Atrévete a orar

Cuerpo y Sangre de Cristo A 2ª Lect. (18.06.2017): Comunión con su Reino

12.06.17 | 09:32. Archivado en FIESTAS Y SOLEMNIDADES

Introducción:formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan” (1Co 10,16-17)
Discernimiento sobre la idolatría
El fragmento de hoy está en un contexto sobre la idolatría. En los templos ofrecían animales como sacrificio y los oferentes organizaban comidas de la carne sacrificada. En las carnicerías de Corinto, se vendía la carne sobrante de los sacrificios ofrecidos a los dioses. Pablo explica que el cristiano es libre para comer dicha carne. Los ídolos no son nada y la ofrenda no cambia los alimentos. Pero hay que cuidar a los cristianos más débiles que pueden interpretar que los que comen esta carne en sus casas o en los templos es porque tienen alguna fe en los ídolos, a la vez que creen en Jesús. Tal vez se sientan tentados a caer de nuevo en la idolatría. Si ven ese peligro, no deben comer dicha carne. La libertad tiene que actuar siempre con amor.

La comunión con Cristo impide la idolatría
Queridos míos, huid de la idolatría” (v. 14), dice Pablo como norma general. Lo mismo dice la primera carta de Juan: “Hijos, guardaos de los ídolos” (1Jn 5,21). Pablo les razona este principio de conducta para que lo asuman convencidamente: “hablo a sensatos: juzgad vosotros lo que digo” (v. 15). Y lo que dice son los versículos que leemos hoy. El primero son dos preguntas:
- “el cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es comunión del cuerpo de Cristo?” (v. 16).
El segundo saca la conclusión evidente:
porque un solo pan, los muchos somos un solo cuerpo, pues todos participamos del único pan” (v. 17).
El vaso y el pan eucarísticos son “comunión con la sangre y el cuerpo del Cristo”. Esta es la gran verdad de la Cena del Señor: nos unimos a su persona “derramada” a favor de todos y a su vida “fraternal” que une a todos en el “cuerpo eclesial”. Al beber de la copa del Señor y comer el pan nos unimos a su presencia real resucitada, glorificada, activa, que habita en todos y nos hace a todos “cuerpo eclesial”. Benedicto XVI comenta así este texto:

“la mística del Sacramento tiene un carácter social, porque en la comunión sacramental yo quedo unido al Señor como todos los demás que comulgan: `El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan´, dice san Pablo (1Cor 10, 17). La unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demás a los que él se entrega. No puedo tener a Cristo sólo para mí; únicamente puedo pertenecerle en unión con todos los que son suyos o lo serán. La comunión me hace salir de mí mismo para ir hacia Él, y por tanto, también hacia la unidad con todos los cristianos. Nos hacemos `un cuerpo´, aunados en una única existencia. Ahora, el amor a Dios y al prójimo están realmente unidos: el Dios encarnado nos atrae a todos hacia sí. Se entiende, pues, que el `agapé´ se haya convertido también en un nombre de la Eucaristía: en ella el agapé de Dios nos llega corporalmente para seguir actuando en nosotros y por nosotros” (Encíclica “Deus caritas est”, 14).

Copa y mesa del Señor y copa y mesa de los demonios” (vv. 18-22)
En los versículos siguientes, no leídos hoy, les hace ver la incoherencia de la idolatría. Es verdad que los ídolos no son nada para los que no creen en ellos. Pero sí para los que creen en ellos. Beber o comer de los sacrificios idolátricos supone complicidad, al menos aparente, (v. 20: “no quiero que lleguéis a ser partícipes –koinonoús- de los demonios”) con sus valores (ideologías contrarias al reino de Dios: poder sin amor, esclavitud, temor a sus castigos, aplacar su ira, etc.). “No podéis beber de la copa del Señor y de la copa de los demonios” (v. 21). “Demonio” es todo lo que perjudica al ser humano: ideologías dañinas, violencia, fanatismo, opresión... Jesús es lo contrario: amor al hombre, a su desarrollo y plenitud... Hoy también los cristianos participamos en prácticas más o menos idolátricas. Cuando abrazamos joyas, títulos de poder, escudos de nobleza, alcaldías de honor, banquetes vanidosos, navidades “heréticas” (González Faus), comuniones y bodas falsas, procesiones de lucimiento..., comulgamos con valores que no son del Señor, sino de los ídolos, demoníacos (insolidaridad, apego a la riqueza, vanagloria, falsedad, poder...). La Cena de Jesús con sus discípulos es comunión de todos personalmente con Él, es “fuente y culminación de toda vida cristiana” (LG 11) y “hace vivir y crecer sin cesar la Iglesia” (LG 26).

Oración:formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan” (1Cor 10,16-17)

Jesús, bebida y comida para todos:
hoy, al sentarnos a la mesa de la fraternidad,
nos unimos con tu vida gloriosa, actualizada en el pan y el vino;
tu memoria se hace presencia entregada a todos;
nos alegra al comer tu pan de vida;
el que come de tu pan vivirá para siempre;
tu carne y sangre, resucitadas, cohabitan con nosotros;
así nos hacen partícipes de tu mismo Espíritu;
nos hermanas entre nosotros y contigo.

Participar de tu mesa es entrar en comunión contigo:
con tu fuerza que expulsa demonios –ídolos-, enemigos del ser humano;
demonios que habitan también nuestro corazón pobre y limitado;
demonios que nos aplastan y humillan con su poder oscuro;
demonios que reprimen nuestros deseos de verdad, de amor a todos...;
demonios que nos fanatizan con sus ideologías deshumanizadoras;
demonios que nos despersonalizan con intransigencia e intolerancia;
demonios que usan la coacción, la mordaza y el secretismo opresor;
demonios que excitan la ambición de dinero, de poder y de gloria...

Pablo nos recuerda el compromiso de tu eucaristía:
el cáliz que bendecimos es comunión con tu sangre;
el pan que partimos es comunión con tu cuerpo
”.
Esta es la gran verdad de la Eucaristía:
al beber de la copa y comer el pan nos unimos a tu presencia real resucitada;
“aunque somos muchos formamos un solo cuerpo,
porque comemos todos del mismo pan”.

Por tanto, Jesús del reino de la Vida:
no podemos beber de la copa del Señor y de la copa de los demonios;
no podemos participar de la mesa de Dios y de la mesa de los demonios
” (1Cor 10, 21-22).
“Demonios”, “espíritus inmundos”, factores activos, procedentes del exterior,
que se apoderan de nosotros, de nuestro pensamiento, despersonalizándonos.
Son figuras de ideologías, a veces violentas, con valores contrarios al reino de Dios:
poder opresivo, temor a sus castigos, deseos de aplacar su ira, etc.

Necesitamos, Jesús, tu presencia bienhechora:
tú que nos ayudas a aceptar al Dios Padre-Madre que nos habita;
tú que nos das el Espíritu de hijos, sin miedo al castigo;
tú que no vienes a condenar, sino a salvar con amor y perdón constantes;
tú no dominas ni esclavizas, sino promueves nuestra libertad;
tú eres fuerza de amor puro, activo y leal;
tú, como Hijo del Padre, te has hecho hermano de todos.

Contigo estamos ahora, celebrando tu memoria:
contigo estamos en comunidad participando con tu causa;
contigo rezamos con sinceridad tu “Padrenuestro”;
contigo sentimos tu mismo Espíritu de hijos y hermanos;
contigo “recostados” libremente a la mesa de la igualdad;
a todos nos llamas “amigos y hermanos”;
a cada uno nos capacitas con diversos dones para el bien común;
a todos, sin superioridad ni rango, nos abres a los marginados y excluidos;
a todos nos vinculas con quien sufre cualquier penuria.

Jesús, bebida y comida de todos nosotros:
que esta comunión real sea “consciente, activa, fructuosa” (SC 11);
que libremente nos aceptemos, sin venganza ni rencor;
que vivamos comprometidos contra el hambre y la exclusión;
que aportemos frutos de libertad y de vida, de paz y amor desinteresado.

Rufo González


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