Atrévete a orar

Domingo 15º TO A 2ª Lect. (16.07.2017): “El deseo profundo de la humanidad”

10.07.17 | 12:11. Archivado en 2ª Lect.

Introducción:la humanidad entera gime con dolores de parto” (Rm 8,18-23)
El texto concreta lo dicho en el versículo anterior (Rm 8,17): “el compartir sus sufrimientos es señal de que compartiremos también su gloria”. “Los trabajos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá” (v. 18). Idea que repite en 2Cor 4,17: “nuestra leve tribulación, momentánea, produce, con exceso incalculable siempre creciente, un eterno caudal de gloria”.

La humanidad suspira por un mundo dichoso
En los capítulos 1-3 de Romanos, Pablo analiza la situación dramática y sin salida de la humanidad. En esa situación real, Pablo intuye una aspiración a la felicidad que pasa por el reconocimiento y aprecio de la dignidad del ser humano. Dignidad que ha sido manifestada en la vida de Jesús y en su proyecto de vida. Jesús ha nunciado el Evangelio del amor de Dios. Los que se fían del Evangelio, “se hacen capaces de ser hijos de Dios, nacen de Dios, reciben su Espíritu y responden a su amor amando como él en amor y lealtad” (Jn 1, 12-13.16-17). Desde “esta situación de gracia en la nos encontramos” (Rm 5, 2), Pablo reflexiona y encuentra salida a la humanidad. Creo mejor traducir la palabra griega “ktisis” (nombre derivado de verbo “ktidso”: fundar, construir, organizar, crear...) por “humanidad”, en vez de “creación”. Sobre todo teniendo en cuenta su acepción en la 2ª Corintios (5, 17): “si uno está en Cristo, es una humanidad nueva” (“creación”). En Gálatas (6, 15): “lo que importa es nueva humanidad” (“creación”). En el evangelio de Marcos, en el apéndice (16, 15), se emplea el mismo término griego: “id al mundo entero proclamando la Buena Noticia a toda la humanidad” (“criatura, creación”). Aparece referido siempre a seres humanos, no al cosmos físico.

Traducción literal
Considero que los sufrimiento del tiempo presente no son comparables con la gloria que está destinada a manifestarse en nosotros (v. 18); pues el deseo profundo de la humanidad espera la manifestación de los hijos de Dios (v. 19); pues la humanidad fue sometida a la frustración (vacío, fracaso, vanidad...) no voluntaria (no por su voluntad), sino a través de aquel que la sometió sobre (v. 20) la esperanza de que también la misma humanidad será liberada de la esclavitud de la destrucción hacia la libertad de la gloria de los hijos de Dios (v. 21). Pues sabemos que toda la humanidad gime y sufre gran dolor hasta el presente (v. 22); y no solo, sino también los que tienen las primicias del Espíritu, nosotros, también gemimos en nosotros mismos esperando la filiación, la liberación de nuestro cuerpo (v. 23).

“El deseo profundo de la humanidad espera la manifestación de los hijos de Dios”
La oferta del evangelio de Jesús responde a los deseos humanos. Pablo llama “nueva creación” (Gál 6,15; 2Cor 5, 17; Mc 16, 15) a la transformación integral del ser humano por obra del Espíritu Santo cuando cree a Jesús. Es el Espíritu que humanizó a Dios en Jesús, le llenó enteramente, actuó en su vida y le resucitó. Este Espíritu lo reciben todos los que creen en Jesús, en su Evangelio, e intentan vivir según les sugiere este Espíritu. Desde la vida, muerte y resurrección de Jesús, interpretamos nuestra vida como participación en su “gracia”, en su “amor”, en su “Espíritu”. Así nos hacemos “nueva criatura”, “nueva humanidad”. La “humanidad” es “vieja” cuando se guía por el egoísmo, la avaricia, la soberbia, el honor mundano, el odio, el”pasar de largo” ante el que sufre (sin techo, sin trabajo, sin alimentación, sin cultura, sin salud...), la pereza, el sinsentido, la tristeza... Cuando una persona ha sido actuada por el Evangelio de Jesús, “nace de nuevo, de lo alto, del Espíritu” (Jn 3, 5 ss). La “humanidad” se hace “nueva” al encontrar satisfacción de sus deseos más auténticos: tener sentido y proyecto vital adecuado a sus deseos. Sentido y proyecto coinciden con el Evangelio de Jesús, con sus bienaventuranzas, con Reino del Bien en todos sus aspectos. Actualmente, creyentes y no creyentes gemimos en la espera del mundo futuro: el pleno desarrollo de la dignidad de hijos de Dios, conglorificados con el Hijo de Dios (GS 32).

El Vaticano II comparte la escatología de Pablo

“Desconocemos el tiempo de la consumación de la tierra y de la humanidad (He 1,7), y el modo de transformación del universo. Pasa la figura de este mundo deformada por el pecado (1 Cor 7,31; S. Ireneo, Adv. haer. V 36: PG 8, 1221), pero sabemos que Dios prepara una nueva morada y una nueva tierra en que habita la justicia (2 Cor 5,2; 2 Pe 3,13), cuya dicha llenará y superará todos los deseos de paz que suben a nuestros corazones (1 Cor 2,9; Apoc 21, 4-5). Los hijos de Dios, vencida la muerte, resucitarán en Cristo (1 Cor 15,42.53), y lo que fue sembrado en debilidad y corrupción vestirá la incorrupción; y, permaneciendo el amor y su obra (1 Cor 13,8; 3,14), todo lo que Dios creó para el hombre se librará de la servidumbre de la vanidad (Rm 8, 19-21)... Los bienes de la dignidad humana, la comunión fraterna y la libertad, es decir: todos estos frutos buenos de la naturaleza y de nuestro trabajo, después de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y según su mandato, de nuevo los encontraremos, aunque limpios de toda inmundicia, iluminados y transformados, cuando Cristo devuelva al Padre el reino eterno y universal, reino de verdad y de vida; reino de santidad y gracia; reino de justicia, de amor y de paz (Prefacio de la fiesta de Cristo Rey). En estas tierras el reino está presente misteriosamente; cuando el Señor venga se consumará” (GS 39; otros textos conciliares: LG 48; GS 32, 45).

Oración:la humanidad entera gime con dolores de parto” (Rm 8,18-23)

Jesús resucitado, humanidad glorificada:
Hoy meditamos, con Pablo, el sueño de gloria del ser humano.
Al creer en ti, Jesús, hijo del Padre, “entramos en esta situación de gracia...,
y estamos seguros en la esperanza de alcanzar el esplendor de Dios...;
la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios inunda nuestros corazones
gracias al Espíritu Santo que se nos ha dado
” (Rm 5, 2-5).

Este Espíritu “asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios:
si somos hijos, somos también herederos: herederos de Dios, coherederos con Cristo;
el compartir sus sufrimientos es señal de que compartiremos también su gloria).

Es la “nueva humanidad” que tu Espíritu ha iniciado en nosotros:
al hacernos saborear tu amor sin medida;
tu amor que nos hace esperar “la plenitud de los tiempos:
hacer la unidad del universo por medio de Cristo
” (Ef 1,10; 3,11);
tu amor que “gime en nuestro interior aguardando la filiación de Dios,
la redención de nuestro cuerpo
”.

En esta espera nos acompaña la humanidad:
el Padre – Madre Dios crea y salva nuestra vida, gloria suya;
todo ser humano “aguarda la plena manifestación de los hijos de Dios;
gime hasta hoy con dolores de parto por liberarse de la corrupción,
y entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios
”.

Esta esperanza se realiza cuando vivimos tu amor:
cuando cuidamos el entorno humano, el hábitat, que hace posible la vida;
cuando iniciamos tu reino de fraternidad y de justicia;
cuando logramos que los bienes del mundo lleguen a todos;
cuando nuestro trabajo transforma la existencia en servicio mutuo.

Sólo sintiendo la fraternidad podemos creer la promesa del más allá feliz:
tus obras de amor, Jesús de la esperanza, hicieron creíble tu Evangelio;
curando, hablando claro, denunciando la injusticia, compartiendo el pan...,
despertaste el Amor “que hace salir el sol y bajar la lluvia” sobre todos;
desprendido de dinero, de poder, de esplendor y gloria de este mundo,
encontraste la alegría, la dicha, la vida definitiva y plena.

Jesús resucitado, haznos sentir el gemido de nuestro espíritu:
que sintamos los daños de la naturaleza como agresiones a la vida;
que oigamos los gemidos de la humanidad forzada injustamente;
que escuchemos el hambre de pan y de vida de mucha gente;
que nos escandalice y duela la riqueza retenida en pocas manos;
que resistamos la violencia de los medios financieros de la avaricia;
que eliminemos los desniveles económicos entre pueblos y personas;
que combatamos la enfermedad, la incultura, la desidia...

Que tu Espíritu, Jesús de Nazaret, nos guíe en el pensar y en el actuar:
nos haga creer que es posible un mundo más solidario y justo;
nos desinstale del “no hay nada que hacer” contra los monstruos del mal;
nos descubra los signos de solidaridad, interdependencia, ayuda mutua...;
nos comprometa en alguna realización concreta de tu reino,
- aunque sea tan pequeña como “un grano de mostaza”,
- aunque sólo alegre y despierte a los más pequeños,
- aunque nos “cueste” y tengamos que “endurecer el rostro” (Lc 9, 51).

Rufo González


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