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Evangelio para obispos y presbíteros casados (9)

19.05.17 | 10:25. Archivado en CELIBATO

Novena (y última) conveniencia (supuesta) entre sacerdocio ministerial y celibato:

“Se hacen además signo vivo del aquel mundo futuro, presente ya por la fe y el amor, en el que los hijos de la resurrección no se casarán (Lc 20, 35-36; Pio XI, enc. “Ad catholici sacerdotii”, 20 dic. 1935; Pio XII, enc. Sacra virginitas, 25 marzo 1954)” (Vaticano II, PO 16).

Pablo VI resalta la misma conveniencia: “signo de los bienes celestiales”
Con la encíclica “Sacerdotalis caelibatus” (24 junio de 1967), Pablo VI, año y medio tras el Vaticano II, dice cumplir “la promesa que hicimos a los venerables padres del concilio, a los que declaramos nuestro propósito de dar nuevo lustre y vigor al celibato sacerdotal en las circunstancias actuales”. La historia confirma lo contrario. Tras esta encíclica, tal “lustre y vigor” provocaron la mayor deserción histórica de presbíteros, incluidos algunos obispos. El Papa optó por la continuidad de la ley en vez de la libertad y cambio que le pedían muchos pastores, teólogos y fieles:

“Nuestro Señor y Maestro ha dicho que “en la resurrección no se tomará mujer ni marido, sino que serán como ángeles de Dios en el cielo” (Mt 22, 30). En el mundo de los hombres, ocupados en gran número en los cuidados terrenales y dominados con gran frecuencia por los deseos de la carne (cf. 1Jn 2, 16), el precioso don divino de la perfecta continencia por el reino de los cielos constituye “un signo particular de los bienes celestiales” (Vat. II, Decr. Perfectae caritatis, n. 12), anuncia la presencia sobre la tierra de los últimos tiempos... (cf. 1Cor 7, 29-31)..., y anticipa de alguna manera la consumación del reino, afirmando sus valores supremos, que un día brillarán en todos los hijos de Dios. Por eso, es un testimonio de la necesaria tensión del Pueblo de Dios hacia la meta última de su peregrinación terrena y un estímulo para todos a alzar la mirada a las cosas que están allá arriba, en donde Cristo está sentado a la diestra del Padre y donde nuestra vida está escondida con Cristo en Dios, hasta que se manifieste en la gloria (Col 3, 1-4)” (“Sacerdotalis caelibatus” n. 34).

Manipulación del evangelio
Estos textos (Mt 22,30, paralelo de Lc 20, 35-36 (PO 16) y Mc 12, 24-27) no hablan ni justifican ni promocionan el celibato. Lo único que dice Jesús es que el matrimonio, y, por tanto, la sexualidad humana, pertenecen a este mundo. Los textos subrayan que en la gloria “hombres y mujeres no se casarán, pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios porque participan en la resurrección” (Lc 20, 35-36). Es decir, la sexualidad ya no es necesaria para la procreación ni para la comunicación amorosa. La resurrección es la plenitud de la Vida y del Amor. En el cielo todos, casados y célibes, estaremos llenos del Espíritu divino. No habrá carencia ni deseo insatisfecho. El cuerpo “espiritualizado” no engendra, ni nace, ni muere, ni hace deporte, ni come y bebe, ni predica el Evangelio, ni celebra la eucaristía... A nadie se le ocurre decir que no comer, no hacer deporte, no evangelizar, no celebrar la eucaristía, etc., es “signo vivo del mundo futuro”.

Casados y célibes pueden ser “signos vivos del mundo futuro”
Los “valores supremos, que un día brillarán en todos los hijos de Dios” son “la dignidad humana, la fraternidad y la libertad, frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo; los encontraremos limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados” (GS 39). Estos son los bienes permanentes, “las cosas que están allá arriba”, los que todo ser humano debe cuidar. Vivir estos bienes es el Reino que el misterioso Padre de Jesús quiere: dignidad, fraternidad y libertad de los hijos de Dios. Signos vivos, pues, del Reino futuro pueden ser los solteros y casados, cuando se desviven por la dignidad, fraternidad y libertad de los hermanos. Celibato y matrimonio son conformes con “la nueva humanidad” que vive en el Amor, “que no pasará” (1Cor 13, 8).

Los que se casan en el Señor se casan también por el reino de Dios. Su vida es sacramento del amor de Dios a la humanidad. Por ser célibes o casados no somos “signos vivos del mundo futuro”. El signo de la vida futura está en vivir en Amor al estilo de Jesús. Cuando nos complicamos la vida por Amor hasta perderla incluso, nos convertimos en signos vivos del Amor. El signo del cielo, pues, es el Amor, no el célibe ni el casado en sí. Signo vivo del Reino futuro es tanto la soltera o soltero que se desvive por los más necesitados, como la casada o casado que cuida de sus hijos en situaciones duras, o de su consorte impedido, o de su vecino con alzheimer, etc. etc. Los que tienen esperanza en la resurrección, y, sin miedo a la muerte, arriesgan incluso la vida por la justicia, la libertad y el amor a los hermanos, son “signos vivos del mundo futuro”.

La exageración manipuladora empezó pronto: “la castidad supera a los ángeles”
A mediados del s. III, a Novaciano de Frigia (¿? - 258), sacerdote romano y antipapa en la época del papa Cornelio, se le atribuye un tratado “Sobre la bondad de la castidad” (“De bono pudicitiae”). En él reconoce tres grados de castidad: la virginidad, la continencia y la fidelidad conyugal. Sobre la virginidad se dice que pone a las personas “en el mismo plano de los ángeles; más aún, si lo consideramos bien, veremos que aún los supera, porque luchando con la carne reporta una victoria contra la naturaleza, lo que no hacen los ángeles” (c.7). Todo el esfuerzo moral lo sitúa en vencer el deseo sexual, como si dicho deseo fuera éticamente negativo. La visión pesimista de la sexualidad era común por entonces. Lo mismo contienen los escritos de Tertuliano (“De virginibus velandis”, “De cultu feminarum” y “De pudicitia”) y también de Cipriano (“De habitu virginum”).

Pío XII: “Iguales a los ángeles de Dios”, “la perla preciosa”, “excelentísima hermosura”
Los defensores del celibato obligatorio para el ministerio clerical no reparan en recoger todas las exageraciones históricas para enaltecer el celibato y hacerlo digno de ser impuesto a los obispos y presbíteros. Buen testimonio es la encíclica “Sacra virginitas” (25 marzo 1954) de Pío XII, citada por el decreto conciliar (PO 16). No sólo dice que la virginidad es “virtud angélica”, recordando a la época de Novaciano, sino que la iguala al Reino de Dios, al decir que “el alma que tiene sed de vida purísima” (la puede tener cualquier cristiano, llamado a la santidad), “la virginidad se le presenta como la `perla preciosa´” (Mt 13, 46). Y no paran ahí las exageraciones: “El motivo por qué las vírgenes atraen a todos con su ejemplo es el que indica Santo Tomás de Aquino cuando escribe: “A la virginidad se atribuye una excelentísima hermosura”. Discutible todo: desde “la atracción a todos con su ejemplo” hasta la “excelentísima hermosura”.

S. Juan Pablo II: “prefiguran y anticipan la comunión y la donación perfectas y definitivas del más allá”
En la Exhortación Apostólica post-sinodal (marzo 1992)“Pastores dabo vobis” (n. 29), llega a poner la soltería por el Reino como el significado mejor de la sexualidad. La metáfora suple la realidad originaria. El sentido esponsal del cristiano con Jesucristo y la Iglesia lo quiere apropiar sólo a los célibes. Hay que decir que el matrimonio cristiano también realiza “el `significado esponsalicio´ de sus cuerpos mediante una comunión y una donación personal a Jesucristo y a su Iglesia, que prefiguran y anticipan la comunión y la donación perfectas y definitivas del más allá”. Quienes viven en Cristo la vida conyugal y familiar aman a Dios y a Cristo con todo el corazón. Matrimonio y celibato en Cristo son gracia, modos de existencia en Cristo, en su Amor. Ambos estados realizan la “comunión y donación personal a Jesucristo y a su Iglesia”. Ambos “prefiguran y anticipan la comunión y la donación perfectas y definitivas del más allá”, en el “Amor, que no pasa nunca” (1Cor 13, 8). Tanto “en virginidad” como en “matrimonio” cristianos, “el hombre está a la espera, incluso corporalmente, de las bodas escatológicas de Cristo con la Iglesia, dándose totalmente a la Iglesia con la esperanza de que Cristo se dé a ésta en la plena verdad de la vida eterna”. Obispos y presbíteros casados tienen igual significado sacerdotal que los célibes. En el orden de la gracia, reservar estos significados sólo para los célibes es una manipulación ideológica para justificar “la decisión multisecular que la Iglesia de Occidente (otra manipulación: la Iglesia no es el alto clero) tomó y sigue manteniendo , de conferir el orden presbiteral sólo a hombres que den pruebas de ser llamados por Dios al don de la castidad en el celibato...”.

Rufo González


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