Atrévete a orar

Acerca de Rufo González Pérez

25.11.12 | 09:53. Archivado en Acerca del autor

Colaborador de Moceop. Jubilado de todo cargo, tras cuarenta y un años en la enseñanza y en la pastoral parroquial (1963-2004), dedica su tiempo a estudiar y escribir sobre espiritualidad, a colaborar con toda comunidad cristiana que solicita su servicio, y a disfrutar de su familia. Licenciado en Filosofía y Letras (Comillas y Complutense de Madrid) y doctor en Teología por Comillas (Madrid). “Presencia del Espíritu Santo en los documentos del Concilio Vaticano II”. Ediciones UPCO. Madrid 1994. “La homilía hecha oración. Un estilo nuevo de homilía”. Ciclo C. Atenas, Madrid 1997 (Agotado). “Nos casamos en la fe cristiana”. Sígueme, S.A. 3ª edición. Salamanca 2008 (Agotado). Desde 2003 al 2012 colaboró en Homilética. Sal Terrae, con Oración semanal. Desde 2013 escribe en Religión Digital el Blog “Atrévete a orar”.

Contacto con el autor: E-mail: rufo.go@hotmail.com

Objetivos del Blog:
1. Fomentar la experiencia personal y comunitaria con el Dios de Jesús
Orar, igual que creer y actuar en conciencia, requiere mucha osadía. Por eso titulo el Blog “Atrévete a orar”. Recuerda el lema “sapere aude” (Epístola II de Horacio), que usó Kant como divisa de la Ilustración. Tanta osadía se requiere para optar por la fe como por la increencia. Es el riesgo de la libertad. La oración en sus diversas formas (contemplar, dar gracias, ofrecer, pedir, arrepentirse...) supone osadía. Quien no se atreve a orar no se atreve a creer por sí mismo. Cuando se acepta conscientemente a Jesús, se acepta su Espíritu, y éste se une a nuestro espíritu haciendo brotar la oración en soledad y en comunidad. “Hemos hecho muy conscientemente esto de celebrar el Domingo, la comida del Señor. No podemos vivir sin el Domingo”, decía audazmente Saturnino, sacerdote norteafricano, al procónsul romano que le acusaba de no cumplir el edicto de Diocleciano a finales del s. III (Cita de A.G. Martimot: “El Domingo”, Rev. Phase, 125 (1981), pág. 359-380).

2. Vincular la oración y la vida
No se puede orar impunemente, al menos en cristiano. Si la vida no sigue a la oración, ésta no es verdadera. Ser cristiano cabal incluye vivir en el amor de Jesús. Recuerdo el texto de San Juan Crisóstomo: “No me digáis que es imposible cuidar de los otros. Si sois cristianos, lo imposible es que no cuidéis... El compartir radica en la naturaleza misma del cristiano...Y si dices que el cristiano no puede ser de provecho a los otros, insultas a Dios y lo dejas por embustero. Más fácil es que el sol no caliente ni brille, que no que el cristiano deje de dar luz... Si ordenamos debidamente nuestras cosas, la ayuda al prójimo se dará absolutamente, se seguirá como una necesidad física” (Homilías sobre los Hechos. PG 60, 162).

3. Unir la oración y la vida con la Buena Noticia de Jesús
En medio de la historia, queremos seguir escuchando el Espíritu de Jesús en esta hora. Él sigue “asegurando a nuestro espíritu que somos hijos de Dios...; Él nos permite gritar ¡Abba! ¡Padre!... Él viene en ayuda de nuestra debilidad, pues no sabemos qué hemos de pedir de forma conveniente, pero el Espíritu en persona intercede por nosotros con gemidos sin palabras...” (Rm 8, 15-16.26). ¡El Padre dará el Espíritu Santo a los que se lo piden! (Lc 11,13).

4. Proporcionar una “homilía hecha oración”
La oración, por sí misma, despierta la fe, la educa, mueve lo emocional humano, hace trabajar la imaginación, activa la memoria, impulsa la voluntad a ponerse en marcha... Muchos cristianos sólo aprendieron a “rezar” de memoria alguna oración. Y con mucha carga mágica y egoísta. Al ver que tales oraciones “no valían”, “no pasaba nada”, dejaron de hacerlas. Hay que confiar en el Espíritu Santo que viene en ayuda de nuestra flaqueza, pues nosotros no sabemos orar como es debido. Estas oraciones pretenden cumplir los objetivos de toda homilía: “guiar a los hermanos hacia una sabrosa comprensión de la sagrada Escritura, abrir el corazón a la acción de gracias por las maravillas de Dios, alimentar la fe en la Palabra..., preparar para una provechosa comunión, e invitar a asumir las exigencias de la vida cristiana” (OLM 1981, 2ª ed. típica, nº 41).


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