Atrévete a orar

La vida de los sacerdotes casados proclama la injusticia eclesial (I)

09.06.17 | 10:55. Archivado en CELIBATO

Estos días, en Religión Digital, se ha recordado la vida del sacerdote y canónigo de la catedral de Mondoñedo, José María Rodríguez Díaz, fallecido el pasado 9 de mayo (Carta abierta a un compañero secularizado, pero compañero I y II, de José Manuel Carballo Ferreiro. 20.05.17). El compañero lamenta:
“el angustioso pensar asociando irse de la casa del Padre y volver la vista atrás, con secularizarte y casar... Tú no te cansabas de repetir: `Soy el hijo pródigo. Soy el hijo pródigo´... A este José María, como a muchos más compañeros curas secularizados les está barrenando la interpretación que se hizo en contra de ellos de: `El que pone la mano en el arado y vuelve la vista atrás no es digno del reino de Dios´”.

“Sacerdotes que han abandonado la casa de Dios”
Pensamiento que dirigentes eclesiales inoculaban en la mentalidad de seminaristas y sacerdotes. Era una de las ataduras más sutiles y terribles que tuvieron que desatar los que decidían la libertad de formar una familia. Pensamiento recogido en una encíclica papal con el “propósito de dar nuevo lustre y vigor al celibato sacerdotal en las circunstancias actuales” (Sacerd. Caelib., 2):

“Estamos seguros, venerables hermanos, de que no dejaréis de tentar nada por cultivar asiduamente en vuestro clero, con vuestra doctrina y prudencia, con vuestro fervor pastoral, el ideal sagrado del celibato; y que no perderéis jamás de vista a los sacerdotes que han abandonado la casa de Dios, que es su verdadera casa, sea cual sea el éxito de su dolorosa aventura, porque ellos siguen siendo por siempre hijos vuestros” (Pablo VI: encíclica Sacerdotalis caelibatus, 95).

Los obispos y presbíteros casados no “han abandonado la casa de Dios”
Esta teoría de que los sacerdotes casados “han abandonado la casa de Dios, que es su verdadera casa”, es realmente contraria al Evangelio. Es identificar con el “hijo pródigo” de la parábola de Jesús (Lc 15, 11-32) a unos cristianos que reconocen haberse equivocado en la elección del celibato como estado de vida. Celibato que es tan libre como el matrimonio. Por “casa de Dios” entendemos el Reino de Dios, la Casa donde se vive el amor del Padre -verdadero sentido de la parábola-. Por tanto, es falso claramente que obispos y presbíteros casados hayan abandonado la “Casa de Dios”. Tal vez el Papa entienda por “casa de Dios” el “ministerio”. Pues en honor a la verdad, hay que decir que ni en ese sentido los sacerdotes casados “han abandonado esa casa de Dios”. Han sido forzados a dejarla por “imperativo legal”. Han sido expulsados, “reducidos”, “secularizados” dice la jerga eclesiástica. No deja de ser curioso que los sacerdotes “seculares” por definición, sean ahora “secularizados”. Los llamados “religiosos” (frailes, monjas...) hacen voto de castidad, viviendo en común, sujetos a la obediencia al superior del convento, en pobreza personal al no poder disponer de sus ganancias administradas por su comunidad, congregación o instituto, etc. Los sacerdotes “seculares” no tienen votos de castidad, obediencia y pobreza. La lógica pide que les dejaran vivir en el “siglo”, el mundo normal, como viven sus hermanos cristianos: casados o solteros, con su familia, obedientes a las leyes eclesiales propias de su cargo, disponiendo de sus ganancias a su conciencia... La ley eclesial obliga a prometer obediencia al obispo y a no casarse.

La “casa” que han abandonado es la “soltería o celibato”
Han abandonado libremente ese ámbito: con la misma libertad con que entraron en él, ahora han decidido abandonarlo por creerlo bueno para su vida y agradable a Dios. El celibato no es mandato del Señor ni principio fundamental del Evangelio. Ponerlo como tal hasta el punto de determinar por ello si uno está dentro o fuera de la iglesia es una aberración clara, una perversión clerical. La ley celibataria ha sido puesta por la Iglesia. Primero (s. IV) como ley de continencia matrimonial (no uso del sexo en el matrimonio tras la ordenación), después (s. XI) como prohibición de casarse:

“el Nuevo Testamento, en el que se conserva la doctrina de Cristo y de los apóstoles, no exige el celibato de los sagrados ministros, sino que más bien lo propone como obediencia libre a una especial vocación o a un especial carisma (cf. Mt 19, 11-12). Jesús mismo no puso esta condición previa en la elección de los Doce, como tampoco los Apóstoles para los que ponían al frente de las primeras comunidades cristianas (cf. 1 Tim 3, 2-5;Tit 1, 5-6)!” (Sacerd. Caelib., 5).

Esta ley pretende ser voluntad de Dios
Esta ley no ordena los carismas en orden al bien común, más bien impone al Espíritu Santo que conceda los dos carismas -celibato y vocación ministerial- a la misma persona. Ha conseguido uno de los mayores desórdenes que viene padeciendo la Iglesia desde el s. IV, con la primera forma de celibato: la nada realista continencia matrimonial de obispos y presbíteros. Su historia es muy triste: desde la dignidad de la mujer, hasta los hijos invisibles, los exilios, etc. “Diez siglos de experiencias positivas más que errores”, dicen algunos. Al revés, dice con verdad la Iglesia Católica Oriental: “veinte siglos de libertad evangélica, gozando de `buenísimos sacerdotes casados´ (PO 16), más que de concubinatos encubiertos, hijos y mujeres invisible, etc. Las “experiencias positivas” no son del “celibato obligatorio para clérigos”, sino del “celibato opcional” de los clérigos dotados de tal don.

Sentido de “casa de Dios” en la encíclica
“Casa” en la encíclica, pienso, significa “clerecía”, identificando “clero” e “Iglesia”. Es la inercia aberrante clerical, usurpación secular, olvido interesado de los mismos textos sagrados (1Pe 5, 3...). Los clérigos se han reservado muchas cosas comunes de todos los cristianos: el nombre y el ámbito común de “Iglesia”, el título común de “sacerdotes”, el nombre mismo de “clero”, “otros Cristos”. En su afán de poder y prestigio, no reparan en distinciones mundanas, pintorescas, rayanas en la blasfemia: “reverendos, monseñores, excelencia, eminencia, santidad, beatitud, el Católico...”. Lo que era un “servicio” fraternal lo han convertido en “señorío”, en propiedad limitada, en “clero” (que significa: “heredad”) como si sólo ellos fueran la “heredad” o “suerte” del Señor. En contra de la tradición evangélica y apostólica que no llama “sacerdotes” nunca a sus dirigentes. “Clero” en el siglo III significaba aún todo el pueblo de Dios, los bautizados, llamados a vivir como “suerte o heredad” del Señor. A partir de esta época, se separan del pueblo fiel, se visten de forma llamativa, elaboran leyes en su favor, llegan incluso a prohibir la lectura del Evangelio, celebran el culto en lengua desconocida del pueblo, administran los sacramentos a todos los que viven en su dominio... Por eso les resulta normal decir que alguien del clero, al dejar el celibato -ley determinante clerical- “ha abandonado la casa de Dios”.

Otra injusticia calumniosa
Es el aplicarles a quienes cambian de opción celibataria y deciden casarse este texto evangélico: “El que pone la mano en el arado y vuelve la vista atrás no es digno del reino de Dios´” (Lc 9, 62). Lo que no es digno del reino de Dios es tomar la decisión de seguir a Jesús, y luego renegar de él. Es de sentido común. Convertirse al Reino de Dios, al proyecto de Jesús, claramente no es convertirse al celibato. No es el celibato un valor absoluto, permanente, obligatorio para el Reino. Tanto célibes como casados pueden apuntarse al Reino, bautizarse, formar parte de la comunidad de Jesús, seguir su camino de verdad, de amor universal... El Espíritu que nos habita nos va conduciendo siempre, nos va iluminando en cada historia personal. También a los que decidieron vivir en celibato, el Espíritu puede inspirarles el cambio de tal decisión. Creer que una promesa humana tiene valor divino es manipular a Dios y a la conciencia de las personas. Dios, el Padre-Madre de misericordia, es más humano que los dirigentes religiosos. Tan humano como Jesús, que hasta llegó a prohibir el juramento como inhumano, y por tanto, no agradable al Padre Dios (Mt 5, 34-37; Sant 5, 12). Pues la Iglesia sigue, para maniatar en sus leyes, utilizando la promesa como juramento. Cambiar este proceder sería volver al Evangelio.

Rufo González


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