Atrévete a orar

Santísima Trinidad (11.06.2017): don de Jesús, amor del Padre, comunión del Espíritu

05.06.17 | 10:57. Archivado en PASCUA A 2ª Lect.

Introducción: trabajad por vuestra perfección (2 Cor 13,11-13)
Leemos la breve conclusión de la segunda carta de Pablo a la comunidad de Corinto. En estos tres versículos encontramos una exhortación en modo imperativo, saludos y bendición de despedida.

1.- Exhortación (v. 11-12a)
Seis imperativos concretan la exhortación: “alegraos; trabajad por vuestra perfección; animaos; tened un mismo sentir; vivid en paz; saludaos unos a otros con el beso santo". La exhortación surge de la relación de Pablo con los corintios. Sufrió y disfrutó mucho en esta relación (toda esta Carta es testigo, en especial 6,11ss y 7,2-16). Tres imperativos me parecen más cardinales y necesarios. De ellos brotan los demás.
a) “Trabajad por vuestra perfección
Esta palabra (`catartidsesze´) puede traducirse: buscad la perfección, restauraos, arreglaos, trabajad por ser completos, perfectos, recobraos, estad acordes. Aparece en 13, 9: “también pedimos esto: vuestro arreglo” (vuestra perfección, que os recobréis, vuestra armonía); y en 1Cor 1,10: “que estéis arreglados en la misma mente y en el mismo deseo” (estéis bien concertados, con las mismas ideas y con los mismos pareceres; forméis bloque con la misma mentalidad y el mismo parecer; vivid unidos en el mismo pensar y sentir). Recuerda la invitación de Jesús: sed perfectos como vuestro Padre del cielo (Mt 5, 48). Es la tarea de imitar el amor de Dios, la conformación con Jesús, imagen del Padre...
b) “Tened un mismo sentir
El verbo griego (`froneite to autó´) expresa los dos matices: pensar y sentir. Como en Flp 2,5: “pensad lo mismo en vosotros que [ocurrió] en Cristo Jesús”; la versión litúrgica: “tened entre vosotros los sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús”. Es la obra del Espíritu: pensar y sentir con Cristo. Sus frutos: alegría, ánimo, paz..., son la conclusión del v. 11: “y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros”. La única vez en el Nuevo Testamento que se usa esta hermosa expresión: “el Dios del amor”.
c) “Saludaos unos a otros en el beso santo
La misma fórmula se repite en los finales de Rm 16, 16; 1Cor 16,20; 1 Tes 5,26; 1 Pe 5,14 (pequeña variante: “beso de amor”). Sexto imperativo de la exhortación. Expresa interés en que permanezca en la liturgia y en la vida social el rito del “beso santo”, expresión de un “amor como el de Dios”.

2.- Saludos (v. 12b)
Os saludan todos los fieles” (literal: santos, consagrados). Nunca el Nuevo Testamento llama a los cristianos “pecadores”, sino “santos” o “consagrados” (Rm 1,7; 1Cor 1,2; 6,1; 14,33; 2Cor 1,1; 13,12; etc.). El Espíritu, que recibieron al aceptar a Jesús, les mantiene “consagrados” a Dios en la orientación de sus vidas. Por eso se les llama “santos”: están consintiendo libremente la actuación del Espíritu Santo del que ellos no han abjurado nunca. Sólo renunciando al proyecto de Jesús, al reino, a su Espíritu, volverían a la actitud o situación radical de pecado. Pueden, por supuesto, tener culpas, faltas, fallos en el seguimiento de Jesús, frutos de la debilidad humana. Pero no rompen su opción fundamental, no dan “muerte” a la vida en Cristo, no pecan “mortalmente”, “viven como nacidos de Dios y les resulta imposible pecar” (1Jn 3, 9).

3.- Bendición de despedida (v. 13)
“La gracia de Cristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros”. Esta doxología trinitaria, lejos de los credos de los concilios ecuménicos, es única en el Nuevo Testamento (similares: 1Tes 5,23; Ef 1,17; 1Pe 1,2). Se cree procedente de un rito bautismal (Mt 28, 19; la Didajé 7). Quizá haya sido redactada por Pablo mismo. Es el mejor deseo de despedida: la permanencia en la opción bautismal, la consagración trinitaria, que nos trajo la gracia de Cristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu. Es el dinamismo divino en nuestra historia.

Oración:trabajad por vuestra perfección” (2 Cor 13,11-13)

Jesús, Hijo del Padre, lleno de Espíritu Santo:
Hoy, en nuestras comunidades, celebramos el Misterio de Dios,
que tú identificabas como fuente de vida y bondad;
al que te sentías íntimamente unido como Hijo de su amor;
con quien compartías su Espíritu pacífico, absolutamente benévolo.

La profundidad de tu persona, tu espiritualidad, se expresaba:
no en un proyecto centrado en ti mismo;
tú no te dedicaste a elaborar tu propia perfección;
no pretendías adquirir virtudes para deslumbrar y encumbrarte.

Tu espiritualidad tenía como centro al Espíritu divino:
sintiendo por dentro el amor del Padre;
dedicándote a dar vida a los que no la tienen;
siendo buena noticia para los pobres, vista para los ciegos,
libertad para los cautivos y oprimidos...

Hoy, en la palabra de Pablo:trabajad por vuestra perfección”,
te escuchamos a ti: “sed perfectos como vuestro Padre”;
es decir, “sed misericordiosos como vuestro Padre”.
Perfeccionarnos, por tanto, es imitarte a ti, Jesús, imitador del Padre;
quien te ve a ti, Jesús, ve al Padre del cielo;
la perfección divina, la santidad, lo propio del Padre-Madre Dios,
es la vida en amor totalmente generoso y universal.

Cualquier teólogo te supera a ti describiendo el Misterio de Dios:
tratados complicados tratan de asaltar su naturaleza;
nociones, procesiones, relaciones, personas...

A ti, Jesús, no te preocupaba el problema de Dios en sí mismo:
a ti te preocupaba la dicha humana, evitar el sufrimiento, el tener vida;
la vida que procede de la Vida con mayúscula;
el dónde y cómo podemos encontrar la Vida y relacionarnos con Ella.

Tu espiritualidad, Jesús del Padre, lleno de Espíritu,
está centrada en trabajar, como el Padre, por el Reino de la Vida;
tu Padre y Tú trabajáis siempre con obras de vida (Jn 5, 17.36);
el amor del Padre te mueve a instaurar el Reino de la Vida (Mc 1,14-15; Lc 4,43);
explicarlo y vivirlo fue la causa de tu vida entera.

Según el mensaje del Reino, a tu Dios se le encuentra:
sanando toda enfermedad y dolencia del pueblo” (Mt 4, 23);
“... resucitando muertos, curando leprosos, echando demonios" (Mt 10, 8);
si yo expulso demonios con el Espíritu de Dios,
señal de que el Reino de Dios ha llegado a vosotros
” (Lc 11, 20).

Tened un mismo sentir”, insiste Pablo:
pensar y sentir no es otro que tu pensar y tu sentir, Cristo hermano;
contemplar tu vida histórica, tu oración al Padre, tus motivaciones...;
ahí nos comunicas tu Espíritu, tu oración, tus motivaciones, tu acción...

Sabiéndonos habitados por tu Espíritu:
sentimos el amor incondicional del Misterio divino;
percibimos tu presencia y su amor en toda persona;
nuestra vida se centra en seguir tu misma vida, tu misma obra.

Jesús, Hijo del Padre, lleno de Espíritu Santo:
abre nuestro corazón al “Dios del amor y de la paz”;
que “tu gracia”, tu amor desinteresado, habite en nosotros;
que “la comunión del Espíritu Santo” nos lleve a
abrazar y a besar a todos con “el beso santo” del amor divino.

Rufo González


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