Atrévete a orar

Célibes y casados pueden estar “enamorados de Cristo y de su Iglesia”

17.11.17 | 18:23. Archivado en Sacerdotes casados

Comentario a un post de Andrés A. Fernández, sacerdote,
autor del blog “Católicos por el avivamiento” de RD

Este es el texto que comento: ¿Célibes o castrati? (07.11.17 | 18:58)

“Eunucos por el Reino de los Cielos. Célibes de amores carnales, pero apasionadamente enamorados de Cristo y de su Iglesia (no hablo de institución eclesiástica). Ésa es la llamada del Señor para sus sacerdotes. (Y que conste que no vería mal otras posibilidades con respecto al celibato o el sacerdocio femenino, pero sería siempre movidos por la fe y con argumentos de fe, no por el hecho de que "hacen falta sacerdotes para repartir sacramentos...", o con argumentos meramente de tipo reivindicativo de conquista de pretendidos derechos negados en el pasado). Y eso es además lo que se predica en las campañas vocacionales. Y eso es a lo que el futuro sacerdote se compromete en el día de su consagración. A eso y no a otra cosa.
Pero la verdadera realidad eclesiástica que el recién ordenado se va a encontrar, ya al segundo día de su bendito ministerio (y que, por cierto, le habían ocultado), situación además que jamás podía haberse imaginado (los laicos piadosillos siguen, por cierto, en la inopia a este respecto), es muy distinta... En este sentido, me comentaba un jesuita sacerdote amigo, con ocasión de sus bodas de oro, que la sensación generalizada en su promoción, 50 años después de su ordenación, era de frustración y desengaño, situación de gran tristeza, habida cuenta de los increíbles talentos e inteligencias que, recordaba él, en aquel tiempo existían en la Compañía (y podemos decir que fuera también), y a los que se fue cortando las alas sistemáticamente hasta llegar a la consumición final, y ya ancianos, se lamentan de haber vivido una vida prácticamente perdida, dedicada a la postre y simplemente, no a trabajar por el Reino de Dios, sino, es fuerte decirlo, al sostenimiento de la institución eclesiástica. Y esa sensación de frustración y desencanto podemos decir que es generalizada prácticamente entre todos los sacerdotes que perseveraron hasta su final. Demasiado tarde para tomar conciencia de ello.”

Comentario
“Enamorados de Cristo y de su Iglesia”
Mejor sería decir “enamorados de Cristo y de su Reino”. La pretensión de Jesús era construir el reinado de Dios. Su comunidad no deja de ser un medio para hacer el reino. La pretensión primera y fundamental de Jesús es el Reino. Las comunidades cristianas, vinculadas todas por la misma fe en Cristo, se crean para construir el Reino, no para el sostenimiento de la institución eclesiástica.

Es posible enamorarse de Cristo y de un ser humano
No comparto que la “llamada del Señor para sus sacerdotes” es ser “célibes de amores carnales, pero apasionadamente enamorados de Cristo y de su Iglesia”. Estar “enamorado de Cristo y de su Reino” no impide estar “enamorado de otro ser humano” y querer formar una familia. Son enamoramientos de niveles muy distintos. Jesús, nuestro Dios encarnado, no es rival de ningún amor humano. El amor que sentimos por él y su reino es fruto de la fe y de su Espíritu. No podemos poner al “Dios-con-nosotros” como una categoría más, en una lista de amores humanos. El aspecto de exclusividad que entraña el enamoramiento humano hay que referirlo sólo a amores cuyos destinatarios sean humanos. Cuando se trata del amor trascendente, en el Espíritu de Jesús, ese amor es compatible con todo amor humano sano. De los santos podemos decir que viven con enorme intensidad el amor divino. Podemos decir que están “enamorados” de Cristo; su amor trascendente está centrado en Cristo con una intensidad exclusiva, “con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas” de la fe. No puede negarse que un esposo o esposa cristianos puedan ser santos, aunque estén mutuamente enamorados. Más aún, su santidad, su enamoramiento de Cristo, está más encarnada(o) cuando cada uno es otro Cristo, a quien amar en el Espíritu.

Celibato opcional y sacerdocio femenino es fruto de la fe evangélica
Comparto lo que dice Andrés. La exigencia de que el celibato sea opcional para los ministros ordenados y de que las mujeres puedan ser ordenadas para el ministerio, no debe ser oportunista: porque "hacen falta sacerdotes para repartir sacramentos..., o con argumentos meramente de tipo reivindicativo de conquista de pretendidos derechos negados en el pasado”. Estas exigencias deben ser fruto de la fe evangélica. Como vienen pidiendo muchos sacerdotes casados y sus movimientos asociados, debe restaurarse la libertad evangélica en la disciplina: que lo que “antes se recomendaba a los sacerdotes, y después fue impuesto por ley a todos los promovidos al Orden sagrado en la Iglesia Latina” (PO 16), siga sólo “recomendado”, respetando el Evangelio (Mt 19, 12). Pablo VI reconocía que Jesús: “no puso esta condición previa en la elección de los Doce, como tampoco los Apóstoles para los que ponían al frente de las primeras comunidades cristianas (1Tim 3, 2-5;Tit 1, 5-6)” (Sacerd. Caelib. 5). Jesús solo lo insinuó como opción libre para cualquier discípulo, si lo entendía como don divino y quería “hacerse soltero a sí mismo por causa del reino de los cielos” (Mt 19, 11-12). No lo vinculó a ministerio alguno por el reino. Hoy, Jesús, como el Espíritu dice a otras Iglesias, ayuda a los pastores de las comunidades a que sean buenos maridos o esposas y padres, y buenos pastores de la comunidad. Es un signo de los tiempos la resistencia de muchos sacerdotes a aceptar el protocolo de “dispensa de las obligaciones anexas a la Ordenación”, porque le dispensan del celibato y le prohíben ejercer el ministerio. Creen que es un abuso de poder, un abuso de la “economía de la gracia”, una “injusticia teológica”, una “ley sin espíritu evangélico”. Siguiendo el Espíritu de Jesús, ejercen por libre, a tenor del evangelio: “- hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre y hemos intentado impedírselo, porque no te sigue junto con nosotros.
Jesús les respondió: - nada de impedir, pues el que no está contra vosotros está a favor vuestro” (Lc 9, 49-50; Mc 9, 38-40). Están abriendo camino en comunidades que les aceptan y valoran su servicio (Ver: “Curas en comunidades adultas”. Moceop. Albacete. 2015). La Iglesia debía bendecirlos.

¿Frustración y desengaño?
Soy de la misma generación. En 2013 cumplí los 50 años de Ordenación. Estudié filosofía (bienio de licenciatura) y teología (licenciatura y doctorado) con los jesuitas. No tengo esa “sensación generalizada de frustración y desengaño, de gran tristeza” que dice haber entre sus compañeros. Traté a “increíbles talentos e inteligencias” jesuitas, como Gómez Caffarena, Andrés Tornos, Teodoro de Andrés, Goyo Ruiz, Luis Ladaria, A. Álvarez Bolado – director de mi tesis doctoral-, A. Martínez Sierra, J. A. García-Monge, J. Ramón Busto, Adolfo Chércoles... Los recuerdo más como trabajadores por el Reino que por la Institución eclesiástica. Criticaban, en más o menos grado, a la luz del evangelio, a la institución y sus dirigentes. Lo triste de la Institución, en sus cargos más decisivos, ha sido poner el Código por delante del Evangelio. Ha sido el pontificado de San Juan Pablo II -santidad avalada por su buena intención- el más responsable en anular el florecimiento del Vaticano II, potenciando a los sectores más clericales de la Iglesia. Ahora nos quejamos del clero tan poco actual. Pero ha sido decidido por los obispos designados en ese largo pontificado. Mi generación, mayoritariamente, ha trabajado por el Reino y puede estar orgullosa de su trabajo pastoral. La semilla está en la sociedad y en las comunidades. Sólo Dios sabe cuándo y cómo da fruto. Triste está siendo la postergación personal y de sus opciones pastorales, no tenidas en cuenta. Así sigue sin resolverse el asunto del celibato, el ministerio de las mujeres, las celebraciones más vivas y participativas, la relación comunidad-ministerios, las comunidades adultas, el clericalismo, etc. Es incomprensible perder, por una ley mudable, a tantos presbíteros y obispos. Creían que dicha ley potenciaba la institución. La realidad dice que no es así. Ni el reino ni la institución han salido ganando con mantener esa ley. Creo que hay que dejarse guiar por la libertad evangélica, “no imponer más cargas que las indispensables” (He 15, 28), buscar el Reino y su justicia, y actualizar las estructuras eclesiales de acuerdo a la cultura y necesidades, siempre de forma provisional. Al menos, no atarlas a la salvación definitiva, como han venido haciendo con las leyes del ministerio.

Rufo González


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