndote en la pena, también te sigamos en la gloria” por los siglos de los siglos.
(S. Ignacio: EE n. 91, 93, 95).

Amén.

Rufo González


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