Atrévete a orar

Domingo 16º TO A 2ª Lect. (23.07.2017): El Espíritu no impone, sólo invita y sugiere

17.07.17 | 11:44. Archivado en 2ª Lect.

Introducción:El Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rm 8, 26-27)
Debilidad de nuestra vida interior
Al creer en Jesús, recibimos su Espíritu que “nos capacita para hacernos hijos de Dios” (Jn 1, 12s), pone en el corazón y en los labios el sentimiento y la expresión de “Padre-Madre” querido(a), nos induce a pedir a Dios lo que nos conviene, hace oír sus “gemidos sin palabras” de bien y verdad. Pablo subraya la “debilidad” de nuestra vida interior, entre otras cosas, “porque no sabemos pedir lo que nos conviene”. En nosotros hay impulsos (alientos, espíritus...) variados, contrarios a veces a nuestro propio bien. Aquí tiene un papel fundamental la oración cristiana. Jesús la recomienda sobre todo en momentos difíciles: “velad y orad para no caer en tentación...” (Mc 14, 38). Y Pablo: “orad sin cesar... no apaguéis el Espíritu” (1Tes 5, 17-19). La mente humana (inteligencia, libertad, deseos y pulsiones...) está sujeta a muchos límites (interiores y exteriores) y está siendo zarandeada por varios “impulsos o espíritus”. No todos son edificantes, constructivos, de nuestra felicidad. Por eso hay que distinguir y elegir los verdaderamente buenos en todos los sentidos.

En la oración escuchamos los gemidos del Espíritu
En la oración pretendemos contactar nuestra vida con el misterio de Dios. No todo en la oración es fruto de nuestra imaginación: “el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables”. “Gemidos” (“stenagmois”, sustantivo del verbo “steno”: estar estrecho, agobiado, estrujado) son los lamentos, quejas, que los humanos producimos en situaciones agobiantes. Como el “gemido de la humanidad” (Rm 8, 22) o aquello de “he observado la aflicción de mi pueblo..., y he oído el clamor de él debido a sus opresores, pues conozco sus padecimientos” (Ex 3,7). Hechos de los Apóstoles (He 7, 34) cita una historia del Éxodo como una de las diversas llamadas del Espíritu divino. A los judíos de la época les dice Esteban, “sois rebeldes, infieles de corazón y reacios de oído. Vosotros siempre resistís al Espíritu Santo: os portáis igual que vuestros padres” (He 7, 51).

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