Atrévete a orar

Domingo 5º Cuaresma C (17-03-2013)

13.03.13 | 11:52. Archivado en CUARESMA C

La “justicia” en la Iglesia es el Amor “con obras y según la verdad”

Introducción: la justicia viene de Dios y se apoya en la fe (Flp 3,8-14)
Estamos en la sección dedicada a defender la “justicia” cristiana respecto de la “justicia” de la Ley (3,1b - 4,1.8-9). También en Filipos los judíos quieren imponer sus prácticas religiosas; ellas, dicen, producen la perfección, la santidad. Pablo reacciona recordando su pasado judío y reconociendo que lo que antes le entusiasmaba y enorgullecía –circuncisión, linaje, rigor fariseo, fervor proselitista hasta perseguir a la Iglesia...- ahora lo tiene como “pérdida” tras conocer al Mesías (3, 4-7).

“Todo lo estimo pérdida, comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor” (v. 8a). ¿Qué significaría para Pablo el “conocimiento” de Jesús para que todo lo juzgara pérdida? En el camino de Damasco tuvo la misma experiencia que los testigos del Resucitado: se sintió amado sin límites, comprendido, perdonado, habitado por la misma alegría y paz. No podía silenciarlo, y, por eso, se creía llamado a anunciarlo a los cuatro vientos. “Gnosis tou Xristou Iesou” es conocimiento por la experiencia que da el encuentro personal y concreto en la fe con el Espíritu del Mesías Jesús, a quien reconoce como “Señor mío”. Es la convicción de su amor incondicional (1Jn 3-4).

“Por él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en él, no con una justicia mía –la de la ley-, sino con la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe” (v. 8b-9). “Ganar a Cristo y existir en él” (lit.: para lograr a Cristo y ser encontrado en él) es la conversión cristiana. No es mérito nuestro ni fruto de las prácticas religiosas. Es fruto de la fe en Jesús que nos anuncia el amor gratuito del Padre, su deseo y su compromiso de vida para todos. Jesús en su vida histórica vivió este amor hasta la muerte. Resucitado, ama y acompaña nuestra historia con el mismo Espíritu. Su Humanidad resucitada es la mejor concreción de la fe cristiana: en su amor, narrado por los evangelios, nos creemos envueltos para siempre. Así Santa Teresa de Jesús cuenta que ella estuvo un tiempo engañada orando a Dios sin referencia a la Humanidad de Cristo, que “ha de ser el medio para la más subida contemplación... Que siempre que se piense de Cristo, nos acordemos del amor con que nos hizo tantas mercedes y cuán grande nos le mostró Dios en darnos tal prenda del que nos tiene: que amor saca amor. Y aunque sea muy a los principios y nosotros muy ruines, procuremos ir mirando esto siempre y despertándonos para amar, porque si una vez nos hace el Señor merced que se nos imprima en el corazón este amor, sernos ha todo fácil y obraremos muy en breve y muy sin trabajo” (Santa Teresa de Jesús: Libro de la Vida, cap. 22, 14; Obras de Santa Teresa de Jesús. Ed. y notas del P. Silverio de Santa Teresa, CD. 3ª ed. Burgos 1939. p.173).

ORACIÓN: la justicia viene de Dios y se apoya en la fe (Flp 3,8-14)

Jesús que nos traes “la justicia de Dios”:

En el evangelio de hoy contemplamos en acto la “justicia de Dios”:
los escribas y fariseos te traen una mujer sorprendida en adulterio;
la ley es clara: “El hombre que cometa adulterio con la mujer de su prójimo,
habrá de ser muerto: el adúltero y la adúltera”(Lv 20,10; Dt 22,22).

Tú no actúas como juez:
no investigas los hechos, como los fariseos y letrados (¡y nosotros!);
no reclamas al cómplice, ni al marido tal vez culpable.
No aludes a posibles atenuantes o agravantes psicológicos y sociales
(ignorancia, miedo, violencia, odio, madurez, venganza ...).
Ni siquiera intentas descubrir si es verdad o no.

Tú, Jesús, te revelas como Mesías de la gratuidad, del perdón gratuito.
A la mujer le brindas vida nueva: “no te condeno... no peques más”.
A los acusadores les pones ante su pecado, iniciándoles en la reconciliación.

Llevas a todos más allá del juicio: “no juzguéis y no os juzgarán...
la medida que uséis, la usarán con vosotros” (Mt 7, 1-2).

La actitud de juicio supone que unos (jueces) son buenos y otros malos.
De ahí pasamos a hacer de Dios un juez al estilo nuestro:
Dios salva a los buenos y condena a los malos.

Tú, Jesús, Mesías del amor gratuito, pones a los jueces ante su propia conciencia.
Deseas que se descubran pecadores, y cómo quieren que les trate Dios (cf. Rm 3,23).
No aceptas que un grupo sagrado divinice “su” justicia (la de ellos),
condene y expulse a “pecadores”, disidentes, ilegales, distintos...
No aceptas entre los tuyos este mecanismo de justicia, modo de dominación.
Estos hombres, al mirar su interior, ven sus miserias, empezando por los más viejos.
Abres el camino a la reconciliación y a actuar de un modo nuevo.
Es tu amor que ofrece amor incondicional, perdón gratuito.

Reconocer nuestra culpa nos lleva a reconciliarnos con nosotros mismos.
Desde aquí escuchamos: “tampoco yo te condeno, vete y no peques más”;
nos llevas a sentirnos gratuitamente perdonados por Dios;
recreas en nosotros una vida reconciliada y reconciliadora,
llena de paciencia y amor sin límites, como el amor del Padre.

Conocer este amor tuyo es “conocerte a ti”:
es experimentar en carne propia tu amor tan singular;
es dejarse llevar del mismo Espíritu que empapaba tu vida;
es “existir en ti”: entender y vivir la vida como tú, Cristo crucificado y resucitado;
participar de tus sufrimientos, “muriendo tu misma muerte”, resucitando contigo.

“Todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en él,
no con una justicia mía –la de la ley-, sino con la que viene de la fe de Cristo,
la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe”.

Jesús que nos traes “la justicia de Dios”:
que, como Teresa de Jesús, “siempre nos acordemos de tu amor
que nos hizo tantas mercedes...”;
que “procuremos ir mirando esto siempre y despertándonos para amar,
para que se nos imprima en el corazón este amor,
y todo nos sea fácil y obremos muy en breve y muy sin trabajo”.

Rufo González


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