Atrévete a orar

Evangelio para obispos y presbíteros casados (6)

21.04.17 | 09:15. Archivado en CELIBATO

Sexta conveniencia (supuesta) entre sacerdocio ministerial y celibato:

6. “Se hacen más aptos para recibir más ampliamente la paternidad en Cristo” (PO 16).

Metáfora cultural muy extendida
En toda cultura existe la comparación entre el padre-madre biológicos y padre-madre cultural, mental, educador y maestro. Unos engendran y dan a luz la persona física, los otros la personalidad espiritual. Ya Sócrates interpretaba su labor educativa como el oficio de su madre, partera. Maestro, dice, es quien ayuda a dar a luz lo que el alumno tiene dentro de su alma. Se ha aplicado incluso a dirigentes sociales. Baste recordar a San Bernardo de Claraval (1090-1153), que en su época instaba a políticos y obispos: “Aprended a ser madres de los súbditos, no jefes; a hacer amar más que temer” (In Cant. 23,2).

Paternidad-maternidad en Cristo
En sus cartas, San Pablo, para explicar su relación con las comunidades que creó al transmitirles el Evangelio, recurre a estas metáforas de padre-madre. Hay textos donde predomina la imagen de padre:
Como cristianos fui yo quien os engendré a vosotros con el evangelio” (1Cor 4,15).
Os hablo como a hijos; pagadme con la misma moneda; abríos también vosotros” (2Cor 6,13);
Sabéis perfectamente que tratamos con cada uno, como un padre con sus hijos” (1Tes 2, 11).
En otros brilla la imagen de madre:
Hijos míos, otra vez me causáis dolores hasta que Cristo tome forma en vosotros” (Gál 4, 19).
Os tratamos con delicadeza, como una madre que cría con mimo a sus hijos” (1Tes 2, 7).

En la Iglesia hay muchos padres-madres, casados y célibes
Desde los padres biológicos que con su palabra y vida orientan a sus hijos, hasta los catequistas, los monitores, los profesores de sus colegios... También los presbíteros y obispos. Pero no en exclusiva, ni por el hecho de ser célibes. La “paternidad en Cristo” alude a la generación y cuidado espirituales de hijos de Dios en Cristo. Quien anuncie el Evangelio, intervenga en la vida celebrativa de la fe, cuide la “forma de Cristo” en cualquier creyente, está participando de la “paternidad o maternidad en Cristo”.

Los clérigos se creen los padres de las comunidades
A pesar de la prohibición evangélica -“No os llamaréis “padres” unos a otros en la tierra, pues vuestro Padre es uno solo, el del cielo” (Mt 23, 9)-, el clero piensa que su soltería les “hace más aptos para recibir más ampliamente la paternidad en Cristo”. El matrimonio hace “menos aptos para ampliar la paternidad en Cristo”. Los sacerdotes orientales y anglicanos, convertidos al catolicismo, tienen cupo más limitado de paternidad en Cristo (¿?). Más bien creo lo contrario: estar casados y tener hijos es, en principio, mejor base para comprender, convivir, educar, tener paciencia... para ayudar a nacer y crecer la vida en el Espíritu. Aunque los bienes espirituales no son equiparables con los biológicos.

El pueblo ve más autoritarismo que paternidad-maternidad en los clérigos
La mente popular tiene grabado el trabajo de los clérigos tradicionales. “Media hora y con vino”, dicen jocosamente. Se les tildaba de “curas de misa y olla”. No les faltaba algo de razón. Muchos valoraban al cura como un parásito social. La mayoría de los días sólo decía la misa, paseaba y compartía tertulia con las llamadas “fuerzas vivas”, caciques habituales (alcalde, médico, maestro, el jefe de la guardia civil, veterinario...). No han cambiado mucho algunos clérigos. Sobre todo los más jóvenes, que con hábitos singulares, se distancian del común de los mortales, viven aislados, no tienen trabajo profano, sólo en actividades sagradas, con lenguaje propio. Si las parroquias les pagaran conforme a las horas reales de trabajo en tareas parroquiales, algunos no tendrían ni para gasolina del coche. Dicen estar a disposición de la parroquia. Y, por ello, exigen su manutención.

Sueldo pobre y soltería, salvoconducto social clerical
Su estado de soltería necesita poco para vivir. El pobre sueldo y la soltería son como el salvoconducto social clerical: trabajan poco, se les paga poco y se les priva del matrimonio y de los hijos. Se equilibra con mucho mando en su ámbito: cada párroco en su término parroquial tiene poder absoluto. Sólo él decide. Nada puede hacerse en la parroquia sin él, sin su bendición. Así compensan su economía y su represión sexual. Y los que más poder tienen -”alto clero”- suelen soportar mejor su celibato. Se ornan de honores, de títulos rimbombantes, de aduladores que esperan subir en rango... Por eso son más duros, inflexibles y no perdonan el menoscabo o desobediencia de sus leyes.

¡Qué pocos clérigos son amigos de decisiones comunitarias!
Dicen enseguida que la Iglesia no es una democracia. Pues Jesús no dijo que fuera una monarquía, y menos absoluta. Jesús puso en marcha comunidades llamadas a ser “comunión”, más que democracia. De las formas de gobierno conocidas hoy la menos mala y más digna del ser humano es la democracia. Si la Iglesia medieval decía que el mejor gobierno era la monarquía, y por tanto, esa forma debía ser la de la Iglesia (famoso argumento del cardenal Bellarmino), ahora había que decir que la democracia es el mejor gobierno. El mundo más evolucionado piensa que el poder social debe estar compartido, y que la democracia es la forma más respetuosa de la igual dignidad humana y la que más protege los derechos y deberes de todos. Los ciudadanos pueden ser elegidos y electores según leyes elaboradas por ellos directa o indirectamente. Toda democracia tiene un texto constitucional básico común.

La Iglesia tiene como "constitución" el Evangelio de Jesús
Todo cristiano podría participar en la elaboración de leyes eclesiales acordes con el Evangelio, fruto de la comunión en el Espíritu de Jesús. El Evangelio y el Espíritu de Jesús permiten elaborar normas generales de convivencia respetuosa para toda la Iglesia, las diócesis, las parroquias o comunidades más pequeñas. No contradice el Espíritu de Jesús el que haya organismos para elaborar leyes y para resolver conflictos eclesiales en el ámbito eclesial. Igual que los responsables, elegidos y aprobados por sus comunidades, promueven la vida evangélica en las diversas situaciones sociales, culturales, políticas... con respeto a leyes comunes eclesiales. Los tres poderes-servicios independientes. El sucesor de Pedro sería representante máximo, al frente del Colegio episcopal, cuidador de la mejor coordinación, el que uniera en la comunión del Espíritu, sin imponer nada al margen del Evangelio, dejando que la conciencia y las comunidades cristianas vivan en libertad y en el amor de Jesús. Si ellas encuentran la comunión y la paz en Cristo, no tiene por qué intervenir el que preside la “Caridad” suprema. El poder absoluto y omnímodo es un modo, ajeno al Evangelio, de entender el poder. “Entre vosotros nada de eso” dice la Constitución cristiana (Lc 22, 24ss; Mt 20, 25-28;Mc 10, 42-45).

La teología evangélica del poder, vacío eclesial
Uno de los problemas más sangrantes que viene arrastrando la Iglesia es el ministerio eclesial. Ha perdido un 25% o más del clero. Y no parece que quieran arreglarlo evangélicamente. Los obispos no sabemos lo que opinan; guardan silencio; se atienen a la ley. No han sido capaces de buscar una solución evangélica valiente, culturalmente aceptable, y proponerla a la instancia más alta. Ni al cielo, de donde esperamos luz y fuerza. A ningún obispo se le prohíbe promover orar por el cambio de la ley celibataria, causante fundamental del abandono del ministerio. Otras iglesias, sin perder su identidad, han buscado soluciones nuevas, aunque difíciles. Los obispos católicos limitan su acción al Código vigente. A los presbíteros y obispos casados los ignoran, los marginan del todo. La gente se da cuenta. Si con los más allegados son incapaces de encontrar una solución evangélica, cómo nos van a tratar a los demás ante conflictos posibles, v. gr. fracasados matrimoniales y vueltos a casar, disciplina del sacramento de la Penitencia (ahí está la forma "C", la más evangélica, las más repudiada por el clericalismo y la más valorada por el pueblo fiel), el respeto a los carismas, los derechos humanos, la igualdad de la mujer, la democracia de gobierno en las comunidades, la elección de cargos... Ellos lo arreglan todo con que es cuestión de fe. Pero fe en ellos, que es lo que buscan, no en el Evangelio que abre grandes horizontes y márgenes de libertad a las comunidades.

Rufo González


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Comentarios
  • Comentario por pepemallo 22.04.17 | 01:01

    Gracias, Rufo, por tus tan atinadas y certeras reflexiones. Por glosar algo del artículo, me quedo con el apartado “Los clérigos se creen los padres de las comunidades”.

    Los curas de “nuestra” parroquia, cuando nombran al otro públicamente, no lo hacen con el desnudo nombre de pila, sino que le anteponen el apelativo de “padre”: “el padre fulano”, “el padre mengano”. Es una de las novedades de la “pastoral” parroquial.

    Efectivamente, si analizamos la generalidad, en unos párrocos domina el “paternalismo”, que supone el “infantilismo” en los feligreses, y en otros, el “padrastrismo” , que entraña la autoridad intransigente, la superioridad abusiva y los “malos tratos” avasalladores.

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