Atrévete a orar

La vida de los sacerdotes casados proclama la injusticia eclesial (IV)

01.09.17 | 13:00. Archivado en CELIBATO

Jerónimo Podestá, obispo con los pobres y con los sacerdotes casados (5)

La renuncia forzada (agosto 1967) al obispado de Avellaneda no fue por motivos afectivos
Ya lo demostré en el artículo anterior. Su relación afectiva fue una excusa que les vino bien a los eclesiásticos contrarios a la pastoral social y comprometida con los derechos humanos que defendía y practicaba el obispo Jerónimo Podestá. Su compromiso amoroso llegó más tarde (1972) y fue fruto de su conciencia comprometida con la verdad y la vida. La pastoral obrera le configuró un modo de sentir los problemas de la gente muy cercano al Evangelio: evitar el sufrimiento, curar a los afligidos, ayudar a instaurar un mundo justo... donde tuviera sentido real el Evangelio de Jesús y su fraternidad. Por eso atrajo a su diócesis a curas obreros y al Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo. Con esta mentalidad evangélica orientó su vida episcopal, sencilla y pobre, cercana a la gente más débil y marginada. Vida episcopal que no agradaba a la clase política dirigente ni a la mayoría de dirigentes eclesiales. Así lo dice la revista “Siete Días Ilustrados” (05.09.1967) quince días después de la renuncia:

“La drástica medida adoptada por el Vaticano con mons. Jerónimo Podestá, obispo de Avellaneda, es interpretada por algunos círculos como el primer triunfo visible en la Argentina de las llamadas fuerzas preconciliares en la sorda lucha que se entabló en la Iglesia a partir del recordado Concilio Vaticano II convocado por el papa Juan XXIII...
"A mí me traicionó Moni", confió Jerónimo Podestá a un sacerdote de Buenos Aires. Se refería a su ex vicario en la diócesis de Avellaneda, monseñor Moni, quien pertenece al grupo preconciliar y había sido el encargado de recoger firmas entre los sacerdotes allegados de la diócesis para exigir, masivamente, la renuncia del obispo. Según fuentes bien informadas, monseñor Moni recibió en su gestión el pleno apoyo del Nuncio Apostólico, que no veía con buenos ojos la actividad extra sacerdotal de Podestá, es decir, su actuación política y su acercamiento a determinados grupos sindicales. Así planteadas las cosas, una nueva versión destaca que monseñor Mozzoni escribió a la Santa Sede solicitando se frenara la acción de los curas obreros... por cuanto "aquí, en la Argentina, no hacen falta". Esta medida tendió, sin duda, a evitar que en el país se repitiera el caso brasileño, donde las manifestaciones de Helder Cámara, obispo de Recife, son consideradas extremistas”.

“Incapacidad personal para gobernar la diócesis”
La misma revista destaca que sus enemigos clericales utilizaron los puntos personales más débiles, como sin duda era el hecho de tener en la diócesis una Secretaria seglar, no monja, separada, en la que parecía confiar de forma sospechosa. Intentan inhabilitar al obispo con la misma acusación que utilizaron para el obispo francés, de Évreux, Jean Jacques Gaillot, por su talante cercano a los pobres y abierto a cambios eclesiales. “Ser amigo especial de los pobres” y la defensa del celibato opcional (y, por supuesto, la posibilidad de la mujer para los ministerios ordenados) “incapacitan personalmente para gobernar la diócesis”:

“las 15 densas carillas (en Argentina significa: cada una de las caras de una hoja de papel) enviadas a la Santa Sede por el Nuncio Apostólico, monseñor Humberto Mozzoni, acusan a Jerónimo Podestá de "incapacidad personal para gobernar la diócesis". Pese al estricto secreto que encierran las acusaciones, un grupo de sacerdotes muy allegados a monseñor Podestá coincidió en afirmar que las actividades personales del obispo ofrecían demasiados puntos débiles, en los cuales, precisamente, hicieron hincapié sus más acérrimos enemigos...”.

“No defendemos a Jerónimo Podestá sino a lo que él representa: una Iglesia justa”
¡Qué difícil resulta a los pobres de poder luchar contra el poder! Como a Jesús contra el Sanedrín. El silencio y la libertad interior son a veces la única respuesta:

“Monseñor Jerónimo Podestá renunció hace exactamente 15 días a sus funciones como obispo de la diócesis de Avellaneda. Cuando se supo en Buenos Aires la exigencia de la Santa Sede —el jueves pasado—, Podestá ya había renunciado. Este giro que dio Podestá a su situación confirma la presencia de cuestiones personales entre los motivos que desencadenaron su eclipse. Sin embargo, no lo aceptan así algunos partidarios del movimiento posconciliar en la Argentina. En una reunión de 10 curas obreros, realizada secretamente el viernes por la noche, se resolvió “pelear hasta el final para evitar el alejamiento de Podestá”. Un manifiesto, no dado a conocer todavía, señalaba, entre otros, los siguientes puntos: 1) Se adoptarán medidas de fuerza para apoyar al obispo de Avellaneda. 2) Continuará, aunque sea ilegalmente, la actividad de los curas obreros. 3) Si Jerónimo Podestá se declarara en rebeldía, lograremos el apoyo masivo de la población de Avellaneda. Esto ahora empieza; no es el fin sino el comienzo de un proceso de lucha. 4) No defendemos a Jerónimo Podestá, sino a lo que él representa: una Iglesia justa” (Revista Siete Días Ilustrados 05 /09/ 1967).

El poder religioso, más duro que el civil
El general J. C. Onganía había dicho que el obispo de Avellaneda era “el principal enemigo de su gobierno” y solicitó a la jerarquía eclesiástica que lo acallara. Obispos conservadores como Antonio J. Plaza (Mar del Plata; amigo de las fuerzas represivas y del jefe de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, Ramón Camps; se negaba a interceder por los desaparecidos, e incluso encubrió el asesinato de un sobrino, hijo de su hermano), Adolfo Servando Tortolo (arzobispo de Paraná, apoyo del Opus Dei, en 1970 presidente de la Conferencia Episcopal, en 1975 Vicario General Castrense) y el nuncio Humberto Mozzoni (nacido en Argentina, donde fue Nuncio Apostólico de septiembre de 1958 a abril de 1969) intentaron contentar al poder civil. Y el mejor modo era remover a Podestá de su obispado. - “Yo les pedí que lo hicieran callar, no renunciar”, reconoció más tarde Onganía. Cuenta Podestá que sus asesores le incitaron a no aceptar la propuesta del Nuncio: - “Si vos la peleás, que te prueben en qué se basa la acusación (si yo había ido a mostrar las cartas) vos podés hacer un juicio laico en el Vaticano ¿No?”.
Pero el obispo Podestá es un cristiano obediente:
- “Dije no, el Papa no me tiene confianza, ¡chau!. Yo no tengo apego al poder. Pero, evidentemente que ahí se jugaron cosas muy sucias y el Nuncio faltó a la palabra. Yo le dije: - “Sin condiciones (escritas) pero pongo una condición de palabra para que usted le transmita al Papa y es que no la acepte antes de haberme recibido y haber conversado conmigo”. Y no cumplió...
El obispo de Goya, Alberto Pascual Devoto, uno de los cuatro obispos argentinos firmantes del Pacto de las Catacumbas, fue de los pocos que, rompiendo el silencio impuesto por el Nuncio a los obispos, fue a visitarle y le dijo: - “Estoy con vos, soy tu hermano y te quiero dejar el testimonio que lo que han hecho con vos es un procedimiento que no es fraterno ni cristiano”.
Podestá fue designado obispo de Orrea de Aninico, diócesis inexistente de Mauritania, sistema sin sentido, carente de verdad, para titular a obispos sin diócesis, ridículo hoy. El poder civil quedó más que satisfecho.
Monseñor Podestá reaccionó en su corazón con estas palabras recogidas por su Secretario Privado, Óscar Varela, que me las hecho llegar al correo personal electrónico:

“Bendito sea Dios por la Paz profunda que llevo en el alma y en mi corazón... Tengo la sensación de que mi alma y mi corazón se han ensanchado hoy más que nunca y que estoy palpando nuevas dimensiones de la Fe y el Amor”.

Hubo “monedas” de cambio por la entrega del obispo
Lo cuenta Podestá: “Yo les podría contar otros detalles más gruesos: otro sacerdote, una gran persona, entonces era jesuita, era asesor de Onganía, posteriormente salió y me dijo: - “Al Nuncio Apostólico, Onganía le concedió el subsidio a la Universidad Católica como reconocimiento por la gauchada que le hizo de haberme hecho sonar a mí”. Es cierto. Lo puedo probar, porque lo llamó a este buen señor que me lo dijo, y que no creo que se moleste si yo pongo aquí su nombre: el doctor Mariano Castex. Es un testimonio irrecusable. Y el que llevó la acusación y trabajó para hacer este lío, porque me podrían haber dicho: el Papa me pidió que no siguiera más... o por ahí ha sucedido... no sé... tapan tantas cosas... pero esto no lo quisieron tapar...”.

Rufo González


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