Atrévete a orar

Domingo de Pentecostés (04.06.2017): el Espíritu nos iguala en dignidad

29.05.17 | 12:30. Archivado en PASCUA A 2ª Lect.

Introducción:En cada uno el Espíritu se manifiesta para el bien común” (1Cor 12,3b-7.12-13)
Discernimiento de los impulsos interiores
El capítulo 12 se inicia así: “sobre los dones espirituales no quiero, hermanos, que estéis en la ignorancia. Sabéis que, cuando erais paganos, os sentíais arrebatados hacia los ídolos mudos, siguiendo el ímpetu que os venía” (12,1-2). El problema está en la interpretación que damos a los varios impulsos que surgen en nuestro interior.

Pablo nos da un principio de discernimiento claro
Nadie, hablando en el Espíritu de Dios, puede decir: `¡afuera Jesús´! (12, 3a); y nadie puede decir `¡Jesús es Señor!´ si no es en el Espíritu santo” (12, 3b). Es impensable una oposición entre Cristo y el Espíritu Santo: “la prueba de que sois hijos de Dios es que Dios ha enviado a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abba, Padre!” (Gal 4,6). La conexión entre Jesús y el Espíritu del Dios Padre-Madre es un dato incontrovertible en los evangelios. Recordad la acusación de los escribas de que Jesús expulsa los demonios en nombre del jefe de los demonios (Mt 12, 22-32; Mc 3, 20-30; Lc 11, 14-23; 12,10). Evitar el mal y hacer el bien son impulsos buenos. Impulsos procedentes siempre del Espíritu Bueno. Acusar a Jesús de actuar con el poder del Espíritu malo es “blasfemia contra el Espíritu Santo”, es negar la evidencia. Las obras buenas, hechas con amor desinteresado, nunca son obras del poder del mal. “Cristo, hecho Señor por su resurrección, actúa por su Espíritu en el corazón del hombre.” (GS 38). El ser humano “atraído sin cesar por el Espíritu de Dios, nunca jamás será totalmente indiferente ante el problema religioso” (GS 41).

Diversidad de dones e identidad de origen
a) Pablo reconoce la diversidad de dones valiosos, servicios y funciones positivos. Todo procede de la misma fuente: la Trinidad divina, tal como se ha manifestado en Cristo: “un mismo Espíritu, un mismo Señor, un mismo Dios” (v. 4-6).
b) De aquí surge el principio básico sobre los dones, servicios y funciones: Si todos proceden del Amor divino es signo de que “en cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común” (v. 7). El Padre de Jesús ama a todos. Nadie está excluido de su Amor, y, por tanto, de sus dones. Todos son obsequiados por el Amor, carisma principal, el único absoluto (Rm 13). Luego todos los dones son para la edificación de la comunidad, para bien de los hijos del Dios dador de todo bien.

Algunos dones, servicios y funciones
En los versículos 8-11, no leídos hoy, ejemplifica diversos dones: sabiduría, ciencia, fe, curación, obras notables, profecía, discernimiento de espíritus, lenguas, interpretación de lenguas... En el v. 28, los ordena por utilidad en la construcción de la comunidad: apóstoles, profetas, maestros, hacer prodigios, curar, beneficencia, gobierno, don de lenguas... “Todo esto lo activa el mismo y único Espíritu, que lo reparte dando a cada individuo en particular lo que a Él le parece” (v. 11). ¡Qué respeto y cuidado hay que tener por todos y cada uno de estos dones espirituales!

Todos somos el cuerpo de Jesús: la misma dignidad y el mismo Espíritu
La imagen del cuerpo solía usarse en el mundo antiguo para explicar las categorías y dominio de personas y clases sociales. Pablo la usa para subrayar la idea de igualdad y de servicio mutuo: “un mismo Dios” ha hecho todos los miembros, y todos son necesarios, igualmente dignos (v. 14ss). “Lo mismo que el cuerpo es uno ... así es también Cristo”, es decir, la Iglesia. “El Espíritu es el mismo en la Cabeza que en los miembros” (LG 7). “Todos nosotros... hemos sido bautizados en un mismo Espíritu... y hemos bebido de un solo Espíritu” (v. 13).

Oración:En cada uno el Espíritu se manifiesta para el bien común” (1Cor 12,3b-7.12-13)

Jesús resucitado, lleno de Espíritu Santo:
“Tu Espíritu llena el universo y guía al Pueblo de Dios” (GS 11);
“Tú has infundido el Espíritu de amor en el corazón de los hombres” (GS 78);
“Tú nos das tu luz y tu fuerza por el Espíritu Santo” (GS 10);
“Tú, con el don de tu Espíritu, constituyes una nueva comunión fraterna” (GS 32);
“Tú obras ya por la fuerza de tu Espíritu en los corazones de las personas:
- suscitando el deseo del siglo futuro,
- animando, purificando y robusteciendo deseos de volver la vida más humana” (GS 38);
Tú nos aseguras que “la dignidad humana, la unión fraterna y la libertad,
bienes de la naturaleza y frutos de nuestro esfuerzo,
tras haberlos propagado en la tierra con tu Espíritu y según tu encargo,
los volveremos a encontrar limpios de toda miseria, iluminados y transfigurados,
cuando entregues al Padre `el reino eterno y universal...´” (GS 39).

Hoy, al celebrar la venida del Espíritu sobre tu comunidad primera:
queremos hacernos cargo de la presencia del Espíritu en toda vida;
sobre todo en “los bautizados, consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo
por la regeneración (nuevo nacimiento) y por la unción del Espíritu Santo” (LG 10);
queremos reconocer sus impulsos de bien en nuestro corazón;
queremos dejarnos guiar por su iluminación y fuerza.

Al fiarnos de ti, Jesús de Nazaret, nos atrevemos a llamar a Dios ¡Padre!:
la prueba de que somos hijos de Dios es que Dios ha enviado a nuestros corazones
el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abba, Padre!
” (Gál 4, 6).

Gracias, Jesús hermano, por hacernos partícipe de tu Espíritu:
él nos trae tu libertad para vivir en el amor más generoso;
él nos quita el miedo que siembra el egoísmo y la fuerza bruta;
él rompe la monotonía que esclaviza e impide la creatividad;
él riega y sostiene fresca la esperanza en el bien y la verdad;
él evita que estemos solos, haciéndonos sentir su dulce presencia.

Haznos comprender, Jesús hermano, que el Espíritu nos conduce a tu Reino:
- Reino que desde siempre el Padre de todos anhelaba:
“Cuando el día de Pentecostés el Espíritu Santo llenó a los discípulos del Señor,
no fue esto como iniciación de un oficio, sino añadidura de una dádiva:
ya que los patriarcas y los profetas y los sacerdotes
y todos los santos que vivieron en tiempos anteriores,
fueron vivificados por la santificación del mismo Espíritu...,
aunque no con la misma medida de dones” (San León Magno, Serm. 76. PL 54,450-405;
citado en Nota del decreto Ad Gentes nº 4, del Vat. II).
- Reino que fue la causa de tu vida:
“como tú, Cristo, habías sido concebido viniendo el Espíritu Santo sobre la Virgen María,
y, descendiendo el mismo Espíritu cuando orabas, fuiste impulsado a la obra del ministerio,
así, el día de Pentecostés descendió el Espíritu Santo sobre tus discípulos...,
y a partir de Pentecostés, los Apóstoles son impulsados a tu misma obra” (AG nº 4).
- “El Espíritu es el mismo en la Cabeza que en los miembros” (LG 7):
todos somos “actuados” por el mismo Espíritu para la misma misión:
dar buena noticia a los pobres, proclamar la libertad, abrir los ojos a los ciegos...” (Lc 4, 18ss).

Misión que sigue viva, activa, en nuestro mundo y en nuestras iglesias:
- “Las personas y los grupos están sedientos de una vida plena y de una vida libre,
digna del hombre, poniendo a su servicio las inmensas posibilidades
que les ofrece el mundo actual...” (GS nº 9).
- “Creemos que tú, Cristo, muerto y resucitado por todos,
das al hombre luz y fuerza por el Espíritu Santo,
a fin de que podamos responder a nuestra máxima vocación...” (GS 10):
hacer de la vida el Reino de Dios, la fraternidad universal.

Danos a todos, a nuestra comunidad, a las diversas iglesias...:
- lucidez necesaria para descubrir esclavitudes y miedos anquilosantes;
- valentía para revisar “normas o preceptos eclesiales
que pueden haber sido muy eficaces en otras épocas
pero que ya no tienen la misma fuerza educativa como cauces de vida” (Ev. G. 43);
- descubrimiento de rutas nuevas para liberar, acompañar, discernir el bien;
- encuentro de la propia vocación en el trabajo por el Reino.

Danos conciencia de los impulsos de tu Espíritu:
que busca siempre nuestra realización humana plena;
que habla y llama en las necesidades y sufrimientos propios y ajenos;
que se afirma en los deseos de bien y de verdad;
que para todos quiere vida, alegría, paz, sentido, amor.

Rufo González


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