Atrévete a orar

Domingo 21º TO A 2ª Lect. (27.08.2017): “la mente de Cristo” es la mente de Dios

21.08.17 | 11:27. Archivado en 2ª Lect.

Introducción: "¿Quién conoció la mente del Señor?" (Rm 11,33-36)
Mirar la realidad con ojos creyentes
Leemos el último fragmento de los c. 9-11, dedicados al contencioso del pueblo de Israel con Jesús. Pablo reflexiona la historia con corazón y mente creyentes. Mira la vida, reconoce sus valores, adivina la mirada y la acción de Dios a través del Logos y del Espíritu, adora lo divino que está en lo profundo, se reconoce humildemente necesitado de luz, de amor, de sintonía con el Misterio “en el que vivimos, nos movemos y existimos” (He 17, 28). Buen artículo sobre la presencia divina en la historia: “La Trinidad en el contexto evolutivo y ecológico: el Atractor y la energía del amor”, del teólogo australiano Denis Edwards (Selecciones de Teología, nº 222, abril-junio 2017, p. 83-96).

La sabiduría de Dios salvará a Israel y a toda la humanidad
Hoy leemos un himno a la sabiduría de Dios que salvará a Israel y a la humanidad por caminos que desconocemos. Arranca el himno tras la afirmación de la fe en que “los dones y la vocación de Dios son irrevocables. Dios encerró a todos en la desobediencia para tener misericordia de todos” (11, 29.32). La “desobediencia” (no ser fieles a la propia conciencia) tiene, como respuesta divina, la misericordia. Esta es la buena noticia de Jesús: el Padre nos ama a todos gratis, siempre, y trabaja en favor nuestro junto con el Hijo (Jn 5, 17).

"Nosotros tenemos la mente de Cristo"
Con ecos del salmo 139, con resonancias, a veces explícitas, de los profetas, del Libro de Job, y de otras cartas suyas, Pablo elabora un pequeño himno de admiración y alabanza al misterio divino. Dios es “un abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento”. Por ello no podemos “comprender ni adentrarnos en sus decisiones, ni averiguar sus caminos” (v. 33). Está recordando al 2º Isaías diciendo al pagano Ciro: “¡En verdad contigo hay un Dios escondido, el Dios de Israel, salvador!” (Is 45, 15). Y “mis pensamientos no son los vuestros, ni vuestros caminos los míos...” (Is 55, 8s).
El versículo 34 cita a Isaías (40, 13s), Job (15,8), Jeremías (23, 18), y al mismo Pablo (1Cor 2, 16). El versículo 35 cita a Job (41, 3). Curiosamente la autocita de Pablo (“¿Quien conoció la mente del Señor?”) supone la contraposición de nuestra ignorancia de la mente de Dios con el conocimiento de la “mente de Cristo”: “pues ¿quien conoció la mente del Señor como para darle instrucciones? ¡Pero nosotros tenemos la mente de Cristo” (1Cor 2,16). Nadie conoce la mente divina, nadie ha sido su consejero, nadie le ha dado algo. Para Pablo, igual que para Juan, “el Hijo único, Dios, el que está junto al Padre, él lo reveló” (Jn 1,18). Con más verdad que Job, decimos: “he hablado de grandezas que no entiendo, de maravillas que me superan y que ignoro... Yo te conocía de oídas, pero ahora te han visto mis propios ojos. Por eso me retracto y me arrepiento...” (Job 42, 2-6).

El último versículo expresa la fe de todo creyente
De él [procede] y por él [existe] y para él [son] todas las cosas. A él la gloria por los siglos. Amén” (Rm 11, 36). Interpretamos a Dios como Misterio creador, cuidador y consumador del dinamismo de la realidad, hasta que “Dios sea todo en todas las cosas” (1Cor 15, 28b). Misterio es la realidad llena de ser, de vida, de bondad..., que nos desborda. A Jesús no le produjo miedo, ni réplica ni orgullo. Al contrario, le dio un corazón acogedor y humilde, reconocido y maravillado. Acepta con fe que: “Dios es origen, guía y meta del universo”. Más aún, por este camino humilde, percibe la presencia del Espíritu de Dios, que está en él y le revela que es el Hijo del Dios Padre que “hace salir el sol y bajar la lluvia sobre justos e injustos”.

Oración:¿Quién conoció la mente del Señor?” (Rm 11, 33-36)

Jesús, presencia del amor del Padre:
como Pablo, queremos contemplar la vida con tus ojos;
ojos que descubren el amor del Padre en todo acontecer;
aceptamos tu humanidad como presencia divina;
desechamos todo miedo a la voluntad amorosa de Dios;
hurgamos libremente la historia y la vida con inteligencia y corazón;
nos duele todo desastre cósmico y humano;
dolor que se acentúa siempre en los más débiles;
nos liberamos de toda visión patriarcal de dominio:
- de los varones sobre las mujeres;
- de los patronos sobre los trabajadores;
- de los gobernantes sobre los ciudadanos,
- de los clérigos sobre los creyentes...

Con tu mismo Espíritu contemplamos nuestro mundo:
salpicado de trastornos cósmicos, naturales o inducidos;
violentado por intereses económicos, religiosos, étnicos...;
millones de personas huyendo de sus países por guerra o hambre;
mayoritariamente hambriento, inculto, enfermo, esclavizado...;
“aún el 1% de la población mundial posee tanta riqueza como el 99% restante”...

Con tu mismo Espíritu miramos las diversas religiones:
sintiéndonos humanamente solidarios de todo creyente;
renunciando a guerras, persecuciones, inquisiciones...;
tolerando, respetando, amándoles, ayudándoles en sus necesidades;
perdonándoles, si es necesario, y buscando caminos de entendimiento;
apoyando su aportación de bien humanitario;
renunciando a la lucha por el poder político;
haciendo paz entre religiones para bien de la humanidad.

Con tu mismo Espíritu nos situamos en la Iglesia:
Tú, Jesús, Hijo del Padre, eres nuestro verdadero centro;
de tu amor esperamos la salvación, nosotros y la Iglesia;
nos reconocernos seguidores tuyos en la gran comunidad eclesial;
nos duelen muchas cosas de nuestra Iglesia:
- el cierre de filas y la uniformidad en todo;
- las estructuras eclesiales exhaustas de vida comunitaria;
- el miedo a la libertad de opinión y comunicación;
- la falta de diálogo, de consenso, de modos democráticos...;
- el clericalismo que impide comunidades adultas, fraternales, libres;
- la negación de los derechos de la mujer que “es uno en Cristo” (Gál 3, 28);
- los pobres que a penas se oyen y no se sienten sujetos eclesiales;
- el escándalo de la suntuosidad y la alianza con el poder...

A pesar de todo, Jesús, Hijo de Dios, sentimos tu llamada:
a anunciar tu buena noticia a los pobres;
a poner nuestra esperanza en tu vida entregada, crucificada, por amor;
a comprometernos con la humanidad entera a partir de los más débiles;
a crear comunidades fraternales, unidas con tu Espíritu;
a ofrecer tu Evangelio de amor a todos.

Al final siempre terminamos, como Pablo, acudiendo al
abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento del Padre;
de él y por él y para él son todas las cosas. A él la gloria por los siglos. Amén
”.

“Una cosa es segura con respecto al futuro:
al final de la vida humana y del girar de los mundos,
ya no habrá budismo o hinduismo, y tampoco islam ni judaísmo.
Al final tampoco habrá cristianismo ni ninguna otra religión.
Sólo persistirá el Indecible al que se orientan todas las religiones
y al que los mismos cristianos, cuando lo imperfecto ceda ante lo perfecto,
le conocerán del mismo modo que ellos son conocidos: la verdad cara a cara.
Al final no habrá más profetas o iluminados que dividan a las religiones;
ni Mahoma ni Buda ni el mismo Jesucristo, en quien creen los cristianos,
serán causa de división.
El que, según Pablo, ha vencido a todos los poderes (y a la muerte misma)
se someterá entonces a Dios,
a fin de que el mismo Dios (ho Theós)
-poco importa con cuántos otros nombres se le nombre en Oriente-
esté verdaderamente en todas las cosas, más todavía, lo sea todo en todo (1 Cor 15,28)”
(Hans Küng: “Una teología para el nuevo milenio”. Círculo de Lectores. Barcelona 1991. Pág. 312-313).

Rufo González


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